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El velo musulmán, políticas, culturas y derechos humanos

Hoy por hoy asistimos a una ola creciente de fobia anti-islámica que cada vez va ganando más terreno

18/07/2011 - Autor: Armando Montoya-Jordán - Fuente: Webislam
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Niñas musulmanas asistiendo a la escuela en Córdoba.
Niñas musulmanas asistiendo a la escuela en Córdoba

Discutir y escribir sobre el islam es un asunto en boga. Pero, ¿Cómo se explica semejante interés? Creemos que hay muchas razones para ello, no obstante resulta evidente que gran parte de las respuestas las debemos procurar en la creciente influencia que el islam cobra en nuestras sociedades actuales. Más aun, si a esto añadimos el tema de las problemáticas migratorias relacionadas con la emergencia de nuevas comunidades musulmanas que se van formando en Europa como consecuencia de las transformaciones socio-económicas que van afectando a gran parte del mundo contemporáneo, lo que obtenemos es un producto que vende por su impacto mediático.

Parte de esta percepción se explica sin duda como resultado de la visión parcial que las sociedades occidentales se han forjado de la religión islámica y las comunidades musulmanas, particularmente a raíz de los sucesos del 11 de setiembre del 2001, hecho que marcó un antes y un después en la percepción general del islam. Es a partir de entonces que presenciamos lo que denominamos una constante batalla ideológica cuyo objetivo es combatir culturalmente primero, y políticamente después, aquello que se percibe como una amenaza a la pervivencia del status quo actual.

Sin lugar a dudas, el observador mas suspicaz no podrá dejar de reconocer que tales estrategias están en relación directa con los giros políticos y las transformaciones que con gran encomio se han venido realizando en parte de la comunidad Europea, particularmente en Francia, Bélgica, Holanda y el Reino Unido en materia de integración, migración, sobre políticas culturales, de seguridad y una serie de procedimientos que buscan hacer frente a estas nuevas problemáticas.

Consecuentemente dichos procedimientos son el fiel reflejo de un cambio de percepción por parte del establishment para remediar aquello que se percibe como una amenaza a los valores establecidos de las sociedades occidentales contemporáneas. Esto explica en gran medida la gran campaña mediática e ideológica que busca hacer tomar conciencia a la opinión pública sobre el riesgo que representarían ciertas prácticas de fe religiosa, en particular las del islam, a valores capitales de la sociedad laica, es decir, a los llamados principios de libertad de opinión, de creencia, de igualdad de derechos y de género, por mencionar solo a algunos.

Precisamente esto nos lleva a reflexionar, si la profesión de una fe religiosa -que se manifiesta de manera tan marcadamente vital como lo es el caso con las prácticas islámicas- es realmente incompatible con los valores laicos de los que hemos hecho mención hace un momento. Pensamos que sí, si por laicicidad se entiende que la identidad de una comunidad se debe basar en el igualitarismo ideológico de los sujetos que conforman su cuerpo social. Sin embargo, ya sabemos que la laicicidad se ufana de promover justamente lo contrario, es decir los valores de tolerancia para con lo diferente y sobre todo su aceptación en su seno social de todo aquello que promueva la diversidad, incluyendo la religiosa. Pero no obstante, somos testigos que la facticidad de su discurso dista mucho de aquello que hasta ahora se ha pretendido promover, es decir la aceptación del otro al interior de su hemisferio social.

