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Historia del Perro

Del Mejor amigo del Hombre al peor enemigo de tu vecino

23/07/2011 - Autor: Moámmer al-Muháyir - Fuente: Webislam
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Serán recompensados por como traten a cada criatura viviente
Serán recompensados por como traten a cada criatura viviente

(Nota aclaratoria: Es común que haya gente que no logra comprender correctamente lo que se intenta transmitir con un análilsis o artículo. Es posible que quien comience a leer este artículo crea erróneamente que el autor odia a los perros. Eso es un error, y para corroborarlo, basta leer el artículo hasta el final. Pero quien lea el artículo hasta el final, es posible que también se vea asaltado por otra creencia errónea: que el artículo fue compuesto para predicar el Islam, religión que apoya las conclusiones y el análisis del autor. Esto, que quizás no tendría nada de malo, también es erróneo. La verdad es exactamente al revés: es precisamente porque el autor había hecho este análisis mucho antes de conocer el Islam, mientras viajaba a dedo por el norte argentino, que cuando conoció el Islam se sorprendió por su sabiduría y decidió con el tiempo hacerse musulmán. Y no al revés. Por ende, si al artículo le quitáramos algunos párrafos de la conclusión final, obtendríamos un análisis sociológico clásico de cualquier pensador occidental).

El objetivo de este artículo es examinar la relación histórica que el ser humano ha desarrollado con los perros y el papel que éste ha cumplido en el desarrollo de nuestras sociedades.

Comencemos con los orígenes y causas de la domesticación del perro.

Ante todo, deberíamos definir lo que en biología se conoce como una relación de mutualismo o simbiosis. Es aquella en la cual dos especies se asocian con mutuo beneficio, sin perjuicio para ninguna de ellas. Hay cantidad de relaciones simbióticas en la naturaleza, que creo que serán bien conocidas por los lectores. Cabría preguntarse si el modelo de asociación que el ser humano ha mantenido a través de los siglos con ciertas especies a través de la domesticación, son en realidad relaciones simbióticas y de mutuo beneficio. Algunas sin duda lo son, y otras francamente no.

Pongamos por ejemplo, nuestra relación con los gatos, como un buen ejemplo de relación auténticamente simbiótica a través de la domesticación.

Hace 12.500 años, algunas de las primitivas sociedades nómades se asientan en la antigua Mesopotamia, en lo que se conoce como la Media Luna de los Valles Fértiles, y fundan la primer civilización agrícola sedentaria. Este evento, importantísimo y fundacional en la historia de la civilización humana, se conoce en arqueología y antropología como la Revolución Neolítica. A partir de entonces, el ser humano vivirá de la acumulación de bienes, principalmente granos, con todo lo que ello impica. El uso de un calendario de siembra y cosecha, y un sistema numérico para calcular pesos y medidas comerciales, se harán fundamentales, así como la escritura.

De estas fechas en la antigua Babilonia, proviene el actual sistema sexagesimal (basado en el número 60), que aún utilizamos para contar desde grados, hasta minutos y segundos. El número 60 proviene de algo que los musulmanes hacemos a menudo: contar los falanges de los dedos de una mano, desde el índice al meñique, utilizando el pulgar, pero dejando al pulgar afuera de la cuenta. Este método se utilizó primitivamente para contabilizar: 3 falanges por 4 dedos = 12. Por cada vuelta contada con una mano, se levantaba y dedo de la otra. Puesto que la mano tiene 5 dedos, el máximo que se podía contabilizar con ambas manos era: 12 x 5 = 60. De allí proviene el actual sistema sexagesimal.

La agricultura y la acumulación de bienes en forma de granos, se conviertieron en esta etapa en la base de las nacientes sociedades sedentarias. Los granos atraen roedores... ratas. Y con las ratas, vinieron las enfermedades como la Peste, entre otras. Los gatos comen ratas, y por eso la asociación entre nuestra especie y el gato doméstico es auténticamente simbiótica. Su domesticación se remontaría al antiguo egipto, donde se los consideraba sagrados precisamente por cumplir la vital función de limpiar nuestras casas y silos de alimañas perjudiciales. Todavía hoy en día cumple esa función, incluso en las modernas ciudades, y su instinto cazador y vagabundo no se ha visto menoscabado por la domesticación.

