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Exilio del alma andalusí

Conferencia impartida por Hashim Cabrera en la Casa del Apero, Frigiliana (Málaga)

02/09/2011 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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Hashim Cabrera en un momento de su intervención
Hashim Cabrera en un momento de su intervención

Con el Nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso

El exilio andalusí

Regresar es siempre desvelar la mentira de la distancia, su naturaleza puramente mental. Volvemos a un lugar donde vivimos una experiencia determinada y lo hacemos desde la memoria, desde el recuerdo, pero, si nos detenemos a contemplar nuestras vidas en el presente, pronto nos damos cuenta de que éstas son también un regreso, una vuelta que sólo podemos vivir desde nuestro interior.

Pasado y futuro, oriente y occidente, una o dos orillas no son sino palabras que sostienen un imaginario, que nos mantienen atados a eso que aceptamos habitualmente como realidad, y que no es sino una huella, un eco entre los ecos de nuestras almas.

Y es precisamente del mundo del alma, del alma andalusí y de su exilio, sobre lo que me gustaría reflexionar y compartir con vosotros ahora, hasta donde la realidad y el tiempo nos lo permitan.

El alma de Al Ándalus es el alma de un pueblo mestizo y libre, cuya historia se remonta hasta los tiempos de la primeras escrituras, una historia que narra los avatares de una sociedad pacífica que no conoció la guerra durante casi un milenio, un pueblo de poetas amante de la cultura y de las artes, una comunidad abierta en lucha incesante contra la tiranía, con una perseverante voluntad de establecer estructuras sociales abiertas, diversas, en las que pueden convivir pacíficamente y de forma creativa gentes de todas las opciones religiosas o filosóficas, étnicas y culturales, creyentes o ateos. Pueblo mediterráneo abierto al comercio, al intercambio cultural, a la lengua, a la escritura….

Es también un alma curtida y purificada por el exilio, por esa otra distancia que ya no es puramente mental o ética sino existencial y espiritual. Se trata de un alma que ha estado repartida por muchos rincones del planeta, por diferentes latitudes y lejanías, por las orillas del Mediterráneo, por el Magreb y el Mashrek, por las ciudades de Europa o del Continente Americano, y también en los pliegues de las almas de quienes se quedaron, arribando al presente sin una aparente solución de continuidad.

Dicen aquellos que bucean en las entrañas de la historia, sobre todo Henry Corbin, que el gran exilio andalusí se inicia ya en el tiempo de las taifas almohades, en la transición de los siglos XI-XII, cuando el rigor de ciertas interpretaciones fundamentalistas del islam colisionó con el espíritu libertario de los andalusíes. El califato político y territorial había caído casi dos siglos antes, y no precisamente por el acoso bélico de los castellanos, sino por haber sustituido el califato islámico, que es netamente espiritual y participativo, por una forma más o menos civilizada de estado imperial.

Las gentes de cultura, los espirituales de Al Ándalus, como los intelectuales musulmanes andalusíes de hoy, nunca se sintieron identificados con esa forma de concebir la sociedad y de instrumentalizar la religión, nunca asumieron en su interior esas formas de relación con el poder. Desde el cordobés Ibn Masarra, en pleno esplendor califal, hasta Abu Madyán el sevillano, el almeriense Ibn al Árif, y el mayor de los gnósticos andalusíes, el murciano Ibn Àrabi, el sentir de todos ellos estaba más cerca del pueblo, de las comunidades, que de los alcázares y de las estructuras de poder religioso.

Cuando ya la sociedad comenzó a tornarse autoritaria en sus formas, no tuvieron otra opción que marchar hacia el oriente, que entonces no era aún el oriente geográfico sino el oriente del corazón. Unos fueron hacia el Magreb y otros hacia el Mashrek, dejando atrás un vacío cultural y espiritual tan enorme que no se ha visto colmado hasta el presente, hasta este ahora en que nos preguntamos sobre nuestra historia, sobre nuestra identidad o sobre nuestra verdadera naturaleza de seres humanos.

Ese anarquismo espiritual –o ‘místico’, según el pensador contemporáneo Abdennur Prado– es una de las expresiones genuinas del alma andalusí, un rasgo que condiciona y modela sus formas de organización y de relación social y, sobre todo, su particular relación con el poder, con cualquier forma del estado, y que se manifiesta como una escéptica y culta ironía no exenta de realismo.

Tras la disolución del califato el masarrismo cordobés se exilia en el oriente andalusí, en pleno Sharq Al Ándalus, concretamente en Almería, constituyendo la Escuela de Pechina, de la que beberán aquellos últimos andalusíes de conciencia. De allí partirá Ibn Arabi hacia el gran Sharq, hacia el Mashrek de Meca, Damasco y Basora, donde fecundará con su visión del mundo las grandes escuelas del pensamiento islámico.

Así, nos dice Corbín, el exilio del alma andalusí es siempre hacia el oriente de las luces, buscando el mejor escenario donde hacer florecer la espiritualidad y los valores humanos universales, allí donde pueda fructificar una cultura humanista.

