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La visión islámica de la humanidad

A diferencia de cualquier otra religión, el Islam honra la experiencia religiosa de los que vinieron antes de su revelación

01/07/2011 - Autor: Ali Unal - Fuente: La fuente
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Portada del libro de Ali Ünal
Portada del libro de Ali Ünal

Al nacer, no tenemos ningún conocimiento consciente de nosotros o de nuestro entorno. Aún así no somos extranjeros, sino seres preparados para sobrevivir aquí. Por ejemplo, el cuerpo humano está compuesto de los mismos elementos que existen en la naturaleza. Los componentes básicos que componen los minerales, vegetales y animales del mundo también constituyen la esperma y el óvulo que, al unirse, inician nuestra vida terrenal. Nadie sabe todavía cómo esta materia inanimada es transformada en formas vivas. Sólo podemos decir que es un regalo directo del Creador. Por tanto, somos los hijos de la naturaleza, conscientes de ser criaturas creadas por el Creador. Tal conciencia nos hace conscientes del segundo aspecto de nuestro ser: nuestro aspecto divino.

Generalmente los niños nacen en un ambiente acogedor, tienen el cariño de los padres y una familia extensa. Inmediatamente son proveídos del alimento más perfecto: la leche materna. A medida que crecen, experimentan el mundo como un lugar totalmente ordenado de visión y sonidos, calor y luz y lluvia, y una diversidad infinita de plantas, frutas y animales. Todo esto permite a los niños ejercer y ampliar los sentidos, los sentimientos y el intelecto implantados en ellos por el Creador.

De la misma forma, sus cuerpos funcionan sin un esfuerzo o decisión consciente. Cada persona recibe un cuerpo físico minuciosamente preparado y coordinado, como un regalo del Creador cuando Él le otorga la vida, para que pueda madurar y desarrollarse. Se puede decir que muy poco de lo que poseemos proviene de nuestras obras. De hecho, sin la ayuda del Creador, no podíamos ni siquiera gobernar nuestros propios cuerpos y en consecuencia moriríamos.

Aquel que creó el Universo y lo sometió a nuestra administración es también Aquel que nos creó a nosotros. A partir de aquí, resulta fácil deducir cual es nuestra responsabilidad y, conscientes de todo lo que nos ha sido dado, reflexionar sobre cual será nuestra respuesta y cual es el sentido de estos dones. La responsabilidad humana ante el Creador es voluntaria, mientras las criaturas no humanas cumplen con sus deberes sin pensar, pero también sin defecto.
La aparente eficacia de la tecnología moderna oculta nuestra relativa impotencia y vulnerabilidad. No podemos crear ni siquiera una hoja o una mosca, aunque seamos libres de interferir en la creación de Dios, en la medida en que Él lo quiera. No tenemos ningún dominio sobre las operaciones del mundo o de nuestro cuerpo, como el hambre o la sed. No podemos escoger a nuestros padres, ni el tiempo y el lugar de nuestro nacimiento y nuestra muerte, ni nuestro aspecto o estructura física. Dependemos del mundo natural para alimentarnos y prolongar nuestras vidas.

Aquel que sometió a nosotros la naturaleza también implantó en nuestro interior las facultades intelectuales necesarias para hacer un buen uso de la naturaleza. Nuestro intelecto es capaz de lograr algún conocimiento de las operaciones regulares de la naturaleza y luego formular leyes basadas en la observación de procesos uniformes. Estas leyes son nuestras aproximaciones humanas imperfectas al modo en que Dios crea las cosas y controla los acontecimientos.

Humanidad y desarrollo

El valor del ser humano no proviene de nuestros aspectos natural y material, sino de nuestros aspectos inmaterial y espiritual. El espíritu y el intelecto no se originan en el cuerpo físico, pues la salida del espíritu de un cuerpo lo reduce a una materia en descomposición. El cuerpo permanecerá durante un tiempo, privado de sus sentidos anteriores. Esto significa que el espíritu utiliza el cuerpo, y que sólo la vida da significado al cuerpo.

Esta relación cuerpo-espíritu puede ser entendida mejor por la siguiente analogía: Una fábrica, no importa cuán compleja, sofisticada y excelente sea, no tiene más valor que un montón de basura mecánica si no hay ninguna electricidad que la haga operativa. Esto no quiere decir que el espíritu sea todo y el cuerpo un mero recipiente; más bien, el espíritu necesita de la materia o una forma corpórea para manifestar sus poderes y funciones.

