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Alcohol, televisión y fútbol: la represión sobre el imaginario

La represión del imaginario tiene una dimensión con la política, con determinada forma de ejercer el poder a través de la domesticación de las conciencias

29/05/2011 - Autor: Ahmed Lahori - Fuente: Webislam
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Gol de Iniesta, en la final del Mundial.
Gol de Iniesta, en la final del Mundial.

Los romanos decían: “pan y circo”, con esto las masas se contentan, y dejan al poder ejercer su dominio incontestado. En época moderna se han acuñado las versiones “pan y fútbol” y la más castiza “pan y toros”. La frase original fue acuñada por Juvenal, en su X sátira, en la cual muestra su desprecio hacia sus contemporáneos, acomodados y descomprometidos. Las cosas no han cambiado mucho, la sofisticación de los mecanismos de control no pueden reducirse a una fórmula tan simple. Si hoy tuviésemos que escoger los mecanismos de alienación más básicos utilizados por el sistema, estos serían la televisión, el fútbol y el alcohol.

La creación de consentimiento

Por televisión nos referimos a los mass media. Estos son hoy el día el instrumento más poderoso del sistema para generar consentimiento, o manufacturar un consenso artificial. El circo de Juvenal equivale a las cortinas de humo del presente: cuando se quiere ocultar algo, lo mejor no es dar explicaciones, sino desviar la atención hacia otro hecho. Las preguntas candentes quedan en el aire, y serán pronto olvidadas. El hambre en el mundo, la corrupción, el gobierno de las multinacionales… son cosas sabidas, pero apenas mencionadas.

Los medios deciden cual es la agenda del momento, sobre que temas deben hablar y discutir los ciudadanos. En caso de conflictos, se bombardea a la opinión pública con una versión determinada de los acontecimientos, se ofrecen los analistas que hagan una lectura de los mismos, y de cual debe ser la respuesta adecuada de la sociedad. Y los políticos toman dichas medidas, sin necesidad de ningún tipo de consulta ciudadana. Todo este proceso crea la ilusión de que los temas han sido debatidos, y de que el gobierno ha funcionado de algún modo respetando los principios democráticos. Pero en realidad los ciudadanos ha permanecido exclusivamente como espectadores pasivos de una propaganda lanzada desde el poder.

Se trata de un mecanismo de control, esencialmente totalitario, pero que hace innecesaria la represión para imponer decisiones en esencia impopulares. Así, un gobierno puede implementar políticas de recortes sociales o de invasiones de países extranjeros, sin apenas enfrentar oposición. El poder de los medios es tan fuerte, que pueden convencer a la opinión pública de la necesidad de exterminar a un colectivo, cuando quieran, y siempre en nombre de la democracia, de los derechos humanos, de la igualdad de género, etc., es decir, de unos “valores superiores”. La ciudadanía ha sido acallada por la propaganda, no encuentra una voz propia, excepto en los márgenes de la sociedad.

La sociedad del espectáculo

El fútbol representa al espectáculo, la cultura de masas, a través de la cual se embota nuestro imaginario, llenándolo de fantasías y luces de neón, que se apagan y se encienden a una velocidad endiablada, eludiendo cualquier posibilidad de reflexión, cualquier espacio para el despertar de la conciencia. Dos aforismos de Guy Debord, sobre la sociedad del espectáculo:

“Toda la vida de las sociedades en las que dominan las condiciones modernas de producción se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación.”

y

“El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes.”

El sistema nos ofrece una fantasmagoría tras otra, una representación tras otra, de modo que vamos de la una a la otra sin realizar una experiencia auténtica. Por experiencia auténtica me refiero a cualquier proceso de apertura de conciencia y de transformación interior: la superación del paradigma mecanicista y la entrada en un universo holístico, la deslocación del ego como centro del universo, la apertura a los otros, la toma de conciencia de nuestro mundo interior, el reconocimiento de la dimensión más profunda de la vida y del espíritu, como un don que debemos cuidar y desarrollar.

El espectáculo nos ofrece un sin fin de simulacros, que tienen por objeto en evitar dicho despertar, y mantenernos en un estadio infantil, en el cual resulta sumamente fácil el manipularnos. Para aquellos que tienen una cierta conciencia de esta situación, la sociedad ofrece placenteros simulacros de experiencias espirituales, transformadas en productos de consumo. Las religiones colaboran en la tarea de generar estos productos. Incluso cuando se produce la experiencia, esta sucede en un marco que la fagocita e impide que trascienda y se convierta en un poder de transformar la sociedad. Enseguida generará su propia representación. Este es un posible sentido de la famosa frase de Guy Debord:

“En el mundo realmente invertido lo verdadero es un momento de lo falso”.

No basta con creer o con afirmar valores trascendentes. De hecho, el espectáculo es la transformación de dichos valores superiores en mercancías. Cuando nos venden un coche, en realidad nos venden valores abstractos: poder, fuerza, honor… La mercancía es un fetiche, permite la cosificación, almacenamiento y venta de cosas suprasensibles. La única salida consiste en romper por completo con la sociedad del espectáculo. Pero, ¿es esto posible?

Los paraísos artificiales

El alcohol es el signo de todos aquellos mecanismos a través de los cuales se mantiene anestesiado al ser humano, las evasiones placenteras y narcotizantes que el sistema ofrece. La presión ejercida por los mass media y el espectáculo conducen a una represión no solo de lo imaginario, sino de cualquier forma de vida espiritual. Como mucho, se pueden tener creencias, pero no una experiencia genuina. Pero sucede que el espíritu pugna por manifestarse, desde nuestro propio corazón o centro inexpugnable. En un contexto de burdo materialismo y de ignorancia, este manifestarse del espíritu se da como un desequilibrio. El ser humano no tiene las claves para comprender que es aquello que sucede, cual es la demanda interior, cual es la clave de transformación que los signos externos le demandan. Ahí surgen gran cantidad de dolencias anímicas: depresión, estrés, enfermedades psíquicas… El alcohol y los narcóticos tienen la función de anestesiar al ser humano, para acallar esa voz interior.

La represión del imaginario

En conjunto, la presión ejercida al unísono por estos tres factores no únicamente se mantiene a las masas alienadas e insensibles a los manejos criminales del poder, sino que se las aleja de su propio imaginario. Este es el tema de este artículo: la represión del imaginario y su conexión con la política, con determinada forma de ejercer el poder a través de la domesticación de las conciencias. Lo que se pretende es la aniquilación de toda posible vida espiritual y el adormecimiento de la voz interior, como espacio de encuentro entre las realidades materiales y espirituales.

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