El perro como compañero de caza

El perro es una fiera mucho más primitiva que el gato, y su mayor tamaño y especialización en la alimentación lo hizo extremadamente dependiente de nosotros; a diferencia del gato, el perro no puede sobrevivir comiendo escorpiones y ratones y desplazándose por nuestros techos. Fue domesticado en base a una especie salvaje, y su domesticación es presumiblemente anterior a la del gato, pero utilizado para la cacería, algo muy útil para las primitivas sociedades de cazadores nómades... pero problemático para las sociedades sedentarias. En las sociedades sedentarias, el perro abandona el papel de cazador y es utilizado principalmente como guardián de los campos y las casas, con la función primaria de advertir, mediante su extraordinario olfato y oído, la aproximación de extraños o visitas. Aún mantiene su función de cazador, pero muy relegada, pues las sociedades agrícolas ya no viven de la cacería, y asumen la cacería apenas como un deporte.

Hasta ahí, el perro sigue siendo el mejor amigo del hombre, pero la relación de simbiosis comienza a deteriorarse. Porque la causa por la que tenemos un perro ya no es la búsqueda de un bien seguro (la caza), sino la evitación de un posible mal (el ladrón). Posible, pero improbable. A partir de ahora, el perro será hijo del miedo al prójimo.

Pero... ¿Qué sucede en nuestras modernas sociedades industriales?

La Revolución Industrial da a luz un modelo de sociedad radicalmente distinto, donde el campesino se transforma en obrero. El campesino necesita campo, y el obrero, necesita fábrica. El campesino vive donde trabaja, su casa está en el campo, sea propio o ajeno. Vive en paz escuchando los cantos de los pájaros, y no ve gente muy a menudo. Por eso cuando ve a alguien, saluda y sonríe; está contento de ver a su vecino.

Pero el obrero no puede vivir donde trabaja, porque el dueño de la fábrica tiene el único objetivo de hacer dinero con ella, no de construir una sociedad para sus operarios. Sus barrios los hará el gobierno, en las afueras del centro de la ciudad, y gran parte de sus energías (y de las del planeta) se van en el transporte.

Esto da lugar a una urbanística diferente, donde el espacio es mucho más reducido y el contacto con la desestresante naturaleza es nulo: aparece el hacinamiento. Son famosos, en las ciudades americanas de inmigrantes del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, los "palomares", grandes edificio con pequeñas habitaciones que parecen más una cajonera compartimentada que una vivienda para seres humanos. Comienza el proceso de cosificación de las personas y su transformación de seres humanos en recursos humanos; la sociedad le asigna al recién llegado una indistinguible casilla numerada tanto en el edificio como en su ideario cultural, político y económico. Ese es el justo precio que debe pagar para participar de la nueva sociedad de consumo y tener un auto y un televisor.

De repente, el campesino que ahora es obrero, está harto de ver gente todos los días, y de los problemas de convivencia que acarrea vivir demasiado juntos en tan poco espacio. Y por eso está siempre de mal humor y ya no sonríe. Semejante estilo de vida sería una locura para cualquiera, pero hay un incentivo demasiado fuerte: se espera que el obrero, vendiendo su fuerza de trabajo, obtenga más dinero que el campesino y compense el malestar y hacinamiento de las ciudades con "algo más", comprando riquezas. Algo como por ejemplo... un televisor.

La alienación ha entrado en esta instancia en un punto sin retorno, en un círculo vicioso que desemboca, indefectiblemente, en la destrucción de los lazos sociales urbanos y en el irremisible aislamiento del individuo ante la sociedad. Ya no convivimos; nos toleramos. Y no te acerques demasiado, porque tengo un perro.

