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Simbología de la Alhambra

La Alhambra es un libro que hace hablar por sí mismo a sus elementos artísticos a través de la bella poesía inscrita en sus paredes, arcos y fuentes

27/06/2011 - Autor: Margarita López - Fuente: Fundación de Cultura Islámica
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La Alhambra: todo es escritura
La Alhambra: todo es escritura

En Granada, sobre la colina llamada por los árabes "Sabika", dominando la vega que riegan el Darro y el Genil, se yergue la Alhambra, "al-Hamra": "La Roja". Y ello es así, porque fue edificada sobre esa colina roja y con tierra de ese color.

En los tiempos en que una parte de España se llamaba al-Andalus, y el Califato de Córdoba se había ido desmembrando por la guerra civil entre los reinos de Taifas, se asentaron en Granada dos dinastías de reyes musulmanes: los ziríes, de origen bereber, asentados durante el siglo XI, y los nazaríes, que según sus ancestros eran descendientes de la más pura estirpe árabe: los ansares de Medina, compañeros del Profeta del Islam, Muhammad.

La dinastía nazarí gobernó desde el siglo XIII hasta el 1492, año en que el rey Boabdil el Chico entregó las llaves de Granada a los Reyes Católicos, clausurándose de esta forma el poderío islámico en España, que había durado más de ocho siglos.

Cuenta una leyenda recogida por Washington Irving que, reinando en Granada el viejo rey zirí Badis ibn Habus, un anciano astrólogo árabe, ante la petición del rey de buscar un retiro donde escapar del mundo, ofreció construirle con su mágico poder un palacio y un jardín, semejantes al Paraíso. Para ello eligió la colina donde hoy se asienta la Alhambra. En la cumbre de la colina comenzó construyendo una enorme puerta, con un arco exterior en el vano de la entrada y otro más bajo que daba paso al interior del castillo. En la clave del arco de entrada estaba grabada una mano, y en la del otro arco, una llave, símbolos mágicos de acceso a la fortaleza. Sigue diciendo la leyenda que el rey Badis se negó a ofrecer al astrólogo, como recompensa por estos palacios, una esclava cantora y tañedora de arpa que el anciano había solicitado, por lo que, enfurecido el astrólogo, golpeó la tierra con su báculo y se hundió en las entrañas de la colina con la esclava, desapáreciendo con él los palacios y la puerta. Cuentan que en las noches de luna llena se iluminaba la colina, y que una dulce música de arpa se escuchaba procedente de su interior.

Pasados unos siglos, a mediados del siglo XIII, en tiempos del rey nazarí Ibn al-Ahmar, se empezó a levantar la alcazaba de la Alhambra, y un siglo después, se acabaron de construir las maravillosas estancias de palacio, lo mismo que las murallas, torres y puertas. Una de éstas, la que da acceso al recinto, se llama de la Justicia, y en su arco exterior tiene grabada una mano, mientras que en otro arco interior aparece una llave. Cuando se visita la Alhambra se atraviesa esa puerta que aún conserva la huella simbólica del astrólogo árabe. Según los autores románticos que visitaron la Alhambra durante el siglo XIX, la llave representa la fe, o el poder de conquista conferido al Profeta Muhammad para extender el Islam, mientras que la mano simboliza los cinco pilares principales del Islam, o las cinco plegarias del día.

El simbolismo en la Alhambra se oculta entre la leyenda y el misterio. Nadie se ha visto libre de la atrayente seducción de la Alhambra. Muchos han sido los que se han maravillado de que este recinto haya permanecido intacto durante tantos siglos intacto, a pesar de la fragilidad de sus materiales, al tiempo que numerosas fortalezas de piedra se han desmoronado con el paso de los siglos. Pero es que la Alhambra ha ejercido su seducción en reyes, artistas, músicos y literatos que han sabido preservar su fisonomía y su memoria. Los mismos Reyes Católicos, tras conquistársela a Boabdil, y mientras éste lloraba su pérdida y su cobardía camino del destierro, ocupaban sus palacios y, asombrados de tanta magnificencia, se instalaban en sus aposentos en los que fijaron su Real Casa, en lugar de destruir la morada del infiel, como hubiera sido lógico, según el proceso de la Historia. Tampoco ellos se libraron de su seducción.

La leyenda en la Alhambra surge en cada una de sus estancias y rincones. Todo su recinto evoca aquellos hermosos palacios y jardines paradisíacos que construyó sobre esa colina el astrólogo árabe del pasado.

