webislam

Jueves 9 Abril 2020 | Al-Jamis 15 Shaban 1441
2742 usuarios en linea | Español · English · عربي

WebIslam.com

» Artículos

?idt=20080

Estambul y sus revoluciones: camino hacia la modernidad

En efecto, Selim III fue testimonio de una voluntad de renovación del Estado otomano, que hizo de él el verdadero precursor de los sultanes y grandes visires reformadores del siglo XIX

30/07/2011 - Autor: Frédéric Hitzel - Fuente: Dossier
  • 5me gusta o estoy de acuerdo
  • Compartir en meneame
  • Compartir en facebook
  • Descargar PDF
  • Imprimir
  • Envia a un amigo
  • Estadisticas de la publicación

El sultán Selim III, un precursor de grandes reformas
El sultán Selim III, un precursor de grandes reformas

Si hoy me toca a mí, mañana te tocará a ti”. Esta advertencia, que es frecuente encontrar grabada en los epitafios de las estelas funerarias otomanas, recuerda al buen musulmán que todos los hombres están desti­nados a morir, en un tiempo límite fijado por Dios. Este término predes­tinado no puede adelantarse ni atrasarse, tal como lo dice otra fórmula funeraria común en los cementerios de Estambul: “Puesto que le llegó su fin, no podría haber piedad para él”. Este precepto se aplica a todo ser humano, incluso a los sultanes otomanos que, desde su capital de Estambul, gobier­nan el más vasto imperio musulmán, que se extiende desde las riberas del Adriático hasta los confines de África del Norte (excepto Marruecos), pa­sando por la península arábiga. Sin embargo, es obvio: el soberano otomán no era el primer fiel que llegaba. Era la sombra de Dios en la Tierra, lo que hacía de él una pieza esencial del sistema institucional. Su muerte plantea­ ba la delicada cuestión de su sucesión. Si bien la mayoría de los sultanes murieron en el trono, algunos fueron depuestos, y otros asesinados. Esto es lo que ocurrió al sultán Selim III, quien tuvo que ceder el trono a su primo Mustafá IV en 1807, antes de ser salvajemente ejecutado el año siguiente. El trágico final de su reinado, sobre el que volveremos más adelante, marcó fuertemente la historiografía turca.

En efecto, más que cualquier otro sul­tán antes que él, Selim III fue testimonio de una voluntad de renovación del Estado otomano, que hizo de él el verdadero precursor de los sultanes y grandes visires reformadores del siglo XIX.1 Además, su reinado coincidió con algunos grandes acontecimientos de finales de los siglos XVIII y XIX. Comienza con él una nueva fase de la historia del Estado otomano cuando, por su parte, en la otra orilla del Atlántico, México estaba viviendo su proceso de independencia.

Así como los siglos XVI y XVII fueron brillantes para el Imperio Otomano y su capital Estambul, que se había convertido en uno de los faros del Viejo Mundo, de igual manera los últimos años del siglo XVII anuncian un cambio de dirección que empezó con el repliegue de las tropas otomanas ante Viena en 1683. El siglo siguiente marca el verdadero inicio de la ofensiva de las grandes potencias europeas, tanto en el ámbito militar y diplomático como en el económico, sin contar con la influencia occidental que empieza a ejer­ cerse en los espectros técnico y cultural. En el plano militar, rusos y austria­cos logran victorias que obligan a un repliegue de las fronteras del imperio; en el económico, franceses y, en menor grado, ingleses y holandeses, incre­ mentan su penetración en el Mediterráneo. Por último, todas estas nacio­nes ejercen un nuevo tipo de presión al favorecer a las minorías cristianas del imperio (armenios y griegos), injerencia de carácter social que luego se va a transformar en apoyo político.

