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La vía de la independencia

Del libro El profeta del islam. Su vida y obra Traducción: Abdullah Tous y Naÿat Labrador

14/08/2011 - Autor: Muhammad Hamidullah - Fuente: Musulmanes Andaluces
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Muhammad Hamidullah
Muhammad Hamidullah

El Valle de Meca carece de agua y no hay agricultura. Los cronistas no mencionan ningún oficio relativo a la industria o al arte en la familia del profeta. No queda pues más que el comercio: los tejidos, artículos alimenticios, frutos secos, armamento, perfumes, artículos de tocador, eran las mercancías más importantes. Es probable que los dos primeros géneros fueran los más utilizados por el clan familiar para subsistir.

En cuanto a las caravanas, los historiadores atribuyen un beneficio ordinario del cien por cien, pero con un capital modesto no se puede hacer gran cosa en este oficio. Además hay riesgos: la fatiga de los largos viajes mata a veces a los camellos de transporte en la misma ruta, sin hablar del peligro del pillaje de los bandidos. Hay que tener en cuenta los gastos de alimentación de hombres y animales, gastos más elevados en viaje que en la casa. Hacía falta también pagar por la escolta, aduanas etc, y otros gastos imprevisibles. Es por eso que a menudo varios comerciantes hacían el viaje juntos y cada uno llevaba igual mercancías de aquellos que no habían querido desplazarse, pero habían confiado sus negocios a sus amigos. En este último caso las ganancias eran repartidas.

Convertido ya en un joven muchacho, parece ser que Muhammad se hace comerciante. Un mequí, Qais ibn as-Sâ’ib, cuenta que antes de la venida del Islam, tenía relaciones comerciales con Muhammad y que nunca había encontrado mejor compañero. En efecto decía: “si le confiaba cualquier cosa, al volver de su viaje, no entraba en su casa antes de haber arreglado mis cuentas a mi entera satisfacción. Por el contrario si me confiaba algo en mi viaje, a mi vuelta, todos los clientes me pedían noticias de sus propios asuntos, pero Muhammad me preguntaba sólo por mi salud y bienestar”.

Sin precisar la fecha exacta, Tabani dice que Jadiÿa, una rica mequí, envió una vez a Muhammad y a otra persona a la feria de Hubâchach. Es una localidad al Sur de Meca, a una distancia de diez jornadas de camello, por la ruta de Yemen, donde se celebraba cada año durante tres días una feria importante. Otro cronista, Ibn Saiyid an-Nâs, nos relata que Jadiÿa envió a Muhammad por dos veces a resolver asuntos suyos y que cada vez lo recompensó con un camello (¿animal sólo o con su cargamento?). Si se trata de Yurach, este lugar se encuentra en el Yemen, al sur de Ta’if; si se lee Yarch, sería en Transjordania. Yurach como precisa ibn Hisham, era una importante ciudad de Arabia meridional, toda amurallada y con una importante feria anual. La ciudad jordana no era menos importante en los tiempos de Bizancio: sus minas nos maravillan aún en nuestros días. En cualquier caso estos primeros contactos llevaron a Jadîÿa a confiar a Muhammad una misión mucho más importante, la de conducir toda una caravana a Siria.

Jadîÿa, a la que sus conciudadanos llamaban Tâyira (comerciante) y Tâhira (pura), era viuda. Se había casado por dos veces y cada esposo le había dado un hijo iba a la par que su riqueza. Todavía muy joven, rechazaba siempre volver a casarse y eso que tenía muchos pretendientes en la ciudad.

Según un relato, resulta que fue Abû Talib, tío y tutor de Muhammad, quien dijo a este último: “La sequía de varios años nos ha golpeado pesadamente, ve a ver a Jadîÿa, que conoce tu honradez y pide que te confíe alguna cosa como hace con los demás, para que puedas viajar con la caravana que va a partir para Siria; Así podrías ganar algo”. Muhammad tenía 25 años, y su tío era demasiado viejo ya para viajar.

