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Comienzo de la misión

Del libro El profeta del islam. Su vida y obra

01/09/2011 - Autor: Muhammad Hamidullah - Fuente: Musulmanes Andaluces
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Por la claridad de la mañana y por la noche cuando se extiende
Por la claridad de la mañana y por la noche cuando se extiende

La creencia de un Dios superior excluye la noción de encarnación en el mundo musulmán. Ellos creen que un mensajero de Dios recibe, quedándose siempre en hombre, las revelaciones y las inspiraciones divinas por mediación de un ser invisible a los demás hombres, un ángel. La misión divina no es una dignidad hereditaria, que los hijos reciben de sus padres. En el mundo árabe no había profeta como en el mundo israelí. Un árabe de reconocida piedad y rectitud por sus conciudadanos, pero al mismo tiempo iletrado y sin ningún apego hacia las ciencias ocultas –él mismo las detestaba- recibe de repente el anuncio de haber sido escogido por Allah como su mensajero acerca de la humanidad y que a él le incumbe el trabajo de guiar a su pueblo por el camino trazado por el Creador.

Comprendemos la reacción de Muhammad, relatada por su biógrafo Ibn Is’hâq: Muhammad confió a su mujer: “Tan pronto que me quedé solo, oí una voz que me llamaba: Oh Muhammad, Oh Muhammad; y no estaba durmiendo, al contrario, completamente despierto cuando vi una luz celestial. Por Allah, que nunca detesté más a esos ídolos y a esos Kâhins (teniendo pretensiones de conocer a los espíritus y predecir el futuro). ¿Es que me he vuelto también un Kâhin, un ocultista? Este que me llama ¿no es posible que sea un diablo? Este temor a ser considerado por el pueblo como un mentiroso, un mago, un poseído, o un Kâhin, era natural. Porque a pesar de la crisis de conciencia en algunas personas, nadie en el país sabía lo que era una misión divina y no podían ver la sutil diferencia entre la insinuación diabólica y la inspiración angélica, las dos cosas se parecían en cuanto a su forma exterior.

Muhammad recibe el consuelo de la fiel Jadîÿa: “Tú eres tan desinteresado y buen hacedor que el Dios no te dejará nunca caer en pruebas satánicas”. Después ella le condujo –Según Balâdurî lo envió con Abû Bakr- a casa de su primo, el cristiano Waraqa. Ya ciego (como señala Bujâri, 91/1), éste oyó de Muhammad lo que le estaba pasando, y exclamó: “No, eso no puede ser diabólico; si yo veo otra vez, cuando tengas dificultades en tu misión, te protegeré y te apoyaré en todo lo que pueda”. Después Jadîÿa ideó la siguiente prueba: “Khadiya dijo al Profeta: llámame cuando veas al ángel. Y un día cuando el profeta le dijo: Está aquí, ella le dijo: ven y cógete a mi lado derecho, y dime si continuas viéndolo. Él lo hizo y dijo: Sí, lo veo. Ella lo hizo cogerse a su, costado izquierdo, y delante siempre la misma pregunta tuvo la misma respuesta. Después ella lo tomó en sus brazos en la intimidad conyugal e hizo la misma proposición. Muhammad respondió: No ahora ya no lo veo. Ella dijo entonces: Estoy convencida que verdaderamente es un ángel, porque Satán no nos dejaría en nuestra intimidad.

Los cronistas señalan una interrupción momentánea (fatra) de la revelación después de la primera, o primeras revelaciones. Durante los dos o tres años que siguieron, puede esperarse una evolución en Muhammad: primeramente puede ser que de terror ante la revelación, después un período de calma y alegría y por fin la desesperación. Concerniente a esta última fase, los cronistas nos mencionan que en su profunda tristeza, Muhammad, subió varias veces a las colinas para suicidarse; pero todas las veces cuando se preparaba para saltar, el ángel Gabriel reaparecía y le confirmaba que él era verdaderamente el profeta, el mensajero de Allah. Esto lo consolaba durante algún tiempo y retomaba sus prácticas espirituales de piedad y devoción. Las relaciones con su familia estaban casi rotas y él denuncia en el patio mismo de la Kaaba; sólo le interesaban la purificación del alma y la caridad para con los demás.

