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El Revolucionario y La Princesa

Anda princesa, baja ya del castillo

12/07/2011 - Autor: Moámmer al-Muháyir - Fuente: Envío público a Webislam
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Así es el amor que por ti me acecha, aquí en mi pecho escondido.
Así es el amor que por ti me acecha, aquí en mi pecho escondido.

Poema: El Revolucionario y la Princesa

Introducción: Ante tu puerta

Heme aquí ante tu puerta, princesa del castillo.
He venido del desierto, casi en harapos raídos.
Ni yo sé de cuán lejos vengo, así de consumido he venido.
Pues para el amor fui hecho, y por eso paso este frío.

Me ha traído tu belleza, desde lejos vi su brillo.
Pero dices que no me conoces; enemigo de tu rey yo he sido.
Pues antes de anhelar tu sonrisa, a la revolución he me ido.
Nosotros los revolucionarios, somos la gente del amor vivo.
Por defender una rosa, ciento un jinetes he abatido,
Y con el mismo ardor de la batalla, te traigo mi corazón encendido.

Heme aquí ante tu puerta, princesa del castillo.
Pues esta noche bajo las estrellas, al venir, he querido,
Saber si para el amor fuiste hecha, o sólo para portar vestidos.
Pues ya se sabe que la real belleza, florece lejos del amor vivo.
Pero si lo quieres, mi doncella, no desesperes: desde lejos, te lo he traído.

Elogio del Amor Vivo

Heme de nuevo aquí princesa, ante el frío umbral del castillo
Pero hoy no he venido a hablarte de durezas, sino que del amor vivo.

Sé que tu fresca sonrisa, entre jardines ha crecido,
Y de revoluciones no sabes, rebelarte no has querido.
Pero ahora que eres mozuela, algo extraño te ha sucedido,
Rara nostalgia lo que anhelas, anhelo de lo que no has sentido.

Eso que se agita en tu alma, princesa, no es anhelo prohibido.
Pues para el amor fuiste hecha; es anhelo del amor vivo.
Sí, y por Dios fuiste hecha, y en jardines has crecido.
Pero para flotar por el espacio, no para portar vestidos.
Ese es el destino princesa, que para ti Dios ha querido.
Lo sé, bella princesa, porque ese destino me ha traído.

Quisieras tomar recaudos, quisieras planificar estíos,
Pensarlo todo con cuidado, dejar ordenado el nido.
Pero cuando al amor tu alma despierta, desvelada por sol encendido,
Apenas si falta tiempo, para entender lo que ha sucedido,
Sufriendo inquietud y temores, padeciendo sudores fríos,
Este amor que nos urge, presiento, nos quemará vivos.

Anda princesa, baja ya del castillo.
Ensillado está mi caballo, para ti he cocido este trigo.
Comienza este largo viaje, no más fríos vestidos,
Te llevaré lejos de aquí, a donde todavía no has ido.

Joven retoño que desde el futuro nos llama, uno que aún no ha nacido,
Quiere que lo traigamos, ya lo he presentido,
Cambiar el mundo quiere, con revoluciones del amor vivo,
Pero arderán antes nuestros corazones, y ya nada será lo mismo.

De la Pequeña Libertad y de la Gran Libertad

De la libertad me preguntas princesa, pues ser libre has querido,
Y yo nunca he servido a tu rey, a tu padre he combatido,
Acudí una vez a su fiesta, cuando tú habías nacido,
Y entre tantas libertades funestas, tan solo me he sentido,
Que me volví con los humildes, y de la gran libertad he sabido.

Yo no soy como tu padre, hombre autoritario e impositivo,
No me pidas entonces, princesa, libertad para lo prohibido,
Pues con la rectitud, a mis pies el mundo entero he tenido,
Y entre los libres de corazón puro, de tus bailes no he sabido.

Así he vivido libre, y por la libertad he combatido,
Hasta que, extraño destino, en esta estrellada noche de estío,
Siguiendo a la más bella y brillante, con la promesa de un niño,
Llegué aquí ante tu puerta, ante la hija del rey he venido.

A buscar tu corazón princesa, que entre jardines ha crecido,
Para enseñarle la revolución, a hablarle del amor vivo.
Para que tu retoño florezca, allí donde crece el trigo,
Y que los humildes sepan, que tu corazón ha latido.

Si no es a llevarte lejos, y lo digo en todo sentido,
No sé que hago aquí ante tu puerta, no sé a qué he venido.
Quizás para saber si para el amor fuiste hecha, al menos para el amor conmigo,
O para libertades estrechas, y para lo que Dios ha prohibido.

Baja ya, princesa hermosa, que tu sonrisa no olvido,
En la gran libertad hay bellezas, para compensarte lo perdido,
Aún no has visto mis ojos, asomándose desde un niño,
Que lleva también tu sonrisa, y de los dos tiene un poco.

De la Fiebre previa al Encuentro; el Amor o la Muerte

Heme aquí entonces princesa, a ver qué has decidido,
Pues esta fiebre me está matando, y por soñar no he comido.

Ayer lloré amargamente, y entre despierto y dormido,
Recordé mis años mozos, de enamorado empedernido,
Que abandoné sin reposo, pues del amor no he conocido,
Más que su amarga ausencia, su presencia no la he vivido.

Invoqué sin cesar la muerte, y a mi Dios le he pedido,
Que un árbol ser, yo hubiera querido,
Que no sienta dolor humano, que del amor no hubiera sabido.
Para no ver este sueño, que entre lágrimas se me ha ido,
Y que me lleve de este mundo, antes que verte elegir tus vestidos.
Y dejar este corazón que te ama, sin saber por qué ha vivido.

No te miento, mi princesa, esto me ha sucedido,
Ante el temor de que en vano, de tan lejos haya venido,
A descubrir que a mis brazos no te echas, por no perder vestidos floridos,
Quisiera antes que me de una flecha, sin saber lo sucedido.

¡Heme aquí entonces, princesa! ¡A por la muerte he venido!
Porque entre tu amor y mi muerte, no me queda más destino,
Esperaré pacientemente, con la paciencia de quien fue ungido,
Con mieles por todo el cuerpo, y atado a un poste ha sido,
Al pie de un inmenso hormiguero, para ser lentamente comido.

Así es el amor que por ti me acecha, aquí en mi pecho escondido,
Para asaltarme por las noches, en que dormir no he podido,
O será que aquella flecha, con que matarme tu rey no ha podido,
Se ha convertido en princesa, y a darme muerte ha venido.

Será mi fin si así fuera, y lo que los jinetes no han podido,
Lo habría hecho una princesa, con el pelo recogido,
Pues para el amor fui hecho, y sin tu amor he vivido,
Una vida sin más recompensa, que mis huesos adoloridos.

Perdóname Dios, si mi deber no he cumplido,
Al alejarme de los pobres, siguiendo en noche de estío,
La más brillante de las estrellas, que al castillo me ha traído,
Dame muerte entonces, Señor mío, con o sin princesa,
Me lo he merecido.

Fin

Moámmer Darman al-Muháyir.
Se permite su reproducción total citando al autor, bajo licencia de Creative Commons, 2011.

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