¿Cómo se explica pues que de un tiempo a esta parte toda la edificación sobre la que se basan las categorías que fomentan el pensamiento laico se vean puestas a prueba por la presencia de una comunidad que destaca precisamente por la firme convicción de su cuerpo-sujeto social, que como una extensión de sus doctrinas religiosas se ubica por encima de la noción de individuo-sujeto? La respuesta podríamos tal vez encontrarla en el peso de los contenidos simbólicos que poseen las identidades religiosas, que de algún modo desafían al weltanscahunn posmoderno. Que la mentalidad laica vea en el uso del velo por parte de la mujer musulmana una incompatibilidad con los valores que pretenden promover precisamente la igualdad de género -pretensión que parte desde una perspectiva liberal y cuyos postulados son bastante más bien discutibles desde el punto de vista de una determinada ética, puesto que el énfasis seria más bien la creación del igualitarismo de masas, hecho que podría discutirse como una anulación de las cualidades mas intrínsecas del ser humano como individuo y que imposibilitarían a la humanidad el poder reconocer las raíces de sus identidades más profundamente individuales, incluyendo las de género- oculta de hecho una insospechada incongruencia de principios con los estatutos que precisamente forman parte de la retorica humanística que da sustento al ethos posmodernista y que se presenta como un desafío a todo el alcance serio de su construcción jurídica e ideológica.

Citemos solamente a modo de prueba- por lo demás sin ninguna pretensión apologética por el discurso universalista que hizo posible los fundamentos de estos- el artículo 18 de la declaración universal los derechos humanos, en el que se especifica claramente la libertad de conciencia de cada individuo, incluyendo por supuesto el de la mujer.

Dichas incongruencias nos llevan a pensar que, precisamente, el airado debate que se ha venido llevando a cabo en los últimos tiempos en los diversos círculos políticos, intelectuales y jurídicos europeos sobre la legalidad del uso del hiyab, el burka o cualquier otro tipo de prenda que sirva para legitimar la creciente presencia de la mujer islámica como miembro activo de las nuevas comunidades religiosas al interior de las instituciones laicas contemporáneas, ya sea en escuelas o en espacios públicos, forma parte de una retorica que revela un afán de policialidad, para usar un termino de Michael Foucault, que desenmascara un tipo de pensamiento que dista de todo aquello que se entiende por aceptación del otro, y consecuentemente traiciona todo posible reconocimiento de los principios de libertad y tolerancia.

Pero dejando de lado toda digresión especulativa, el hecho concreto que podemos testimoniar en estas aspiraciones jurídicas, es la fehaciente necesidad por crear canales y mecanismos que hagan posible una serie de discursos que consoliden una vez más la legitimidad del sistema laico-liberal, incluso a fuerza de negar sus propios principios básicos. Lo que demuestra de manera categórica que sus propios fundamentos jamás fueron tan universales como en principio pretendían ser. Hecho que se explica por la falta de congruencia en sus postulados éticos, que justamente son puestos a prueba por la praxis simbólica de las comunidades religiosas, en este caso en concreto, de las musulmanas.

Ahora bien, si las categorías éticas de toda su constitución político-jurídica resultan ambivalentes se debe precisamente a que ellas parecen funcionar en el plano social mediante la puesta en escena de una doble operatividad. Por un lado mediante la estimulación de categorías que buscar reivindicar el primado del individuo como sujeto soberano que se ubica por encima de las categorías sociales, y por otro no obstante la enmarcación de toda manifestación de individualidad, sea esta un sujeto absoluto o una individualidad en función de un colectivo determinado, en el marco de la conmensurabilidad de la cultura de masas, donde toda experiencia autentica de la individualidad se diluye en el lenguaje de una civilización nihilista que parece haber agotado toda experiencia de un verdadero pathos de la existencia humana y cuyo subproducto es el individualismo como negación de la vida, que no sería otra cosa que la aceptación de la realidad como fabula, según ciertos postulados de la hermenéutica contemporánea (ver la extensa obra de Gianni Vattimo, particularmente "El fin de la Modernidad").

Solo desde esta base crítica se podrá objetar las irregularidades de esta mentalidad predominantemente fabulesca, en el que se mitifica la predominancia del individuo y que, sin embargo, mediante una arquitectura del bio-poder se neutraliza toda manifestación de autentica individualidad, construyendo una serie de identidades refractadas sin vínculos orgánicos reales, pues al no existir un grupo social auténticamente comunal que identifique la experiencia individual en la realización colectiva de un lenguaje común, todo intento de autoafirmación del sujeto queda relegado al plano de un subjetivismo, por no decir solipsismo, rasgo patente de un racionalismo que muestra signos de desgaste.