Este declive del Imperio Otomano va a aparecer de manera notable en el momento de la guerra ruso-­turca (1768-­1774), que marca el inicio de lo que suele llamarse la “Cuestión de Oriente”.2 Desde la firma del desastroso tratado de Kutchuk Kainardji (julio de 1774), que consagra los progresos militares, diplomáticos y políticos de Rusia, el nuevo sultán Abdul­Hamid I (1774-­1789) trabaja para renovar el Estado otomano y, en primer lugar, para constituir un ejército y una flota capaces de proteger las fronteras del imperio. Es así como, desde 1774, confía al barón François de Tott, un gentil hombre húngaro al servicio de Francia, la creación de una artillería moderna.3 Con la ayuda de un renegado escocés llamado Campbell, apodado “Mustafá el inglés” (Ingiliz Mustafa), de un oficial de artillería francés, Antoine­ Charles Aubert, y de una compañía de doce maestros obreros enviados por la corte de Versalles, Tott organizó un nuevo cuerpo de artillería de tiro rápido, de pocos efectivos, pero bien entrenados, bien dirigidos y dotados con caño­nes, algunos proporcionados por Francia; por otra parte, crea en Estambul una fundición de cañones y una escuela de ingenieros, dirigidas a partir de 1784 por dos oficiales del cuerpo de ingenieros militares, de La Fitte­Clavé y Monnier de Courtois.4

Se renueva la marina bajo la enérgica batuta de un almirante mayor, Djezayirli Ghazi Hasan Pacha, quien da inicio en los diferentes arsenales del imperio a la construcción de navíos modernos, para lo cual recurre a técni­cos extranjeros dirigidos por dos ingenieros franceses del puerto de Lorient, Le Roy y Durest, y cuatro armadores originarios de Tolón. Se hacen es­ fuerzos para reclutar y entrenar marinos; al mismo tiempo se llevan a cabo mejoras en las carenas de las naves y surgen las primeras lanchas cañoneras. Paralelamente a este reordenamiento en el ámbito militar, el sultán dirige su atención y esfuerzos al mejoramiento de las condiciones económicas: alienta las industrias locales, le apuesta a vigorizar la industria textil, en fuerte competencia con los productos europeos favorece la fabricación de artesanías. Estas medidas se topan con la oposición de los conservadores, de los religiosos (ulemas) y de ciertos jefes militares.5 A los reformadores con­ vencidos, aunque poco numerosos, se les acusa además, en razón del llamado que se hace a técnicos europeos, a menudo franceses, de minar las bases religiosas y sociales del Estado. Esta oposición a las reformas tiene el apoyo velado de los rusos y los austriacos, a los que no les interesa mucho que el Estado otomano elimine sus debilidades y con ello aumente su poderío. Catalina II manifiesta, por lo demás, sus intenciones de manera abierta: en 1779, sus tropas penetran en Crimea, el viejo territorio musulmán del Norte del Mar Negro (anexión confirmada por el tratado de Aynali Kavak, de enero de 1784). El mismo año, el feldmariscal Potemkine funda la puerta marítima de Sebastopol en el emplazamiento de un pueblo tátaro, sentando así las bases del principal puerto de guerra ruso que permitía el acceso al Mediterráneo.

En Estambul, aunque encerrado y aislado en el palacio de Topkapi, el joven príncipe Selim, nacido el 24 de diciembre de 1761, sigue de cerca todos estos acontecimientos. Quienes lo mantienen al corriente de las refor­mas de su tío Abdul­ Hamid I son sus esclavos y sus amigos, así como tam­bién su médico veneciano, el doctor Lorenzo, a sueldo al mismo tiempo de las embajadas francesa y austriaca, particularidad ésta que es necesario ha­ cer notar. Bajo su influencia, incluso antes de subir al trono, entendía la necesidad de reformar el imperio, pero la idea que se hacía de ella seguía siendo tradicional. Para él, era preponderante poner fin a los abusos y a la ineficiencia, restaurar el espíritu de disciplina y de servicio, pero sin dejar de respetar el marco tradicional.

Deseoso de conocer a los otros regímenes del mundo, en particular el de Francia, debido al lugar que tenían en Estambul los técnicos de aquella nación, el príncipe Selim mantiene una correspondencia secreta con el rey Luis XVI, modelo del monarca cultivado que desea llegar a ser.6 Pero el 7 de abril de 1789, cuando a los 28 años sube al trono con el nombre de Selim III y se apresta a solicitar la ayuda del rey de Francia para reorganizar sus ejér­citos y recuperar los territorios otomanos dejados en manos de Rusia, ocu­rren dos acontecimientos que se contraponen a sus proyectos: en Francia, los Estados Generales, que marcan el inicio de la Revolución Francesa, están a punto de ser convocados, y estalla un nuevo conflicto social entre el Imperio otomano y Rusia.

