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De la cultura integral a la diversidad cultural: reflexiones actuales a partir de Gramsci

La mayoría de los escritores del Siglo de Oro jalearon la represión

24/06/2011 - Autor: Andrés Martínez Lorca - Fuente: Webislam
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El cardenal Cisneros representa el principal impulsor de la ideología nacional-católica
El cardenal Cisneros representa el principal impulsor de la ideología nacional-católica

Gramsci se esforzó en sus primeros escritos por desprovincializar la cultura
italiana en un intento sostenido por ponerla en contacto con la cultura europea (1). Al subrayar el elemento crítico y activo que corresponde al individuo en ese proceso, se opuso al mecanicismo marxista imperante en el reformismo socialista (2). Junto a la posterior maduración de su formación teórica, el período anterior a la cárcel culmina con su escrito La Questione Meridionale donde aparece un novedoso análisis de los intelectuales. En una línea antidemagógica y antipopulista, rechazó en las páginas de L’Ordine Nuovo la subalternidad de las clases populares: “no hay dos verdades, ni dos diversos modos de discutir”, escribe (3). Y en su ensayo de 1926 se atrevió a colocar la cuestión meridional como tarea central en el camino hacia el socialismo en Italia.

En los Quaderni del carcere propone el concepto de «cultura integral» cuyo
doble objetivo es formar una élite y al mismo tiempo elevar el nivel de las masas, o sea, “tener una Reforma y un Renacimiento simultáneamente”.

¿Qué perspectiva cultural para Europa? El caso español y sus fantasmas del pasado

En la Europa actual se debate desde hace años qué modelo cultural seguir, si el
de la segregación y exclusión de las culturas diferentes o, por el contrario, el de la
apertura social dentro de un modelo multicultural. No es una cuestión bizantina, pues en el fondo se trata de seguir manteniendo o no la hegemonía cultural en suelo europeo, ya que no de imponerla al resto del mundo como en el pasado colonial. Con un lenguaje político más claro de lo acostumbrado, Fernando Morán, ex-ministro español de Asuntos Exteriores, habló en 1991 del miedo de los europeos a perder el «monopolio cultural».

El avance político de los partidos de derecha (y en algunos casos de extrema
derecha), el dominio ideológico de las corrientes conservadoras, la grave crisis
económica que ha socavado el sistema financiero y arrojado al paro a millones de
trabajadores, así como el apoyo europeo a las guerras contra Iraq y Afganistán y a la permanente agresión de Israel al pueblo palestino, no han hecho sino fomentar el repliegue de Europa sobre sí misma multiplicando el rechazo a lo diferente.

Una vez liquidado el bloque de países socialistas con la Unión Soviética a la
cabeza y convertidos en única potencia mundial los Estados Unidos de América, el
primer frente de rechazo para Europa lo representa desde hace años el Islam, concebido éste de una manera turbia como un magma siniestro del que sólo cabe esperar terrorismo y barbarie. La falta de rigor en la referencia al Islam no como religión sino como un conjunto indistinto de sociedades que, sin embargo, son muy diversas entre sí tanto en lo político y social como en su base lingüística y étnica, ha sido justamente subrayada por el profesor Arkoun: “El precio pagado por esta total confusión de los planos de existencia y de los campos de significación en el mismo término «Islam», convertido en monstruo ideológico, es precisamente la imagen científicamente inadmisible de una oposición del «Islam» al laicismo, a la modernidad, por negarse a distinguir lo político de lo religioso” (4) .

Ha sido una suerte del cielo académico — habitualmente poco propicio a la
crítica cultural— que un intelectual árabe formado en centros occidentales, que
desarrolló su enseñanza e investigación en los Estados Unidos y que tuvo entre sus
fuentes doctrinales a Gramsci, haya puesto al descubierto la miseria real que ocultaba el Orientalismo en su edulcorada visión decimonónica y en su ideología belicista y de rapiña del siglo XX. Edward Said, a diferencia de tantos comunistas y socialistas de librillo que no habían tenido ni siquiera la curiosidad de leer al pensador sardo, aprovechó de él con inteligencia algunos conceptos centrales, ciertas sugerencias metodológicas y un estilo de fina crítica literaria del que hay tantos ejemplos en los Quaderni.

Señalemos algunas ideas de Said útiles en el contexto que estamos abordando.
Primero, a propósito del carácter encubridor de las denominaciones Oriente/Occidente: “… palabras como «Oriente» y «Occidente» no corresponden a ninguna realidad estable que se derive de un hecho natural. Más aun, todas las apelaciones geográficas de este tipo no son sino extravagantes combinaciones de empirismo e imaginación. La idea que se tiene habitualmente del Oriente, en Gran Bretaña, en Francia y en América, procede en gran medida no tanto de una simple necesidad de describir, sino más bien de una voluntad de dominarlo y de protegerse de él. Como he intentado demostrar, esto es especialmente verdad en lo que se refiere al Islam percibido como una encarnación singularmente peligrosa del Oriente” (5) . En segundo lugar, su afirmación de que el debate sobre la identidad cultural se une en el fondo con el problema del dominio social:
“La construcción de una identidad está ligada al ejercicio del poder en cada sociedad, y no tiene nada de un debate puramente académico” (6) . Finalmente, su reflexión — al hilo del concepto gramsciano de hegemonía— sobre la conciencia de la superioridad cultural de Europa: “se puede sostener que el rasgo esencial de la cultura europea es precisamente lo que la ha hecho hegemónica en Europa y fuera de Europa: la idea de una identidad europea superior a todos los pueblos y a todas las culturas que no son europeas” (7) .

