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Feminismo y Autorealización

Un mensaje urgente a la humanidad

07/07/2011 - Autor: José Antonio Delgado González - Fuente: Odisea Jung
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Jean Shinoda.
Jean Shinoda

“El impulso espiritual que, en el presente, se dirige a la humanidad, no está sometido a fronteras, raza o pueblo, grupo o iglesia, sino que se apodera de toda vida sobre la Tierra, de toda disposición, de toda ley, y, de esta forma, del propio hombre.

Todos los detalles materiales de la crisis son, de hecho, epifenómenos. Una nueva fuerza ha aparecido en la atmósfera, una fuerza que llama a todos los que poseen en ellos algunas bases para conocer la renovación espiritual, obtener la liberación y alcanzar el verdadero objetivo de la vida: la adquisición del verdadero estado de ser humano.”

“Cristian Rosacruz y su significado para nuestra época”, van den Brul.
Alocución pronunciada en el Simposio sobre Johann Valentín Andreae, celebrado en noviembre de 1986.

Mientras me hallaba investigando las diferentes caras con las que se presenta la Diosa en la religión cristiana, cayó en mis manos un libro que ha sido para mí un auténtico bálsamo de vida. Me refiero al libro de la terapeuta jungiana y activa feminista Jean Shinoda Bolen, titulado Urgent Message from Mother.

Al principio, mientras me hallaba buscando varias obras de la misma autora en una librería de Madrid, leí de soslayo su título en español, Mensaje Urgente a las Mujeres, y me dio la impresión de ser un libro feminista al uso, de los tantos que ensalzan lo Femenino en detrimento de lo Masculino (arquetípico), un error inverso al cometido por el patriarcado. Sin embargo, cuando lo examiné más en detalle, me percaté de inmediato de la importancia que aquel libro tendría para la etapa de transformación en la que me encontraba.

En efecto, después de comprarlo, junto a otros cinco libros más de la misma temática, salí de la librería, me dirigí hacia la boca de metro más cercana y, apenas me hube sentado, tomé el libro en mis manos y me puse a leerlo de un modo casi obsesivo. En lugar de seguir un orden, fui sobrevolando, cual mariposa, cada capítulo del libro, y me sentía como si estuviera bebiendo de una fuente de sabiduría ancestral. De pronto, como un relámpago en un cielo colmado de nubarrones, me vino a la mente un pensamiento y una voz interior me dijo: “la Diosa habla a través de Jean Shinoda”, la Sabia Anciana se expresa de un modo transparente, elocuente y fidedigno.

Cada vez que echo la vista atrás y recapitulo los momentos más importantes de mi vida, me doy cuenta de que siempre ha estado allí una mujer (manifestación de mi anima), o bien, la Diosa, cuando se trataba de lo femenino interior, apoyándome en mis transformaciones, sanando las heridas que el patriarcado había inflingido en mi alma, guiándome en la oscuridad y, cual Sibila, mostrándome mediante visiones, ensoñaciones, sueños, inspiraciones, etc., cuál era el camino que debía tomar o el futuro que me habría de aguardar.

Ella, la Diosa, ha sido para mí como un ángel de la guarda, del que podía decir, como en el Sanctus de un réquiem, benedictus qui venit in nomine Domine (Bendito el que viene en nombre del Señor). Pero, como indica el mismo Sanctus, con los años he ido tomando consciencia plena de que Ella era una personificación de aquel Deus Absconditus que los orientales denominan Tao, y que definen como la forma sin forma, la conjunción de los opuestos, Yin y Yang, término que podría traducirse como camino, sendero, sentido o, también, Verdad, en el sentido de principio universal que lo engloba todo. Los evangelios gnósticos llaman al Creador/a con el nombre de Hystera, es decir, Útero o Matriz del Padre, con lo que se evidencia su hermafroditismo. Hoy, los científicos se refieren a él como a un Orden Implicado, allende el Orden Explicado de la realidad exterior o manifiesta. A este Dios oculto yo lo he denominado ABRAXAS en mis dos últimos libros, tanto en encuentros en la oscuridad, cuanto en el aún inédito ABRAXAS. El Cristo Gnóstico, y expresé mi experiencia de unión con la divinidad andrógina en un poema que escribí en mi libro El Retorno al Paraíso Perdido y que ahora reproduzco:

En una noche de confusión
Nació la semilla del corazón
¡Oh, dichoso destino!
De entre las tinieblas surgió, colosal
La imagen eterna del hombre primordial.