Teniendo en cuenta esta perspectiva crítica, resulta pues incoherente y carente de moral el pretender imponer una serie de conductas que denunciamos como remanencias de un puritanismo xenófobo cuyo fin seria desvincular a los miembros de una comunidad de sus contenidos identitarios más profundos, es decir de sus lazos simbólicos que los hacen miembros de una comunidad determinada.

En suma, lo que observamos son muestras de un tipo de intolerancia que se caracteriza por su talante racional, metódico y clínico, que busca desarticular de manera implacable cualquier intento por cultivar identidades individuales con un fuerte arraigo colectivo. Es más, diríamos que dichas estrategias son el resultado de un confesionalismo secularizado cuyas raíces responden a intereses ideológicos y políticos de las elites que detentan el poder de las instituciones que conforman las sociedades contemporáneas.

Eh aquí palabras de denuncia del filósofo Alain de Benoist, sobre las políticas culturales en las escuelas francesas que buscan prohibir del uso del velo en el alumnado musulmán: “Por ahora, se pone de manifiesto la intolerancia de los ayatolas del formalismo republicano, quienes fieles al espíritu de la Ilustración, asignan a las escuelas la misión de cortar todo lazo de pertenencia de sus miembros y así hacerles olvidar sus orígenes, en su búsqueda incesante por eliminar las lealtades tradicionales en nombre de las intenciones agresivas de una laicidad que no es sino el "comunitarismo de la mayoría", alérgica a manifestaciones sociales de alteridad”.

Tomando en consideración lo expuesto, resulta claro que toda aspiración a formar identidades que responden a intereses colectivos comunes, particularmente si estos poseen fundamentos religiosos, será siempre percibida como una anomalía social y consecuentemente estarán sujetas a una constante vigilancia.

En síntesis, asistimos pues a una inquietante colisión cultural que pone en entredicho toda la construcción ideológica que hace posible los postulados de apertura y libertad que forman parte de los lenguajes que nos definen como sujetos libres inmersos en las así auto-denominadas sociedades democráticas. Pero a su vez tal des-encuentro deja abierto un espacio de vacuidad en el que resulta imposible postular categorías coherentes sobre cuestiones de identidad y experiencias colectivas desde aquella perspectiva ideológica de la laicicidad que ponemos en cuestionamiento. Lo cual nos lleva a la conclusión de que las identidades que resultan de dicha construcción jurídica no responden a una experiencia comunitaria autentica, puesto que no poseen sus raíces en las dimensiones de la experiencia del sujeto individual sino a reverberaciones idealizadas cuyas raíces serian de orden psicológico, aunque carente de consciencia.

En ese sentido, los hechos concretos son fehacientes, pues hoy por hoy asistimos a una ola creciente de fobia anti-islámica que cada vez va ganando más terreno no solo mediante políticas culturales agresivas sino sobre todo mediante estrategias jurídicas bastante calculadas, legitimando de esta manera las contradicciones flagrantes presentes en sus propios postulados jurídicos a fuerza del poder político.

El discurso de la tolerancia seria pues al fin y al cabo una abstracción inalcanzable, un mecanismo de poder que postula enunciados jurídicos pero que los neutraliza con decretos políticos, y viceversa, que haría imposible la experiencia de lo político al postular la supremacía del individuo –ideología de los derechos humanos- por sobre el cuerpo colectivo. En el trasfondo de todo, dicha inviabilidad es de hecho la piedra angular sobre la que se erigen todas las estructuras que crean el ethos ideológico de nuestra así denominada civilización posmoderna, una plataforma donde la ambivalencia permite la continuidad de su sistema en el que legitimidad y legalidad son principios ausentes en la formulación de toda su ética.

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