Jadîÿa confió de buena gana importantes mercancías a Muhmmmad, le dejó a su esclavo Maisara como sirviente y le dio, para que lo acompañara a uno de su propia familia, Khzaima. Parece ser que se trataba de una caravana independiente. Los cronistas hablan de Bursa, más allá de Jerusalén, como último punto a alcanzar en este viaje. Muhammad pudo así ver Jerusalén, ciudad de Mi’ray, así como el Mar Muerto. Se habla esta vez también de un encuentro con un monje en Bursa, llamado Nastûra. ¿Era un Nestoriano?. A la vuelta, Jadîÿa, desde lo alto de su casa, la cual tenía varios pisos, vio desde lejos llegar a los viajeros: Muhammad y Mesarah acudieron a Meca antes de la llegada de la caravana, para anunciar a Jadîÿa que todo había marchado bien y que en este viaje se había ganado el doble de las ganancias ordinarias. Muy agradecida, Jadîÿa concedió igualmente a Muhammad una doble recompensa. Al salir, ella había prometido dos camellos. El esclavo Mesara no escatimaba elogios sobre Muhammad el cual lo había tratado con mucha amabilidad. Más tarde, Jadîÿa recibía la visita de Muhammad con el que su amistad quedó fortalecida.

Abû Dâwud nos cuenta que un día un mequí, ‘Abdallah ibn Abil’l-Hamsâ, había pedido al Profeta Muhammad que lo esperase en una calle de la ciudad, luego se olvidó y no volvió a acordarse hasta tres días después; corrió hacia el lugar de la cita y encontró que Muhammad estaba todavía allí.

En los últimos años de su vida en Medina, el Profeta recibe a una delegación de la tribu de ‘Abd al-Qis que habitaba en el Este de Arabia. Muhammad asombró a los embajadores por los detalles que preguntó; fruto de un profundo conocimiento de su país. Como quiera que ellos le preguntaran, les dijo que había viajado antes del Islam. Se trata sin duda de las ferias de Muchaqqar y de Daba, que atraían, por su importancia incluso a visitantes ajenos a la península arábiga. ¿Había ido allí antes de su matrimonio, o después, con mercancías de la misma Jadîÿa o de otros inversionistas?. Nadie en estos momentos podría precisarlo por falta de documentos.

Cuando los mequíes musulmanes quisieron refugiarse en Abisinia al comienzo del Islam, el profeta les dio una carta de presentación y recomendación a la atención del Negus, añadiendo:”Id porque en el territorio de este rey no hay oprimidos”. La tradición nos trae muchas palabras abisinias que el profeta Muhammad había pronunciado en diferentes ocasiones. ¿Esto quiere decir que él mismo había viajado a Abisinia, y había tenido la experiencia en un viaje marítimo?. Volveremos más tarde a analizar el caso.  

El matrimonio en el hogar

Hemos visto como Muhammad fue recomendado a Jadîÿa, y cómo su honestidad le abrió las puertas de la rica comerciante.

Por un lado, una rica viuda. Según la mayor parte de los cronistas, ella había tenido en esta época cuarenta años, pero Ibn Habib nos asegura que ella no tenía más que 28 años. Pertenecía a la tribu de Asad, de donde eran el patricio ‘Uthumân ibn al-Huwariz así como el sacerdote Wraqa ibn Naufal, los dos convertidos al cristianismo. Según algunos, la hermana Waraqaa leía incluso la Biblia. De su primer esposo, el Taimí Abû Hâlah, Jadîÿa tuvo un hijo que se llamó Hind. Al enviudar se desposó con el Majzûmi ‘Atiq ibn: ‘A ‘Idh, y dio a luz un hija, llamada igualmente Hind. Rica y bella, se consagró a sus hijos y sus negocios; después de la muerte de su segundo marido, rechazó siempre las proposiciones de un nuevo matrimonio.