Debido a esta guerra, a la que se unió Austria, Selim III tiene que retra­sar cinco años el lanzamiento de sus reformas. Aprovecha para poner en puestos de responsabilidad a varios compañeros de su infancia, con lo que constituye a su alrededor un nuevo equipo de administradores y soldados favorables a las reformas. A petición del sultán algunas personalidades se unen al movimiento y preparan una serie de informes sobre la situación en la que se encuentra el imperio. Estos informes preconizan a menudo reformas que van más allá de lo que deseaba el sultán, en particular en los ámbitos económico y social. Como siempre, este movimiento suscita oposiciones; estas últimas terminarán por triunfar en 1807. Como el imperio está en guerra, las primeras medidas de renovación se aplican lógicamente a las fuer­ zas armadas. Los cuerpos tradicionales del ejército otomano, en particular la infantería de los jenízaros, no sufren cambios drásticos en sentido estricto. Sin embargo, el reclutamiento se hace más severo, se instaura una nueva jerarquía y se fijan sueldos de acuerdo con los grados y las capacidades: el entrenamiento se vuelve regular y obligatorio, y se controla el ausentismo. Se agrandan y modernizan las barracas para los cuerpos. Pero más allá de este marco, Selim III decide crear en 1794 un nuevo cuerpo de artillería, llamado “la nueva organización” (nizam-i cedid). Entrenadas a la europea por oficiales franceses que les imponen uniforme y disciplina, y les enseñan el manejo de las armas, estas nuevas tropas se van a desarrollar rápidamente gracias a importantes medios financieros: pasan de 2,536 hombres y 27 ofi­ciales en 1797 a 22,685 soldados y 1,590 oficiales en 1807, la mitad de los cuales permanece en Anatolia y el resto en Estambul.7 Al mismo tiempo, el gobierno revolucionario francés envía a varias decenas de oficiales encarga­ dos de desarrollar una escuela de ingeniería militar destinada a formar oficia­ les especializados, a reformar las fundiciones de cañones y las fábricas de pólvora, y a establecer manufacturas de armas.8

Las reformas también se hacen en la marina, cuya renovación había sido iniciada por Djezayirli Ghazi Hasan Pacha. Su sucesor, Kutchuk Hussein Pacha, almirante mayor durante casi todo el reinado de Selim III (de 1792 a 1803), prosigue con su obra: mejora el reclutamiento y la formación de los marinos, reorganiza los arsenales, manda construir diques de carena por par­ te de ingenieros suecos y crea una escuela de salud naval, con el objetivo de establecer una marina moderna.9 No obstante, estas reformas tienen un cos­to y Selim III se ve obligado a efectuar una devaluación de la moneda y a aumentar los impuestos; estas medidas llegan a la confiscación de bienes de los ricos negociantes. Aunque muy tradicionales entre los otomanos, dichas medidas acarrean fatalmente cierto descontento en la población.

De igual manera, las reformas se hacen en los servicios civiles, pero son mucho menos profundas: tienen que ver con la reorganización de los servi­cios financieros, el abastecimiento de productos de primera necesidad a las ciudades, la obligación para los campesinos que huían del campo de regre­sar a sus pueblos, el respeto de las tradiciones y de cierta moral (cierre de tabernas y burdeles en la capital). Los éxitos económicos más importantes tienen su origen en estos esfuerzos por regularizar al abastecimiento a las grandes ciudades de granos, café y otros productos alimenticios, con lo que se atenúan los efectos más graves de la sobrepoblación y la inflación; estos últimos se manifestarán, sin embargo, de manera endémica hasta finales del reinado de Selim III.