La vida futura de un árbol frutal está contenida en la semilla, y un árbol tiene el valor de la fruta que produce. Del mismo modo, la historia de cada vida queda registrada y tiene valor sólo en relación al número de buenas acciones realizadas y al nivel de virtud alcanzado. Una vez más, del mismo modo que un árbol crece mediante las semillas contenidas en su fruta, progresamos por nuestras buenas acciones, el peso y la consecuencia de las cuales nos serán revelados en el futuro.

Desplegamos nuestros actos en este mundo y cosechamos los resultados en el próximo. Así, el Creador Majestuoso, el Todopoderoso, el Sabio, Aquel que nos creó de la nada y Aquel que nos da la vida soplando el espíritu en nuestros cuerpos (formado por elementos en la naturaleza), nos resucitará después de que nos descompongamos en la tierra. Para Él, hacer esto es tan fácil como traer el día después de la noche, la primavera después del invierno, y hacer que la madera aparentemente seca al final del otoño de uvas el verano siguiente.

Además, tenemos tres impulsos principales: el deseo, la ira y el intelecto. Deseamos o codiciamos el sexo opuesto y amamos a nuestros niños y los bienes mundanos. Dirigimos nuestra cólera contra el que se pone en nuestro camino y para defendernos. Nuestro intelecto nos permite tomar buenas decisiones. El Creador no refrena estos vigores, pero requiere que nos esforcemos para lograr la perfección a través de la autodisciplina, de manera que no los utilicemos mal. Este es el combate que determina nuestra humanidad, ya que sin él no tendríamos ningún objetivo y seríamos igual que las criaturas no humanas.

Sólo los seres humanos pueden madurar espiritual e intelectualmente, pues ninguna otra parte de la creación tiene el elemento que hace posible este proceso: el libre albedrío. Todos viven vidas totalmente determinadas en la naturaleza, ya que sin el libre albedrío no tienen modo de mantenerse dentro de los límites correctos. Si no hacemos caso a estos límites, podemos usurpar la propiedad de otros, mantener relaciones sexuales ilícitas, o utilizar nuestro intelecto para engañar a los demás.

Este es el motivo por el cual nuestras facultades deben ser controladas. El intelecto nos ha sido dado para que lo usemos con sabiduría, y nuestro deseo e ira nos han sido dados para que los usemos legalmente y con moderación. Además, como seres sociales debemos refrenarnos para evitar la maldad, la injusticia, la explotación, el desorden y las revueltas.

Pero, ¿qué es legal y correcto, moderado y sensato? ¿Quién establece los criterios, y cómo serán aceptados por la gente? ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Cuál es mi destino final? ¿Qué exige de mí la muerte? ¿Quién es mi guía en este viaje, empezando desde la arcilla y pasando por las etapas de una gota de esperma, un coágulo de sangre, y un trozo de la carne, otra creación donde el espíritu es soplado en mi cuerpo, y finalmente la llegada a la tumba y de allí al Más Allá? En todas estas preguntas se encuentra el problema esencial de la vida humana.

¿Qué es la verdad?

Resulta extraño incluso que dos o tres personas se pongan de acuerdo sobre la verdad de un tema. Si el rico y poderoso define la verdad, esta excluirá o perjudicará el pobre, y viceversa. La verdad no puede ser decidida por el voto de la mayoría, pues la verdad es la verdad, independientemente de cuánta gente vote por ella. La verdad es —y sólo puede ser determinada por— la Verdad, otro nombre para Dios, el Creador de la humanidad y el universo. Nuestra tarea es descubrir esta verdad y cumplir con ella.

Por supuesto que hay algunas verdades universales, como la honestidad, la generosidad, el altruismo, la sinceridad, la amabilidad y la compasión. Estas son esencialmente reflejos de nuestra naturaleza verdadera. Creada por el Único, que es Sabio, Generoso y Compasivo, cada persona tiene una inclinación innata hacia estas virtudes. Por tanto han sido confirmadas y establecidas por el Islam, revelado por Dios a través de Sus Profetas para mostrar a la humanidad cómo resolver todos sus problemas psicológicos y sociales.

El cambio continuo es observable en la naturaleza, pero existe un aspecto subyacente de permanencia en todo. Por ejemplo, una semilla germina bajo tierra y se convierte en un árbol sin las leyes de germinación y crecimiento. De la misma manera, los objetivos y las necesidades esenciales de la gente, con independencia de las condiciones materiales externas o las formas de vida, así como su impacto sobre nuestras vidas y ambiente, han permanecido idénticas desde la creación de Adán y Eva. Todos compartimos determinados valores y condiciones vitales generales. Por ejemplo, nacemos, maduramos, nos casamos, tenemos niños y morimos; tenemos deseos y anhelos semejantes; y compartimos ciertos valores, como la honestidad, la bondad, la justicia y el coraje.