Por otro lado, un hombre joven, de apenas 25 años. Pleno de vigor pero modesto; pobre pero caritativo; iletrado pero inteligente y honesto. Los cronistas son unánimes en decir que Muhammad tenía los ojos negros y grandes, con el globo ocular lleno de líneas rojas. Dotado de una potente vista, podía contar once astros en la constelación de las Pléyades. Su tez era blanca y sus dientes en su boca parecían a “perlas en una caja de rubí. Con una frente ancha, cabeza grande, cejas arqueadas en la que los pelos se juntan por encima de la nariz, tenía el estómago apretado, que sobrepasaba la línea del pecho; el cuerpo desprovisto completamente de vellos; sus cabellos no eran ni rizados ni de punta; tenía los pómulos planos y las plantas de los pies no presentaban hueco, hasta tal punto que dejaba una huella uniforme al pisar. Con el pecho ancho y las piernas delgadas, tenía la nariz larga y arqueada. Tenía una voz dulce y muy clara, y hablaba tan lentamente que se podían contar las letras de las palabras que pronunciaba. Le gustaba cuidar su peinado y se dejaba crecer una bonita barba que perfumaba, así como sus cabellos que a menudo tocaban sus hombros. La parte superior de su talle era largo, y cuando estaba sentado en compañía, era siempre más alto que los de su entorno. Andaba muy rápido como si bajara una pendiente. Era agraciado y según un discípulo “era más bello que la luna de la decimocuarta noche”.

Jadîÿa no tardó en sentir una cordial atracción hacia su agente de comercio. Lo llamaba con frecuencia so pretexto de los negocios; le enviaba cada vez más como regalos frutas del tiempo y otros pequeños detalles. Muhammad, lleno de pudor y timidez, tenía siempre los ojos bajos. Después de haber dudado durante algún tiempo, un día decidió confiar su secreto a una amiga, Nufesa, y le pidió que hiciera lo necesariamente conveniente pero con discreción. Los cronistas dicen que Nufesa era una manlal (extranjera) y una muwallada (nacida de un padre no árabe). Suhelinos asegura que era Kâhina. ¿Eso significa de origen judío?. Se menciona raramente a su padre; y es generalmente citada como hija de una tal Munya, su madre o su abuela; por razones sociales esto es excusable el olvido. Fue bien acogida para esta misión; ya que debido a sus orígenes, podía fácilmente hablar a un hombre en las calles de la ciudad, lo que no era dado a una mujer distinguida. Puede ser que ya Muhammad la hubiera conocido en casa de Jadîÿa, la cual frecuentaban ambos.

Sea los que sea, Nufesa encontró un día la ocasión de hablar a Muhammad en la intimidad. Ella le dijo: Eres ya bastante mayor; de buena familia, y eres conocido por tu buen carácter, entonces ¿por qué no te casas?. Puedes fácilmente encontrar una chica conveniente. Muhammad se excusó diciendo que no tenía medios de mantener una hogar aparte. Ella le contestó: ¿Y si encuentras una mujer que sea al mismo tiempo rica, bella y de buena familia?. Muy asombrado le preguntó: ¿Quién puede ser ella?. Nufesa respondió; ¡Hadîÿa!. Muhammad respondió: es imposible que ella me acepte: todos los ricos de la ciudad la han buscado y ella no ha hecho más que rechazarlos. Nufesa le aseguró: Si la proposición te place, confía en mi este asunto y yo hablaré a nuestra común amiga. Muhammad comprendió probablemente que con esa confianza la misión estaba asegurada.

Más tarde, Jadîÿa fijó una fecha para la ceremonia de las bodas. El día fijado, Muhammad acompañado de su tío Abû Tâlib y otros parientes próximos, se dirigió a la casa de la novia, donde todo estaba preparado para una gran fiesta. Jadîÿa había perdido a su padre en la guerra de profanación; como es de derecho, era su tío ‘Amz ibn Asad quien debía dar su consentimiento para el matrimonio. Algunos cronistas nos aportan algunos detalles sobre el desarrollo de la ceremonia, que, si son auténticos nos aclaran un poco sobre la vida femenina y social de Meca en esa época:

Se cuenta que Jadîÿa no se había atrevido a pedir previamente el permiso de su tío, puede ser que temiendo sus objeciones en contra de la pobreza de Muhammad; Ella lo había invitado como a los demás miembros de su familia, sin precisarle el verdadero objeto de la reunión. El tío de Muhammad esperaba la señal de Jadîÿa para tomar la palabra como era habitual. Se comió, y Jadîÿa fue especialmente atenta con la bebida de su tío. Cuando éste comenzó a estar ebrio, su sobrina lo cubrió con un manto, lo hizo ungir de perfume Jaluq (preparado con azafrán) e hizo una señal a Abu Talib, que se levantó, y como de costumbre, pidió la aprobación formal del jefe de la familia de la mujer. En su discurso, hizo alusión a las virtudes de Muhammad con las que ningún joven mequí hubiera podido rivalizar. Añadió que él no era rico, pero que la riqueza era una cosa pajera como una sombra; que los dos amándose tanto, ¡nada era tan conveniente como unirlos en matrimonio!. Waraqa ibn Naufal, primo de Jadîÿa y su gran amigo, estaba sin duda en el secreto: se levantó entonces y apoyó la proposición diciendo que: “Muhammad era como una camello de raza al que no es necesario golpear en la nariz para que se siente”. El tío no se movió, y fue admitido su silencio como signo de aprobación. En medio de las felicitaciones y aclamaciones habituales los invitados se precipitaron sobre los dátiles secos y el azúcar que había costumbre de tirar sobre la cabeza del esposo. No fue sino por la tarde cuando el viejo tío’Amz se despertó de su sueño, cuando preguntó muy asombrado ¿a qué venía los perfumes, el incienso, los vestidos de fiesta y la música?. Jadîÿa le dijo: “Pero si has sido tú quien me ha casado hoy con Muhammad, hijo de ‘Abdallah, delante de los notables de la ciudad” y hubo una viva discusión entre el viejo tío y su independiente sobrina (Ibn Sa’d añade incluso que ciertos parientes jóvenes de los dos esposos pusieron las manos en las armas, pero no tuvieron necesidad de emplearlas) y cuan ‘Amz vio que el marido era un noble de alto rango y que Jadiÿa no quería ceder en nada, creyó su deber callarse y dejar de buen grado que el marido se llevara a su mujer a su casa.

Este incidente, afirmado por algunos y rechazado por otros, no tiene nada de inverosímil. Pero si es verídico, se trata evidentemente de algo bastante raro en la sociedad mequí. En cualquier caso, Muhammad y su familia no hicieron nada para engañar a una mujer; e incluso Jadîÿa no hizo más que hacer valer su derecho a despecho de los mezquinos prejuicios de su tío contra la pobreza. Esto fue antes del Islam.

Según Ibn Hishâm, el mahr ( el precio que el marido da a su mujer mujer, y no a los parientes de ésta) consistió en esta ocasión en 20 camellas; pero según Ibn Habîb, fue de 12 onzas de plata (480 dirham) y según otro relato del mismo autor, 500 dirham. Como era costumbre a la llegada de la esposa a la casa, el esposo era el que debía dar una fiesta por el matrimonio y la carne de dos camellos de la que habla el relato, significa que al menos 200 personas fueron invitadas.

Después de un discreto plazo de algunos días, Muhammad dejó la casa de su tío para ir a vivir en la casa de su mujer. Su vida en común fue muy dichosa. Incluso hoy en día, en las bodas de los musulmanes, al menos en India y Turquía, el cadí en su sermón de matrimonio pronuncia entre otras cosas: “Que Allah reúna en esta pareja el mismo amor que existía entre Adam y Eva... y entre Muhammad y Jadîÿa”. En el espacio de diez años, Jadîÿa dio a luz media docena de hijos. El primero fue un hijo, Qâsim, pero murió en la lactancia, cuando comenzaba apenas a andar. El matrimonio tuvo lugar en el año 595 (28 años antes de la Hégira, 154 años antes de la misión divina). Qâsim nació probablemente en el 27 antes de la Hégira. Según Ibn Hazm (p. 38), Jadiÿa llamó a este hijo con el nombre de uno de sus antepasados ‘Abd al ‘Uçça (que significa: adorador de la diosa al-‘Uçça) pero como a Muhammad no le gustaba tal nombre, se lo cambió por Qâsim (lo que quiere decir: Aquel que reparte, sobre todo caridad).

Hemos hablado ya de los hijos de Jadiÿa de sus dos primeros maridos, pero en la vida familiar de Muhammad en Meca, apenas si se habla de ellos. Probablemente, según las costumbres de la ciudad, habrían sido acogidos por los parientes de sus padres, y sólo de vez en cuando venían a visitar a su madre. El entusiasmo con el que Hid ( hijo de Jadîÿa y de Abû Hâlah) describía la fisonomía de su padrastro Muhammad (en el pasaje que ya hemos citado) demuestra que Muhammad lo trataba con mucha gentileza cuando él era pequeño y venía a visitar a su madre.