Esta disciplina rigurosa debía borrar las menores manchas de su alma, y eliminar los últimos intereses profanos, preparando a un hombre que siendo hombre como todos los demás, pero que en cada gesto, cada palabra, cada deseo sería absorto en la voluntad divina. Cuando su desarrollo espiritual hubo alcanzado este grado, él se resignó incluso a la interrupción de las revelaciones como algo que no concernía más que al Revelador, el Señor. Y cuando se le decía que su dios lo había abandonado. Entonces es cuando se da el último toque a su preparación espiritual y cuando Gabriel vino con un nuevo mensaje:

Por la claridad de la mañana
y por la noche cuando se extiende
Tu Señor no te ha abandonado ni está disgustado contigo
En verdad, la parte posterior es para ti mejor que la anterior
Y tu Señor pronto te dará y tú te sentirás complacido
Por ventura no te encontró huérfano y te dio amparo
Y Él te encontró vagando en su busca y te guió hacia sí mismo
Y te halló necesitado y te enriqueció
No maltrates, pues, al huérfano
Ni rechaces a quien busca tu ayuda
Y proclama los favores de tu Señor

“En cuanto al beneficio de tu Señor, relata”, ese fue el mandamiento divino para predicar el nuevo “Dîn”, el Islam, el beneficio supremo a favor del hombre.

La primera revelación había declarado que sólo Allah es el creador de todos y que generosamente ha previsto todo lo que hace falta para todo el mundo, sobre todo dándole al hombre la facultad de aprender y de transmitir lo aprendido por medio de la escritura. Con esto se separaba netamente del ateísmo, del politeísmo y del materialismo. En el segundo mensaje, el cual acabamos de leer en el texto (156) además del poder exclusivo de Allah, nos enseña también los sentimientos de bondad, y de humanidad y el deber de ayudar a los pobres (tanto intelectualmente como espiritual y materialmente). En los mensajes que siguen, está prescrito a todos los creyentes de advertir a los hombres de las consecuencias graves a las que deben atenerse las gentes malvadas, de no adorar más que a Allah, de purificarse tanto el cuerpo como el espíritu antes de adorar a Allah, de huir del enfado y de no creer nunca que se ha dado demasiado; de propagar abierta y claramente lo que está ordenado por Allah, de apartarse de los politeístas (15:94); no solamente de enseñar al clan más próximo, sino también de asegurarle que esto es una revelación del Señor de los mundos, revelación distinta de los oráculos, de los pretenciosos ocultistas, y de toda cosa diabólica, fantasiosa, o invención poética, añadiendo que la venida de este profeta estaba ya prevista en los libros sagrados de los antiguos (ch 26). Los comentaristas del Corán señalaron que los mensajes atribuidos a Zoroastro, Buda, Moisés y Jesús, dejan a la espera de la venida de alguien para acabar lo que ellos no pudieron terminar; esos comentaristas vieron la profecía realizarse en su profeta. Muhammad que no solamente no habló de la inminencia o incluso la posibilidad de otro profeta detrás de él, sino que dijo claramente que él era el sello, el último de los mensajeros de Allah.

El Profeta no podía menos que comenzar su actividad reformadora que por los habitantes de su propia ciudad natal, que eran idólatras, paganos. Tanto es así que las primeras revelaciones del Corán hablan sobre todo de dos problemas: la creencia en un Dios único, sin ningún asociado, sin ningún límite a su poder, Trascendental y Omnipresente y la necesidad de caminar sobre un camino derecho, trabajando por el bien. “Creencia y buenas acciones” son los temas que no cesan de repetirse en el Corán; y como prueba el Corán pregunta: ¿Quién ha creado el universo incluido el hombre? Seguramente no ha sido el hombre, sino el Dios eterno; el Creador de todo, que creó todo de la nada y que es el amo de la vida y de la muerte, y por consecuencia también de la resurrección. Si él puede crear de la nada, ¿no puede crear algo después de la muerte y castigar o recompensar después de tal resurrección? Puesto que el Corán asegura que Dios lo sabe todo y grava todo lo que nosotros hacemos en nuestra vida aquí abajo y que va a tenerlo en cuenta el día del juicio final.