¡Cuán extraordinaria belleza,
Emanada de su androginia!
Y fui atraído por su bonanza,
En túnica plateada
Que me envolvía en cuerpo y alma.

Durante más de una semana, fui leyendo y releyendo el libro, siguiendo un orden aleatorio, aquel que mi interior me dictaba, y dándome cuenta de que, cuanto había escrito en mi último manuscrito aún inédito, tendría una importancia trascendental para la civilización occidental. Una revelación que la misma Sibila me había proporcionado en sueños y visiones y que mi buen amigo Raúl Ortega me recordó, medio en broma, al llamarme José de Arimatea, después de leer el original. Aquel mensaje urgente a las mujeres que la doctora Shinoda Bolen había escrito, yo lo había hecho extensible a toda la humanidad, plasmándolo en las más de 130 páginas manuscritas de mi ensayo novelado, como, cinco años atrás, había realizado en mi libro El Retorno al Paraíso Perdido, obra ésta última que escribí en uno de los momentos más convulsos de mi vida.

Entonces, revisé algunos de los capítulos del libro ABRAXAS, para perfilar ciertos aspectos referentes a lo Sagrado Femenino, y a la importancia de la experiencia mística, para comprender la Unidad que trasciende los opuestos. Y, durante la noche siguiente a la que comencé a escribir este ensayo, tuve un sueño que dejó honda huella en mi consciencia. En él yo era el centro de un ritual de iniciación y me encontraba rodeado de doncellas, quienes me enseñaban los secretos femeninos.

Aquella escena me recordó la que describe Chretien de Troyes en su Percival, en la cual el Grial es portado por una mujer, así como los rituales de primavera en los que antaño se festejaba la hierogamia. Enseguida me di cuenta de su significado: estaba abandonando los últimos vestigios de mis pautas de conducta patriarcales e integrando lo sagrado femenino. Sí, todo parecía encajar, el puzzle estaba tomando forma. Desde hacía meses, precisamente desde que terminé mi novela, había estado experimentando un cambio profundo en el modo en que percibía a la mujer.

Desde luego, los prolegómenos de este cambio fueron ciertamente explosivos, cosa que sucede siempre que se constela un nuevo arquetipo. Tuve que enfrentarme a una volcánica irrupción de arquetipos demoníacos, especialmente al dios de los infiernos, llamado Plutón por los romanos, exactamente el mismo arquetipo que afecta al colectivo en estos momentos de crisis. Esa emergencia de arquetipos, desde la sombra de mi personalidad, me hizo entrar en un estado de “caos creativo”, aunque caos, a fin de cuentas. Una noche oscura, una nigredo auténtica. Lamentablemente, el ser humano da lo mejor de sí en los momentos de máxima tensión, en la más negra oscuridad, pues es allí donde surge la verdadera luz (Lux aeterna luceat eis).

En ese período, que duró cerca de dos años, se produjeron una serie de fenómenos de sincronicidad que han provocado un nuevo cambio en el rumbo de mi vida: mi descubrimiento del Evangelio de Judas me hizo saber la importancia de la integración de la sombra del cristianismo para el mundo occidental; mis investigaciones sobre María Magdalena en el mito cristiano me demostraron que ella representa el aspecto seductor de lo Sagrado Femenino, lo que previamente al cristianismo, en Sumeria y Babilonia, personificaban las Hieródulas o servidoras sagradas del templo; mis encuentros con varias Vírgenes, en el sentido original de la palabra, es decir, mujeres independientes, libres, seguidoras de su propio instinto femenino, Hieródulas modernas, me brindaron la oportunidad de comprobar cómo actúa el arquetipo de la Virgen en una mujer; el premio gordo de la lotería de navidad terminó con el número 365, que es la cifra correspondiente al título de mi último libro inédito, ABRAXAS, según la antigua ciencia de los números o guematría, lo que, a su vez, coincide con la constelación e integración de mi anima, algo que se me había manifestado en un sueño algunos meses antes; la lectura del libro de la doctora Shinoda Bolen me corroboró todo cuanto había estado investigando de manera independiente, así como, también, la importancia de los procesos de transformación que se estaban produciendo en mi Individuación, no sólo para mí como individuo, sino para la sociedad occidental en su conjunto; por último, el libro titulado El Efecto Mariposa de Joaquín de Saint-Aymour, me confirmó algo que yo sabía intuitivamente, pero que no había leído aún en ninguna otra parte antes: que Jung había creado un círculo hermético de discípulos, una suerte de hermandad de iniciados (el título de mi trilogía es precisamente “La Hermandad de los Iniciados”) para velar por la prosperidad de la humanidad; en esta idea había estado trabajando durante los últimos tres años.

