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Mundos derrumbados

Relato de mi obra Diablo y El Fogonero

11/07/2011 - Autor: Abel Samir - Fuente: Webislam
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Yeltsin y lo que se derrumbó
Yeltsin y lo que se derrumbó

La primera vez que me encontré con Virgilio Montes fue en diciembre de 1973 cuando yo me encontraba asilado en el ex consulado cubano. Llegó muy temprano por la mañana, cuando ya se había roto el toque de queda. Andar por la calle a otras horas era muy arriesgado ya que uno podía ser muerto de un disparo, sin ser prevenido y sin ningún tipo de apelaciones como le ocurrió a mucha gente. Soldados apostados en distintos sectores, apenas se acercaba la hora del toque de queda, disparaban al aire o a los perros vagabundos. Era para atemorizar a la población, aunque esto no ocurría en los barrios residenciales.

Virgilio había estado a punto de morir en la tortura cuando cayó preso en la Universidad Técnica de Santiago. De allí, los que sobrevivieron fueron maniatados y conducidos al Estadio Nacional. En el estadio había miles de otros prisioneros políticos, de los cuales, muchos terminarían en algún campo de concentración, otros en alguna casa de detención de la DINA, que no era otra cosa que campos de tortura y en los que muchos detenidos fueron asesinados cruelmente, y los más suertudos, eran soltados del estadio cuando sólo faltaban 5 minutos para el inicio del toque de queda. También se fusilaba a algunos; después se diría que habían intentado escapar. Muchos de esos pobres infelices, si no eran asesinados en la calle por los soldados de la dictadura, volvían al estadio en calidad de presos por haber violado el toque de queda. Y eso fue lo que le sucedió a Virgilio. Preso de nuevo, se montó una farsa de interrogatorio en la cual las preguntas eran tan estúpidas que producía indignación. El preso era encapuchado o se le ponía una frazada sobre su cabeza para que no pudiese ver quiénes lo golpeaban y en qué momento y desde qué dirección venía el golpe. Esto se hacía para quebrar su moral. Lo golpearon tanto que perdió la vista del ojo izquierdo y prácticamente le despedazaron el riñón derecho. Lo soltaron al día siguiente creyendo que en esas condiciones no podría sobrevivir. Pero Virgilio era un hombre de constitución robusta y tenía una larga experiencia con la policía. Ser comunista no es una cosa fácil en los países capitalistas. Siempre han sido considerados como elementos peligrosos y mucho peores que los delincuentes comunes. Eso mismo pasaba en los campos de concentración nazis durante la segunda guerra. Los “capos” eran elegidos entre los peores delincuentes que cumplían condena. Ellos estaban sobre los comunistas en la escala social de esas mazmorras del estado. Gracias a la vicaría de la solidaridad pudo ser atendido de urgencia en una clínica privada en donde lo intervinieron quirúrgicamente para detener la hemorragia y, sólo cuando llegó a Suecia, pudo ser operado y a pesar de los adelantos médicos, no pudieron salvarle el riñón.

En el ex consulado cubano había conocido a Lupe —una militante de los tupa— con quién estableció una relación amorosa. En los días terribles que siguieron al 11 de septiembre, en que uno no estaba seguro de que siguiese con vida al día siguiente, todos los valores cambiaron bruscamente. Todo el mundo buscaba el consuelo del calor humano. La presencia cercana de la muerte influyó sobre la mayoría. El futuro era algo incierto, de manera que sólo se vivía el presente. Y para Lupe, que era una joven sensual, atractiva y llena de vida, tampoco eso era una excepción; estaba aterrada por lo que estaba pasando. Sobre todo, cuando en el mes de noviembre un pelotón del ejército trató de entrar por la fuerza al ex consulado. Sólo a la firmeza de Bengsson, el encargado sueco, se debe que los militares no pudieron entrar, de otra manera, a la mayoría nos habrían llevado detenidos. En esas relaciones no había una falta a la moral ni tampoco un relajamiento de las buenas costumbres. Claro está, para aquellos que nunca han pasado por esas experiencias, les es difícil aceptarlo, especialmente, cuando se vive dentro de una sociedad llena de mitos, supersticiones, de doble moral y de hipocresía.

