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Religión y justicia económica

Capítulo del libro Teología islámica de la liberación (AGN Libros 2010)

22/06/2011 - Autor: Asghar Ali Engineer - Fuente: Webislam
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Asghar Ali Engineer, junto a la portada de su libro.
Asghar Ali Engineer, junto a la portada de su libro.

Es habitual pensar que la religión está siempre del lado del poder establecido, del interés económico y de la política y que no puede llegar a ser una fuente de justicia. Se trata de una declaración bastante simplista, incluso admitiendo que hay algo de verdad histórica en ella.

La religión ha sido utilizada indebidamente no sólo por los gobernantes sino también por el clero. Todas las tradiciones religiosas tienen una historia de complicidad con el poder establecido. Los líderes religiosos y los sacerdotes, aunque se califican a sí mismos como personas piadosas, tienen todas las debilidades de la carne. Venden la religión en su propio beneficio o se alinean con los poderosos en sus políticas en contra de los pobres. Ninguna religión ha sido una excepción en este aspecto. Incluso el cristianismo y el Islam, cuyas escrituras fundacionales apoyan a los oprimidos, no tienen una historia diferente. Tanto los sacerdotes cristianos como los ulemas musulmanes se han alineado a menudo con el poder opresor y explotador. Esto ha conducido a la creencia simplista de que la religión per se es culpable.

La mayoría de religiones comienzan como movimientos de protesta contra la explotación y la opresión, pero pronto son secuestradas, en una manera u otra, por muy variados intereses. Esta es también la historia de las revoluciones políticas. Incluso las revoluciones francesa y rusa, cuyos ideales son inspiración para muchos hoy en día, sucumbieron a las fuerzas hegemónicas o explotadoras.
La religión y su papel socioeconómico debería ser también evaluado a la luz de las complejas fuerzas sociales, económicas y políticas presentes en la sociedad.

Debemos hacer un intento de estudiar la religión y sus ideales a través de sus prescripciones escriturales y luego analizar cómo fueron interpretadas y practicadas en condiciones políticas y socioeconómicas determinadas. También el papel del clero ha de ser juzgado objetivamente, tanto si permitieron el secuestro de la religión por intereses o rechazaron comprometerse con ellos.

También el judaísmo pone gran énfasis en la justicia. El pronunciamiento bíblico de que los mansos heredaran la tierra es un indicador en esa dirección. De hecho, los profetas de esas tradiciones religiosas pertenecían a las clases sociales más bajas y tuvieron que combatir a fuerzas implacables para liberar a su gente del sometimiento a los poderosos. Fueron gravemente perseguidos pero se mantuvieron firmes y durante sus vidas la religión fue una opción para los pobre y oprimidos.

Vamos a examinar las enseñanzas fundamentales de algunas de las grandes religiones del mundo. El budismo enfatiza la compasión y el término medio. Sus seguidores son muy sensibles al sufrimiento, llamado dukkha. Kuliyapitiye Prananda, un intelectual budista comprometido, enfatiza este aspecto de las enseñanzas budistas. Lo resume así: “Evita inversiones inapropiadas, evita tratamientos inapropiados y evita el consumo inapropiado”. Estas son actitudes muy religiosas. Una persona verdaderamente religiosa no invertirá ni satisfará sus necesidades de un modo que favorezca la explotación de la gente. Muchos líderes religiosos llevan una vida de ostentación y sus medios de vida dependen o de poderosos intereses que ellos justifican, o de la extorsión de sus seguidores en el nombre de la religión. A fin de perpetuarse en el poder, divulgan supersticiones en el nombre de la religión e inducen el miedo al infierno si sus seguidores no los obedecen. Lo menos que se puede decir es que este es un comportamiento irreligioso, que no debería equipararse con las enseñanzas religiosas.

El cristianismo fue también una fuerza liberadora en sus inicios, hasta que fue adoptada por el orden establecido en el poder del Imperio Romano. El cristianismo siempre enfatiza el trabajar por los pobres. Los compañeros de Cristo fueron todos de entre los más pobres y él les dio buenas nuevas de liberación. Los teólogos de la liberación en América Latina mantienen que el Reino de Dios ha de ser establecido aquí en la tierra. En palabras del teólogo de la liberación Enrique Dussel: “El simbolismo bíblico nos muestra, a través de la tradición profética, un argumento o línea de pensamiento que, en pocas palabras, hemos de intentar establecer aquí. En primer lugar ‘Cain se levantó contra su hermano Abel y le mató’ (Gen. 4.8) y Jesús añade el adjetivo ‘inocente Abel’ (Mt. 23.25). Decir ‘no’ a mi vecino es el único pecado posible, es ‘el pecado del mundo’ o el pecado fundamental”.