Buena parte de las tesis principales del libro de Joaquín de Saint-Aymour, las había expuesto yo cuatro años antes de que él las diera a conocer, en mi libro El Retorno al Paraíso Perdido, además de ahondar y revisar clásicos conceptos jungianos como los Arquetipos de la Sombra, Anima, Animus o Si-Mismo. Y, todo ello, sin que ninguno de los dos, que yo sepa, tuviera conocimiento el uno del otro. Igualmente, profundicé en el Proceso de Individuación, la Imaginación Activa y su poder para transformar el Destino, tanto personal, cuanto de la humanidad en su conjunto.

Asimismo, expresé los motivos por los cuales la relación con personas individuadas, verbigracia, tanto por su propia presencia, cuanto por el contacto con ellas, a través de sus manos1, por ejemplo, o, mediante un simple abrazo, ejerce un efecto beneficioso para el equilibrio psicológico de aquellas personas que hubieran sufrido algún desorden emocional. Y, al contrario, la sola presencia de individuos escindidos o desintegrados irradia un funesto aura sobre quienes le rodean.

En su ensayo, Shinoda Bolen aboga por la creación de círculos de mujeres que fomenten la cooperación y la colaboración entre sus miembros, para abordar los graves problemas que ha provocado el patriarcado, tratando de encontrar soluciones compasivas. Evidentemente, como psicóloga analítica, ella conoce la importancia que tiene la acción conjunta sobre los arquetipos, puesto que tan sólo el trabajo serio y concienzudo con estos, puede modificar el catastrófico fin hacia el que se ve abocada la humanidad, de perpetuarse la misma pauta patriarcal de dominación, control y deseo de poder.

Existe una ley psicológica que establece que cuando uno cambia (como consecuencia de una ampliación de nuestra consciencia), cambia todo a nuestro alrededor y, por lo tanto, también cambia nuestro Destino. De repente, uno comienza a atraer hacia sí ciertas situaciones, acontecimientos, relaciones, personas, etc., que se corresponden sincronísticamente con la transformación que se ha operado en lo Inconsciente Colectivo y la propia percepción del individuo se ve modificada. Esto significa que el individuo empieza a percibir aquello que se encuentra en el campo de acción del nuevo arquetipo, y que, antes, permanecía en la más completa oscuridad, o se percibía sólo parcialmente.

Una de las consecuencias derivadas de este principio es que nosotros somos los responsables últimos de todo cuanto nos sucede, que las “desgracias” o las “dichas” que nos acontecen las atraemos nosotros. Y, no sólo eso, sino que, además, podemos cambiar cuanto nos sucede, si cambiamos nuestro proceder (o sea, si elegimos el arquetipo acorde al momento y al objetivo). El límite para cambiar nuestro Destino lo constituye nuestra personalidad y nuestra identidad última (Sí-Mismo u Hombre Primordial). Y ese cambio, si es verdadero y profundo, afecta también al colectivo, puesto que estamos actuando sobre arquetipos, que son los constituyentes de lo Inconsciente Colectivo, una suerte de memoria universal a la que el físico David Bohm denominó orden implicado y Rupert Shaldrake campo morfogenético.

En definitiva, desde distintos campos del saber se está empezando a tomar consciencia de que todos estamos interconectados e interrelacionados a través de un ámbito suprapersonal y, por consiguiente, que cuanto hacemos tiene una resonancia mórfica en el Universo. Cuando estas renovaciones son llevadas a cabo por un número suficiente de individuos, se obtiene una masa crítica, a partir de la cual dicha transformación adquiere una dinámica propia que le permite sostenerse y ampliarse de un modo exponencial.