Después de llegar Suecia, cada uno siguió su camino. Virgilio se reintegró con muchas energías al trabajo partidario. El mundo capitalista se veía no muy firme, ya que todavía existía el bloque socialista y la URSS aparecía como un gigante poderoso, aunque estuviese enfrentada a China, a la cual despreciaban los comunistas chilenos. Eso les daba a todos los militantes comunistas una cierta seguridad, pero al llegar a Europa y tener la oportunidad de viajar a los países del “socialismo real”, muchos llegaban desconcertados. Lo que allí habían visto no era lo que ellos se habían imaginado de como debía ser el socialismo. Los que se atrevían a pronunciar alguna crítica eran llamados a control de cuadros. Los que no habíamos estado allí no podíamos creer que ese mundo idílico que existía en nuestras almas no correspondiese a la triste realidad. Algunos, los más dogmáticos, seguían repitiendo como los papagayos que sólo se trataba de propaganda capitalista y que esa gente que pedía asilo en los países capitalistas eran elementos degenerados. Así empezó una corriente que antepuso la realidad a una suerte de degeneración colectiva producida por el poderoso imán de las mercancías y del consumismo. Los que no aceptaban esas críticas se retiraban de la vida política activa y se dedicaban a su propia existencia, ya un poco complicada por el rechazo de los que habían sido sus camaradas. Las obras del escritor ruso Solzhenitsin fueron prohibidas como en los tiempos de la inquisición, cuando la iglesia católica prohibió las obras de Giordano Bruno. Este hombre (Solzhenitsin), era un mentiroso y, seguramente, miembro de la CIA. Pero hubo muchos que empezaron a dudar de esas aseveraciones. El partido comunista pasaba por un período muy crítico de su historia. Se mantenía, en cierto modo, gracias a que en Chile había un terrible dictador que, extrañamente, servía de catalizador. Pero un día ese dictador se vio obligado a entregar las riendas del estado y, junto con su caída, dialécticamente, caía, también, una poderosa bandera de lucha que había ayudado a mantener la unidad, ya muy endeble del PC. La ideología marxista que, en verdad, debía cumplir ese propósito, estaba debilitada porque una gran parte de ellos la habían tomado sólo como un catecismo religioso. Como el ave maría, sin pecado concebida. Y Virgilio no sabía que camino tomar. No sabía en quién creer. Viajó a la URSS para realizar unos cursos de arte y se tropezó con una burocracia terrible; todo era casi imposible; cuando solicitaba algo, no, eso no. Las razones eran sinrazones o, simplemente, se reducían a encogidas de hombros. Un día en medio de una discusión acalorada con esos rusos burócratas, dijo que él como miembro del partido... Entonces, de repente todo cambió. Ya todo era posible, ya no existían trabas de ninguna forma. La palabra “partido” había tenido un efecto mágico, como el “abracadabra” de los cuentos infantiles. En ese momento cayó en cuenta de lo irracional de una sociedad que él se la había imaginado tan racional y revolucionaria. Dejó todo eso y volvió a Suecia terriblemente desilusionado. Pero sólo de lo que había visto, no del socialismo como sistema, sino de “ese sistema” muy mal llamado el “Socialismo real”, tal vez, porque los soviéticos creían que era el único que existía y que podía existir. En esos instantes empezó a buscar información de la primavera de Praga del 68, que casi todos los comunistas chilenos, haciendo un acto de fe casi religiosa, creyendo en las excusas soviéticas y aceptando como correcta la invasión de Checoslovaquia por parte de la URSS y sus aliados, nunca la cuestionaron. Empezó a comprender que la URSS había mentido y utilizado a los demás para evitar que en ese país existiese una sociedad más libre y democrática. Comprendió que ni Alexander Dubcek ni sus camaradas del PC checoslovaco eran traidores al socialismo o algo parecido, y que las noticias dadas por el periódico Pravda el 19 de julio, sobre supuestas armas norteamericanas escondidas en la frontera con Alemania Federal, eran sólo flagrantes mentiras urdidas para justificar ante el pueblo soviético y los de los países “socialistas” de aquel crimen monstruoso. Este descubrimiento fue para él, otro mundo derribado.

