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Habría que considerar la ablación como motivo de asilo

Entrevista a Diallo Khadidiatou, Premio Africa Héroes Award edición 2011

17/06/2011 - Autor: Georgina Mombo - Fuente: www.guinguinbali.com
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Diallo Khadidiatou. (Imagen: Webislam).
Diallo Khadidiatou. (Imagen: Webislam).

Su andadura comenzó en la década de 1990, cuando fundó el Grupo para la Abolición de La Mutilación Genital Femenina (GAMS – Bélgica) en una habitación del apartamento de una de sus hijas. Apenas había fondos y todo se hacía de manera voluntaria. Hoy GAMS – Bélgica, dirigido por un equipo de asalariados y voluntarios, cuenta con sede propia en el último piso de un edificio de guarderías, donde se imparten cursos de peluquería, informática e idiomas, se ofrece seguimiento psicológico y, varias veces al año, terapias de grupo con sexólogos y consejeros matrimoniales. De manera puntual, se reúnen expertos en distintas disciplinas áreas relacionadas con la MGF (médicos, matronas, abogados, profesores y asistentes sociales). Además, constituye un lugar de referencia para estudiantes y es el principal socio de otras instituciones como el Observatorio para la Salud y la Sexualidad de Bélgica o el Instituto de Medicina Tropical de Amberes.

A punto de cumplir quince años de lucha, que se dice pronto, Diallo Khadidiatou, nos recibe en la sede de su asociación, donde nos cuenta los orígenes de GAMS, sus logros y como combate la MGF fuera de África.

¿Cómo surgió la idea de crear un Grupo para la Abolición de La Mutilación Genital Femenina en Bélgica?

— Fue en la década de 1980, cuando llegué de Senegal. Me di cuenta de que no había un punto de encuentro para hablar sobre el matrimonio forzado y la ablación; un lugar en el que las mujeres pudieran desahogarse, vaciar todo lo que llevaban dentro y obtener apoyo psicológico. Sabía que existía una asociación en Francia, también llamada GAMS, y allí vi como trabajaban con la población subsahariana. Quería hacer lo mismo aquí. Más adelante, en 1996 y con la asociación formalmente creada, empezamos a especializarnos en la prevención para las hijas de matrimonios mixtos (europeo y africano). Habíamos detectado que muchas eran mutiladas cuando volvían al país de origen de sus padres durante las vacaciones escolares y quería que esas jóvenes fueran protegidas. Así fue como nació la idea de ofrecer una estructura para aquellas que ya lo habían padecido, pero también la de poner en marcha mecanismos de prevención.

¿Qué ocurre con las que ya viven en Europa y corren el riego de la MGF aquí?, ¿qué fue lo que le llevó a centrase en Bélgica?

— Fue un caso con el que me topé inesperadamente y que me hizo abrir los ojos. Me hablaron de una mujer de origen somalí, de veintiséis años, que había sido víctima muy joven. Tenía problemas para orinar y fuertes dolores de vientre. Me habían dicho que su caso era especial, así que tuve que ir a su casa y verlo para creerlo: estaba completamente infibulada (escisión total o parcial de los genitales externos y la sutura de la apertura vaginal, dejando un leve espacio para la orina y la menstruación, según define GAMS). Absolutamente todo estaba cosido y tenía el vientre inflado como un balón. ¡Era impresionante! Aquella noche, de vuelta a casa, no pude dormir pensando que si no se hacía nada esa mujer podía morir. Así que movimos todos los hilos para que al día siguiente fuera al hospital donde, después de ser examinada, le intervinieron. Pocos días después supimos que su hermano, que vivía en Holanda, decidió llevársela para volver a infibularla. No supimos nunca más de ella, así que me dije a mí misma: `Nunca más me volverá a ocurrir esto. La próxima vez tomaré todas las medidas.´

¿Cuales han sido esas medidas?

— Lo más importante ha sido conseguir que la mutilación sexual sea reconocida como un delito en Bélgica desde 1998 (el Código Penal belga lo reconoce y lo sanciona en distintos artículos con penas de cárcel que ascienden hasta los ocho años, en función de los casos y contempla la violación del secreto profesional).

También estamos en contacto con Comités Inter-Africanos para prevenir esta práctica en las niñas que viven en Bélgica y viajan a África durante las vacaciones de verano. Por ejemplo, si una joven es enviada a Guinea, sus padres serán informados de que un grupo de expertos (asistentes sociales, juristas, psicólogos) velará por su bienestar y de que en caso de que a la vuelta presente indicios de MGF, podrán ser condenados. Asimismo, el comité actúa cuando uno de los padres advierte de que su hija viajará a África y de que teme que en algún momento sea víctima de MGF. En ambos casos, los comités tomarán nota del número de vuelo, los horarios, acompañarán a la joven hasta su casa y así hasta la vuelta.

El próximo 18 de junio cumplirá quince años de lucha, ¿cual diría usted que es su principal logro?

