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De profetas y sabios: Muhammad (SAWS) y Lao Tse

Todo el mundo nace con su naturaleza original intacta, y son sus padres los que lo hacen cristiano, judío o politeísta

11/08/2011 - Autor: Guillermo Peláez Machado - Fuente: Webislam
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Lao tse.
Lao tse.

Comparar a Muhammad (SAWS) con Lao Tse puede ser una labor difícil sino imposible, pero más allá de eso podría llegar a ser injusta, sobre todo porque encontramos mucha información sobre el Profeta del Islam y casi ninguna del sabio del taoísmo, lo cual podría obligarnos a hacer un ejercicio de imaginación cuyo resultado final fuere tan apegado a la realidad como elevada nuestra capacidad para saber extraer múltiples aspectos de los textos de que disponemos.

Dice Lao Tse: “Estoy apaciguado y todavía sin señal de inquietud como niño que aún no ha sonreído, andando siempre errante como quien no tiene adonde volver”.

He ahí algunas evidencias fundamentales del carácter recurrente en los sabios del taoísmo, rescatados también en el Chuang Tse y el Lie Zí. Se trata de una persona que no muestra signos de inquietud, que la quietud de su espíritu mana hacia el exterior en una suerte de ataraxia. La agitación propia de los humanos le es ajena.

Pero ni en Muhammad (SAWS) ni en ninguno de los profetas del Corán, salvo Jesús (AS) encontraremos esa cualidad, sino vaivenes espirituales. Se trata de seres que sienten un “llamado” que les genera una especie de división espiritual: por un lado quieren obedecer y por el otro se rehúsan con fuerza. Son humanos que tuvieron una vida relativamente normal hasta que en determinado momento fueron llamados a una misión, para la cual hicieron esfuerzos aún contra su propia naturaleza, en pos de obedecer. Se trata pues, siempre, de advertir a la comunidad para que se aparten de un camino dirigido a la autodestrucción. En el caso de Suayb (AS), por ejemplo nos encontramos con un hombre enviado a su comunidad para transmitir una información: si no dejan de obrar de la manera en que lo hacen serán destruídos. Suayb (AS) le dice a los madianitas que no defrauden a los demás, estafando con el peso de los productos con que comerciaban.

Es en Jesús (AS) que encontramos una impasibilidad comparable a Lao Tse, puesto que nace ya con una personalidad de profeta clara, no se trata tan solo de la fitra –con la que todos venimos- sino de un don profético específico. De igual manera, de Lao Tse nos cuentan las tradiciones, que nació ya anciano, puesto que su madre lo llevó en el vientre por 81 Años, de tal manera que su cabello ya le había encanecido. De Jesús encontramos que es él mismo quien recién nacido calma a su madre: “Y cuando los ángeles dijeron: María, Allah te anuncia la buena nueva de una palabra que procede de Él. Su nombre es el Ungido, Jesús, hijo de María, considerado en la vida de acá y en la otra y será de los allegados. Hablará a la gente en la cuna y de adulto y será de los justos” (Corán 3/45-46). Las historias como la llamada “agonía en el huerto”, o el “porqué me has abandonado” durante la crucifixión, no forman parte de la historia profética en El Corán.

Lao Tse tiene en su naturaleza el mensaje que va a transmitir, lo que se simboliza en que nazca ya anciano, y aunque finalmente tiene que ser forzado por el guarda de la torre para escribir el Tao-Te-King -como contaremos en detalle más adelante-, al igual que Jesús (AS), quien nace ya consciente de su misión, ambos parecen ser en sí mismos una representación, casi un ideal o una encarnación de su mensaje.

Ni los profetas del islam, ni los sabios del taoísmo nacieron con un estado espiritual más elevado: estaban en fitra –o pureza- igual que todos cuando vinimos a la vida; pero lo que sí tenían era una misión predeterminada. Durante el cumplimiento de su misión, por lo tanto, fueron mensajeros más que santos.

Dijo Muhammad (SAWS): “Todo el mundo nace con su naturaleza original intacta, y son sus padres los que lo hacen cristiano, judío o politeísta”. Uno de sus compañeros exclamó: “Oh musulmán” y él dijo: “No, pues el islam es el modo de vida original de todo ser humano”. Esta diferenciación entre santo y mensajero puede parecer poco importante, pero resulta que puede ser clave cuando dejamos que venga en nuestro auxilio la filosofía taoísta; recordemos que en esta se habla de sabios, y el sabio es “el que sabe algo”.

Sabemos que tras observar el funcionamiento de las relaciones humanas y de los humanos con su entorno, Lao Tse llegó a un conocimiento, a una conclusión; supo algo porque lo experimentó. Él vió un problema en su perfección, en su completitud, y al hacer esto pudo percibir con absoluta realidad la respuesta respectiva. Fue la percepción de la realidad lo que le produjo, con el respectivo shock, probablemente, la respuesta. En el caso de Muhammad (SAWS), él tiene una revelación que también viene precedida por una observación y un rechazo de la sociedad de su época. Pero esta revelación es también un saber: que “tu Señor ha creado al hombre de sangre coagulada… …tu Señor es el munífico” (Corán 96/2) ”…los que están en los cielos y en la tierra se someten a Él de grado o por fuerza…” (Corán 3/83).