Dicho periodo está marcado, sobre todo, por cierta apertura hacia Occidente, en particular hacia Francia, cuya cultura aprecia. Por intermedia­ción de su hermana, la sultana Khadidja, Selim III recluta a un joven artista lorenés, Antoine ­Ignace Melling, quien construirá para él varios pabellones a lo largo del Bósforo, en estilo neoclásico.10 Un ingeniero, también lorenés, François Kauffer, diseñará a su petición jardines a la francesa, con laberinto.11 Sin embargo, Selim III no comprende las nuevas ideas que aparecieron con la Revolución Francesa.12 Le resultan indiferentes los bailoteos de los patrio­tas franceses que cantan la carmañola alrededor de un árbol de la libertad plantado en la terraza del Palacio de Francia coreando “Vivan la Libertad, la Igualdad y la República”, así como los debates, llenos de ardor, de un club jacobino durante el que se distribuyen escarapelas.13 En cuanto al con­ tenido de los diarios (la Gazette française de constantinopla, le Mercure oriental) y de los panfletos impresos en las prensas de la embajada de Francia, varios de los cuales se traducen al otomano, su comprensión es aún menor.14 Este inicio de apertura hacia Occidente está marcado, sin embargo, por una in­novación: la que tiene que ver con la diplomacia.

Por primera vez en su historia, el Imperio Otomano nombra embajadores permanentes en diver­sas capitales europeas. En 1793, se envía un embajador a Londres; en 1795, a Berlín y a Viena. La ejecución del rey Luis XVI, a quien Selim no aprue­ba, atrasará el nombramiento de un embajador turco en Francia; Seyyid Ali no será ratificado realmente sino hasta septiembre de 1796. No llegará a París antes de julio de 1797 con un séquito de 18 personas; tendrá la oca­sión de reunirse varias veces con Talleyrand, quien se había convertido en ministro de Relaciones Exteriores. Pero la expedición de Egipto de Bonaparte en 1798 acarreará la ruptura de relaciones con Francia, que durará un poco más de tres años.15

Las múltiples reformas emprendidas por Selim III, así como las guerras con Rusia y Austria, que no terminarán sino hasta 1792, exigen considera­bles medios financieros y humanos. A todas las provincias del imperio, des­ de los Balcanes hasta las provincias árabes, se les pide su contribución, lo que acarrea rebeliones aquí y allá, como la de Ali Pacha de Janina, en Grecia del Norte y en Albania (personaje legendario que encontramos en la novela de Alejandro Dumas, El conde de Montecristo), la de Kara Georges en Serbia y Pasvanoghlou Osman en Bulgaria. Estas revueltas tienen tanto más eco cuanto que las ideas emitidas por la Revolución Francesa empiezan a ex­tenderse, en particular en los medios intelectuales griegos, lo que incita a Selim III a sentir una nueva desconfianza respecto de Francia. Al mismo tiempo, se modifica el contexto internacional: durante el verano de 1797, los franceses del ejército de Italia destruyen Venecia y se apoderan de las Islas Ionias.16 Las relaciones con Rusia mejoran tras la muerte de Catalina II en noviembre de 1796, al mismo tiempo que su sucesor, Pablo I, se acerca a los otomanos para intentar oponerse a la influencia francesa. La expedición de Bonaparte a Egipto (1798-­1801) no tarda en comprometer de manera definitiva las buenas relaciones turco­francesas; dicha expedición obliga a Selim III a pactar una alianza con los británicos y los rusos, así como a decla­rar la guerra a Francia (9 de septiembre de 1798).17 Las consecuencias de esta conflagración resultan desastrosas para el comercio francés en Levante: arrestan a cónsules y comerciantes, confiscan bienes franceses, los otoma­nos reconquistan las islas Ionias, que estaban bajo control de los franceses. Los ejércitos francés y ruso se enfrentan en Palestina, y luego Bonaparte tiene que levantar el sitio de Saint­Jean­d’Acre (23 de marzo-­11 de mayo de 1799) ante la resistencia de las nuevas tropas del nizam-i cedid. Otro ejército turco resulta vencido en Aboukir, en julio, pero el general Kléber, quien sucedió a Bonaparte luego de que éste regresara a Francia de incógnito, muere asesinado en el Cairo el 14 de junio de 1800, y su sucesor, el general Menou, evacua Egipto un año después, el 1 de septiembre de 1801. Se fir­ma la paz en Amiens, en junio de 1802: Francia recobra todo lo que había tenido que conceder con anterioridad e incluso obtiene el derecho a nave­gar en el Mar Negro. La política de amistad con Francia, renovada a partir de entonces, continuará a pesar de las tentativas rusas e inglesas por oponerse a ella. En esta época, Selim III se encuentra en la cúspide de su rei­nado. Aparece como un soberano feliz, cuya política, tanto interna como externa, ha tenido éxito. Sin embargo, esta mejoría no dura mucho y el des­contento no tardará en hacerse visible.

