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El viraje democrático de Marruecos

Los marroquíes apuestan por el inicio de una nueva era constitucional

14/07/2011 - Autor: Yusuf Cadelo - Fuente: Webislam
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Marruecos proclama su afluencia cultural andalusí (foto del autor)
Marruecos proclama su afluencia cultural andalusí (foto del autor)

La nueva constitución de Marruecos ha recibido, desde que fue dada a conocer para su aprobación en referéndum, críticas en uno u otro sentido. Mientras para los sectores más liberales el nuevo texto no acaba de consagrar los principios rectores que se le han de suponer a un estado democrático de corte occidental, para otras corrientes de opinión la nueva constitución consagra derechos que no se corresponden con las lecturas más literalistas de la tradición islámica. Sin embargo, una aproximación serena al nuevo texto nos permite corroborar un indudable viraje democrático, más o menos suficiente pero, desde luego, rápido y modélico para su entorno. A grandes rasgos, sobre una lectura pausada de los 180 artículos, podemos analizar ya lo que la implantación del nuevo texto constitucional supone para la nación marroquí.

No ha de pasarse por alto, previo a todo, el esfuerzo de consenso para lograr una verdadera carta ciudadana. Actores políticos, sindicales y asociativos han sido oídos y consultados a través de un mecanismo marcado por la creatividad. Por ello tal vez han quedado consagrados valores como la apertura, la moderación, la tolerancia y la comprensión entre todas las civilizaciones, a la vez que el reconocimiento de los afluentes identitarios de la nación marroquí, a saber: el árabe, el amazigh, el hassaní, el subsahariano, el andalusí, el hebreo y el mediterráneo. De este modo se reconocen, entre otras, la impronta del elemento sefardí y morisco -ambos con origen en Al Ándalus- en la cultura de Marruecos. A la vez, el amazigh se reconoce como lengua oficial junto al árabe, satisfaciendo así las demandas de un importante núcleo ciudadano que se expresa comúnmente en este idioma.

Destaca en el nuevo texto la consagración del derecho a la vida así como la prohibición de la tortura y de las violaciones de los derechos humanos. La consagración de la presunción de inocencia, la libertad de opinión y de prensa, de reunión, asociación sindical y política conforma una armadura única cuya efectividad y arraigo habrá de observarse de cerca en los próximos meses.
En lo que concierne a la mujer, los cada vez más consistentes movimientos feministas islámicos han de celebrar necesariamente el destierro de la discriminación por razón de sexo (también por color, credo, origen social...) que pueda surgir de cualquier norma o tradición. Se incorpora, así, Marruecos a ese grupo de países soberanos musulmanes empeñados en que ninguna ley que distinga el género del sujeto al que se le aplique conserve su vigencia. Y se anuncia consecuentemente la creación de una autoridad que vele contra cualquier forma de discriminación a la vez que se advierte de la puesta en marcha de medidas de discriminación positiva.

Las menciones a la sacralidad de la persona del Rey han desaparecido del texto constitucional. En principio se declara sólo su inviolabilidad, carácter similar al de las monarquías europeas, y su condición de comandante o príncipe de los creyentes. Se trata este título de un liderazgo religioso que se ejerce sólo sobre los musulmanes, pues la misma carta consagra también la libertad religiosa, lo que invita a pensar que ese liderazgo espiritual excluye necesariamente a las familias judías o cristianas.

En cuanto ala territorialidad del Estado, algunos analistas han querido ver en la nueva carta magna un intento de emulación de la organización autonómica del Reino de España. La letra de la ley no es tan precisa como para permitirnos adelantar semejante descentralización. Qué duda cabe de que la solución al conflicto de la región del Sáhara Occidental, que pasa por la concesión a sus habitantes de un régimen de autonomía avanzado, ha sido la que ha motivado buena parte del desarrollo de este capítulo. Los consejos regionales, de momento, se elegirán por sufragio, lo que hace prever un alto grado de independencia legislativa que sucesivas leyes perfilarán en adelante. Habrá que estar a las transferencias de competencias del gobierno central a los consejos o cámaras regionales para valorar con criterio el alcance de la descentralización de poder que consagra la constitución.

Por último –y lejos de entrar al análisis exhaustivo que el texto merece- cabe citarse la promulgación en la nueva constitución de fuertes medidas para luchar contra la corrupción y el tráfico de influencia. Aunque la corrupción de menor cuantía parece ser moneda de cambio habitual no sólo en el Magreb sino en, prácticamente, todo África y casi todos los países emergentes o en vías de desarrollo, el hecho de que se reconozca como un problema y se dispongan medidas para combatirla hace presagiar el inicio de una era en la que la Administración Pública no requiera para su puesta en movimiento del engrasamiento especial de la corruptela, el soborno o la propina.

Como decíamos al principio, la nueva constitución podrá ser más o menos suficiente, pero sin lugar a dudas, va a suponer una herramienta muy precisa para que los ciudadanos marroquíes puedan, a partir de ahora, reivindicar ante sus autoridades gubernativas y judiciales los derechos que, como seres humanos, les corresponden. Sin duda que un texto no hace cambiar las estructuras de un país de la noche a la mañana, pero el pistoletazo de salida ya está dado. Depende ahora de los marroquíes –de los de a pie y de los que tienen responsabilidades políticas y legislativas- que esta carta de derechos y libertades quede en pocos años verdaderamente constituida, ciertamente implantada. Tendrán, para ello, como ya ha quedado explicitado estos días atrás, el apoyo de sus vecinos del norte y de prácticamente de toda la comunidad internacional que ha visto en este viraje un sincero deseo de cambio y democracia.

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