Desde el punto de vista del ser, Muhammad y Lao Tse nacieron en fitra como todos, probablemente la hallan perdido y luego la adquieren nuevamente por conocimiento. De su ser, por lo tanto, no podemos asegurar tan a la ligera que tenían algo especial. Pero de su saber sí tenemos que hay algo extraordinario: ellos escucharon, de boca de la realidad, sobre sí misma, su existencia y su naturaleza.

He ahí su importancia, nosotros también podemos ser santos, de hecho lo fuimos al nacer, pero no podemos saber a menos que escuchemos la realidad en vez de tan solo oírla. He ahí la grandeza de Muhammad (SAWS) y Lao Tse, que supieron, además de ser para entonces poder transmitirnos algo. A veces eso que nos transmitieron tan solo nos activa un recuerdo, otras más se nos genera la esperanza o la intuición de una posibilidad.

Así que en resumen hay por lo menos tres estados diferenciables claramente: el de santidad original o fitra, el de una persona que se ha degenerado, tanto porque actúa mal como porque actúa bien creyendo que este solo hecho acarrea algo de bueno, y el que ha vuelto a su estado original. Además, existen aquellas personas que llevan un mensaje a la humanidad después de haber recuperado su pureza original.

Parte de esta clasificación queda mejor explicada con el cuento de Chuang Tse: “Si comparamos al ladrón con el ciudadano respetable, vemos que uno es, desde luego más respetable que el otro; y aún así coinciden en esto: ambos han perdido la simplicidad original del hombre. ¿Cómo la perdieron? He aquí las cinco maneras: el amor a los colores atonta el ojo y ya no se consigue ver correctamente, el amor a las armonías hechiza el oído y se pierde el verdadero oído. El amor a los perfumes llena la cabeza de vahídos. El amor a los sabores arruina el gusto. Los deseos desazonan al corazón hasta que la naturaleza original enloquece. Estos cinco son los enemigos de la verdadera vida. Y aún así son aquello para lo que “hombres de gran discernimiento” afirman que viven. No son aquello para lo que yo vivo: ¡si esto es la vida, entonces los palomos enjaulados han encontrado la felicidad!”. Esto puede asociarse con los niveles del alma descritos en El Corán: el alma pura, el alma que tiende al mal, el alma que reprueba el mal que hace y el alma sosegada: “El alma exige el mal, a menos que mi Señor use de su misericordia. Mi Señor es indulgente, misericordioso” (Corán 12/53) “En verdad, el hombre camina hacia su perdición…” (Corán 103/2-3) Es decir, que hay una tendencia genérica hacia la degeneración del estado primigenio de “fitra”. Pero el alma puede ser llevada a otro nivel, el de: “Juro por el alma que reprueba el mal” (Corán 75/2), es decir que el estado de la mayoría de las personas es el de reprimir su maldad. Y finalmente: “Alma sosegada, vuelve a tu Señor, satisfecha, acepta. Y entra con mis siervos, entra en Mi Jardín” (Corán 89/27-30)

En fin, el verdadero mérito está en aceptar al Tao, a la Fuerza Suprema, a Allah, y no actuar de manera automática sino de tal manera que la “verdadera ley” natural fluya por nosotros y desde nosotros. “… os hemos mandado un Enviado de entre vosotros para que os recite Nuestras aleyas, para que os purifique, para que os enseñe la Escritura y la Sabiduría, para que os enseñe lo que no sabían” (Corán 2/151), es decir que Muhammad (SAWS) viene para purificar, es decir hacernos retornar a nuestro estado primigenio y para transmitirnos su sabiduría para alcanzar dicho estado. Esta idea de purificación, no es exclusiva de la aleya citada previamente, por el contrario es absolutamente recurrente en los textos del islam e incluso en la práctica cotidiana del musulmán, como cuando antes de la oración, se realizan unos lavados (wudú) con una fuerte carga simbólica que se dirige primordialmente hacia la idea de “quitarse aquello que está de más, aquello que ensucia, lo superfluo”. Dice El Noble y Generoso Corán: “Sabed que la vida de acá es juego, rivalidad en jactancia, afán de más hacienda, de más hijos. Es como un chaparrón, la vegetación resultante alegra al sembrador, pero luego ves que se marchita y se amarillea. En la otra vida habrá castigo severo y satisfacción de Allah, mientras que la vida de acá no es más que falaz disfrute”. (Corán 57/1-2)

Escrito todo esto, ahora podemos ver algunas diferencias fundamentales entre los sabios del taoísmo y los profetas del islam: de los sabios del taoísmo se nos cuenta que son impasibles ante cualquier adversidad, y de los profetas del islam, que padecen pesares por múltiples causas, por las cuales son consolados e instados a tener paciencia.