Así es como el Islam trata de persuadir al hombre de no hacer más que lo que es bueno está bien y esto a pesar de la facultad que el hombre posee de hacer el mal. Esta es la base de la moralidad islámica la que obliga al hombre a controlar voluntariamente sus deseos, y de abstenerse del vicio a pesar de su atracción y sus tentaciones. El mal parece un bien a los ojos del ignorante, que no piensa más que en sí mismo sin tener en cuenta las consecuencias. Es el satanismo como se designa en el Corán: “Satanás les hizo que sus obras les parecieran justas...” etc.

Creencia y práctica reunidas, esto implicaba proyecciones muy lejanas. Por tanto era de esperar encarnizadas resistencias.

Comunicación del mensaje de Allah

Poca gente en una sociedad humana se interesa por las abstractas cuestiones de la teología, pero casi todo el mundo se levanta contra toda innovación o desviación de costumbres ancestrales. Las pocas conversiones a las religiones “extranjeras”, el desprecio a la idolatría mequí estaba en boca de algunos de sus habitantes, las creencias personales que algunos de sus habitantes tenían contra la “religión” mequí, todo eso no suscitó ninguna movida en la ciudad. Debemos pensar sobre todo en los Hanîf, especie de racionalistas monoteístas. Pero Muhammad no tuvo la misma suerte. ¿Por qué esta diferencia?. No se sabe, pero es verdad que nadie antes que él se había atribuido el rango de Mensajero de Allah, con la misión de reformar a su pueblo; nadie antes que él se había entregado tampoco a su nueva “religión” con tal insistencia haciendo de su misión el único objeto de su vida.

Las primeras conversiones no implicaron más que la creencia en un Allah único y que Muhammad era su enviado. Es difícil de determinar la fecha de estas primeras conversiones. Se sabe que hubo una interrupción de aproximadamente tres años entre el primer y el segundo período de las revelaciones. Con burla, algunos mequíes decían que a Muhammad le había abandonado su Allah, esto implica una cierta difusión de lo que Muhammad reclamaba para él. Su mujer, ciertamente debió tener fe en la palabra de su esposo. El esclavo Zid ibn Hâriza, hijo adoptivo de Muhammad, debía igualmente pertenecer a los convertidos de esta época. Se sabe cómo él rechazó volver con sus padres, y prefirió quedar con Muhammad. Lo mismo debió ocurrir con su joven primo ‘Ali ibn Abî Tâlib; Muhammad lo había adoptado para aliviar a su tío Abû Tâlib y el joven muchacho debió imitar las prácticas de su entorno. En la ciudad el mayor amigo de Muhammad era sin duda Abû Bakr. Incluso si él no lo hubiera acompañado a la casa de Waraqa Ibn Nufal (ver capítulo precedente), es probable que Muhammad le hubiera hecho partícipe de su misión, y que Abû Bakr lo hubiera creído sin titubeos. Los cronistas no son unánimes en el caso de Waraqa.

Al comenzar las revelaciones que marcan el comienzo del segundo período de su misión, Muhammad recibió pronto el mandamiento divino: “ Advierte a tus parientes más próximos” (Q 26.214). Balâduri nos habla de la reacción de Muhammad que quedó sin salir durante un mes en su casa, hasta tal punto que sus tías, creyéndolo enfermo, fueron a su casa a interesarse por su salud. Muhammad conocía a sus parientes, y debió tener razones para considerar la ejecución del nuevo mandamiento como particularmente delicada. Balâduri añade que al conocer la verdadera causa de su reclusión, sus tías, lejos de enfadarse, le dieron ánimos y le aconsejaron de no invitar a su tío Abû Lahab a la reunión propuesta. El viejo malentendido entre tío y sobrino persistía sin duda, Muhammad invitó a toda su familia a una comida. Como de ordinario, cada uno comió y se fueron unos detrás de otros, sin sospechar que el anfitrión quería decirles algo importante, Muhammad debió pues renovar la invitación, tomando esta vez la precaución de advertir a los invitados que tenía una comunicación que darles después de la comida. Balâduri señala que Abû Lahab asistió a la comida sin haber sido convocado. El temor de las tías del profeta se justificó, ya que, tan pronto tomó la palabra y anunció a la asamblea cómo Allah le había encargado una misión, y que él era el mensajero divino, Abû Lahab se levantó, y con palabras insolentes provocó al clan, diciendo que Muhammad quería apartarlos de su religión ancestral, y que eso iba a provocar la cólera de los dioses. La asamblea se dispersó de mal humor.

