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La libertad religiosa en la esencia del Islam

Cuando ningún estado llame traidor a quien deje de creer

08/06/2011 - Autor: Omar García Bermúdez - Fuente: Webislam
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Muhammad Abdul Bari
Muhammad Abdul Bari

Hace sólo unos años llegaba temprano al aeropuerto de Rabat un funcionario de los servicios de información con un objetivo muy preciso: evitar que desembarcara ni uno solo de los ejemplares de un diario francés que publicaba las cuentas secretas de la casa real marroquí. Habían recibido a tiempo la alerta de la antena en París. Los cinco fajos de periódicos fueron conducidos en una furgoneta hacia la oficina en la que fueron destruidos. Misión cumplida. La imagen del monarca quedó a salvo de la siempre temible opinión pública.

En 2011 las cosas son bien diferentes. Aunque fueran catorce funcionarios al aeropuerto a secuestrar el diario Le Monde, los jóvenes marroquíes ya habrán accedido desde un cibercafé de La Corniche al reportaje que publica en inglés el New York Times y reproduce en italiano La Republica. Recibieron el aviso por e-mail de un amigo emigrante en los EUA. De manera inmediata y gratuita han accedido a la noticia todos los que han querido.

Ante semejante panorama uno podría pensar que todo intento de censura ha desaparecido, que no hay nada que hacer contra la señal de TV que llega desde la estratosfera y que recogen las miles de antenas parabólicas que han proliferado como setas sobre los tejados de las grandes ciudades de Marruecos. Sin embargo, los regímenes dictatoriales no se dan por vencidos del todo y siguen empeñados en proteger sus posiciones, en muchos casos instrumentalizando el islam y retorciendo la letra del Honrado Alcorán.

Álvaro Mutis dijo, cuando recibió el Príncipe de Asturias, que las monarquías actuales no tenían sentido porque al rey no lo había puesto en el trono ni Dios –como sucedía en otras épocas- ni el pueblo, y por tanto no tenía ante quien responder de sus actos. Ante tan magna evidencia, los reyes y gobernantes árabes que no han sido elegidos por el pueblo no escatiman esfuerzos en mostrarse ante todos como vicarios de Allâh, vicedioses, casi demiurgos, legítimos herederos genealógicos de los primeros califas de la umma. En ese empeño no puede dejarse espacio para nadie que cuestione la autoridad delegada por el mismísimo Hacedor Universal.

Países como Marruecos han optado por un islam oficial e independiente de injerencias extranjeras, el que los imames-funcionarios propagan desde el mimbar de las mezquitas construidas por el estado. Cualquier otra corriente que no reconozca al rey como líder espiritual supone una amenaza que ha de ser neutralizada. El enemigo es, por tanto, tanto el que profesa otra religión como el que no profesa ninguna. Incluso el musulmán de base que no alcanza a entender por qué hay que obedecer ciegamente al rey es sospechoso de poner en peligro el cada día más frágil sistema.

Las leyes de Marruecos prohíben expresamente el proselitismo religioso, y además el Código Penal recoge como tipo delictivo “la perturbación de la fe del musulmán”. En la práctica el asunto llega aun más lejos: está prohibido no ser musulmán. A esa conclusión quiso llegar el año pasado la periodista marroquí Zineb el Rhazoui, que se declara atea, cuando se comió un bocadillo junto a unos amigos en el parque Mohammedia durante el mes de Ramadán. Fue detenida por ello. Para evitar la multa de 120 euros, los que la acompañaban acabaron demostrando con papeles que se encontraban enfermos y estaban, por tanto, eximidos del ayuno. Ella dijo que tenía la regla ese día y que quería saber cómo había que demostrarlo.

Ese mismo año el gobierno marroquí expulsó simultáneamente a varios grupos de cristianos no relacionados entre sí. La mayoría eran extranjeros evangélicos que regentaban orfanatos. También un cura egipcio tuvo la misma suerte: tres días en comisaría incomunicado y, finalmente, avión a Egipto, país que ya se sabía que no iba a protestar. Sí protestó enérgicamente Estados Unidos, y consiguió frenar muchas e las expulsiones de cristianos evangélicos estadounidenses. Con todo, aunque el gobierno marroquí sólo reconoce 16 expulsiones, diferentes iglesias cristianas elevan la cifra hasta 100 en sólo 2010.