El mismo “no” a mi vecino es pronunciado por el sacerdote y el levita en la parábola del samaritano (Luc. 10.31-2). Agustín de Hipona, en la interpretación política del pecado original dice que: “Caín fundó una ciudad mientras que Abel, el nómada, no lo hizo.” Histórica y claramente, desde el siglo XV el pecado ha tomado la forma de un “no” del centro del Atlántico Norte hacia indios, africanos, asiáticos, trabajadores, campesinos y parias. Ha sido un “no” para las mujeres en las familias patriarcales y un “no” para los niños en los sistemas educativos opresores.

En la tradición judía, la salvación del pueblo de Israel de la atadura del Faraón egipcio es un acto de liberación. Esa liberación de los hijos de Israel fue liderada por Moisés y tiene un lugar de honor en la historia judía. En la Pascua, los judíos relatan para el conocimiento de las nuevas generaciones cómo Dios les salvó de la opresión, de este modo: “Un nómada, un transeúnte fue mi padre; y fue a Egipto y permaneció allí. Poco numerosos, los egipcios nos trataban duramente, nos afligían, y nos sometieron a una dura atadura. Entonces llamamos al Señor, al Dios de nuestros padres, y el Señor oyó nuestras voces y vio nuestra aflicción, nuestro esfuerzo y nuestra opresión; y el Señor nos sacó de Egipto con mano poderosa y brazo extendido, con gran terror, con señales milagrosas, Y nos llevó a un lugar y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel” (Deuteronomio 26: 5-9).

En cuanto al Islam, ya hemos señalado su compromiso con los pobres. En La Meca había una gran concentración de riqueza en pocas manos y los pobres eran abandonados y explotados. Así, había un gran malestar económico y todas las normas habían sido abandonadas. Ni siquiera se cuidaba de los parientes cercanos. El Profeta del Islam mostró su malestar por estas condiciones. Tenía una gran disposición hacia la justicia social por lo que no es extraño que el Islam exhortara a los ricos mecanos a no explotar a los pobres y a distribuir la riqueza. Hay numerosas aleyas coránicas al respecto.

Así, en el periodo mecano la Sura 104 dice: “Ay de todo aquel que difama, que critica!¡Ay de aquel que amasa riqueza y la considera como salvaguardia, creyendo que su riqueza le hará vivir eternamente! ¡Que va! ¡Ciertamente, en la Otra Vida será arrojado a un tormento demoledor! ¿Y qué puede hacerte concebir lo que será ese tormento demoledor? Un fuego encendido por Dios, que se elevará sobre los corazones …”

En estas aleyas podemos ver la fuerte denuncia de la acumulación de riqueza y que esa acumulación estaba causando sufrimiento. Algunos eruditos egipcios mantienen que la hostilidad de los mecanos no fue tanto por causa del tauhid (unicidad de todo lo creado) como por el ataque sin concesiones del Corán hacia la concentración de riqueza. Si el Profeta hubiera cesado en sus denuncias de los ricos mecanos, los líderes tribales habrían aceptado el Islam con toda probabilidad. Pero no fue el caso, el Profeta renunció a un compromiso en esos términos.

De nuevo, en la Sura 107, nos dice el Corán: “¿Has considerado al que desmiente toda ley moral? Es el mismo que rechaza bruscamente al huérfano, y no siente el impulso de alimentar al necesitado. ¡Ay, pues, de aquellos que rezan pero cuyos corazones están distantes de su oración —esos que sólo quieren ser vistos y elogiados, y que, además, niegan toda asistencia a los demás!”