Centrándonos en España, ha sido la reciente emigración la que ha introducido
nuevas formas de vida y de cultura hasta entonces desconocidas en nuestra sociedad o sólo entrevistas de modo superficial en los libros o en el cine. Las dos corrientes mayoritarias de emigrantes — magrebíes y latinoamericanos—, nos vuelven a traer en su cultura algunos fantasmas del pasado: por una parte, la huella del Andalus y el problema morisco, y por otro, la herencia colonial hispana en América. En ambos casos la solución empleada por el poder estatal consistió en borrar su legado cultural y suprimir su identidad como pueblo.

Los moriscos, una minoría acosada: de la persecución a la expulsión

Respecto de los moriscos, disponemos de un documento literario de primer orden, publicado hace unos años y silenciado hasta ahora por la mayoría de los historiadores. Me refiero a la Tafsira o Tratado del Mancebo de Arévalo, escrito en aljamiado por un morisco castellano en la primera mitad del siglo XVI. Como ha
comentado su editora, la profesora María Teresa Narváez Córdova, “la información que recopila es de una importancia estremecedora, pues nos permite acceder por primera vez al testimonio directo de las víctimas del 1492 y de las minorías clandestinas musulmanas y judías de la España del siglo XVI” (8).

Esta obra es en parte un compendio doctrinal islámico destinado a la población criptomusulmana de España que en un medio hostil apenas conocía ya los rudimentos de su religión; pero en parte también un valioso informe de cómo malvivían acosados por doquier estos moriscos, incluso tras haberse visto forzados a convertirse al cristianismo para sobrevivir en su tierra.

En otro escrito suyo el Mancebo recogió el testimonio de un notable morisco
granadino, Yuse Benegas, que vivía en una alquería cerca de la ciudad. Es la visión
dramática de un vencido en la conquista de Granada por los Reyes Católicos : “Hijo se dirige al Mancebo de Arévalo, no ignoro que de las cosas de Granada está vacío tu entendimiento; y que yo las rememore no debe espantarte, porque no hay momento que no reverbere dentro de mi corazón, y no hay momento en que no se rasguen mis entrañas; (…) nadie lloró con tanta desventura como los hijos de Granada. No dudes de mis palabras, que yo fui uno de ellos y fui testigo de vista: vi con mis propios ojos escarnecidas a todas las nobles damas, tanto viudas como casadas; y vi vender en pública almoneda a más de trescientas doncellas (…). Yo perdí a tres hijos varones: todos murieron en defensa de la religión y perdí dos hijas y a mi mujer, y esta única hija que tengo, quedó para mi consuelo, pues tenía siete meses. Y yo quedé huérfano (…). Hijo, yo no lloro lo pasado, pues a ello no hay retorno, pero lloro lo que tú veras si tienes vida y te quedas en esta tierra y en esta Isla de España (…). Todo será crudeza y amargura” (9) . La premonición de Yuse Benegas se cumplió poco después. Este año de 2009 se conmemora precisamente el 400 aniversario de la expulsión definitiva de los moriscos decretada en 1609 por el rey Felipe III.

La famosa Mora de Úbeda, personaje relevante en la sociedad granadina antes y
después de la conquista cristiana, se vio obligada a sufrir en silencio la inexorable
liquidación de su comunidad o, para decirlo en palabras del Mancebo de Arévalo,
“como el tiempo iba tan de caída sobre los musulmanes, esta mora se retiró a la sombra de su desgracia llorando la caída de los musulmanes” (10) .

Lo mismo que el entrañable moro Ricote, inmortalizado por Cervantes, los
criptomusulmanes que desfilan por las páginas del Tratado aman la tierra en la que nacieron y trabajaban. En las páginas desgarradas del capítulo en que el Mancebo “relata la caída del Andalusiya” (11) , no se ahorran los elogios al clima y suelo de la Península ibérica. “Yo mismo — escribe el Mancebo en primera persona— de vuelta por todo el Andalusiya, no di paso que no se condoliera mi alma mirando una tierra tan dulce y sabrosa, templada en todos los tiempos, muy fértil en ancho y largo y de ricas poblaciones, abastecida de pan y de aceite y muchos ríos de agua dulce y tierra dotada de mucha seda y oro, y de más oro y plata que toda España junta” (12).

¿Quiénes eran los moriscos? ¿Cómo evolucionó su situación hasta llegar a ser
expulsados de suelo hispano? El término «morisco» aparece después del edicto de
conversión forzosa dictado por el cardenal Cisneros en 1502 y engloba a los
musulmanes de la Corona de Aragón, a los musulmanes castellanos procedentes de los antiguos mudéjares, ya prácticamente asimilados, y a los musulmanes andaluces que siguieron viviendo en su tierra tras la conquista de Granada el año 1492. La primera sublevación de los moriscos granadinos tuvo lugar en 1500 como consecuencia de las restricciones a su forma de vida y a su cultura impuestas por el influyente confesor y consejero de Isabel la Católica, Francisco Jiménez de Cisneros (1436-1517) . Entre ellas destaca la quema pública de varios miles de manuscritos árabes en el centro de la ciudad con el intento evidente de liquidar la refinada cultura científica y literaria andalusí heredada por el último enclave islámico en la península, el reino nazarí de Granada.