Aprovechando la ausencia de autoridad, resultado de las guerras contra Rusia y Austria, y luego contra Francia en Egipto y Palestina, algunos gober­nadores, notables y hasta jefes de bandas tratan de instaurar en su provincia una autonomía que les resulte provechosa. Estas revueltas tienen diferen­tes motivaciones y adquieren un carácter político, personal, nacionalista o religioso, según las regiones y el contexto. Si bien no se insiste todavía en el “principio de las nacionalidades”, éste ya empieza a manifestarse. Cierta­ mente, las ideas siguen siendo confusas para la mayoría de la gente, que no ve en estos movimientos más que un medio de hacer que los dirigentes otomanos reconsideren su sistema de dominio. Pero ya las nuevas ideas de independencia y libertad hacen eco. Aunque sea la inspiradora de tales ideas, la Francia del Consulado y luego la del Primer Imperio prefieren no obstante conservar cierta neutralidad, en razón de su política de amistad tradicional con el gobierno otomano, más aún cuando austriacos y rusos son sus enemigos comunes. Rusos e ingleses ven con muy malos ojos la preponderancia de la influen­cia francesa en Estambul, que es reforzada por las victorias de Napoleón en Ulm (17 de octubre de 1805) y en Austerlitz (2 de diciembre de 1805), lo que permite al sultán endurecer su actitud respecto de ellos.18 Así, el dere­cho de paso en los Estrechos (Bósforo y Dardanelos), otorgado en un pri­mer momento a los rusos, se les rehúsa en el otoño de 1806. Selim III pue­de, por lo demás, contar con el apoyo de Francia, cuyo embajador en Estambul, el general Horace Sébastiani, es considerado como un héroe por haber organizado la defensa de la capital otomana y por haber repelido el bloqueo de una flota inglesa (febrero de 1807).19 Algunos autores atribuyen igualmente estas buenas relaciones franco­turcas al papel que desempeñó una dama del harem que, en principio, era francesa, identificada con el nombre de Aimée Dubuc de Rivery, prima de Joséphine de Beauharnais. Nada permite afirmar que Aimée Dubuc, capturada por piratas berberiscos, haya sido parte del harem del sultán, en el que se habría convertido, con el nombre de Nakchidil, en la favorita de Abdul­ Hamid I. Ciertamente, la madre del sultán Mahmut II se llamaba Nakchidil, pero no parece que sea esta francesa la musa de Selim III y la inspiradora de su política profrance­ sa.20 Sea como fuere, esta favorita no podrá impedir la caída de Selim III.

A finales de mayo de 1807, Selim III tiene que enfrentar una nueva re­ vuelta. Ésta, tan repentina como espontánea, es mucho más grave que las anteriores.21 Se origina en las filas de los jenízaros, en rebelión contra oficia­ les del nuevo ejército del nizam-i cedid. Esta vez, el sultán duda en aplicar mano dura. Trata de negociar con los rebeldes que no aceptan y avanzan hacia el palacio imperial y a los que se han unido todo tipo de opositores; éstos reclaman la abolición de las reformas y, más allá, su simple y llana deposición. Luego de muchas pláticas, Selim III renuncia a defenderse y abdica en favor de su primo Mustafá IV, quien sube al trono el 29 de mayo de 1807. Así, el reinado del más liberal de los reformadores tradicionales termina en una derrota.

Mustafá IV, quien muestra poquísima personalidad, se pliega ante las exigencias de los medios conservadores y reaccionarios: todas las innovacio­nes que se introdujeron bajo Selim III, empezando con el nizam-i cedid, quedan abolidas, y las antiguas instituciones y leyes vuelven por sus fueros. Todos aquellos que, en diverso grado, fueron víctimas del régimen prece­dente o son considerados como tales recuperan sus bienes o reciben com­ pensaciones. La cacería de partidarios de Selim III –y en particular los oficiales del nizam-i cedid– se organiza por todo el imperio. El poder de los jenízaros de Estambul, que dieron origen al derrocamiento del sultán, ya no tiene límites; hacen que reine el terror y los saqueos en la capital, hasta tal punto que los nuevos dirigentes tienen que tratar de alejarlos haciéndoles promesas y concediéndoles ventajas.