Esta Sura nos dice explícitamente que los que no cuidan de los huérfanos y necesitados son los que rechazan la religión. La auténtica religión es ser compasivo con los que sufren necesidad y brindarles ayuda. Aquellos que rezan y niegan la ayuda a los pobres y necesitados, rezan para ser vistos. Su oración no es una oración real. El Profeta creía apasionadamente en la justicia económica. Cada vez que recibía algo de comida invitaba a quien estuviera hambriento a compartirla. Siempre distribuía el azaque recibido de los musulmanes a partes iguales entre sus seguidores. Ni siquiera favoreció nunca a su hija Fátima en el reparto. Ella tenía gran necesidad de un criado, debía moler el grano ella misma y sus manos se habían llenado de ampollas pero el profeta se negó a facilítaselo. Había quien tenía más necesidad que su hija y había que ayudarles.

Alguna gente vino al Profeta y le preguntó cuanto había que gastar en el camino de Dios. Y Dios conminó al Profeta a decir que el gasto habría de ser el excedente una vez cubiertas las necesidades básicas (2:219). El poeta y filósofo indio Muhammad Iqbal vio en esas aleyas la alternativa real al comunismo. En una sociedad justa, uno no debería tener más de lo que necesita para cubrir sus necesidades, el excedente debería darse para aquellos que no tienen esas necesidades cubiertas.

El concepto de necesidades básicas, por supuesto, puede cambiar de un tiempo a otro y en cada época debe existir un consenso sobre cuáles son las necesidades básicas. El Estado también puede determinar el nivel de las necesidades mínimas. En cualquier caso, no debería haber un consumo llamativo cuando muchos otros están muriendo de hambre. El Islam desaprueba totalmente el consumo ostentoso.

El Islam prohíbe el uso de adornos de oro en los hombres (excepto un anillo en un dedo) y comer y beber en vajillas de oro o plata y vestir prendas de seda. Los primeros musulmanes siguieron esto estrictamente. Incluso los primeros califas solían usar ropas remendadas, a pesar de ser los gobernantes de un gran imperio. Llevaron vidas ejemplares en simplicidad, como el Profeta. Fue durante el periodo omeya cuando las clases dirigentes comenzaron a llevar vidas de completo lujo y a construir palacios para ellos, en flagrante violación de las enseñanzas islámicas. Los abasíes incluso les superaron en su estilo de vida. Fue durante esos tiempos que los rituales se convirtieron en más importantes que los valores de igualdad, justicia, alivio de la pobreza y trabajo para elevar a los sectores más débiles de la sociedad.

Una vez que dirigentes omeyas como Yazid renunciaron a toda pretensión de seguir el Islam y comenzaron a entregarse a prácticas pre-islámicas, como el consumo ostentoso, y a ridiculizar las enseñanzas islámicas, el verdadero espíritu de la revolución islámica se perdió. Entonces los ulemas que pretendían estar a la diestra de esos dirigentes emitieron una fatua (sentencia jurídica): “Cualquier gobernante que establezca la oración ha de ser obedecido, incluso si es un tirano y un explotador”. Esto fue una negación total del verdadero espíritu islámico de los primeros tiempos. De esta manera, los constructores de imperios secuestraron la religión para hacerla servir a sus propósitos. Hubo algunos ulemas que rehusaron comprometerse en esa traición y tuvieron que afrontar graves persecuciones a manos de los gobernantes.

Es interesante darse cuenta de que Imam Ghazali, un gran pensador islámico y filósofo sufí, mantuvo que es haram (ilícito) mirar al la cara de un gobernante tirano. Y si uno no tiene más remedio que hablarle, ha de volver la cara en otra dirección al hacerlo. Ghazali escribió esto durante los últimos años de la dinastía abbasida, cuando los califas se habían debilitado y las dinastías turcas gobernaban como sultanes, utilizándoles como meros símbolos. Esos sultanes raramente atendieron a las normas islámicas, su único interés era el poder político.

El Corán estipula que la riqueza no ha de servir para guardarla sino para gastarla en los pobres y necesitados. El Corán dice: “Pero a aquellos que acumulan tesoros de oro y plata y no los gastan por amor a Dios —anúnciales un doloroso castigo: en el Día en que esa riqueza acumulada sea calentada en el fuego del infierno y sus frentes, costados y espaldas sean marcados con ella” (Corán 9:34-35).