Su esposa, María Angélica, había quedado en Chile junto a sus tres hijos: Pedro, Tania y Vladimir, respectivamente de 12, 10 y 6 años. Ella no sabía que partido tomar el día que Virgilio se asiló. Tenía un gran temor de dejar el país e irse a un país lejano cercano al Polo Norte, con una lengua extraña y sin contacto con su familia que era enorme y la cual, en su totalidad, vivía en Santiago. Además, sentía un poco de vergüenza porque por esos días la dictadura publicaba artículos difamatorios en contra de los que se asilaban, artículos en los cuales se decía que se asilaban para aprovecharse de las garantías que les daban los países ricos de Europa y que pasaban todo el día asoleándose y hartándose de buena comida y, por esa razón, lo llamaron “el exilio dorado”. Pero eso era pura propaganda, por cuanto los exiliados no teníamos nada que celebrar, al contrario, la mayoría sufría de depresiones y muchos intentaron quitarse la vida. Habíamos dejado no sólo nuestras familias y nuestros seres queridos, sino también, nuestras profesiones, que a muchos nos habían costado enormes sacrificios; y nuestros hogares, es decir, nuestra vida se había arruinado, nuestro pequeño mundo se había venido cuestas abajo. Y teníamos que partir de cero. Para poder comunicarnos en los países en donde nos dieron asilo, nos veíamos obligados a aprender idiomas totalmente extraños, difíciles de pronunciar, de leer y de escribir. Matilde, una muchacha que llegó junto a nosotros desde Santiago y que había estado asilada en la embajada de la RDA, no pudo soportar la soledad y la pena que la embargaba, después de haber perdido a su joven y amante esposo, él que había sido asesinado en el estadio y, después de andar cabizbaja durante años, reunió el coraje suficiente y se arrojó al paso del tren del Metro en la estación de “La Plaza de María”. Los que la conocimos, acompañamos sus restos al “Camposanto del Bosque”. Durante la ceremonia, cantamos “La Internacional”, un poco desafinadamente, porque muchos no se sabían la letra de ese himno inmortal. Sin embargo, hubo muchos que la cantamos a todo pulmón y sentimos que nuestras almas se unían y se elevaban más allá de las fronteras humanas.

La mayoría de los que llegamos en las primeras oleadas éramos los que, verdaderamente, estábamos comprometidos de una u otra forma con el proceso político y social de la Unidad Popular, que ya pasó a formar parte de la Historia de Chile y América. Aunque no todos pertenecíamos a los partidos políticos de esa época. Como el exilio no es “dorado” sino más bien, gris y amargo, desde muy temprano habríamos de separarnos y de culparnos mutuamente de nuestra derrota. Leyendo a Engels me enteré de que todos los exilios son, en ese sentido, iguales. Él comentaba lo que había sucedido con los exiliados de la Comuna de París en su escrito: “El programa de los emigrados blanquistas de la Comuna”. Y lo que escribió Engels se parecía tanto a nuestro exilio, que parecía un calco llegado del pasado, sólo la gente, el tiempo y el lugar eran diferentes. Pero nos igualábamos; todos éramos los derrotados, los expatriados del mundo burgués. Muchos se irían a refugiar en sus nuevos hogares a rumiar su derrota, porque para la mayoría, era el final de sus ilusiones de una patria socialmente justa, de un mundo mejor, de una experiencia democrática, si no, el socialismo que todos anhelábamos, algo parecido y cercano.

