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Gritos

Relato tomado del libro Diablo y el Fogonero

30/06/2011 - Autor: Abel Samir - Fuente: Webislam
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Los gritos de los hombres
Los gritos de los hombres

Su matrimonio parecía que se encaminaba a una pendiente que era cada día más pronunciada. Y la culpa de todo no era de él ni de su mujer, sino de los “gritos”. Los malditos gritos que lo perseguían día y noche, especialmente, cuando quería reposar y dormir tranquilo. Lejos del trabajo brutal que hacía con tanta eficiencia. Su mujer no lo entendía y él no sabía como explicarle el problema. El médico del regimiento Buin le había dicho que eso era más que un problema psíquico, un problema ocasionado por el estrés de su trabajo con los prisioneros políticos. Que no se preocupase porque no se estaba volviendo loco. “Ni muchos menos”, le dijo, haciéndose el amable y que a él le dejó un sabor amargo de estar siendo burlado. 

—En todo caso—, le dijo el médico, convendría que se tome un descanso de un par de semanas y así se lo escribiré en mi informe al comandante del regimiento, porque supongo que es a él que tengo que informarle ¿no?

De esa manera fue que le dieron dos semanas de permiso médico. Cuando se lo explicó al capitán Aranda, éste lo miró burlonamente porque no sabía por lo que él estaba pasando. Y no quería explicarle sus síntomas por temor a que sus camaradas de armas se burlasen. En su fuero interno sabía que era un poco de machismo, pero en ese medio en el que Carlos desempeñaba sus tareas diarias, la debilidad era sinónima de cobardía y él no era ningún cobarde, al menos así lo pensaba él. Aseguraba en su fuero interno que lo podía probar porque él había adquirido fama de duro. Y había que serlo con esos comunistas desgraciados que querían alterar el mundo y volverlo patas arriba. Y otros que fingían no serlo que trataban de ocultar sus acciones y sus pensamientos, pero él era muy experto para hacerlos hablar. Claro que no siempre había tenido éxito. Hacía como tres semanas que le habían asignado la tarea de interrogar a un ex sargento de las fuerzas especiales que colaboraba con los marxistas. Le había aplicado todos los procedimientos más bárbaros, pero el muy maldito no había abierto la boca excepto para decirle: “fascista conchas de tu madre”. Eso no lo había podido tolerar y le hundió el cráneo a patadas, y después, su jefe le reprochó duramente esa acción, porque había que mantener con vida a ese traidor para obtener alguna información de su trabajo de zapa en el batallón.

El médico le había dicho en forma muy sutil que era bueno que se pusiese en manos de un especialista, es decir, de un psiquiatra. Eso último no lo haría ni por nada del mundo. No, no estaba loco, ni mucho menos y esa idea descabellada del médico del regimiento no pensaba siquiera considerarla. Los “gritos” tenían que cesar alguna vez. Y eran tan parecidos a los que emitían sus prisioneros cuando les aplicaba la corriente eléctrica. En esa tarea se había convertido en un experto. Los “gritos” parecían venir de fantasmas que anidaban en su casa o en la calle. Y eran más fuertes durante las noches. Por más que se tapase los oídos con algodón y cerrase las ventanas, lo martirizaban de todas maneras. Su mujer se molestaba porque era verano y hacía un calor del diablo, un calor sofocante que dificultaba la respiración. Parecía que todo estaba en su contra, porque ese verano había sido especialmente caluroso. Al principio, su mujer le había pedido que no cerrase todas las ventanas y él no podía explicarle el motivo. Ella pensaba que él temía un atentado de algún extremista. No sabía por lo que él estaba pasando, sus angustias, su cansancio, su dolor al pecho, y por sobre todo, el terrible dolor de cabeza. Ella no sabía que él ya no se desempeñaba al mando de una compañía y que había pasado al servicio de inteligencia. Lo eligieron porque se había distinguido en el curso de capitanes, sobretodo, en el ramo de inteligencia y contrainteligencia. Se había sentido orgulloso que lo hubiesen designado a esas tareas y así había podido darle rienda suelta a sus instintos violentos. Además, lo encontraba un poco de divertido, especialmente, cuando tenía que interrogar las prisioneras. Le complacía verlas cuando entraban aterradas al lugar del “interrogatorio”. Se divertía enormemente como las mujeres trataban de mantener su pulcritud cuando iban a ser violadas. Eso lo excitaba y llegaba a casa con terrible apetito sexual. Pero todo eso, junto a su tranquilidad, también se había esfumado. Ya no sentía deseos de nada. Cuando trataba de copular, llegaban los malditos “gritos” y se transformaba en un impotente, y su mujer no sabía que pensar. A lo mejor ella creía que él la engañaba, pero Carlos siempre fue un marido ejemplar, jamás la había engañado con otras mujeres, ni siquiera con las detenidas que era tan fácil hacerlo.