Para la gente común, analfabeta en lo concerniente al conocimiento de sí misma, esto resulta perturbador y hasta inverosímil. Pero quizás sea ese desconocimiento el que agrave el hecho de que el ser humano es el mayor peligro para sí mismo y, por supuesto, para el planeta. De ahí la importancia del autoconocimiento, de la Gnosis, para la salvación de la humanidad. De ahí, también, que el Universo mismo nos brinde la oportunidad de cambiar nuestro destino al permitirnos descubrir, justo cuando más lo necesitamos, un antídoto al veneno que carcome las entrañas de la civilización occidental: los evangelios gnósticos. Una señal, sin duda, de la imperiosa necesidad de poner en práctica la antigua máxima délfica “conócete a ti mismo”.

El Universo conspira para que se produzca un cambio de consciencia; Dios desea ser conocido por nosotros, puesto que necesita de nosotros para desplegar su Obra Divina. Hasta hace bien poco, se desconocía la existencia de una materia diferente a la ordinaria, de la que están compuestos nuestros cuerpos humanos, las estrellas o los planetas, y, pese a no saber la composición de esa materia oscura, los astrónomos afirman que su abundancia es seis veces mayor que la común u ordinaria. Algo semejante puede decirse de lo Inconsciente Colectivo. Por supuesto, soy consciente de que estoy traspasando las fronteras de lo que la ciencia está en condiciones de explicar, aún.

Mas en este ensayo no pretendo ceñirme a los límites de la ciencia, y menos aún a la estrechez del racionalismo científico, sino mandar un mensaje a hombres y mujeres para que se unan y colaboren con el nuevo zeitgeist o espíritu de nuestra época, generando así una onda expansiva que surta un efecto mariposa.

Cuando un varón toma consciencia de su anima, de lo Sagrado Femenino en su interior, cosa que acontece tras retirar las proyecciones que antes habían recaído en la figura de su pareja y del resto de mujeres con las que se ha relacionado, empieza a valorar positivamente lo concerniente a los atributos femeninos propios de su anima, de la Diosa y, por lo tanto, también a la mujer concreta.

No es sino cuando se produce esta iniciación al mundo de lo Femenino, cuando se transforma el anima en función de relación con lo Inconsciente Colectivo y con el Sí-Mismo, que el individuo puede, asimismo, relacionarse con el género femenino como igual y opuesto a él, tratando a la mujer como a la hermana mística que es para él. Esta transformación es vital para comprender y combatir los gravísimos problemas que acarrea la perpetuación del patriarcado.

Al decir que la civilización occidental está sustentada en el patriarcado me refiero al hecho comprobado de que nuestra civilización se basa en el dominio masculino, en la supremacía del principio masculino, al que la religión oriental denomina Yang. Por consiguiente, nuestra cultura favorece y fomenta el despliegue de aquellas cualidades y aptitudes relacionadas con dicho principio, como, por ejemplo, el intelecto, la razón, la inteligencia, la acción violenta, la competitividad, el dominio y el control de la naturaleza, el poder sobre los subordinados, las estructuras jerarquizadas, etc.; así, aquellas cualidades y aptitudes relacionadas con la Diosa, o principio Yin, como son la intuición, la premonición, el sentimiento, la empatía, el amor, la compasión, la colaboración, la emoción o la ternura, tienden a ser rechazadas y denostadas.

De ahí que, en mi poema, la semilla nazca justo del corazón, siendo éste un conocido símbolo de Cristo, como también del Sol interior o del Espíritu Primordial o Hembra Misteriosa, como se lo denomina en el Tao Te King, y no del cerebro, como sostendrían algunos científicos racionalistas. Alude, principalmente, al Amor, una cualidad esencialmente femenina, asociada al sentimiento. Esta descompensación afecta por igual a hombres y a mujeres, si bien, son ellas, las mujeres, quienes más la sufren, puesto que son precisamente los atributos o cualidades que la definen como mujer las que nuestra cultura relega a un plano inferior y maldito.

Penosamente, al encontrarnos en el umbral o limen hacia un nuevo eón, hacia una nueva consciencia, las pautas de conducta, las actitudes, los estereotipos, los prejuicios que giran en torno a lo Masculino y a lo Femenino, a las relaciones y al amor, habrán de ser cuestionados y removidos en sus fundamentos más profundos. Esto acarrea consternación, dolor, rupturas matrimoniales, luchas de poder en el seno de las relaciones, violencia doméstica, crisis financieras y económicas (motivadas, fundamentalmente, por la especulación y la usura de las entidades financieras o bancarias y por la explotación de la clase obrera por parte de los que se hallan en el poder), guerras fratricidas, fundamentalismo fanático o, su opuesto, laicismo recalcitrante, agnosticismo y ateísmo, expoliación de los países más pobres por los, así denominados, países desarrollados, etc... Mucho sufrimiento habremos de padecer aún, hasta que la renovación necesaria se extienda al colectivo, cosa que no sucederá sino cuando hayan transcurrido bastantes generaciones.