A estas dificultades de orden interno se añaden algunas inquietudes provocadas por acontecimientos ocurridos fuera del imperio. Dado que Napoleón había vencido a los rusos en Friedland (14 de julio de 1807), ya no requería al aliado otomano. El 7 de julio de 1807, Napoleón acepta pactar la paz con el Zar Alejandro I en Tilsit: además de cierta cantidad de puntos relativos a la Europa Occidental, el emperador de los franceses se compromete a intervenir como mediador entre rusos y turcos; en caso de fracasar, ambos emperadores llegarán a un acuerdo para quitar a los otomanos su dominación sobre la Europa balcánica y repartirse luego el Imperio Otomano.22

Estas amenazas, a las que se añaden la incompetencia y la ausencia de actos positivos por parte del nuevo soberano de Estambul, provocan que se acerquen reformadores y notables, quienes temen que la situación interna se degrade. Estos últimos contactan entonces a un tal Bayraktar Mustafá Pacha, quien aparece con sus tropas como el hombre fuerte del momento, para reinstalar a Selim III en el trono. Se inician negociaciones entre los reformadores, el sultán Mustafá IV y el nuevo gran visir Tchelebi Mustafá Pacha. El resultado es la entrada a Estambul de Mustafá Bayraktar y sus tropas, el 18 de julio de 1808. Pero como Bayraktar estaba adquiriendo de­ masiada importancia, el sultán y el gran visir tratan de alejarlo de la capital enviándolo a guerrear del lado de la frontera danubiana. Se rehúsa, y muy por el contrario, exige la deposición de Mustafá IV y la reinstalación de Selim III. Mustafá IV, puesto en un predicamento, decide pasar a la acción y envía a sus propios agentes a matar a Selim y al príncipe Mahmut, lo que lo convertiría en el único miembro todavía vivo del linaje otomano. A Selim, en efecto, lo capturan y asesinan salvajemente. Pero el joven príncipe Mahmut logra escapar por los techos del palacio de Topkapi y se refugia con Bayraktar Mustafá Pacha, quien lo proclama sultán el 28 de julio de 1808. Este príncipe, uno de los hijos de Abdul ­Hamid I, en lo suce­sivo va a reinar con el nombre de Mahmut II (1808­-1839). Dará continuidad a la política de su padre y de su primo, Selim III, y será el verdadero inicia­dor de las grandes reformas del Imperio Otomano a principios del siglo XIX. Con él dará inicio el periodo conocido como del tanzimat (las reformas) y la entrada del Imperio Otomano a la modernidad. Con la muerte de Selim III acaba un periodo de la historia otomana du­rante la cual aparece con claridad la presión de las grandes potencias para debilitar el imperio y reducir su dominio territorial, mientras se manifiestan los primeros intentos de reformas, con la oposición de hombres y mentali­dades, demasiado marcados por las tradiciones, las costumbres y el temor de la pérdida de privilegios. El reinado de Selim III constituye, de cual­ quier manera, un periodo de transición. Y aunque los resultados hayan sido objeto de cuestionamientos, es necesario reconocer que hubo intentos de modernización y apertura, se rompió de alguna manera el aislamiento del imperio y algunos jóvenes diplomáticos otomanos pudieron observar de cerca las estructuras y los regímenes de los Estados europeos, que fueron fuente de las futuras reformas. De hecho, Selim III puede ser considerado como uno de los soberanos “cultivados” que marcaron, en la historia oto­mana, los primeros años del siglo XIX. De hecho, en la actualidad, cuando se están oponiendo en Turquía corrientes laicas e islamistas, su memoria si­gue siendo objeto de recuperación política.