A veces, cuando los malditos “gritos” se hacían insoportables, encendía la radio y ponía música tal vez, un poco fuerte, porque su mujer se quejaba de ello. Así se fue agriando el carácter de ella y en algunas ocasiones se insultaban mutuamente en voz alta, cuyo estruendo retumbaba hasta la calle. Seguramente que sus vecinos también escuchaban, pero tenían que aguantárselas porque él era un capitán y los oficiales habían pasado a ser los hombres más importantes del país. ¡Y quién se habría atrevido a venir a quejarse a su casa! Los habría lanzado a la calle, a patadas. Sí, eso habría hecho. Le importaba una mierda lo que pensasen de él. Antes del golpe ni siquiera lo saludaban, ahora, con cara bobina buscaban su mirada para hacer una inclinación de cabeza, que incluso a él, le parecía divertida y exagerada. Ahora era todo un don señor. ¡Cómo cambian los tiempos!

El comandante del regimiento lo había citado a su oficina y allí le había dicho que era necesario que se pusiese en manos de los médicos y por tanto debía hospitalizarse. Eso le cayó como un balde de agua fría. Nunca pensó que lo iban a considerar un enfermo mental. Tal vez creían que estaba loco, esquizofrénico o algo parecido. Carlos no entendía nada de eso; por eso que jamás había cogido un libro de esos temas tan aburridos y poco interesantes. A él le gustaban las novelas de cowboy, no importa quién las hubiese escrito. Le gustaban las aventuras y las peleas a tiro. Por eso que no se perdía las funciones del cine del regimiento cuando exhibían ese tipo de películas. Mientras más muertos, las encontraba más interesantes. No entendía a aquellos oficiales que se las daban de intelectuales y leían cosas extrañas, como la astronomía o la psicología, que eran puras idioteces. Y su mujer que se llevaba leyendo novelitas rosas, de amores de muchachas pobres que se encontraban con algún joven bueno, apuesto y rico. Esas también eran puras tontería aburridas. La vida era excitante con la acción. También las novelitas de guerra, sobre todo las de la jungla contra los japoneses. Aunque le desagradaban los hombres asiáticos, no dejaba de admirar a los japoneses por su valor y entrega. A veces, se preguntaba si ellos no sufrían también de la persecución de los “gritos”, también tendría que haberles ocurrido. No podría ser que a sus héroes no les ocurriese lo que le estaba aconteciendo a él.

Una noche, en el hospital lo metieron en una pieza acolchada y desnudo, porque como ya no toleraba los gritos, él también se había puesto a gritar de lo lindo y casi había echado el hospital abajo. Cuando lo obligaron a desnudarse se opuso, y le metió un puñete en un ojo al oficial de guardia, él que se encontraba presente en el momento en que los fuertes enfermeros lo trataban de doblegar. Por esa razón, una semana después vino un coche especial y con camisa de fuerzas se lo llevaron a un destino desconocido y ya él no pudo explicarse nada más, toda vez que había abandonado el mundo real y había empezado a luchar contra esos malditos “gritos” no solo insultando y aullando, sino también a mordiscos, patadas y puñetes. De nada sirvió que explicase que estaban equivocados, que él podía mejorarse y que había un error en todo, “sí, decía, no estoy enfermo, son sólo mis nervios y los fantasmas de los comunistas muertos”. Pero no lo quisieron escuchar y como un saco de papas y sin miramiento alguno, lo llevaron en andas, le metieron una jeringa de esas que usan los veterinarios y lo amarraron a una camilla que se dirigió por los pasillos menos transitados del Hospital Militar y a horas que ya no había visitas, hasta una ambulancia de aspecto siniestro que esperaba cerca del portón. Al parecer, los muy malditos y porfiados “gritos” habían triunfado de todas maneras y se habían quedado, al parecer, para siempre.
 

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