Abu Dhar, el compañero del Profeta, solía recitar esta aleya y exhortar a los musulmanes que comenzaban a entregarse al lujo. Incluso se negaba a dar la mano a aquellos que vivían ostentosamente. Pedía que todos los musulmanes vivieran, de acuerdo al ejemplo del Profeta, una vida simple.

En un ambiente cambiante, personas como Abu Dhar no encontraron apoyo en su campaña. Era visto como una molestia por la clase emergente de nuevos ricos. Fue exiliado al desierto de Rabza, donde murió en soledad. Su esposa no tenía dinero ni para comprarle una mortaja. Fue enterrado con las ropas que llevaba en el momento de su muerte. Pagó un duro precio por su idealismo islámico.

Resulta interesante señalar que el Corán mantiene que toda la dinámica social está determinada por la lucha entre los débiles y los arrogantes y poderosos, y que Dios está del lado de los débiles. Así, encontramos en el Corán: “Pero quisimos otorgar Nuestro favor a aquellos que eran considerados insignificantes en el país, y hacerles líderes, y hacerles herederos” (Corán 28:5). Se trata de una importante contribución del Islam a la humanidad, en un tiempo en el cual no había un concepto de justicia social desarrollado y los débiles carecían de derechos.

En este sentido, el mensaje del Corán es claro. Está del lado de los débiles y el favor de Dios será para ellos. No puede haber ninguna concesión. Esta lucha no finalizará hasta que los débiles (mustadifin) sean facultados y dado que Dios está de su parte, triunfarán. La esperanza y confianza en Dios son las armas más poderosas de los sectores más débiles de la sociedad y no deben rendirlas.

Ninguna lucha tendrá lugar sin esas armas. El Corán dice claramente: “no desesperéis”. Dado que el Corán pretende establecer la justa distribución de los bienes, nos da el concepto para la institución del azaque, una palabra que significa “purificación” (de los bienes). Así, la riqueza sólo puede purificarse mediante la distribución de la misma y sólo una riqueza purificada puede brindar felicidad para todos en la tierra. El Profeta fue un gobernante modelo en ese aspecto. Vivió una vida de simplicidad desoladora y todo lo que llegaba al tesoro público lo distribuía entre los pobres y los necesitados. También instituyó el concepto de feetrah, guardar algo para los necesitados en ocasión del Eid (festividades religiosas), para que los pobres pudieran compartir la felicidad. La doctrina islámica dice que nadie ha de pasar hambre en una verdadera sociedad islámica.
Umar, el segundo califa, solía decir: “Habré de rendir cuentas a Dios, en el Día del Juicio, incluso si un perro muere de hambre bajo mi gobierno”. Ali, el yerno del Profeta y su heredero espiritual, también vivió, como el Profeta, una vida simple y mantuvo una justicia rigurosa en la distribución de los bienes del tesoro público.

El Islam también enfatiza la dignidad del trabajo. Pone énfasis en el concepto conocido en la literatura de la Sharia como kasb-i-halal (ingresos lícitos). Prohíbe la compra de grano verde en el campo y de frutos verdes en los árboles, ya que esto contribuye a la explotación de los campesinos. Prohíbe toda forma de especulación, ya que a menudo conduce al dinero fácil. No debería haber lugar a las operaciones bursátiles en el Islam, ya que es pura especulación. También prohíbe la mukhabirah, el compartir cosechas, ya que contribuye a ingresos ilícitos y el Profeta quería que la tierra perteneciera a los que la trabajan: nadie debe retener una tierra si no puede labrarla. La ribah, que no sólo significa usura, sino toda forma de ingreso ilícito, ha sido estrictamente prohibida en el Islam. Ribah actualmente significa todo crecimiento económico injusto, no sólo el préstamo con interés. Desgraciadamente, se usa sólo para la usura o interés y no para toda forma de crecimiento económico injusto o no merecido.

Hemos visto que todas las religiones en general, y las abrahámicas en particular, hacen hincapié en la justicia y son una opción para los pobres. Es en el curso de la historia que la mayoría de esas religiones fueron secuestradas por intereses creados y convertidas en parte integral del orden establecido. Esto viola seriamente el espíritu de la religión. La sociedad capitalista y consumista de hoy en día ha renegado totalmente de la religión. Una religión que acentúa la justicia y la compasión por los que sufren no puede servir más que para corregir los defectos de esta sociedad.

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