— Antes teníamos que ir en busca de las mujeres, preguntar y obtener respuestas. Ahora son ellas las que vienen a nosotros pidiendo ayuda y protección, tanto para ellas como para sus hijas, y consejo sobre cómo hacer frente a la presión social en su país de origen o comunidad. Ya no es un tabú.

¿Y los obstáculos?

— Todos los días constituyen un obstáculo. Hay mucha gente que no puede desprenderse de las tradiciones. A mí me han escupido e insultado por la calle. Pero no tiramos la toalla. Antes susurrábamos y ahora hablamos en voz alta, en la radio y en la televisión, y publicamos fotos. Para ello he tenido que ganarme la confianza de las personas con mi propia experiencia. No fue fácil, pero el objetivo es que las mujeres y los niños vivan normalmente, todo lo demás da igual. No obstante, queda mucho por hacer, especialmente en lo que respecta a la recopilación de datos, porque no sabemos cuántas personas han sufrido esta práctica, y necesitamos fondos para seguir investigando. Por ejemplo, entre 2005 y 2008 realizamos un estudio en Bélgica en el que se reflejaba que hasta 8336 mujeres habían padecido la ablación. Pero nos dimos cuenta de que no se incluían las niñas que habían nacido aquí. Seguro que hay más y no tenemos constancia.

¿Cuál es su experiencia personal?

— Yo misma fui víctima de la MGF siendo niña y me casé a los doce años con un hombre mayor que yo. Solo duró seis meses porque yo no quería estar con él. Me escapaba constantemente y pedía a mi familia que me dejaran separarme, hasta que un día mi abuelo intermedió para que ello ocurriera. Pero prefiero no ahondar en esta experiencia. Es una pesadilla que pertenece al pasado y ya me desahogué con un libro que escribí hace varios años, pero que por el momento no he querido publicar. Quizá lo haga más adelante.

Un informe publicado por el Consejo General para los Refugiados y los Apátridas de Bélgica refleja que las demandas de asilo por razones de MGF han aumentado en los últimos años. Concretamente, en 2010 se depositaron doscientas diez solicitudes. ¿Cómo valora estos datos?

— Actualmente se está haciendo un buen seguimiento de las demandas de asilo. Precisamente este es otro de nuestros objetivos: que el mayor número de mujeres pueda obtener el estatuto de refugiadas para protegerse y proteger a sus hijas. Especialmente a estas últimas, ya que cada vez se practica con mayor frecuencia entre niñas con apenas siete días de vida y queremos que ellas se encuentren en el centro de los avances, que sean tomadas en consideración a la hora de valorar el asilo político.

En otros países europeos se han dado casos de mujeres que venían a Europa para practicar la MGF. ¿Conoce algún caso en Bélgica?

— A veces hay rumores. Pero no tengo constancia de que haya mujeres que lo practiquen aquí.

En cuanto a la sociedad belga, ¿cree que ha tenido dificultades para aceptarlo o que se hayan creado estereotipos?

— Por supuesto, al principio fue todo un descubrimiento. Pero han sido los primeros en abrirse, sin estigmatizar. Siempre hemos contado con el apoyo de asociaciones feministas y autoridades públicas, como la Vicepresidenta Primera y Ministra de Empleo e Igualdad de Oportunidades, Joëlle Milquet, que viene del mundo asociativo, o la Reina. Son más bien determinadas comunidades en las que se practica la MGF, donde se sigue considerando una tradición inevitable que se atribuye al Islam. Pero no tiene nada que ver con la religión, si así fuera también se practicaría en Arabia Saudí, en Marruecos o en Argelia, y no es el caso. No existe ni un solo verso del Corán en el que se justifique la mutilación sexual.

Dado que se encuentra en la capital de la Unión Europea, ¿colabora con otras asociaciones a nivel internacional?

— En primer lugar, hay que dejar claro que nosotros hemos querido hacer de este movimiento algo abierto a todos: trabajamos en francés, inglés y flamenco. Por supuesto, estamos en contacto con otras asociaciones en otros países europeos, como en Holanda, en Francia o en Suecia a través de la Red Europea para la Prevención y Erradicación de Prácticas Tradicionales. Los iniciativas cambian de un país a otro y está costando avanzar. En Francia, Italia o Inglaterra, se está trabajando mucho, mientras que en otros países sigue habiendo lagunas, como es el caso de España o Portugal, por lo que hace falta una clara harmonización. Por ejemplo, si en Holanda se distribuyen cómics en los colegios para sensibilizar a los más jóvenes y funciona bien, por qué no hacerlo nosotros también. De hecho, esta ha sido una de nuestras iniciativas en el marco del Programa Europeo Daphne, con el que conseguimos subsidios para elaborar el cómic “Diaratou frente a la tradición”.

Recientemente ha sido galardonada con el Premio de “Mujer de Excepción”, ¿cómo asume este reconocimiento?

— No me lo esperaba en absoluto. Pero tengo que decir que este premio no es solo mío. Es el reconocimiento al trabajo de todo un equipo.

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