1 El mejor estudio sobre Selim III es el de Stanford J. Shaw, Between old and new, the ottoman Empire Under Sultan Selim III, 1789-1807. Cambridge: Harvard University Press, 1971.
2 La “Cuestión de Oriente” corresponde a un conjunto de hechos que se desarrollaron entre 1774 (Tratado de Kutchuk Kainardji) y 1923 (Tratado de Lausana). Sus principales rasgos son el desmem­ bramiento progresivo del Imperio Otomano y la rivalidad de las grandes potencias para establecer su control e influencia sobre el Imperio Balcánico y los países de la ribera del Mediterráneo. Ver Edo­ uard Driault, la Question d’orient. Depuis ses origines jusqu’à nos jours. París: 1898; J. Ancel, Manuel his- torique de la Question d’orient. París: 1923; M. S. Anderson, the Eastern Question, 1774-1923. Londres­ Nueva York: 1966.
3 Su estancia en Oriente dará origen a un relato, verdadero best-seller de la época: Baron F. de Tott, Mémoires sur les turcs et les tartares. Ámsterdam: 1784, 3 vol., reedición de Ferenc Tóth, en las edicio­ nes Honoré Champion, 2004. Ver también F. Tóth, la guerre russo-turque (1768-1774) et la défense des Dardanelles. l’extraordinaire mission du baron de tott. París: Économica, 2008.
4 Auguste Boppe, “La France et le militaire turc au XVIIIe siècle”, Feuilles d’histoire du XVIIe au XXe siècle, VII (1912), pp. 386­402 y 490­501; A. Arcelin, “Une mission militaire en Turquie (1784­ 1788)”, Revue de la Société littéraire, historique et archéologique du département de l’Ain, 1873­1874, pp. 8­25; Frédéric Hitzel, “Les écoles de mathématiques turques et l’aide française (1775­1798)”, Actes du sixième congrès international d’histoire économique et sociale de l’Empire ottoman et de la turquie (1326-1960), Aix­en­Provence (1­4 julio, 1992), collection turcica, VIII, 1995, pp. 813­825.
5 Uriel Heyd, “The Ottoman ‘Ulema and Westernization in the time of Selim III and Mahmud II”, Studies in Islamic History and civilization, Scripta Hierosolymitana, 10, 1961, pp. 63­96.
6 Léonce Pingaud, choiseul Gouffier. la France en orient sous louis XVI. París: 1887, pp. 87­90; Salih Munir, “Louis XVI et le sultan Sélim III”, Revue d’histoire diplomatique, 26, 1912, pp. 516­548.
7 Stanford J. Shaw, Between old and new, p. 132; idem, “The Established Ottoman Army Corps under Sultan Selim III (1789­1807)”, Der Islam, 40 (1965), pp. 142­185; idem, “The Origins of Ottoman Military Reform: The nizam-i cedid Army of Sultan Selim III”, Journal of Modern History, 37, 1965, pp. 291­306.
8 F. Clément Simon, le premier ambassadeur de la République française à constantinople, le général Aubert Dubayet, París, 1904; Edouard de Marcère, Une ambassade à constantinople: la politique orientale de la Révolution française. París: 1927, 2 vol.
9 Stanford J. Shaw, “Selim III and the Ottoman Navy”, turcica, I, 1969, pp. 212­241; Tuncay Zorlu, Innovation and Empire in turkey: Sultan Selim III and the Modernisation of the ottoman navy. Londres­Nueva York: I. B. Tauris, 2008; Pierre Pinon, “Un épisode de la réception des progrès tech­ niques à Constantinople: l’échec de la mission Ferregeau, ingénieur des Ponts­et­Chaussées”, Varia turcica, XVI, 1990, pp. 71­83.
10 Cornelis Boschma y Jacques Perot, Antoine-Ignace Melling (1763-1831), artiste voyageur, París, 1992; Jacques Perot, “Un artiste lorrain à la cour de Sélim III: Antoine­Ignace Melling (1763­1831)”, Bulletin de la société de l’histoire de l’art français, 1987 1989, pp. 125­150. A su regreso a Francia, Melling conocerá el éxito gracias a la publicación de su magnífica obra Voyage pittoresque de constantinople et des rives du Bosphore. París: 1826.