Hasta que mujeres y hombres no retiren las proyecciones sobre las figuras de sus parejas, de los varones y las mujeres con las que se relacionen, ambos permanecerán en ese estado de infantilidad que les hace buscar a un padre protector y autoritario, del que depende la economía del hogar, o a una madre cuidadora y comprensiva, en la que recaen todas las tareas domésticas, verbigracia.

Hasta que no realicen una incursión en el principio Femenino y se contemple la realidad del Eros, tanto en su versión positiva de Amor, compasión y ternura, cuanto en la nefasta del Odio, la destructividad y la violencia desmedida. Como dice el protagonista de la película Yo Serví al Rey de Inglaterra, “el hombre, incluso contra su voluntad, se humaniza más cuando empieza a hundirse, cuando descarrila, sin orden ni concierto.”

Tal vez, la crisis económico-financiera que asola al mundo, sea el acicate necesario para que el ser humano se humanice más. Quien se ha enfrentado en su vida privada y profesional al efecto de las proyecciones sabe muy bien lo sofocante de semejantes lazos invisibles, así como los formidables esfuerzos que se han de realizar para tomar consciencia plena de la implicación personal en todo cuanto sucede en una relación de pareja, en particular, y en el transcurso de la propia vida, en general. Como ya he dicho, somos los principales responsables de cuanto nos acontece y, aquello que no resolvemos en nuestro interior, acaba transfiriéndose al mundo exterior, transformándose en fatum. De modo que, de nada sirve culpar al otro de nuestros problemas, de nuestras desgracias, puesto que somos nosotros mismos quienes las atraemos, seamos o no conscientes de ello. Desde luego, no representa un ideal valedero que hombres y mujeres vivan como infantes rapaces, de no domeñada voracidad, desconocedores de la sombra que ellos mismos proyectan. La política del avestruz no es, por supuesto, la más acertada de las estrategias, sobre todo cuando se trata de lidiar con semejante adversario. En este sentido, más vale un enemigo conocido que uno desconocido.

Mis investigaciones en torno al origen del cristianismo me han conducido a la siguiente conclusión: el dominio del patriarcado comenzó aproximadamente en la época helenística, antes de que el cristianismo se convirtiera en religión oficial. Antiguamente, se adoraba a una Diosa, quien tenía por consorte a un dios masculino, que era su hijo-amante, que moría y renacía anualmente. Y, antes incluso, en la antigua Babilonia, en el XIII a. de. C., se tiene constancia de que se adoró a la Diosa Luna, hasta el punto de que se creía que era ella la responsable de que la mujer se quedara en cinta, y no el hombre. El rayo de luna que fertilizaba a la mujer, en aquel remoto pasado, se transformó en el rayo de Zeus y, con la expansión del cristianismo, pasó a ser Gabriel, el “esposo divino”.

El desarrollo desde el “matriarcado” original -en el que se adoraba a la Magna Mater, que recibió el nombre de Ishtar en Babilonia, antes del tercer mileno a. de. C.- al patriarcado actual obedece o, más bien, se correlaciona con una serie de transformaciones en la consciencia colectiva. El Ego colectivo se ha ido forjando con el curso de los siglos y la consciencia se ha ampliado horizontalmente, desligándose del abrazo de la Gran Madre, tras ser expulsada del Paraíso original de inconsciencia e ignorancia. Hemos dejado de proyectar en el mundo exterior los contenidos inconscientes, lo que nos ha permitido conocer el funcionamiento de la Naturaleza y, por ende, también controlarla y utilizarla para nuestro beneficio. En términos alquímicos, podríamos decir que, con la expansión del patriarcado, se ha realizado la primera parte de la Obra Alquímica, es decir, el solve, una suerte de disolución, disgregación, separación, concienciación, diferenciación.

Ahora, resta la segunda parte del proceso alquímico, el coagula, la unión de los elementos contrarios, tras tomar consciencia de que se trata de opuestos sólo aparentes, de que más allá de la diferencia está la paradoja de su identidad esencial. Lo Masculino y lo Femenino son, por definición, principios contrapuestos.