Conviene prestar atención a Cisneros porque no fue un ignorante fanático sino
un personaje político y religioso de primer orden en la España renacentista. Entre otros cargos eclesiásticos y civiles del máximo rango, ocupó los de Arzobispo de Toledo y Primado de España, Inquisidor general y Regente de Castilla en dos ocasiones. Participó activamente en las conquistas de Granada y en la posterior de Orán por Fernando el Católico quien, en agradecimiento por los servicios prestados, consiguió del Papa que le nombrara cardenal, nombre con el que se perpetuaría su memoria. Fundó en Alcalá de Henares la Universidad Complutense que todavía conserva su escudo de armas.

En una época marcada en Europa por el nacimiento de los Estados nacionales, el cardenal Cisneros representa el principal impulsor de la ideología nacional-católica,
imperante en España durante largo tiempo y renacida con vigor durante la dictadura de Franco. El enemigo declarado era un enemigo interior, la población de origen andalusí, desarraigada y dispersa por toda la geografía peninsular contra la que se llegó a emplear la temible artillería española en las Alpujarras, la implacable Inquisición después de la conversión forzada de estos «cristianos nuevos» y los métodos más variados para liquidar su identidad cultural.

La mayoría de los escritores del Siglo de Oro jalearon la represión. Sirvan como
muestra estos deleznables versos de Lope de Vega— él mismo familiar del Santo Oficio o Inquisición—, en honor de Felipe III por su decreto de expulsión de los moriscos:

Y es tan aseado y limpio
Que de una vez limpió a España
Lo que desde el postrer Godo
Ningún Rey pudo por armas.
Echó, finalmente, a cuantos
Por voto bebieron agua;
Que en vino, tocino y bulas
No gastaron una blanca (13).

No está de más recordar que el Islam hispano durante la monarquía omeya, la de
más larga duración hasta ahora en España, se mostró tolerante con cristianos y judíos. Como he escrito en otro lugar, “también se beneficiaron de esa tolerancia los cristianos, que pasaron a ser, junto con los judíos «protegidos» o dimmíes: a cambio de un impuesto, gozaban de autonomía interna, incluida la libertad religiosa, quedando libres de obligaciones militares. Los «pueblos del Libro» recibían así, en la práctica, un trato de favor derivado de su vinculación con la profecía de Mahoma. Cristianos y judíos, como nos recuerda Julián Ribera, tenían en al-Andalus sus autoridades judiciales propias, al margen de la jurisdicción general islámica. Ibn Hazm, por ejemplo, se refiere en el Fisal (primer tratado, capítulo 25) a «un cristiano, que era cadí de los cristianos de
Córdoba y que venía a menudo a mi clase». El qadi-l-nasara, o juez de los mozárabes, aplicaba el derecho visigótico del Liber Iudiciorum, llamado más tarde Fuero Juzgo”(14).

Debo aludir, aunque sea de pasada, al mito de «Santiago Matamoros», que fue
trasplantado a América tras la conquista colonial. En el siglo IX se creó esta la leyenda de Santiago, quien en blanco corcel se habría aparecido espada en ristre para liquidar a las tropas andalusíes que asediaban a las cristianas junto al castillo de Clavijo, cerca de Logroño. Todo indica que esa presunta batalla no existió y que fueron los monjes cluniacenses los que difundieron la leyenda para animar a combatir contra los «moros» a los habitantes de los reinos cristianos del Norte. Se trataba de crear un mito guerrero, pues, como ya apuntó Ortega y Gasset, no comprendemos bien una guerra que duró ocho siglos, y en este sentido el espíritu de Cruzada del cual es su máximo símbolo ha dejado una huella extensa en el tiempo y profunda en el imaginario colectivo. Los conquistadores españoles trasladaron a América este mito convirtiendo al Apóstol Matamoros en «Yllapa Mataindios» (15).

Resulta sorprendente que hasta su abolición por las Cortes de Cádiz en 1812 se mantuviera el llamado «Voto de Santiago» que implicaba unos sustanciosos tributos a los canónigos de Santiago de Compostela. Por otra parte, desde el punto de vista simbólico es importante también la huella dejada por la victoria cristiana sobre el poder islámico que gobernaba a ambos lados del Estrecho en la batalla de las Navas de Tolosa (Jaén, 1212), que fue ganada por una coalición internacional: a las tropas aliadas de Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho el Fuerte de Navarra se unieron unidades militares francesas, portuguesas y leonesas, a lo que hay que agregar la declaración de Cruzada por el Papa
Inocencio III. Las cadenas que protegían al califa almohade en esta famosa batalla se conservan como trofeo de guerra en el monasterio de Roncesvalles (Navarra) al
comienzo del Camino de Santiago. Forman parte de la simbología estatal al quedar
integradas en el escudo de España como representación de Navarra.

América: expolio económico y destrucción de las culturas indígenas

En cuanto a América, los estudios de los últimos decenios permiten reconstruir
un cuadro general del «saqueo cultural de América Latina», para usar el título de
Fernando Báez en su reciente y meritorio libro sobre el tema16 . En paralelo al robo del oro y la plata, se procuró borrar su memoria colectiva. Unos, como Pizarro, con métodos expeditivos al hacer beber vino con arsénico a los guerreros e historiadores incas. Y otros, como el rey Carlos III, con métodos más suaves e hipócritas en la forma, pero idénticos en el fondo, al ordenar que había que “ir desterrando poco a poco todo lo que recuerde la antigüedad y gentilismo de los indios, pero con cuidadosa política y de forma que fácilmente no adviertan las intenciones y fines con que se ejecuta” (decreto del Consejo de Indias de 1783).