En estas condiciones, todos esperamos que el perro haga el trabajo sucio que nosotros fuimos incapaces de arreglar: darnos el cariño que ya no podemos obtener de nuestros vecinos; y ahora que hay televisor, computadora y Play Station, que no pueden darnos ni siquiera nuestros familiares, porque están muy ocupados. El obrero vuelve del trabajo, y encuentra a su esposa viendo televisión con aire displicente y a su hijo absorto jugando Play Station, cada uno en cuartos separados. La lógica de la división compartimentada que la moderna sociedad industrial le impuso al recién llegado a la gran ciudad, se trasladó del edificio al seno del hogar. Cada uno está aislado en lo suyo. Lo saludan casi sin mirarlo, en la mayoría de los casos. Entonces el obrero se abraza al perro. De repente, el perro es maravilloso: lo mira a los ojos, mueve la cola, se siente feliz de verlo. De hecho, quizás sea el único que se siente feliz de verlo... porque sabe que le darán de comer. El obrero sabe esto, pero está tan necesitado de contacto físico que se miente a sí mismo: el perro es fiel y noble, y carece de pragmatismo. Se acuña un famoso refrán: "Cuanto más conozco a la gente... más quiero a mi perro".

En esta instancia, el perro es el testaferro de nuestra fracasada vida afectiva y civil, pues recibe el cariño que nuestra mezquindad y temor nos impide darle a nuestros semejantes. De repente, en nuestras sociedades industriales, darle de comer a un perro de la calle es humanitario, pero darle de comer a un indigente o a un chico de la calle es peligroso, porque esa gente de la calle "son unos perros". De esta forma, la misantropía y el odio a nuestros semejantes se disfraza de ternura. La pasión occidental por peinar y mimar perros mientras los huérfanos fuman y lustran zapatos en nuestras calles ante la puerta de los prostíbulos, es una prueba evidente de que nuestras sociedades industriales están más cerca de la zoofilia que de la filantropía. Por eso mimamos perros: porque somos incapaces de relacionarnos normalmente con otros seres humanos, de dar amor y de recibirlo como Dios manda. Si observamos a nuestro alrededor, veremos que cuanto más desconfiada y xenófoba es una sociedad, mayor es la población de perros.

El verdadero problema con establecer una relación humana con el indigente no es que sea peligroso, pues sólo una minoría lo son y el metropolitano podría distinguirlos. Tampoco el problema es la relación de dependencia que se pueda generar desde el pobre hacia el pudiente; el verdadero problema es tener que mirar a los ojos a otro ser humano para decirle: "Anoche cené pato a la naranja, hice el amor con mi esposa y dormí en una cama calentita. Y viendo que me sobró algo de carne, te lo traje para que lo aproveches. Sé que dormiste en la calle y pasaste frío... pero la verdad no me importa".

Para quien haya sido testigo de esta realidad, resulta innegable que la relación entre los perros y los seres humanos en las modernas sociedades industriales ya no es una relación de simbiosis, sino una relación de mutuo abuso: abusamos de ellos tanto a través de la violencia y el abandono, como también del cariño; pero también les enseñamos a abusar de nosotros...

Atormentar transeúntes: el deporte preferido del perro frustrado

En la actualidad la gran mayoría de los perros viven encerrados detrás de rejas; una vida muy diferente a la de salir al campo a cazar. Esto es contrario a la naturaleza de los canes; los estamos torturando. La naturaleza del perro es tan inquieta y andariega, y a la vez tan dependiente de nosotros en el entorno de nuestras ciudades, que necesitamos sacarlos a pasear. Cuando no lo hacemos, el perro se frustra y se vuelve malo y resentido. ¿Han oído el refrán “malo como perro atado”? Es algo más que un refrán, es una percepción de la realidad.

Los perros, como cualquier otro ser vivo, acumulan tensiones durante el estrés y luego las descargan en otros, generalmente, con los más débiles. Eso puede notarse, por ejemplo, cuando vemos que los perros encerrados se “entretienen” ladrando y asustando a los transeúntes, es decir, perjudicando y estropeando la convivencia entre vecinos, que como vimos, en las sociedades industriales llega hasta el paroxismo. Uno podría preguntarse… el perro es un animal de costumbres, ¿no se acostumbra a ver pasar todos los días al mismo vecino? ¿Por qué cada vez que el vecino pasa, le ladra y lo asusta? La respuesta es que están aburridos. Los hemos sacado de los campos y los hemos encarcelado detrás de rejas para que “cuiden”, ya no nuestros campos y cosechas, sino nuestro diminuto patio, por nuestra pinche paranoia y nuestro empecinamiento mediocre y enfermizo de ver en cualquier transeúnte que pasa por la puerta de nuestra casa, a un ladrón potencial.