Los profetas del Corán tienen un conocimiento cuya transmisión les genera dificultades, por lo tanto son consolados en sus revelaciones. Constantemente en El Corán se le dice a Muhammad (SAWS) que no se aflija por lo que los demás puedan pensar o hacerle y que tenga paciencia. Pero sin embargo, ¿debe esta diferencia extrañarnos? Lo que debemos hacer es comparar los dos canales por los que nos ha llegado información de los profetas del Corán y de los sabios del Tao-Te-King; en el primero de los casos, se trata de una “revelación”, es decir un texto que fue revelado por Allah y transmitido por el profeta en persona, y en el taoísmo encontramos textos más bien dispersos que fueron redactados por algunos de los estudiantes o discípulos de estos sabios; independientemente de que haya habido o no deformación, lo que sí es cierto es que evidentemente estos escritos nos muestran una visión de seres perfectos que casi dejan de ser humanos, ya que solo se ofrece una faceta temporal de ellos, lo cual ha resultado en la degeneración actual de las enseñanzas del taoísmo religioso, que ha terminado por deificarles, alejándolos de ser un ejemplo para los humanos. Por ello, vemos en China cómo se ha transformado a muchos sabios del taoísmo hasta tal punto que se les pide por cosas materiales como si fueran ídolos. El único caso en el que el mismo sabio, al parecer, escribe su texto es en el TaoTeKing, y se debe a que (según nos cuentan las historias taoístas) partiendo al retiro, apartándose de una ciudad consumida en la corrupción y en la degeneración en la que había servido en un alto cargo, Lao Tse es retenido por el guarda de la torre quien consciente del estado espiritual del sabio, le obliga a escribir un libro, y es así como surge el TaoTeKing. Pero en fín, tanto el TaoTeKing como el Chuang Tse o el Lie Zí, en cualquier caso tienen en común esa visión unidimensional de los sabios: únicamente aquella de mayor claridad espiritual. Por el contrario, El Corán nos ofrece una visión de los profetas como humanos, que tienen temor, fallan, son consolados, pero que tarde o temprano regresan a la fitra y aceptan su misión profética.

De hecho, un caso relevante y radicalmente diferenciable de otras tradiciones de origen judeo-cristiano es el de Adán (AS), quien es tenido como paradigma del pecado para los cristianos pero que en el islam se nos dice que aún él se volvió a Allah, es decir que retorno a la fitra, al paraíso perdido. Nos encontramos con un profeta ejemplar a la hora de representar su característica humana. “Habíamos concertado antes una alianza con Adán, pero olvidó y no vimos en él resolución. Y cuando dijimos a los ángeles “prosternaos ante Adán”, se prosternaron, excepto Iblis, que se negó. Dijimos: Adán, éste es un enemigo para ti y para tu esposa, que no os expulse del Jardín; si no, serás desgraciado. En él no debes sufrir hambre ni desnudez, ni sed, ni ardor del sol. Pero el Demonio le insinuó el mal. Dijo: Adán ¿Te indico el árbol de la inmortalidad y de un demonio imperecedero? Comieron de él, se les reveló su desnudez y comenzaron a cubrirse con hojas del jardín. Adán desobedeció a su Señor y se descarrió. Luego, su Señor le escogió, le perdonó y le puso en la buena dirección. (Corán 20/115-122)

La revelación de la desnudez de Adán y Eva representa el temor e incluso la vergüenza que tenemos de mostrarnos a nosotros mismos en nuestra desnudez, es decir en nuestro estado primigenio. Hoy en día nuestras ropas son las posesiones materiales y las moralinas que nos envuelven, quitándonos la capacidad de vivir en nuestro estado de fitra, que describe Chuang Tse, metafóricamente, de la siguiente manera: “Los peces nacen en el agua, el hombre nace en el Tao. Si los peces, nacidos en el agua, buscan la sombra profunda del estanque o la alberca, todas sus necesidades son satisfechas. Si el hombre, nacido en el Tao, se hunde en la profunda sombra de la no-acción, para olvidar la agresión y las preocupaciones no le falta nada, su vida es segura. Moraleja: “todo lo que necesita el pez es perderse en el agua. Todo lo que el hombre necesita es perderse en el Tao”.

En conclusión, compartiendo contenidos esenciales en los mensajes finales de los sabios del taoísmo y los profetas del islam, encontramos diferencias aparentes en la manera que han tenido para afrontar su misión. Sin embargo, esto podría deberse a una debilidad yaciente en el mensaje del taoísmo y es que no deja bien clara la naturaleza humana de sus sabios, cosa que sí se afinca en afirmar el islam, al punto de desdeificar a profetas como Jesús (AS).

Citas del Chuang Tse del libro de Thomas Merton El camino de Chuang Tzu, Editorial Lumen, Buenos Aires, Argentina.
Citas del TaoTeKing del libro de editorial El Perro y la rana, Ministerio de la Cultura de la República Bolivariana de Venezuela.
Traducción de Jaime Uyá.
Citas del Corán de la editorial Herder, traducida por Julio Cortés.
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