Evidentemente el Islam no está en peligro porque alguien meriende en un parque durante el mes del ayuno, o se ponga a ojear un evangelio en la casa de la cultura. Quienes conocen el islam saben de sobra que esa libertad es precisamente la que lo fortalece y lo hace resistente. Quienes conocen el Corán saben que la falta de libertad es incompatible del todo con sus enseñanzas.

La sociedad de la información es como un gran camión sin frenos, cuesta abajo. La generación de la web 2.0 ya está aquí y contra ella no valen las porras ni los chorros de agua a presión. La página web del MAP, la agencia oficial de prensa de Marruecos, empieza a producir risa a los ínternautas de Marruecos igual que se la produce a un francés o a un sueco. Igual sucede con el telediario marroquí: a los españoles se nos llena de nostalgia el corazón recordando el nodo del franquismo.
El pasado mes de mayo fue detenido Rachid Nini, el director de Kantara, una publicación en español que inició junto al ex-corresponsal de Canal Plus David Alvarado y que contaba con el apoyo moral y económico del Mahzén (el aparato político que, en Marruecos, hace tandem con la monarquía). El delito: criticar con pruebas la corrupción de los servicios de seguridad.

Las cosas, sin embargo, están cambiando. Y cambian desde abajo, desde quienes han escapado del analfabetismo funcional y han accedido a la sociedad de la información. El momento es crucial. Un coche de policía se detiene cada domingo frente a la iglesia de Fez para que a ningún no extranjero se le ocurra entrar. El párroco dice que a veces vienen individuos muy sospechosos a pedirle biblias en árabe. Él niega que las tenga. La autoridad islámica del monarca empieza a ser cuestionada y, sin el respaldo de Allâh, sólo la violencia contra la sedición puede mantener el deseable statu quo.

Los aparentes peligros no lo son para el Islam, sino para el sistema político que lo utiliza a su antojo para perpetuar su hegemonía histórica. Las corrientes trasnacionales del Islam y los misioneros de la shía son considerados una amenaza en cuanto que no admiten que el rey sea el príncipe de los creyentes. Los católicos parece que han aceptado las reglas del juego y se conforman con el apostolado de la caridad (“mediante la práctica de la caridad también podéis mostrar la belleza del cristianismo” –dijo a sus misioneros el papa anterior-). Los ortodoxos y los judíos no son proselitistas cada uno por razones diferentes. Si embargo los evangélicos parece que han asumido el riesgo de predicar en estos países aun a costa de ser expulsados. Sus frutos sin embargo no parecen ni sólidos ni constantes.

Los jóvenes de Marruecos saben ya que los derechos humanos no deben ser mendigados a nadie, y que no hay ningún rey ni presidente de república que tenga el poder de concederlos. Uno los tiene sólo por el hecho de ser persona. Un sistema policial no conseguirá nunca que crezca o se mantenga el número de musulmanes, ni siquiera el de malos musulmanes. Igual que el nacional-catolicismo no engendró más que engaño e hipocresía, la policía religiosa no conseguirá más que corrupción y alejamiento.

Un gran sheij dijo hace poco que no le daba miedo que la libertad en el seno del Islam hiciera mermar el número de musulmanes y lo empequeñeciera hasta lo testimonial. De ese pequeño grupo, sólido y fuerte, renacería para siempre una comunidad basada en el auténtico din, en los legítimos valores del Corán, que son los del hombre y los de la mujer.

El tiempo del cambio ha llegado. Y Marruecos, igual que muchas otras granes naciones islámicas, sabrá encontrar la manera de convertirse en un estado garante de las libertades fundamentales. Para ello no hay que romper con la tradición, ni corromperse ni venderse a nadie. Tal vez sólo haya que hacer una lectura correcta del Honrado Corán y de lo que se está cociendo en todo el mundo. A lo mejor es verdad que la nube nos trae la auténtica democracia, la de los orígenes, y nos salva de los tiranos.

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