Se comenzó usando el engaño en los primeros contactos con la población
autóctona americana; después, la violencia implacable contra los que se rebelaron contra el yugo colonial; y finalmente, la sistemática destrucción de las culturas indígenas. Al saqueo de los metales preciosos siguió la quema de valiosos códices, la destrucción de los símbolos religiosos y objetos de arte y la formación de una élite dócil a los intereses europeos y que, bien amaestrada, llegaría a despreciar la cultura de sus antepasados (17).

Los más lúcidos protagonistas fueron conscientes de la política de tierra
quemada que en el terreno cultural impuso la monarquía española a través de su fiel aliado la Iglesia católica (18). Así, por ejemplo, el humanista cordobés Fernán Pérez de Oliva, catedrático de la Universidad de Salamanca y autor de una importante obra de tema americano que, aunque escrita en el siglo XVI, ha permanecido inédita hasta la segunda mitad del siglo XX. En ella reconoce que el objetivo español era “dar a aquellas tierras extrañas forma de la nuestra” (19), es decir, vaciar las culturas amerindias y sustituirlas por la cultura nacional-católica hispana. En una línea similar se manifiesta también el historiador franciscano fray Bernardino de Sahagún, autor de una amplia obra en castellano, latín y náhuatl cuya publicación se prohibió: “Esto a la letra ha acontecido a estos indios, con los españoles, pues fueron tan atropellados y destruidos ellos y todas sus cosas, que ninguna apariencia les quedó de lo que eran antes” (20).

En el lado de las víctimas no faltó tampoco la denuncia ante esta planificada
anulación de su identidad como pueblo. Las palabras del Chilam Balam de Chumayel tienen el tono acusador de quien sufre la miseria del sometimiento al poder extranjero y, al mismo tiempo, la negación de sus propias creencias: “Solamente por el tiempo loco, por los sacerdotes, que fue entre nosotros la tristeza, que entró en nosotros el cristianismo. Porque los muy cristianos llegaron aquí con el verdadero dios; pero ese fue el principio de la miseria nuestra, el principio del tributo, el principio de la limosna, la causa de la miseria de donde salió la discordia oculta, el principio de las peleas con armas de fuego, el principio de la esclavitud por las deudas, (…) el principio de la continua reyerta, el principio del padecimiento” (21).

Otro documento estremecedor procede de un noble nahua, Carlos Ahuaxpitzatzin, que se rebeló contra el dominio de la Iglesia: “¿Quiénes son éstos que nos deshacen, y perturban, y viven sobre nosotros y los tenemos a cuestas y nos
sojuzgan? (...) Que todos somos iguales y conformes, y no se ha de igualar nadie con nosotros; que ésta es nuestra tierra, y nuestra hacienda y nuestra alhaja y nuestra posesión, y el Señorío es nuestro y a nos pertenece, y quien viene aquí a sojuzgarnos que no son nuestros parientes, ni de nuestra sangre y se nos igualan.

Pues aquí estamos y no ha de haber quien haga burla de nosotros” (22). ¿Cuál fue la respuesta del poder eclesiástico? Por orden de Juan de Zumárraga, primer obispo de México e Inquisidor, el noble indígena fue condenado a muerte: tras ser desgarrado con un garrote, fue estrangulado y finalmente su cadáver quemado en público.

Fernando Báez ha extraído del expolio cultural de América Latina, antiguo y
moderno, una serie de conclusiones, entre las que merecen subrayarse las siguientes:

— “El saqueo cultural de América Latina ha sido un etnocidio y memoricidio
premeditado para mutilar la memoria histórica y atacar la base fundamental de la
identidad de sus pueblos.

— La transculturación o sustitución de la memoria de los pueblos sometidos
por la tradición occidental colonial completó una operación de alienación
exitosa cuyas consecuencias todavía sufren los latinoamericanos.

— Seis lenguas europeas reemplazaron más de mil idiomas indígenas y el
método de extinción aplicado implicó el mayor genocidio de la historia del
hombre. Entre setenta y cien millones de víctimas estiman los informes más
recientes la gran masacre de América Latina.

— Todas las potencias europeas y también la estadounidense, participaron en el
pillaje e intentaron anular los valores de identidad de las culturas locales para
inducir la sumisión, colaboración y participación subordinada en la transferencia
de recursos naturales.

— Desde el siglo XX, la depredación cultural aumentó. Mientras mayor el robo
de materias primas en América Latina, mayor ha sido el saqueo y la destrucción
del patrimonio simbólico” (23).

Algunos de los más relevantes intelectuales españoles exiliados en México, como
José Gaos, Joaquín Xirau y Adolfo Sánchez Vázquez, han rastreado en nuestra historia común un humanismo republicano y multiculturalista, basado en una tradición crítica, plural y emancipadora, frente al dominante imperialismo hispano, uniformador y absolutista. Desde las luchas de los Comuneros de Castilla hasta la contribución de los criollos ilustrados de los siglos XVII y XVIII, pasando por las denuncias de las lacras del colonialismo llevadas a cabo por Bartolomé de las Casas y Alonso de la Veracruz, la tradición humanista se habría abierto camino entre la represión y el silencio del poder (24).

Partiendo de las «Tesis de 1940» de Walter Benjamin, Michael Löwy ha sugerido
estudiar a contrapelo la historia de América Latina, es decir, tomar como punto de
partida la perspectiva de los vencidos en lugar de la versión oficial y dominante 25.
Según él, sólo con la Revolución Mexicana de 1910 comenzó a ser contestada la
historia oficial de la conquista. Una muestra artística de esta nueva corriente
desmitificadora la encontramos en los pintores y muralistas mexicanos Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco; un ejemplo significativo de ese revolucionario giro nos ofrecen los frescos de Diego Rivera en el Palacio de Cortés en Cuernavaca (1930) (26).