La nodriza Halîma debió ser muy feliz de ver que su hijo tenía una bella esposa, un confortable hogar, y todo lo que le hacía falta para una vida agradable. Y debió ser mucho más dichosa al ver que su nuera la trataba con tanta deferencia. Sahaili nos dice en efecto que cuando Halima viene a ver a Muhammad después de su matrimonio, Khadiya le dio varias camellas. La vieja volvió a su casa llena de agradecimiento. Según Ibn Sa’d y probablemente en una época posterior, Hâlima fue a quejarse de la sequía delante de Jadîÿa y esta vez recibió 40 carneros y un camello por montura.

No hay duda que Muhammad amaba tiernamente a su mujer. Más tarde en Medina, después de la muerte de Jadîÿa, cuando Muhammad se había casado de nuevo, su joven y querida mujer, ‘A ‘ichad tuvo a menudo pena y celos, porque Muhammad no cesaba de recordar la ternura y amabilidad “de esta vieja mujer de Meca, muerta hace tiempo” como la joven mujer gustaba llamarla.

Durante los quince años que pasaron el matrimonio y su Misión divina ¿cómo se comportaba?. Jadîÿa no habla de ello: Desde la primera revelación del mensaje divino, Muhammad quedó espantado, y tuvo miedo de que se tratara de una tentación del diablo, a quien tanto detestaba. Jadîÿa lo consoló así: “No tengas miedo. Allah no te pondrá nunca en el mal: Allah no te hará más que bien, porque tú ayudas a tu prójimo, mantienes tu familia, te ganas honestamente la vida, respetas los derechos de los demás, das asilo a los huérfanos, dices la verdad, no te apropias fraudulentamente de los depósitos que te confían, socorres a los que no tienen nada, haces el bien a los pobres y tratas con cortesía a todo el mundo”.

Este comentario de Jadîÿa, pone bien de manifiesto que Muhammad no tocaba el dinero de su mujer, todo lo contrario él ganaba bastante para mantener su familia. Ocupándose del comercio por su cuente, es bien seguro que pudo continuar también ocupándose de los bienes de la mujer en meca, no derivan en absoluto después del matrimonio a los bienes del marido, quedando la mujer con el derecho a mantener su propiedad en exclusiva.

Hubo una hambruna en esa época; puede ser que sea aquélla durante la cual Halîma fue a buscar el auxilio de su antiguo hijo de leche. Tabari quien hablando de ello dice, que viendo todas las dificultades en las cuales Abû-Tâlib se encontraba a causa de la hambruna para mantener su gran familia, Muhammad fue a ver a ‘Abbâs, otro tío que era más rico y le dijo: “Abû Tâlib tiene muchas dificultades en este momento; sería caritativo tomar uno de sus hijos en tu casa, yo por mi parte haré otro tanto. Ya’for fue así adoptado por ‘Abbâs y ‘Alî por Muhammad.

Un joven árabe, Zaid ibn Hâriza fue hecho prisionero de guerra en una de las incesantes razzias de cualquier rincón de Arabia y luego fue vendido como esclavo. Después de haber cambiado de mano varias veces, el desdichado joven llegó a Meca, donde Muhammad, de acuerdo con su mujer, lo compró. Pasó el tiempo y cuando los padres del esclavo supieron dónde se encontraba, vinieron a Meca con bastante dinero para rescatarlo. Cuando el padre y el tío de Zaid fueron a ver a Muhammad y le explicaron el objeto de su visita, él les dijo: “Tengo mucha simpatía por vosotros, pero vuestro hijo está aquí como un hijo; preguntadle; y si quiere ir con vosotros, se lo permitiré sin que tengáis que pagar ningún rescate por él”. Preguntaron a su hijo y éste les dijo: “He visto en mi amo algo que me hace preferirlo a todo”. Conmovido por las palabras de Zaid, Muhammad se presentó delante de la kaaba, y proclamó públicamente que Zaid quedaba emancipado y que él lo adoptaba como hijo. El padre y el tío volvieron tristemente a su casa, pero completamente tranquilos sobre la situación del muchacho.

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