Mas, como nos enseña la sabiduría oriental, el hermetismo, la alquimia y, últimamente, la psicología y la física, ambos integran las dos partes de una misma unidad andrógina. Así, la Naturaleza, la Materia, la Diosa Madre, en verdad, es la encarnación de la divinidad, el espejo lunar en el que se refleja el Espíritu Invisible; como indica Shinoda Bolen “Emprendí una peregrinación, que fue a la vez un viaje exterior e interior, y reflexioné sobre la diferencia entre la divinidad que reconocen las religiones patriarcales, y la espiritualidad encarnada y manifiesta, representada por la Diosa” y, continúa, “Ambos son aspectos del Yo, al que se ha dado el nombre de Dios, Diosa, Tao, Poder Supremo, el Gran Misterio…”

La analista jungiana Sukie Colegrave, en el libro Ser Mujer, expresa esta misma idea cuando afirma lo siguiente: “La benevolencia del gobierno de la Gran Madre sobre la conciencia humana continúa mientras es útil para las necesidades de desarrollo del individuo o del grupo. Pero cuando un alma está preparada para experimentar su libertad e individualidad, su capacidad para darse cuenta y para comprender, y su potencial de relación y de amor humano, el poderoso abrazo de la totalidad inconsciente de la Gran Madre deja de sentirse como un útero cálido y seguro y empieza a ser sentido desde la perspectiva de la naciente consciencia del “yo”, como devorador, claustrofóbico y amenazante. En estos momentos, las imágenes de su generosidad son eclipsadas en los sueños y en la mitología –que son los espejos colectivos e individuales del desarrollo psicológico- por imágenes de su naturaleza demoníaca (…) las fauces del abismo que todo lo devoran. Para diferenciarse del gobierno de la Gran Madre y para derrocarla, la lucha de la nueva conciencia emergente adopta formas muy diversas, pero todas comparten una característica esencial. Todas ellas reflejan la energía masculina (el ego es siempre dominio del Sol, o sea, de la consciencia), ya sea individual o colectivamente, esforzándose por separarse de su abrazo inconsciente de la Gran Madre, para poder reclamar y afirmar su autoridad y poder independientes. Este nacimiento a la conciencia del arquetipo Masculino y su posterior victoria sobre el arquetipo de la Gran Madre (lo Inconsciente) inauguran la Era del patriarcado psicológico, en el terreno histórico y en el plano individual. Hoy día, cuando muere a su pesar y con resistencias el reino ya caducado del Gran Padre en nuestra psicología y cultura colectivas (especialmente, en las sociedades más avanzadas, puesto que aún hay culturas en las que predomina el Gran Padre, que son aquellas cuya evolución está un tanto retrasada) es fácil olvidar que, como la Era de la Gran Madre, la época patriarcal ha cumplido su objetivo esencial y creativo en la evolución humana. Su orientación psicológica fue una condición previa –y continúa siéndolo en ciertos momentos de la transición de la infancia al estado adulto, tanto en hombres, cuanto en mujeres- (y, por supuesto, también en las sociedades) para el nacimiento de la feminidad consciente y el desarrollo de la totalidad humana. (…) Sin su energía arquetípica, quizás seríamos incapaces de escuchar y de seguir los hilos que dan vida a los mundos de los opuestos y los conectan entre sí; mundos que el poder discriminador masculino ayudó a desvelar y, en parte, a crear.”