Un paralelo en el terreno del pensamiento es la obra del marxista peruano José Carlos Mariátegui, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana
(1928). Como esta visión a contrapelo de la historia no se detiene en el pasado colonial sino que puede y debe aplicarse al presente, Löwy recuerda una esclarecedora actualización efectuada por Eduardo Galeano en su famoso ensayo de 1971 Las venas abiertas de América Latina: “Los conquistadores con sus carabelas preceden a los tecnócratas con sus jets, Hernán Cortés a los marines norteamericanos, los corregidores del reino a las misiones del Fondo Monetario Internacional, los dividendos de los traficantes de esclavos a las ganancias de la General Motors”.

Gramsci en la perspectiva de una sociedad multicultural

Aunque la concepción gramsciana de la cultura adolece de un latente
etnocentrismo, como ocurre en general con el resto de los pensadores ilustrados y
marxistas, creo que todavía se pueden extraer de los Quaderni algunas enseñanzas de interés para una sociedad intercultural. Así, por ejemplo, en sus agudas «observaciones sobre el folklore» que aparecen en uno de los últimos Cuadernos, concretamente en el Cuaderno 27 redactado en 1935.
Podemos resumir el contenido de la nota 1 en los siguientes puntos (27):

— Hasta ahora, el folklore se ha estudiado principalmente como elemento
«pintoresco» y prácticamente se ha reducido a estudios metodológicos sobre
la recogida, selección y clasificación de material.

— Habría que estudiarlo, por el contrario, como concepción del mundo y de la
vida, implícita en gran medida, de determinados estratos de la sociedad, en
contraposición con las concepciones del mundo «oficiales». De aquí, la estrecha relación entre folklore y «sentido común» que es el folklore filosófico.

— Solamente puede comprenderse el folklore como un reflejo de las condiciones de vida cultural del pueblo, si bien algunas concepciones propias del folklore se prolongan también después de que las condiciones se hayan modificado.

— “No debe concebirse el folklore como una extravagancia, una extrañeza o un
elemento pintoresco, sino como algo que es muy serio y que hay que tomar
en serio. Sólo así su enseñanza será más eficiente y determinará realmente el
nacimiento de una nueva cultura en las grandes masas populares, es decir,
desaparecerá la separación entre cultura moderna y cultura popular o folklore”.

También es de provecho su breve referencia a “la influencia de la cultura árabe
en la civilización occidental” (28) , a propósito de un libro del arabista español Ángel González Palencia (uno de los escasos nombres españoles que aparecen en el índice onomástico de los Quaderni). El punto de partida es una serie de artículos de Ezio Levi reunidos en forma de libro y que trataban de las relaciones culturales entre Europa y los árabes, desarrolladas especialmente a través de España. Levi, añade Gramsci, se inspiraba para sus trabajos en los arabistas españoles. La cuestión central, a saber, la herencia arabo-islámica en la cultura europea, se suscita a partir de la reseña del mismo estudioso italiano, aparecida en la revista florentina Marzocco, a un libro de González Palencia publicado en Madrid el año 1931. Edward Said, por su parte, ha visto con acierto el origen de la anomalía del orientalismo español en su visión del mundo árabe al escribir que “es una notable excepción en el contexto del modelo general europeo” por el hecho determinante de que “el islam formó parte de la cultura española durante varios siglos, y los ecos y pautas que perduran de tal relación siguen nutriendo la cultura española hasta nuestros días” (29).

Amplío por mi parte la breve referencia al arabista y a su obra. Ángel González
Palencia (1889-1949) fue discípulo de Julián Ribera y Miguel Asín Palacios. Prestigioso arabista y erudito, escribió notables estudios literarios, históricos y bibliográficos y realizó además interesantes traducciones de textos árabes y latinos (30). Desempeñó relevantes tareas en la vida académica española, entre las que sobresalen éstas: Catedrático de Literatura Arábigo-Española en la Universidad Central de Madrid (desde 1927), Académico de la Historia (1931), Académico de la Lengua (1940) y Director de la Escuela de Estudios Árabes de Madrid (1944). Su discurso de recepción en la Real Academia de la Historia versó sobre “Influencia de la civilización árabe” y le contestó el también académico y arabista Miguel Asín. De ambos textos se hizo una edición aparte con el título El Islam y Occidente (31).

González Palencia era de ideología católica conservadora. Colaborador entre los
años 1928 a 1936 del diario madrileño de la derecha católica El Debate, fundado por el político santanderino Ángel Herrera Oria (que, tras la guerra civil, se haría clérigo, llegando a ser obispo de Málaga y cardenal), apoyó la sublevación militar encabezada por Franco. Además de concejal del Ayuntamiento de Madrid en los años negros de la postguerra (1939-1946), ocupó interinamente el cargo de director de la Escuela de Estudios Árabes de Granada en 1937, tras el fusilamiento por las tropas franquistas del también arabista Salvador Vila, Rector de la Universidad y director de dicha Escuela, el día 22 de octubre de 1936 en el Barranco de Víznar (32) , trágico lugar donde poco antes también fue asesinado el gran poeta granadino Federico García Lorca.