En una sociedad donde el pez grande se come al chico y el abuso de los débiles es la norma, los perros simplemente copian y reproducen el comportamiento de sus dueños: yo he visto en mis innumerables viajes a dedo, en varias plazas y calles de Latinoamérica, a perros callejeros asustando y aterrorizando niños hasta hacerlos llorar y correr de pánico, nomás por diversión, sin llegar nunca a morderlos. Recuerdo a un niño llorando y corriendo aterrorizado por una solitaria plaza de Tilcara, en la Quebrada de Humahuaca, perseguido por un gran perro, que cuando lo alcanzó apenas lo empujó con sus patas delanteras en la espalda, y luego se fue satisfecho, con aire triunfador.

Los perros, como todos los canes y mamíferos gregarios, son muy sensibles a la lógica del sometimiento por la fuerza y el vasallaje. Para ellos no hay relación de iguales; o los sometes, o te someten a ti. Esta es una gran verdad sobre el carácter de estos animales, que es a menudo explicada en detalle por el famoso "Encantador de Perros" Cesar Millán, en su popular programa de Animal Planet. Es también muy común ver cómo los perros asustan a los caballos en los barrios rurales, que son instintivamente muy sensibles a los depredadores y se asustan con facilidad, y aún a sí están obligados a dominar su pánico por estar ensillados; o cómo persiguen a los ciclistas en las ciudades para morderles los talones, sólo por diversión. Pero más aún: en un barrio de City Bell (La Plata, Buenos Aires, Argentina), hace poco más de una década, había una pareja de perros callejeros que eran habitualmente alimentados por los borrachos e indigentes que se reunían en una esquina, y que pasaban su día en compañía de ellos. En una sociedad donde la policía es violenta y corrupta e hizo el trabajo sucio de la dictadura militar, la gente pobre en las calles odia a la policía. Y estos dos perros callejeros, tenían la extraordinaria cualidad que sólo ladraban... ¡a los policías! Incluso los he visto ladrando sólo a los patrulleros, y a ningún otro automóvil.

Naturalmente, el perro ha aprendido instintivamente a saber qué es lo que esperamos de él para aceptarlo en nuestro hogar y darle de comer. Cuando un perrito callejero llega a nuestra casa, mientras nuestro hijo y nuestra esposa nos jalan de la ropa insistiéndonos que se quede y nosotros pensamos en la caca y las pulgas, un pariente entra a nuestra casa de imprevisto, y el perrito, que no tiene todavía 15 minutos en la casa y no conoce los movimientos, se abalanzará sobre él a ladrarle como lo haría con un intruso, hasta que le demos una palmada en el lomo y le digamos que está todo bien, que es un amigo. Con esta actitud, el perro nos está diciendo claramente: "¿Ves? Yo te cuido la casa, ¿me puedo quedar?".

De esta forma, el perro sabe que esperamos algo de él, y si percibe que nosotros odiamos o despreciamos a un vecino en particular, se enconará especialmente contra esa persona. Naturalmente, a la gente envidiosa, mediocre y cobarde, esta cualidad del perro les encanta. Los perros son muy sensibles a nuestros cambios de adrenalina, y percibirán fácilmente si al ver pasar a un transeúnte por la calle, sentimos miedo y desconfianza, y acusarán recibo de ello ladrándole a esa persona que tememos en particular. Esto sucede muy a menudo, especialmente con la gente mayor que tiene perros, y se siente sola y desprotegida... en una palabra, abandonada por la sociedad, por una sociedad donde los ancianos no son venerados ni respetados como antaño, sino que son "recursos humanos desgastados", tanto para el consumo como para la producción.