Balâduri nos enseña de nuevo que las tías de Muhammad hablaron más tarde a Abû Lahab, y buscaron persuadirle de que Muhammad era verdaderamente el profeta cuya venida estaba anunciada; pero sin resultado.

Este fracaso no hizo más que reforzar su decisión. Subió un día a la colina Safâ, frente a la Kaaba, y, según la antigua costumbre, llamó a los habitantes para venir a oír una comunicación importante. Acudió todo el mundo. Entonces él anunció que quería hablar a las tribus más próximas a su familia, y despidió a los miembros de los otros clanes. ¿Quería así mostrar a su propio clan la gran influencia que ejercía en toda la ciudad, antes de hablar a los suyos, o tenía otras rezones?. Sea lo que sea, tomó entonces la palabra y comenzó por preguntas: “¿Me creeríais si os digo que detrás de esta colina hay un ejército enemigo acampado y que va a invadir la ciudad?”, le respondieron “Nunca nos has mentido, creeremos lo que digas”. Entonces él dijo: “Allah me ha enviado para advertiros, y deciros que su cólera os amenaza si no me escucháis”. El implacable Abû Lahab tomó también la palabra: “¿Era sólo por esta estupidez que nos has molestado y hecho perder el tiempo?”.

Sin precisar la fecha, Tabarî nos dice que Abû Lahab y ‘Adi ibn al-Hamrâ tenían la costumbre de tirar piedras a la casa del Profeta, su vecino; Abû Lahab ponía además toda clase de desperdicios en la puerta de su sobrino; sorprendido un día en flagrante delito por uno de sus hermanos, que lo amenazó con castigarle, Abû Lahab cambió de táctica: se preocupó por contratar gente que a cambio de dinero hicieran el mismo trabajo. La mujer de Abû Lahab (Umm Yamil, hermana de Abû Sufyan), no era menos encarnizada que su esposo en atacar el Islam. No nos asombremos pues si la revelación que sigue llega a este capítulo:

¡Perezcan las manos de Abu Lahab y perezca él! ¿De qué ha de servirle su riqueza, y cuanto ha adquirido? ¡En la Otra Vida tendrá que sufrir un fuego llameante, junto con su esposa, esa acarreadora de infamias, que lleva alrededor de su cuello una soga de fibras retorcidas! (Corán 111)

Umm Yamil se vengó de estos versos satíricos y ordenó a sus dos hijos divorciarse de sus mujeres que eran hijas de Muhammad. La ruptura era ya total sin esperanza de reconciliación.

Todo el mundo en la ciudad, estaba al corriente del nuevo “movimiento”, no sirviendo para nada ocultarlo. En esa línea se produce la siguiente revelación:

Declara pues abiertamente lo que se te ha ordenado y aléjate de quienes adscriben partícipe a Allah. En verdad, te bastaremos contra quienes se burlan. Quienes elevan a otro Allah a la altura de Allah, pero pronto lo sabrán. Pues, en verdad, sabemos que tu pecho se encoge por lo que dicen. Más, glorifica a Tu Señor alabándole, y se de los que se postran ante él.

Muhammad no dejó perder nunca ninguna ocasión de hablar a una asamblea de sus conciudadanos. Los versos del Corán, revelados hasta este momento, hablan la mayor parte de las veces de los puntos siguientes: No hay más que un solo Allah, Vivo y Todo Poderoso, que no tiene asociados, que no tiene padre, mujer ni hijos, que va a juzgar a la gente después de su muerte y resurrección y que los castigará o recompensará según las obras que lo acompañen. Ocasionalmente decía que la idolatría era abominable y que era indigno del hombre adorar las obras que él mismo hacía; que era necesario escuchar la palabra del Señor, hacer el bien y abstenerse del mal. A menudo esos versos describían, en términos elocuentes, los beneficios de Allah hacia el hombre, para que éste fuera agradecido y recordara que habrá un juicio final después de la resurrección.

El método de Muhammad era, hablar a los individuos o a las asambleas, recitar primeramente con voz dulce y llena de éxtasis algunos versículos del Corán, después comentarlos, e invitar a los oyentes a creerle. El éxito, al comienzo, estuvo lejos de ser rápido.

Traducción: Abdullah Tous y Naÿat Labrador
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