Después de la referencia bibliográfica, Gramsci alude a esta variada herencia en
una inteligente reflexión donde se plantea estos tres temas: el legado árabe en Europa, el papel de España en la cultura medieval y la necesidad de un replanteamiento historiográfico de la Edad Media en su conjunto (33). Resulta admirable, si no insólito, que un intelectual marxista, preso en la cárcel y aislado de la vida social de su tiempo, aborde estas cuestiones a comienzos de los años 30, se interese a fondo por el estudio de la ciencia árabe y elogie la labor de recuperación de la cultura de al-Andalus emprendida por los arabistas españoles. Cuando redacté mi tesis doctoral en 1979, yo mismo no estaba interesado en ello y por eso no aproveché como debiera esta sugestiva nota de los Quaderni.

Y sobre todo, me parece acertada la genial intuición gramsciana de que en
América Latina la población indígena empezaba a ser protagonista y no sujeto pasivo de su propia historia con “el despertar a la vida política y nacional de las masas aborígenes” (34) . Esta nota del Cuaderno primero contiene algunas reflexiones a partir de un libro de Filippo Meda sobre estadistas católicos. Entre éstos figuraba el político conservador español Antonio Maura de quien este año 2009 se celebra el centenario de su salida del poder como consecuencia de la represión desatada en la Semana Trágica de Barcelona, una de cuyas víctimas fue Francisco Ferrer y Guardia, fundador de la Escuela Moderna, condenado a pena de muerte y ejecutado el 13 de octubre de 1909.

También figuraba en ese elenco de políticos católicos el ecuatoriano 35 Gabriel
García Moreno (1821-1875), que se distinguió como gobernante por la severa represión y la ideología clerical, siendo asesinado a las puertas del palacio presidencial en Quito. Gramsci constata la lucha que en América Latina debía llevar a cabo el Estado moderno «contra el pasado clerical y feudal». Vale la pena releer en su integridad el paso central de la nota 107: “La biografía de García Moreno es también interesante para comprender algunos aspectos de las luchas ideológicas de la ex-América española y portuguesa, donde todavía se atraviesa un período de Kulturkampf primitivo, es decir, donde el Estado moderno debe luchar todavía contra el pasado clerical y feudal. Es interesante advertir esta contradicción que existe en América del Sur entre el mundo moderno de las grandes ciudades comerciales de la costa y el primitivismo del interior, contradicción que se prolonga por la existencia de grandes masas de aborígenes por un lado y de inmigrantes europeos por otro más difícilmente asimilables que en América del Norte” (36).

A pesar de la hegemonía de los Estados Unidos de América y en contra de su
frecuente intervencionismo militar a favor de las transnacionales y de las oligarquías locales, vemos en nuestra época cómo se va haciendo realidad en algunos países latinoamericanos ese despertar de las masas indígenas que apuntaba Gramsci a partir de la experiencia mexicana. El mejor ejemplo de ello es el Estado plurinacional de Bolivia dirigido democráticamente por Evo Morales, pero también Ecuador donde las comunidades originarias cuentan con el apoyo del gobierno nacional y de amplios sectores urbanos de izquierda. En Nicaragua y Venezuela la población indígena, hasta hace poco silenciada, comienza a ver reconocidos sus derechos y va ocupando espacios de poder dentro de una sociedad multicultural y multiétnica. Las luchas de los indígenas en Perú, Colombia, México y otros países centroamericanos y sudamericanos muestran un camino lleno de dificultades pero que no parece tener marcha atrás por el nivel de conciencia política alcanzado por esas comunidades.

Creo que la concepción gramsciana de la «cultura integral» encierra todavía su
fecundidad política, al menos como horizonte futuro, en una sociedad tan clasista como la española donde a los restos autoritarios y clericales todavía presentes se unen la disgregación social del capitalismo tardío y los efectos perversos de la globalización. Contra la tendencia siempre amenazante en la Península ibérica al uniformismo cultural y a la identidad nacional-católica, creo que es necesario subrayar como principio básico de una sociedad multicultural el respeto a la diversidad cultural, a la identidad de los otros.

Es una ironía del destino que los pueblos originarios de América y la izquierda
latinoamericana nos enseñen ahora a los europeos cómo se constituye un Estado
moderno sobre una base multiétnica y multicultural, mientras en nuestro ilustrado y rico continente se fomenta el rechazo a las minorías étnicas y el miedo a que las mezquitas tengan su correspondiente minarete o las mujeres musulmanas puedan llevar el pañuelo en la cabeza, tolerándose a veces la persecución de los emigrantes, base de la producción en los sectores más vulnerables y esperanza demográfica para un futuro cercano.

El mundo arabo-islámico, más allá de las corruptas oligarquías que gobiernan
hoy muchos de esos países, mostró en el pasado que es posible convivir en la diversidad étnica, lingüística y religiosa. En el imaginario árabe el personaje que mejor simbolizaba su sueño imperial no era musulmán ni árabe sino griego: Alejandro Magno (37). Su proyecto de integrar Oriente y Occidente respetando la propia identidad cultural, halló un eco duradero en el mundo medieval. Un ejemplo de la influencia de este mito árabe en España es El libro de Alexandre, una de las primeras obras en prosa castellana. También nuestros grandes místicos como San Juan de la Cruz y Santa Teresa evidencian en sus escritos una profunda islamización, apuntada por Miguel Asín y confirmada más a fondo en fecha reciente por Luce López-Baralt.

En nuestra época y en Europa conviene combatir el uniformismo cultural, el
complejo apenas encubierto de superioridad intelectual. Mohamed Arkoun proponía «abrir caminos a una historia solidaria». No sé si eso es pedir demasiado a una sociedad como la nuestra tan ensimismada en su pequeño bienestar, tan profundamente insolidaria con los países que luchan por su independencia política y económica, tan radicalmente conformista.