Así pues, todos los profetas enviados por Dios fueron enviados con el mismo mensaje de Su Unidad y Trascendencia absolutas: No ha engendrado ni ha sido engendrado, ya que Él es por toda la eternidad Auto-Existente. Cada ser creado depende naturalmente de su Creador. Sólo el Creador es Auto-Existente, Único, individual, no-compuesto, inmune al cambio, no abarcable por el tiempo y el espacio. Creer en tal Ser Divino constituye el fundamento primero del Islam, la religión divina predicada por todos los profetas. Otros pilares suyos son creer en la Resurrección y el Juicio Final, en la Profecía y todos los profetas sin distinción, en todos los Libros Divinos, en los ángeles, y en el Destino y el Decreto Divinos (incluyendo el libre albedrío humano).

A través de la creencia sincera y de la adoración, así como la adhesión a las enseñanzas prístinas de los profetas, podemos alcanzar el más alto grado de elevación —incluso llegar a ser dignos del Cielo. No hay otra posibilidad de escapar de las trampas de la vida mundana, la ignorancia opresiva de los falsos sistemas humanos, o la tiranía de la autoproclamada autoridad sacerdotal.

Aquellos que no usan su libre albedrío para disciplinarse, corren el peligro de ser esclavizado por sus pasiones. Tal carencia de autodisciplina nos conduce a ofender a otros, ya que nuestro objetivo es satisfacer nuestros deseos. Dado que la religión Divina no permite tal maldad, aquellos que lo buscan intentan corromper la religión para justificar sus caprichos y sus fantasías. Esto causa desorden, opresión, conflicto interminable y destrucción. Dios no quiere la opresión ni la injusticia para Su creación, sino misericordia, y que la gente viva en paz para que la justicia prevalezca. Sin embargo, la historia relata que los seguidores de todos los Profetas anteriores se dividieron en facciones contrarias, y manipularon la religión para servir a sus propios intereses.

Como ejemplo, esto es algo que vemos con los israelitas, a lo largo del tiempo rompieron hasta cierto punto con la Tora original, y finalmente fueron esclavizados por deseos materialistas. Cuando Jesús les fue enviado para restaurar la religión Divina, quedaba muy poco de la pura enseñanza de Moisés. Después de la primera generación, los seguidores de Jesús también se dividieron en muchas facciones. Llegó un momento en que había hasta 300 Evangelios. Una facción se alió al Imperio Romano y en cierto modo logró prevalecer sobre el resto.
El Concilio de Nicea (año 325) impuso el cristianismo en todo el Imperio, y un canon de textos aceptados surgió como una nueva Escritura . Los cristianos deificaron a Jesús y el Espíritu Santo, y por lo tanto introdujeron una misteriosa Trinidad en las puras enseñanzas de Jesús. Algunos fueron más allá y deificaron a su madre María. Estos dogmas paulatinamente fueron combinados con otras creencias tales como la expiación mediante la sangre y el Pecado Original.

El Islam como consumación de todas las auténticas creencias anteriores

Todos los profetas antes de Muhammad fueron enviados para restaurar la religión Divina a su pureza original, purgando todas las innovaciones y desviaciones. Este es el motivo por el cual el Profeta Muhammad fue enviado después de Jesús, para predicar los mismos pilares de creencia. Dios le reveló el Corán, el cual contiene los eternos principios para guiar nuestra vida individual y colectiva. Dado que Dios decreta que el Corán está absoluta y permanentemente conservado, el profeta Muhammad es el último Mensajero.

A diferencia de cualquier otra religión, el Islam honra la experiencia religiosa de los que vinieron antes de su revelación, porque el Islam confirma y completa lo que es auténtico de aquellas religiones. Por tanto, los musulmanes afirman que el profeta Abraham y el resto de los profetas eran musulmanes, totalmente sometidos a Dios. Tal perspectiva explica por qué la civilización islámica, desde su comienzo, ha sido y sigue siendo tolerante, plural e inclusiva. Siempre fue así, excepto en raras excepciones.

Extraído de:
El Islam aborda los asuntos contemporáneos
Autor: Ali Ünal
Editorial La Fuente
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