Esta perceptividad del perro, lejos de ser una condición de nobleza como mucha gente cree, es una reacción instintiva que tiene el simple objetivo de conseguirse el sustento en una sociedad humana que ha arrancado a los canes de la naturaleza y los ha abandonado en calles, en las que no están preparados para sobrevivir por sí mismos. En realidad, en la mayoría de los verdaderos conflictos humanos, los perros rara vez intervienen. Mi madre por ejemplo, tenía una perra que ladraba incesantemente cada vez que una visita tocaba el timbre, quizás la misma todas las semanas, a la misma hora. Hacía tanto escándalo que había que pegarle una palmada en el lomo y gritarle para que se callara, o de lo contrario era imposible escuchar quién nos hablaba por el portero eléctrico. En una oportunidad, un vecino llamó a la policía diciendo erróneamente que un ladrón se había metido en nuestra casa. Dio la casualidad de que la puerta del pasillo trasero estaba abierta, así que varios oficiales llegaron por la noche... e ingresaron a la casa con linternas. No hay nada que mi madre odie y tema más, que a la policía. Al fin y al cabo, fueron quienes la secuestraron y torturaron en la clandestinidad durante la última dictadura militar católico-fascista. Cuando mi madre se despertó viendo las luces de las linternas en la noche, se puso a gritar desesperada, intentando echar a los policías, insultándolos y sin darles tiempo a explicar nada. Finalmente, logró saber que el inquilino había llamado a la policía... y se fue hacerle un terrible pleito, y lo echó de inmediato. Cuando el conflicto pasó, se preguntó... ¿dónde está Melina, la perra? ¿Por qué no ladró, por qué no salió? Melina, estaba escondida debajo de la cama sin hacer un solo ruido. La única vez que se necesitaba que ladrara, no ladró; y sin embargo, cada día molestaba a todos con sus ladridos, haciéndonos creer que era capaz de cuidar la casa y advertir la entrada de un intruso.

Cuando los perros no han conseguido un hogar para "cuidar" y se convierten en callejeros, es increíble constatar que a menudo suelen tener, en nuestras propias ciudades, más derechos y libertades sobre la vía pública que nosotros mismos. Puesto que no se somete su comportamiento a disciplina pero su comportamiento responde a la misma lógica y motivaciones que el nuestro, pueden darse el lujo de comportarse de manera agresiva y dedicarse al "bulling" sin ser criticados.

En nuestras ciudades y barrios, el ladrido incesante y acusativo de un perro es una forma de agresión sonora y de abuso más común, tanto de día como durante las necesarias horas de sueño durante la noche. Y tristemente, está aceptada como normal en nuestras sociedades latinas. En una ocasión, discutí con un vecino y me quejé porque su perro tenía la fea costumbre de darme terribles sustos cada vez que yo pasaba con mi esposa por la acera pública, mientras conversábamos distraídamente. Le dije: "Tu perro me causa un perjuicio, porque me asusta, me pone de mal humor, se me acelera el corazón y siento enojo; además de que no puedo conversar por el escándalo de los ladridos, ¿qué derecho hay a que yo tenga que pasar por esa fea experiencia todos los días, cuando lo único que hago es ejercer mi derecho a transitar por la vía pública?".

El vecino me respondió con soberbia, como era de esperar:

- "El perro no te puede hacer nada, está en mi propiedad".

A lo que yo le respondí con argumentos razonables, como era de esperar:

- "Está bien, veamos qué piensa ud. de ésto: cada vez que su esposa pase por la puerta de mi casa, yo saldré de atrás de los arbustos con una máscara horrible y un gran cuchillo untado con salsa de tomate, y me pondré a gritar como desaforado caminando de un lado al otro de la cerca, simulando que estoy buscando un hueco para saltar la cerca y poder agarrar a su esposa del cuello y apuñalarla. Pero ojo: en realidad no le voy a hacer nada. Y estaré en todo mi derecho, y usted no podrá quejarse, porque en realidad, nunca saltaré la reja, siempre estaré dentro de mi propiedad. ¿Qué le parece?".

Conclusión

Con la evolución de nuestras sociedades, el perro ha pasado de ser “el mejor amigo del hombre” a ser “el peor enemigo del vecino”. Y ser enemigo del vecino, es ser enemigo de la urbanidad, porque la urbanidad básicamente, es vecindad, convivencia. Desde la forma en que nos relacionamos con los animales (cuando no los sometemos a brutales maltratos), hasta cuando vemos a un presidente democráticamente elegido por el pueblo secuestrando y torturando criminales clandestinamente en territorio extranjero, para luego asesinarlos sin juicio ni ley y arrojar su cuerpo al mar y vanagloriarse de ello ante la prensa internacional, los occidentales tanto de América como e Europa deberíamos darnos cuenta que nuestra sensibilidad y sentido común se han infectado y se han podrido. Nosotros, que habitualmente vemos a las barbáricas tribus africanas en los documentales de National Geographic y lamentamos horrorizados que no tengan nuestra sensibilidad y cultura, tenemos una sensibilidad que a menudo da asco bajo cualquier análisis objetivo y racional. Es obvio que somos un pueblo bárbaro más en un mundo bárbaro, y que cuando invadimos países en Oriente, no vamos a llevar ninguna democracia ni libertad, sino a robar y a cambiar el barbarismo de ellos por el nuestro.