Lo que, en cambio, me parece obligado por nuestra parte es renovar el rico
legado gramsciano poniendo de relieve su atención a la cultura popular, al folklore, su apertura a otros ámbitos culturales tradicionalmente considerados hostiles por
Occidente, como el arabo-islámico, y su esperanza en el renacer de los pueblos
indígenas americanos a los que el colonialismo europeo intentó borrar su memoria
colectiva. Hablar de cultura en un mundo globalizado como el actual sin partir del
derecho a la diversidad cultural, sería, en mi opinión, perder el tiempo ocultando bajo una retórica hueca el latido multiforme de la sociedad.

Post scriptum

Después de redactar el texto anterior, leo una interesante entrevista con el
escritor uruguayo Eduardo Galeano en la que subraya la diversidad como núcleo de la realidad latinoamericana (38). “En estos últimos años — escribe— hay un proceso de renacimiento latinoamericano en el que estas tierras del mundo comienzan a descubrirse a sí mismas en toda su diversidad. El llamado descubrimiento de América fue, en realidad, un encubrimiento de la realidad diversa. (…) Nos han dejado ciegos de nosotros mismos. Es necesario recuperar la diversidad para celebrar el hecho de que somos más que lo que nos dijeron que somos”.

Galeano afirma que “el motor de la historia humana es la contradicción” porque
lo mejor que tiene la vida es su diversidad”. Por eso, no se resigna a aceptar el
pensamiento único que amenaza al mundo actual: “El sistema dominante de hoy nos impone una verdad única, una única voz, la dictadura del pensamiento único que niega la diversidad de la vida y que por lo tanto la encoge, la reduce a la casi nada. Lo mejor que el mundo tiene está en la cantidad de mundos que él alberga, y eso vale a su vez para América Latina”. El maestro uruguayo sigue tan lúcido como siempre.

(Artículo publicado en La lámpara de Diógenes, revista filosófica de la BUAP
(Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México), números 20 y 21, 2010,
pp. 221-236: está en red).
 