Frigiliana, Sharq Al Ándalus

Hace ya más de tres décadas que conocí este bello pueblo de la Axarquía malagueña, donde viví algunos años y donde pude descubrir y aprehender cosas importantes de nuestra memoria cultural, donde viví una experiencia que he llegado a valorar profundamente con el paso del tiempo. Frigiliana guardaba entonces maravillosos secretos de esa memoria, y ofrecía aún las imágenes vivas de esas almas antiguas que se quedaron y acabaron viviendo un exilio interior.

Aquí puede vislumbrar retazos de esa memoria no sólo en la forma de labrar la tierra o de administrar las acequias de un agua milenaria, ni tan siquiera en esa blancura de cal cegadora templada de añil que envuelve las cuestas y rincones de su medina, o salpicada en medio del paisaje de las montañas… sino sobre todo en el alma, en la hospitalidad de unas gentes que, más allá del beneficio material que les suponía el turismo, daban importancia y proponían una distinta manera de vivir, más cercana a la tierra, más cerca del interior, de la lengua, del clima, de las tradiciones religiosas o gastronómicas….

He podido así darme cuenta de que Frigiliana es un pueblo donde se manifiesta de manera evidente la resiliencia, esa capacidad de guardar la propia identidad, la intimidad soberana, el sentimiento genuino del ser libre, esa huella morisca que mi amigo y paisano, el pensador y poeta Antonio Manuel Rodríguez, ha rastreado apasionadamente con el inequívoco olfato del corazón.

Ecos de los más recientes episodios de resistencia ante el poder que resuenan en los hornos de pan destruidos en los cortijos de la sierra de la Almijara durante la guerra civil, en ese maquis irreductible en su conciencia… muy lejos de los viejos latifundios de la historia y de las conquistas, pero no tanto del territorio fronterizo de la barbarie contemporánea, de la especulación urbanística y del desastre medioambiental.

Una memoria y un alma que entonces, a comienzos de los años 80 del pasado siglo, afloraron en este pueblo en forma de conciencia de los valores culturales y patrimoniales, a través de un bello proyecto municipal de recuperación del barrio morisco-mudéjar, que llevaron a cabo los hermanos Antonio y Juan Pérez de Siles y la tristemente desaparecida Edelmira de Castro. Conciencia que surgió en un momento trascendental en el que muchos rincones del alma andalusí estaban desapareciendo para siempre.

Gracias, entre otras cosas, a aquel proyecto podemos contemplar aún hoy una huella muy elocuente de ese exilio interior, una huella que en otros lugares de la Andalucía contemporánea ha permanecido mucho más oculta, y que hoy, en la sociedad mundializada, está en trance de desaparición irreversible.

Retorna el alma andalusí de su exilio cuando hoy se manifiesta de manera natural y elocuente en los pueblos de la Andalucía Oriental contemporánea, cuando esos pueblos se abren a compartir sus riquezas, sus bienes, no sólo con los pueblos europeos que compran calidad de vida a un precio razonable, y que buscan un rincón de humanidad para cerrar en paz el negocio de sus vidas, sino con los inmigrantes del sur que han cruzado el mar en busca de una orilla vital y existencial más grata. El alma andalusí se expresa aquí en un ‘vive y deja vivir’ que a veces choca con las imposiciones de las burocracias y con la vulgaridad del dinero continental por encima de todo.

Es posible que ese alma que hoy quiere regresar de su exilio sea más sabia de lo que normalmente ella misma está dispuesta a reconocer porque es un alma que, aunque orgullosa y satisfecha de su manera de vivir, es también más sencilla y humilde y no está aún excesivamente velada por la banalidad que se derrama desde las grandes urbes continentales y alcanza las orillas de este Blanco Mar de Enmedio que es como los andalusíes llamaban al Mediterráneo.

Creo que esta tierra tiene muchos valores culturales y humanos que pueden aportar sentido en esta dinámica de la globalización, siempre que los vivamos con naturalidad, como algo que forma parte de nuestra vida cotidiana y que compartimos con los demás.

En esta Axarquía –en este Sharq al Ándalus- el oriente andalusí guarda la memoria de un alma que, cinco siglos después de aquel exilio, aún sigue viviendo en el recuerdo de los habitantes de estos pueblos que tanto aman la blancura y la cal, que tan hondamente sienten el ciclo de la luz del día y de los años. Nostalgia del oriente de las luces que apareció en el Himno de Andalucía de la mano de Blas Infante. Volver a ser seres de luz en una tierra siempre luminosa, hombres y mujeres de luz que es lo que eran aquellos espirituales andalusíes que se marcharon hace ya tanto tiempo. Porque Sharq Al Ándalus es también la imagen de una resistencia radical, escenario de un episodio final que nunca se concluye del todo, que deja siempre una puerta abierta a la supervivencia, un resquicio hacia la libertad.