Dice Jean Shinoda Bolen: “Es posible ser una persona completa cuando las cualidades humanas, generalmente consideradas en la actualidad masculinas y femeninas, se ven como parte del espectro de todo ser humano”. Esta afirmación entraña algo que resulta fundamental: sólo el ser humano que se halle en el camino de la autorrealización o individuación puede modificar el destino al que se ve abocada la humanidad. La masa de personas mutiladas por los efectos de la cultura moderna no hace sino extender el veneno que la carcome, con independencia del sexo al que pertenezca. Como terapeuta de orientación jungiana, sé de sobra que la mujer (no individuada), contaminada por el veneno que infecta a occidente, tiende a defender con mayor vehemencia, si cabe, los principios del patriarcado, dadas su connatural inercia e inmovilismo. Un claro ejemplo de ello lo constituyen las sociedades más patriarcales, muchas de ellas gobernadas por dictaduras y/o enzarzadas en guerras fratricidas. Pese a que son las mujeres, como colectivo, las más perjudicadas por estos regímenes totalitarios, paradójicamente, son ellas las que defienden con mayor ferocidad la permanencia de sus despóticos líderes, por quienes se sienten atraídas –sin duda, ellos son los depositarios de la proyección del animus. Esta es una conclusión a la que cualquier persona reflexiva puede llegar si observa lo que sucede en el colectivo adolescente: los jóvenes líderes del grupo, los más machistas y autoritarios, son los más perseguidos por las adolescentes. Y es que esas sociedades aún se hallan en la adolescencia psicológica. Como dice Sukie Colegrave “las mujeres han tendido a concebir y gestar el nacimiento de lo Femenino consciente a partir del abrazo de la Gran Madre. No las mujeres que, enfadadas por la opresión de su género bajo el patriarcado, han intentado convertirse en patriarcas dentro de cuerpos femeninos, ni las que han intentado dar la espalda al camino psicológico por la nostalgia del dominio sexualmente indiferenciado de la Gran Madre, sino aquellas que, codo con codo, y honrando lo Masculino dentro de los hombres y de las mujeres, han empezado a escuchar y a dar la bienvenida a la conciencia a las semillas que germinan de lo Femenino.”

Evidentemente, una buena parte de la población, tanto femenina, como masculina, aún no está preparada para experimentar la libertad, la independencia y la individualidad asociadas a la autorrealización o individuación. Gracias a Dios, esta tendencia está cambiando. Así pues, el activismo feminista debe comenzar con uno/a mismo/a, pues uno/a mismo/a es la materia prima que hay que tallar a fin de que se transforme en el diamante que en potencia se es. El campo de batalla en el que, hombres y mujeres, han de bregar es su propio interior, su psique.

Quienes consagramos nuestra vida al cultivo del alma humana formamos parte de un Círculo, invisible, aunque efectivo. Un Círculo que permanece en contacto directo a través de los movimientos de plegamiento y despliegue que se producen en lo Inconsciente Colectivo u Orden Implicado, y cuyo objetivo último es la salvación de la humanidad, y, por consiguiente, de la Tierra y de las distintas criaturas que en ella habitan, de un destino al que se ve abocada si se obstina en seguir ciega ante la destructividad inherente a la raza humana. Destructividad que corre pareja a su creatividad, de modo parecido a la potencialidad humana de experimentar éxtasis místicos y orgasmos sexuales en idéntica medida.

Precisamente, ese contacto íntimo con lo Inconsciente Colectivo es el motivo por el cual llegamos a las mismas conclusiones, expresamos las mismas ideas y luchamos por conseguir los mismos objetivos, pese a estar alejados en el espacio y, también, en el tiempo. Y todo ello, por supuesto, de un modo independiente.

Querido lector/a: ¡Te exhorto a que, a través de tu renovación y de acuerdo con tu propio Destino-Personalidad, formes parte de dicho Círculo y ejerzas una influencia beneficiosa en tu pequeño círculo de relaciones y actividades!

NOTAS
1 La mano expresa la idea de actividad, potencia y dominio de uno mismo. En este sentido, el gesto simbólico de la “imposición de manos” significa una transferencia de energía o potencia. De ahí que, en el siglo III, en la comunidad cristiana, a las mujeres que, habiendo renunciado al matrimonio, querían convertirse en Vírgenes, solicitaban de un obispo la imposición de manos, con la finalidad de obtener la consagración oficial de su voto. Ambrosio de Milán en su tratado De virginibus relata una anécdota en la que cuenta que una joven que quería consagrarse a Dios, en contra de la voluntad de su familia, quienes deseaban que contrajera matrimonio, se puso cerca del altar, agarró la mano diestra del sacerdote y la puso sobre su cabeza pidiéndole su bendición. Tras ese gesto se consideró que estaba ligada a y dotada de un poder divino. Este relato, más allá de sus connotaciones patriarcales, demuestra que aquellas mujeres en las que el arquetipo Virgen es prominente, no se dejan dominar por los deseos de sus padres, siguiendo fielmente el dictado de su instinto femenino. Convertirse en una Virgen moderna, en una Sagrada Servidora de la Diosa, conlleva ser fiel al mandato divino, subordinar la propia vida a ese principio suprapersonal y no a los limitados y estrechos márgenes del ego.
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