 
Notas
1 El presente texto tiene su origen en la comunicación que presenté al Congreso Internacional “Gramsci y la sociedad intercultural” —celebrado en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona del 3 al 5 de diciembre de 2009—, ahora sustancialmente ampliado.
2 Hace años traté a fondo el tema de la cultura en Gramsci en mi tesis doctoral, leída en la Universidad Complutense de Madrid bajo la dirección de mi querido maestro José Luis Aranguren y publicada más tarde por la Universidad de Málaga donde entonces enseñaba: Andrés Martínez Lorca, El problema de los intelectuales y el concepto de cultura en Gramsci, Málaga, Universidad de Málaga, 1981. Sólo me referiré aquí a esta investigación de una manera fugaz.
3 L’Ordine Nuovo (1919-1920), Turín, Einaudi, 1975, p. 46
4 Mohammed Arkoun, “Magreb-Europa: por una historia solidaria”, en Europeos y musulmanes. Encuentro con el Islam, Madrid, Fundación Encuentro, 1992, p. 106, cursiva mía.
5 Edward W. Said, L’Orientalisme, traducción francesa del original inglés, París, Éditions du Seuil, 2005, epílogo, pp. 357-358.
6 Ibid., p. 358.
7 Ibid., p. 19.
8 Mancebo de Arévalo, Tratado Tafsira, edición, introducción y notas de María Teresa Narváez Córdova, Madrid, Editorial Trotta, p. 26.
9 Mancebo de Arévalo, Sumario, transcripción de Gregorio Fonseca, versión moderna de M. T. Narváez Córdova, cit. en Tratado Tafsira, p. 29.
10 Tratado, cit., p. 400 de la transcripción; he modernizado el texto aljamiado.
11 Tratado, pp. 308-314.
12 Ibid., p. 309; versión moderna mía.
13 Lope de Vega, Justa Poética, B.A.E., XXXIII, p. 269.
14 Andrés Martínez Lorca, Maestros de Occidente. Estudios sobre el pensamiento andalusí, Madrid, Editorial Trotta, 2007, p. 28.
15 Sobre el mito de Santiago Matamoros, véanse Francisco Márquez Villanueva, Santiago: trayectoria de un mito, Barcelona, 2004, y Ofelia Rey Castelao, Los mitos del Apóstol Santiago, Vigo, 2006. Sobre su trasplante ideológico a América, léase Javier Domínguez García, De Apóstol Matamoros a Yllapa Mataindios. Dogmas e ideologías medievales en el (des)cubrimiento de América, Salamanca, Ediciones de la Universidad de Salamanca, 2008.
16 Fernando Báez, El saqueo cultural de América Latina. De la Conquista a la globalización, Caracas, Debate, 2008. Aprovecho su análisis en las líneas que siguen.
17 Una nueva panorámica de la culturas precolombinas ofrece Charles C. Mann en su obra 1491. Una nueva historia de las Américas antes de Colón, Madrid, Taurus, 2006. Sobre el colonialismo europeo en América, véanse: H. Bonilla, ed., El sistema colonial en la América española, Barcelona, Editorial Crítica, 1991, y Luciano Pereña, Genocidio en América, Madrid, Mapfre, 1992. Sobre la destrucción cultural en América Latina y el proceso de transculturación tanto en la época colonial como en los siglos XIX y XX, una vez alcanzada la independencia política, pueden consultarse con provecho, además del ya citado libro de F. Báez, los siguientes: Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina, Madrid,
Siglo XXI, 2003, 15ª ed., publicada inicialmente en 1971; Fernando Benítez, El libro de los desastres, México D.F., Era, 2000; Roger Bastide, Las Américas negras. Las civilizaciones africanas en el Nuevo Mundo, Madrid, Alianza Editorial, 1967; José Manuel Briceño Guerrero, El laberinto de los tres
minotauros,
Caracas, Monte Ávila Editores, 1994. El saqueo económico reciente ha sido bien estudiado por Jacobo Schatan W., El saqueo de América Latina: deuda externa, neoliberalismo, globalización, Santiago de Chile, Lom Ediciones, 1998. Una perspectiva novedosa e inquietante sobre el expolio biológico puesto en marcha por las transnacionales la ofrece Gian Carlo Delgado Ramos en su artículo
“El saqueo de los recursos bióticos de América Latina”, que puede leerse en red; este mismo estudioso mexicano ha publicado el libro Biodiversidad, desarrollo sustentable y militarización, México D.F., Plaza y Valdés, 2004. Los artículos más recientes del profesor Delgado sobre el tema pueden consultarse en su página web: www.giandelgado.net
18 Fernando Báez ha subrayado justamente este punto:”la Iglesia católica encubrió y participó en el saqueo de América Latina y nunca ha pedido perdón por los graves daños culturales que causó. Sus distintas órdenes religiosas, encabezadas por franciscanos y dominicos, y luego jesuitas, agustinos y carmelitas, participaron con los conquistadores en la suplantación de valores culturales y en la
destrucción deliberada del patrimonio cultural tangible e intangible”
, El saqueo cultural de América Latina, cit., p. 106.
19 Fernán Pérez de Oliva, Historia de la invención de las Yndias, edición de José Juan Arrom, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1965; hay edición más reciente a cargo de Pedro Ruiz Pérez, Córdoba, Universidad de Córdoba, 1993.
20 Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, México D.F., Editorial Porrúa, 1956, t. I, p. 29, cursiva mía.
21 Cit. en F. Báez, El saqueo cultural de América Latina, p. 88.
22 Cit. en ibid., p. 96.
23 F. Báez, o.cit., pp. 324-325
24 Véase sobre el tema el libro de Ambrosio Velasco Gómez, Republicanismo y multiculturalismo, México D.F., Siglo XXI, 2006. Del mismo autor puede consultarse en red su artículo “Humanismo hispanoamericano”, publicado en Revista de Hispanismo Filosófico, 13 (2008), pp. 13-30.
25 Michael Löwy, “El punto de vista de los vencidos en la historia de América Latina. Reflexiones a partir de Walter Benjamin”, en AdVersuS, año II, 4, diciembre de 2005 (puede leerse en internet).
26 Una culminación de esta línea estética de afirmación de la identidad indígena pìsoteada por el colonialismo la representa el artista ecuatoriano Oswaldo Guayasamín (1919-1999), quien en su etapa de formación trabajó como asistente del maestro Orozco en México. Su amplia y valiosa producción está sintetizada magistralmente en su última y más ambiciosa obra, La Capilla del Hombre, que se expone en Quito dentro de un magnífico conjunto arquitectónico auspiciado por la UNESCO.
27 Antonio Gramsci, Quaderni del carcere, edición crítica de Valentino Gerratana, Turín, Einaudi, 1975, vol. III, pp. 2311-2314.
28 Quaderni, cit., vol. III, Cuaderno 16, nota 5, p. 1847.
29 Edward Said, Orientalismo, prólogo a la nueva edición española, traducción de María Luisa Fuentes, presentación de Juan Goytisolo, Madrid, Editorial Debate, 2002, p. 9.
30 Sobre él pueden consultarse: Emilio García Gómez, “Don Ángel González Palencia (1889-1949)”, en Al-Andalus, XIV (1949), pp. I-XIII, que es una necrología; Fernando de Ágreda Burillo, “La personalidad y la obra de don Ángel González Palencia (1889-1949) en el marco del arabismo español de la época”,
tesis doctoral leída en la Universidad Autónoma de Madrid en 1991 y editada en microfichas en 1993; hay resumen de la tesis doctoral en un artículo del mismo autor: “Don Ángel González Palencia:1889- 1949. Apuntes biográficos”, Anaquel de Estudios Árabes, IX (1998), pp. 215-238.
31 Ángel González Palencia, El Islam y Occidente, prólogo de Miguel Asín, Madrid, Tipografía de Archivos, 1931. 32 Durante largos años el más espeso silencio ha rodeado la figura de este arabista republicano. Sobre él, véase una reciente monografía: Mercedes del Amo, Salvador Vila: el Rector fusilado en Víznar, Granada, Universidad de Granada, 2005.
33 “El libro completo de González Palencia será muy interesante para el estudio de la contribución aportada por los Árabes a la civilización europea, para un juicio de la función desempeñada por España en la Edad Media y para una caracterización de la misma Edad Media más exacta que la corriente”: Quaderni, p. 1847.
34 Cuaderno 1, nota 107, Quaderni, p. 98. Gramsci pone como ejemplo de ello a México.
35 Gramsci creía equivocadamente que era venezolano.
36 Quaderni, p. 98, traducción mía. Sobre la influencia de Gramsci en América Latina, véanse los estudios de José Aricó y Juan Carlos Portantiero.
37 Llamado en la literatura árabe Du-l-Qarnayn, es decir, el Bicorne por la buscada bicefalia de su imperio.
38 “América Latina está exorcizando la cultura de la impotencia”, entrevista de Ana Delicado con Eduardo Galeano, diario Público, Madrid, día 3 de enero de 2010.

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