Firmemente anclados en la tierra, parapetados en las montañas inaccesibles plenas de belleza, con una visión constante del Blanco Mar de En medio, del lugar por donde se fueron las almas de los últimos sabios, una visión que guarda hasta hoy la memoria visual de aquel exilio, del surco que entre las olas dejaron aquellos hijos de las luces antiguas.

Cultura contemporánea

¿Qué sentido puede hoy tener para nosotros el pasado, la historia? ¿De qué nos sirve esa memoria?

Los retos a que hoy nos enfrentamos no se diferencian sustancialmente de aquellos a los que se enfrentaron nuestros antepasados. Una tensión análoga entre el recuerdo y el olvido nos recorre. Si antes fueron imperios medievales los que trataron de cercenar nuestra libertad y nuestra visión pacífica y armónica del mundo, hoy son otros imperios si acaso más sutiles los que intentan acabar con nuestra memoria. La crisis de identidad que hoy recorre todos los rincones del planeta, todos los pueblos y culturas que sufren la globalización, afecta profundamente a nuestra situación como seres humanos en el mundo. Los valores tradicionales sobre los que se basaron durante siglos las relaciones humanas son hoy apenas un recuerdo en los libros de historia. La idea de progreso los barrió de nuestras conciencias extasiadas con la tecnología, hipnotizadas con la televisión, vaciadas de toda imaginación y creatividad.

En las últimas décadas hemos visto cómo en muchos rincones de nuestra geografía se proponían ambiciosos programas culturales que tenían como finalidad el desarrollo de áreas económicamente deprimidas y la elevación del nivel cultural de sus habitantes. Hemos asistido a un más que loable intento de recuperación de la memoria histórica, de actualización de nuestro legado cultural, pero, desgraciadamente, en la mayoría de los casos, muchos de esos proyectos han sido asimilados por otros intereses, los del mercado, a través de lo que se denomina ‘industria cultural’.

Aún está cerca el fracaso de la candidatura de Córdoba a la Capitalidad Cultural Europea 2016, un hecho que podría ayudarnos a comprender -si fuésemos capaces de hacer un acto de profunda sinceridad- la amenaza que supone esa ‘industrialización/comercialización’ de la cultura para nuestra supervivencia a medio y largo plazo. Una amenaza que no deberíamos perder de vista cuando hacemos de la cultura un producto que se puede vender. Lo mismo ocurre ahora con la información y con el conocimiento.

Dos formas distintas de ver el asunto se enfrentan en la arena contemporánea. Por un lado están quienes quieren monopolizar el saber, la información y la cultura haciendo de todo ello un valor de cambio. Por otro estamos quienes luchamos para que la información y la cultura circulen libremente, sin tener que pagar peaje alguno. En esa lucha se está decidiendo hoy nuestro futuro en sus aspectos más genuinamente humanos.

Está bien proponer actividades culturales que promocionen a las comunidades, exposiciones y ferias que atraigan visitantes y favorezcan el comercio y el intercambio. Mejor aún si esas propuestas ayudan a comprender mejor la propia cultura, si son capaces de integrar a los propios ciudadanos de esas comunidades en un proyecto cultural. Todo eso está bien, siempre y cuando esos proyectos cuenten con los verdaderos creadores de cultura de las comunidades en cuestión.

Muchas veces hemos visto cómo se anunciaban con un gran derroche de medios exposiciones y conciertos de artistas famosos en lugares donde los artistas y músicos locales eran ignorados profundamente, cuando son ellos precisamente quienes pueden ofrecer una mejor expresión de lo que esas comunidades realmente son en materia de arte, de historia y de cultura. Y siempre con la excusa del mercado cultural. Una política cultural basada exclusivamente en las marcas, en los grandes nombres, no es propiamente una política cultural sino una rendición de la propia cultura al mercado. Desgraciadamente sobran los ejemplos.

Y digo esto ahora porque me parece que ese alma andalusí de la que hemos venido hablando en esta charla, bien podría ayudarnos a proponer una visión diferente, abierta a los tiempos que ahora corren tan deprisa. Aprovechar nuestro rico imaginario, no para hacer una tópica representación de nuestro pasado sino para construir un presente lleno de belleza y cultura.

El ser humano contemporáneo necesita más que nunca la imaginación, la creatividad, y es precisamente en lugares como éste, en pueblos como los que componen la Axarquía, en la periferia de las metrópolis, donde hoy existen más posibilidades de desarrollar proyectos inclusivos, participativos, más allá del negocio de la industria cultural.

Si estos pueblos han sido capaces de preservar su identidad en un roce tan intenso como el que ha producido la promoción inmobiliaria de las últimas décadas, también serán capaces, insha Allah, de proponer modelos alternativos de cultura en los tiempos que ahora están llegando. Estoy plenamente convencido del papel que han de jugar estas comunidades periféricas en la escena del arte y de la cultura contemporánea, pues es aquí donde la fricción cultural ha sido más intensa, donde los nuevos mestizajes habrán de producir nuevos lenguajes y nuevas formas de comunicación que nos ayudarán a seguir viéndonos a nosotros mismos como seres humanos.


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