11 F. Hitzel, “François Kauffer (1751?­1801): ingénieur­cartographe français au service de Sélim III”, Science in Islamic civilisation, editado por Ekmeleddin Ihsanoglu y Feza Günergun. Estambul: 2000, pp. 233­243.
12 F. Clément Simon, “La Révolution et le Grand Turc (1792­1796)”, Revue de Paris, enero­feb de 1907, pp. 426­448; Bernard Lewis, “The Impact of the French Revolution on Turkey”, Journal of World History, 1953, pp. 105­125 (retomado en B. Lewis, le Retour de l’Islam, París, Gallimard, 1985, pp. 67­98); Stéphane Yerasimos, “Les premiers témoignages sur la France post­révolutionnaire: les rapports des ambassadeurs ottomans à Paris pendant le Directoire, le Consulat et l’Empire”, cahiers d’études sur la Méditerranée orientale et le monde turco-iranien, 12, 1991, pp. 47­57.
13 F. Hitzel, “Etienne­Félix Hénin: Un jacobin à Constantinople (1793­1795)”, Anatolia Moderna, I, 1991, pp. 35­46; idem, “Les échos de la Révolution française à Istanbul”, la Révolution française en Alsace, 7, 1995, pp. 145­155; Onnick Jamgocyan, “La Révolution française vue et vécue à Constanti­ nople, 1789­1795”, Annales historiques de la Révolution française, 282 (oct.­dic de 1990). 
14 L. Lagarde, “Note sur les journaux français de Constantinople à l’époque révolutionnaire”, Journal Asiatique, 236, 1948, pp. 271­276; Richard Clogg, “A further note on the French Newspaper of Istanbul during the Revolutionary Period (1795­97)”, Belleten, 155, 1975, pp. 483­492; Gérard Groc, “Les premiers contacts de l’Empire ottoman avec le message de la Révolution française (1789­ 1798)”, cahiers d’études sur la Méditerranée orientale et le monde turco-iranien, 12, 1991, pp. 21­46.
15 Maurice Herbette, Une ambassade turque sous le Directoire, París, 1902; Deux ottomans à Paris sous le Directoire et l’Empire, traducción del otomano, presentación y notas de Stéphane Yerasimos, Arles, Sindbad/Actes Sud, 1998.
16 Emmanuel Rodocanachi, Bonaparte et les îles Ioniennes, París, 1899; Henry Laurens, “Bonaparte, l’Orient et la Grand Nation”, Annales historiques de la Révolution française, 273, 1988, pp. 289­301.
17 Sobre la expedición de Egipto, ver Henry Laurens (coordinador), l’Expédition d’Égypte, 1798- 1801. París: 1989.
18 F. Hitzel, “Austerlitz vu par les Ottomans”, Austerlitz. napoléon au cœur de l’Europe. París: Musée de l’Armée, 2007, pp. 275-­294.
19 Edouard Driault, la politique orientale de napoléon: Sébastiani et Gardane, París, 1904; idem, “Co­ rrespondance du général Sébastiani, ambassadeur à Constantinople, 1806­7”, Revue des études napoléo- niennes, IV, 1913, pp. 402­425; P. Coquelle, “Sébastiani ambassadeur à Constantinople (1806­1808)”, Revue d’histoire diplomatique, 1904, pp. 574­611.
20 La vida de Aimée Dubuc de Rivery, nacida en Pointe Royale, Martinica, en 1776, fue objeto de dos novelas de éxito, una de Michel de Grèce, la nuit du sérail (1985) y otra de Barbara Chase­Riboud, Valide: A novel of the Harem (1986), traducida al francés con el título de la Grande Sultane.
21 Ver, al respecto, A. Juchereau de Saint­Denys, Révolution de constantinople en 1807 et 1808, París, 1819, 2 vol.; E. Driault, la politique orientale de napoléon, pp. 191­192.
22 Albert Vandal, “Documents relatifs au partage de l’Orient négocié entre Napoléon et Alexandre Ier”, Revue d’histoire diplomatique, 1890, pp. 421­470; Edouard Driault, “La question d’Orient en 1807, l’armistice de Slobodzié”, Revue d’histoire diplomatique, 1900, pp. 5­63.
Anuncios



play
play
play
play
play
play
play
play

 

 

Junta Islámica
https://www.webislam.co/articulos/62132-estambul_y_sus_revoluciones_camino_hacia_la_modernidad.html