Tres años después, Virgilio consiguió traer a su familia aduciendo razones humanitarias. Así es como sus tres hijos dejaron Chile, sus estudios y sus amistades. El cambio no parecía afectarlos, porque todavía no percibían la amplitud que tiene y el significado del arraigo. De la pérdida de la identidad. Ya no eres ni de aquí ni de allá; ya no eres de ninguna parte. Especialmente, para los dos mayores, los que estaban entrando en la adolescencia, una edad difícil y complicada. No podían continuar con sus estudios en forma normal, porque el idioma no lo entendían y así empezó la lucha por aprenderlo. Tanto Virgilio como su mujer también se esforzaban por aprender el idioma Sueco. Para los adultos era muchísimo más difícil que para los jóvenes, por la falta de contacto con la gente nativa del país. En cambio los adolescentes siempre tienen más amigos que hablan el idioma, aunque lo hablen mal y no como los nativos. En esa forma se iba conformando una estrecha relación entre los inmigrantes de América, Asia, África y el Oriente Medio. Un idioma que no se practica es casi imposible hablarlo. Ambos lo aprendieron malamente y sólo después de tres años podían chapurrear un poco. Eso los limitaba para conseguir trabajo. Sus conocimientos técnicos serían despreciados y sólo habría trabajos de limpieza, cuidado de enfermos, bodegueros, y otros parecidos.

El tiempo y otros intereses había enfriado su amor por Virgilio y a eso se sumó la desilusión al tener conocimiento de los amores que éste había tenido con Lupe, e ilusionada de las maravillas que le contaba el yugoslavo Lucic que conoció en el curso de sueco, él que estimulaba sus ambiciones personales con la visión puesta en una mejor situación eco-nómica y social, la llevó a pedir el divorcio. Luego se iría a vivir con él. Por supuesto, que el divorcio era algo que no estaba en los planes de Virgilio, pero en la corte no pudo hacer nada para evitarlo, porque bastaba que una de las partes lo quisiese para que fuese realidad y así, de un día para otro, se vio obligado a dejar el apartamento que compartía con su familia y alojarse transitoriamente con un camarada de partido. El divorcio de sus padres fue un golpe enorme para sus hijos. Era algo muy difícil de aceptar. Para ellos era también un mundo que se derribaba. Y eso ocurría con la gran mayoría de los exiliados. Pedrito abandonó sus estudios y se juntaba con otros hijos de inmigrantes, que en su mayoría, también eran víctimas de matrimonios destrozados, y formó junto a ellos una pandilla que se dedicaba al hurto en pequeña escala, como una forma de financiar sus gastos de alcohol y, más tarde, de las drogas. Un día llegaron dos asistentes sociales y con ayuda de la policía se lo llevaron, (por entonces tenía 15 años). Lo enviaron a un lugar muy lejos, al norte de Suecia, a una especie de reformatorio, aunque no era como una cárcel. El muchacho, que había sido una lumbrera en las matemáticas, lo había perdido todo. Nadie se dio cuenta que todo lo que hacía, no era más que una llamada de atención a su inconformidad por su familia destrozada, por su mundo que se había quedado en el continente del río Amazonas y de la “Cordillera de los Andes”. Sobre todo, porque desde aquel momento, ambos padres se enfrentaron como enemigos y sus hijos perdieron su calidad de seres humanos para reificarse, para transformarse en armas para golpear al contrario. Aunque de esto no estaban muy conscientes. Un día me encontré con él por casualidad; no me reconoció a pesar de que yo le había introducido en el mundo de las matemáticas. Estaba muy cambiado. Ya no era el joven educado y con sus ojos puestos en el futuro, sino un espécimen extraño y asocial, una pobre escoria de los inmigrantes de esta sociedad.