En este marco, cabe destacar un detalle: hace algo más de 1400 años, más de mil años antes de que surgieran las modernas sociedades industriales, hubo en Arabia un Profeta que nos habló sobre los perros.

Abu Hurairah (que Allah esté complacido con él) dijo que el Profeta Muhámmad (P y B) dijo:

Quien que tenga un perro, salvo que sea para pastoreo, la caza o la crianza de animales de campo, perderá la complacencia y la bendición de Dios cada día que lo tenga, tanto como una montaña (qirat)”.

Narrado por Muslim, 1575.

El Profeta Muhámmad (P y B) afirmó que todo aquel que tenga un perro en su casa le será negada la bendición de la presencia de los ángeles en su hogar, pues dijo: “Los ángeles no entran en una casa en la que hay un perro”.

Registrado por al-Bujari, 3225

Abu Hurairah también dijo que el Mensajero de Dios (P y B) expresó:

“El perro es un animal impuro, y la impureza está en su hocico. Si un perro lame un plato o una vasija, debe lavarse una vez con tierra y siete veces con agua”.

Narrado por Muslim, 279

En base a los reportes del Profeta Muhámmad (P y B), los sabios han determinado tempranamente en la ley islámica, que está prohibido para los musulmanes tener perros a menos que se los ocupe en el campo para la cacería y el cuidado del ganado.

El Sheij Muhámmad Ibn Sálih al-‘Uzayimín (que Dios tenga misericordia de él) dijo:

"Basándonos en esto, si una casa se encuentra en el medio de la ciudad, no es necesario tener un perro para custodiarla, por lo tanto tenerlo en esta situación es algo prohibido para el musulmán y no está permitido, y le quita a la persona que lo tenga la bendición de Dios cada día. Debería deshacerse de él, no quedarse con él.

En cambio, si la casa está en el campo, y no hay nada más alrededor (vecinos), es permisible en la ley islámica tener un perro para cuidar la casa y a los que habitan en ella; y cuidar a las personas de la casa es más importante que custodiar al ganado o los cultivos".

 Maymu’ Fatáwa Ibn ‘Uzaimín, 4/246

Sobre la importancia de mantener el respeto y buenas relaciones con los vecinos, el Profeta Muhámmad (P y B) nos dejó cantidad de enseñanzas, como por ejemplo:

“El Arcángel Gabriel me insistió y me recomendó durante tanto tiempo que tratara bien a los vecinos, que hasta llegué a creer que debía darle una parte de mi herencia”.

"El mejor amigo del mundo, es el mejor con su amigo; y el mejor vecino del mundo, es el mejor con su vecino".

"Antes de comprar una casa, averigua si tu vecino es íntegro".

Sin embargo, es importante aclarar que no es el objetivo de este artículo ni de las palabras de Muhámmad, despertar un odio ni rencor hacia los perros. Lo que los perros hagan en nuestras ciudades es nuestra culpa, no de ellos. Ellos son mucho más despiertos de lo que nosotros creemos, incluso como hemos visto, son capaces de simular y de engañarnos para obtener comida. Sin embargo, nuestros niños también son capaces de eso; eso no los hace malignos en absoluto.

El Profeta Muhámmad (P y B) también dijo:

Mientras un hombre caminaba muy sediento por el desierto, bajó hasta un aljibe y bebió de él. Al salir, vio a un perro jadeando y mordiendo el barro de tanta sed. El hombre pensó: ‘Este perro está sufriendo tal como yo sufrí. Así que llenó su zapato con agua, y le dio de beber al perro hasta que estuvo saciado. Dios se complació con esta buena acción, y a causa de ello, le perdonó sus pecados”. La gente le preguntó: “Oh Mensajero de Dios, ¿Seremos recompensados por cómo tratamos a los animales?”. A lo que él respondió:

“Serán recompensados por como traten a cada criatura viviente”.

Reportado por al-Bujari, Fath, 2363

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