Brota también el misterio en el mirador de Dar-Aisha (la casa de Aisha), donde una dama musulmana llamada Aisha, hija del alcaide de Málaga, se resguardó en espera de casarse con un príncipe nazarí. Surge la ensoñación en la contigüa Sala de las Dos Hermanas, llamada así en recuerdo de dos hermanas que murieron de amor al no serles permitido acudir a una cita con sus amantes. De nuevo, la leyenda se apodera de la Sala de los Abencerrajes, donde, se cuenta, fueron ejecutados por orden real los caballeros de la noble familia granadina de los Abencerrajes. Lo mismo se puede decir de las torres: la de la Cautiva, la de las Infantas…, la Torre de los Siete Suelos, por la que salió Boabdil para siempre, tras perder Granada, y que mandó tapiar para que nadie volviera a cruzarla.

Pero todo esto es legendario, y como tal, propio de la irrealidad. La Alhambra no necesita de trovadores ni romanceros. Habla por sí misma. Es al tiempo un libro y un espacio cerrado que, paradójicamente, resulta infinito: ése es su misterio.
El recinto de la Alhambra se asemeja a un enorme barco, cuya proa es la Torre de la Vela. El interior se distribuye en muchos espacios, y pasar de uno a otro no resulta fácil. Pasillos en recodo, puertas con direcciones opuestas, corredores y pasadizos inducen al visitante a sentirse en un laberinto encantado, porque las construcciones islámicas, con el fin de guardar celosamente su intimidad, nunca muestran al exterior toda la opulencia artística de su interior. Y así sucede que, desde la oscuridad de un recodo, se desemboca de forma deslumbrante en el Patio de Arrayanes, donde una enorme alberca refleja, como un espejo, la Torre de Comares, el pórtico de arcos y parte del Salón de Embajadores, en el que el rey nazarí recibía a las delegaciones de otros reinos con el fin de impresionarles.

Describir este Salón, con el bellísimo pórtico que lo antecede, es difícil. Baste decir que no hay paredes desnudas, pues todas están cubiertas de alicatados de azulejos de colores, yeserías e inscripciones en epigrafía árabe. En el techo, de madera y con una estrella cenital en cuyo alrededor gravitan numerosas constelaciones, se reproduce la cúpula celeste con la simbología cósmica de los Siete Cielos, de los que habla el Corán (Suras, 2.29 y 23.86).

No hay tiempo para detenerse en el Baño, con sus habitaciones frías y calientes, dedicadas al reposo. Se sale pues al Patio de los Leones, en cuyo centro resplandece la fuente universal: una gran pileta sobre doce figuras de leones, símbolo bíblico de las Doce Tribus de Judá; legado probable del legendario palacio del visir judío Ibn Nagrela.

De nuevo aquí aparece el significado cósmico del Universo en las hermosas bóvedas de mocárabes de las Salas de las Dos Hermanas y de los Abencerrajes.

Decíamos que la Alhambra es un libro, y así es, aunque parezca un tópico. Ella ha sabido guardar entre sus muros con el paso de los siglos un sentimiento político, literario y religioso. Ha hecho hablar, por sí mismos, a sus elementos artísticos: alacenas, salas, fuentes y zócales, a través de la bella poesía inscrita en sus paredes, arcos y fuentes. Tres han sido los poetas que han dejado allí su huella: Ibn al-Yayyab, Ibn al-Jatib e Ibn Zamrak.

Junto a los panegíricos de alabanza a los reyes constructores, Yusuf I y Muhammad V, los arquitectos de la Alhambra no olvidaron su condición de musulmanes, plasmando sus emociones religiosas en inscripciones que reproducen suras coránicas en los lugares clave del palacio. Sobre el trono real está inscrita la Sura del Alba, para preservar al rey de la envidia. Bajo la cúpula celeste que cubre el Salón se extiende la Sura del Dominio, que habla de Allah como Creador e incita al creyente

a contemplar la Creación y meditar con ella. Por todas partes se repite incansablemente una inscripción con el lema de los reyes nazaríes: "¡Sólo Allah es el Vencedor!"

La Alhambra ha conservado así su misterio, sobreviviendo a sus constructores, los reyes nazaríes, desgraciados y turbulentos, cuyo trágico destino fue la pérdida y su expulsión de Granada.

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