Lupe, con la Virgilio que había tenido amores, se fue a Cuba, y se fue porque ya no soportaba la vida de Suecia. Odiaba el frío y los largos inviernos. Soñaba con el calor, la música, los bailes tropicales y el idioma castellano. Estaba harta de chapurrear malamente el sueco y de traducirlo en su cabeza. Había renunciado a aprenderlo y ya no se interesaba por ir a clases. Un día conoció a un cubano que trabajaba en la embajada. Era un mulato apuesto que había sido combatiente en el ejército cubano de Angola. Gracias a él pudo irse a la isla. Se fue y para Virgilio, que la amaba apasionadamente, fue otro mundo derrumbado. Así se fueron juntando los mundos caídos. Uno tras otro, golpeando su cerebro como golpes de mazos. Y machacaban y machacaban su psique, su ideología, y producían mucho dolor. Y la gente que no podía estar dentro de su corazón para indagar lo que sufría, lo veía como un hombre de hierro, cuando, en verdad, ya se estaba convirtiendo en un objeto de arcilla que no ha sido cocida suficientemente en el horno de las ideas y del conocimiento, expuesto al virus consumista, que a duras penas se mantenía caminando por la inercia de Newton y por una fe que estaba siendo socavada.

La soledad impulsó a Virgilio a buscarse una compañera. Un día conoció a una joven sueca que era militante del VPK —el partido comunista sueco— y se fueron a vivir juntos. Ella quedó embarazada y, por esa razón, Virgilio le propuso matrimonio, porque todavía él estaba apegado a las formas de la sociedad, a la ética moral burguesa, pero ella no quiso casarse, no porque no lo amase, sino, porque ella consideraba el casa-miento como un puro formalismo. Ella era la típica militante izquierdista de la década de los setenta: la feminista que rechazaba todo. Nosotros decíamos por aquella época “Una NO a todo”. La que rechazaba la palabra comunista, porque estaba de moda comparar al nazismo con el comunismo y muchos suecos cayeron en eso, sin detenerse a hacer un análisis más serio. Sin diferenciar a aquellos que luchan por los pueblos oprimidos y aquellos racistas que tratan de levantar un imperio de arios. El contacto con su ex mujer se hizo más difícil porque ella, que aseguraba no quererlo, fue presa de los celos. ¡Extraña es la mente humana! Como estaba cansada de la separación del resto de su familia, juntó dinero y le pagó el pasaje a su hermano Víctor, él que una vez en Suecia, pidió asilo político, a pesar de que nunca se había interesado en la política y odiaba a todos los políticos por igual. Todo lo que había hecho en su vida había sido robar autos, despojarlos de todo lo que hubiese en su interior y ganarse la vida de esa forma. Pero dijo que pertenecía al MIR y que había luchado contra los soldados de la dictadura. Más de algún ingenuo lo creyó y se hizo una fama de combatiente audaz. La gente lo empezó a conocer como “El Rancagüino”, porque se parecía a un cantante y trovador conocido por ese sobrenombre. Una vez que Víctor logró la residencia le pagó el pasaje a su novia y en cuanto ésta llegó a Suecia, se casaron. El casamiento fue la llave que le abrió las puertas de la permanencia. Ese subterfugio fue usado por muchos y no sólo por chilenos. Para muchos pasó a ser un negocio muy lucrativo, claro está, que había que ser muy “pilla la bala” porque uno podía ser estafado. Muchos chilenos habrían de llegar gracias a los exiliados. Eran en su mayoría gente que venía en busca de una situación económica y a la que no les interesaba para nada la política. Eso quedó muy claro para los exiliados el día que se hizo una manifestación contra el dictador arrestado en Inglaterra. Alrededor de100 llegaron; los mismos que iban a todas las manifestaciones. Virgilio también concurrió a la manifestación que se hizo en el mismo lugar al jugador de fútbol Iván Zamorano. Fue por la misma época. Pero a esa manifestación no llegaron cien, sino cinco mil. Era la expresión clara de la soledad en nos encontrábamos las víctimas del golpe de estado. De esta gran manifestación se podía extraer experiencias y dejar de lado mitos sobre la “conciencia de las masas” que tanto gustamos de pregonar. “Era desalentador” le dijo Virgilio a sus camaradas. “Están alienados por el sistema”, le respondieron.

La mujer del “Rancagüino” también quería traerse a sus hermanos y como el dinero que recibían del social sólo alcanzaba para vivir, el “Rancagüino” se dedicó a robar los subterráneos de los edificios, lugares que normalmente ocupa la gente para guardar todo aquello que ya no necesita o que está fuera de uso. Pero un día lo sorprendieron con las manos en la masa y la policía lo detuvo. El tribunal de primera instancia lo condenó sólo a ocho meses de cárcel porque era la primera vez que delinquía, pero no habría de ser la última. En la cárcel de Malmö conoció a dos dominicanos que también habían sido apresados y condenados por hurto. Pero la especialidad de éstos era los supermercados y la droga en poca escala. Robaban chaquetas de cuero caras. Se las ponían y salían corriendo. Si eran perseguidos por algún guardia sacaban terribles cuchillos que tenían el don de paralizar los ímpetus persecutorios. Luego las vendían en los lugares públicos. Muchas veces robaban por encargo. Uno de ellos, el más joven, había sido ya un maleante en su país y nadie sabía cómo se las arregló para venir a Suecia y conseguir asilo político. En esa época, las autoridades suecas eran muy crédulas e idealistas y no investigaban las historias que muchos contaban para conseguir el asilo. De esa forma, Suecia se fue llenando de maleantes y de otros elementos antisociales de todos los continentes. Lamentablemente, eso fue en desmedro de aquellos que realmente necesitaban asilo, ya fuese económico o político, por cuanto éste, con el tiempo, se fue restringiendo. Cuando salieron de la cárcel, Víctor y los dominicanos conformaron una banda de ladrones que establecieron su cuartel general en la plaza Sergel, frente a la “Casa de la Cultura”. Además de ladrones, eran individuos agresivos que adquirieron fama de pendencieros. Buscaban la pendencia como una forma de ganar fama de machos y mantener su redil. Hasta que un día, Julián, (el más joven de los dominicanos) que por aquella época sólo tenía 17 años, mató de una puñalada en el corazón a un delincuente sueco. Tenía que marcar su redil que era compartido por demasiados maleantes. Esa plaza es un lugar de encuentro de drogadictos, traficantes de drogas, prostitutas y rateros. La policía los controlaba y, de cuando en vez, hacía una redada queriendo demostrar su eficiencia y que estaba al servicio de la sociedad en su conjunto, y no sólo de los dueños del sistema, como lo es realmente. Apresaban alguno si es que lo sorprendían “infraganti”. Después de dos o tres días, reaparecían los moscardones y las mosquitas, volvían a revolotear y seguía la venta de drogas y el trato de blancas como si nada. Julián ingresó a la cárcel condenado a una pena larga, pero no alcanzó a cumplirla, porque en una pendencia con otro interno más apto para esa vida tan dura, murió de un fierrazo que le partió la cabeza en dos pedazos.

Al tiempo, Víctor fue perdiendo su vitalidad y sus agallas, especialmente que ya no contaba con Julián. Buscó otra gente antisocial y se hizo amigo de un grupo de chilenos, que como él, había llegado en forma parecida y que no tenían nada de políticos. Se dedicaban a empinar el frasco y a vivir a costa del social, por cuanto en Suecia los alcohólicos son considerados enfermos, y como siempre andaban escasos de dinero, los hurtos y la experiencia de Víctor les vino como anillo al dedo. Así fue como Víctor pasó a ser el líder de ese grupo zarrapastroso, que olían a porqueriza y que con su sólo presencia envenenaban el aire ya un poco contaminado de la plaza Sergel. A fines de la década del 80, cuando cayó la dictadura en Chile y aprovechando que el estado sueco les pagaba el pasaje y les daba dinero para instalarse en Chile, decidieron regresar. Esto se hizo a todo bombo y platillos. Hasta se escribieron artículos en varios periódicos, en los que se destacaba al “revolucionario” que volvía a su patria para luchar por sus ideales. Un año después estaban de vuelta por-que no habían podido sobrevivir sin la ayuda de la oficina del social que los alimentase. Esta vez, no fueron entrevistados por ningún periodista y su vuelta pasó desapercibida, incluso para sus amigos.

Llegó la época más terrible que tuvo que enfrentar Virgilio. Fue el gran terremoto que provocó la caída del “socialismo real” de la URSS y de los países europeos de su órbita. Eso casi nadie se lo esperaba en el partido. Fue una terrible ducha fría. Una pesadilla de la cual muchos, todavía, no quieren despertar. Luego empezaron a llegar noticias de cosas terribles y horribles que se habían hecho a nombre del comunismo. Todo eso tuvo un efecto traumatológico. Muchos abandonaron el partido y se refugiaron en actividades culturales y solidarias para poder mantener sus almas activas y no ser devorados por las fauces del sistema. Pedían a gritos que el partido hiciera sus descargos y su autocrítica del apoyo que le habían dado a la URSS. Pero eso no llegó nunca y ese PC chileno, junto a los otros PC de Latinoamérica y de todo el mundo, empezaron un proceso parecido al del hígado cuando lo ataca el virus de la hepatitis C. Fue arrugándose y empequeñiéndose hasta quedar convertido en una asociación de hombres y mujeres que en su mayoría eran de la tercera edad, con lo que dejó de ser un peligro para el capitalismo. El caso más dramático fue el del PC de la URSS. De 18 millones de miembros pasó a tener sólo 15.000; es decir, se redujo al 0,12 %. Era algo que a Virgilio le provocaba mucho dolor y que no podía explicárselo. Se pasaba las noches en vela porque los mundos derribados eran demasiados. Había que ser muy fuerte y tener una fe tremenda para no doblegarse y arrojarse al tren del Metro.

Este último mundo derribado lo compartíamos todos los exiliados. Los que creíamos y los que no creíamos en la URSS y su revolución. El VPK sueco también sufrió con este terremoto. Primero cambió de nombre a APK, que en el fondo era lo mismo, pero con el tiempo ya no quisieron seguir llamándose comunistas, porque esa palabra los burgueses la redujeron a un estigma y se transformó en “El partido de Izquierda”. Ocurría algo así: como si los cristianos hubiesen tenido que cambiar de nombre por los terribles crímenes que cometieron los cristianos durante la inquisición y las Cruzadas. De esa forma, los que todavía defendíamos el concepto de “comunista” fuimos menos y menos. La gente se extrañaba que uno dijese ser un comunista. Todos estos hechos minaron la salud mental de Virgilio y también su salud física. El mundo había tomado una forma extraña a lo que se había imaginado que sería en el futuro. Su fe fue desapareciendo y pasó por un período en que ya no creía en nada. Demostraba valor de decirlo porque muchos también habían perdido la fe, pero algunos callaban para no ser vilipendiados.

Treinta años después del golpe de estado me lo encontré por última vez, caminando por las calles del centro de Estocolmo. Era sólo su sombra. La sombra de un luchador que había emigrado a este “exilio dorado”. Encorvado y de rostro demacrado. Había perdido la razón de su existencia. Su norte. Era una brújula que giraba lentamente hacia cualquier lado. Una vez vio al capitalismo casi moribundo, ahora todo era negro, no había futuro, me dijo. Me preguntó lo que yo hacía y, sin escucharme, como un eco, siguió hablándome en un tono cansado y arrastrado. Nos des-pedimos y se fue caminando lentamente. Me dio la impresión de una figura caricaturesca de revista infantil. No me dijo si había abandonado su partido, pero ya había perdido esa fuerza interior que tuvo desde su juventud; que ya no esperase la autocrítica de su partido y, pensé, que si esa algún día se produjese, sería en un futuro muy lejano y llegaría muy tarde para nosotros, la generación que presenció la victoria del proletariado ruso, la construcción de una sociedad que quería eliminar las clases y su derrumbe sin lucha, sin la oposición de aquellos que constituyeron la base social desde la que se erigió y caminó cojeando durante más de 70 años.
 

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