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Desde la táriqa del corazón (XXVI): ¡No somos mercancía…!

Y protege a aquellos que pueden estar a punto de despertar: que su bostezo no sea un momento más en el sueño profundo que nos aflige

24/05/2011 - Autor: Sáleh Abdurrahim ‘Isa - Fuente: Webislam
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Cuando la víctima abre el sobre, en lugar de encontrarse los billetes, encuentra recortes de papel. (Foto:diariosur.es).
Cuando la víctima abre el sobre, en lugar de encontrarse los billetes, encuentra recortes de papel. (Foto:diariosur.es)

Bismil-Lahi r-Rahmani r-Rahim…

“Ciertamente, Al-Lah no es injusto en absoluto con los hombres, sino que los hombres son injustos consigo mismos.”

(Qur’an: 10:44)

Al-Lahumma, en Ti me refugio, Tú que eres Al-Ghani y Al-Warith, de aquello que me recorre como la sangre por las venas y produce el olvido de mi humanidad y de la humanidad de mis hermanos y hermanas, los seres humanos; de aquello que me posee a través de mi anhelo de obtenerlo; de aquello que creo que necesito y cuando lo consigo no logra satisfacerme… Y protege a aquellos que pueden estar a punto de despertar: que su bostezo no sea un momento más en el sueño profundo que nos aflige, sino el anuncio del fayr como primer hilo de Luz que en el horizonte  rasga la oscuridad de la noche.

En el contacto con los seres humanos, a través de mi actividad laboral, he podido comprobar cómo nos afanamos en continuar, a toda costa, manteniendo unos mismos “rasgos de la personalidad” o patrones de comportamiento pese a que nuestras circunstancias posibiliten un cambio radical y necesario… Alguien podría pensar que a lo largo de nuestra vida desarrollamos conductas, conceptos y estrategias, que se inician desde una especie de propuestas más o menos aleatorias y se someten al sistema de ensayo y error, hasta que acaban por mantenerse y afianzarse sólo aquellas opciones que obtienen mejores resultados, perdiéndose o modificándose el resto. Pero lo cierto es que dichos resultados son percibidos y analizados desde las propias premisas que establecieron nuestro comportamiento, por lo que podríamos decir que, a pesar de los resultados, siempre terminamos reforzando nuestras acciones, de forma que acaban caracterizándonos.

Esto implica que, lo que comúnmente denominamos como “rasgos de nuestra personalidad”, aquello que creemos ser cuando decimos “yo soy así”, no son más que el fruto o las respuestas sistematizadas por un entramado de errores que condicionan nuestras percepciones al mismo tiempo que se sienten respaldados por éstas. O sea, creemos que lo que percibimos nos da la razón porque percibimos de acuerdo a dicho a priori… Por otra parte, estas respuestas sistematizadas y que tendemos a reforzar, así como el entramado de errores en las que realmente se sustentan, son directamente responsables de nuestras condiciones de vida.

Ciertamente esas son las variables personales que permiten que encontremos o no un tipo concreto de puesto de trabajo, de pareja, de amistades, de acercamiento a unos u otros familiares, etc. Pero también las que hacen que entendamos y afrontemos de una manera determinada las circunstancias y contingencias que se nos presentan cada día.

Evidentemente, sobre nuestras condiciones de vida inciden muy profundamente las acciones de quienes nos rodean y sus gobernantes, pero cómo entendemos y  afrontamos dichas acciones, así como con quién, depende en gran medida de todo lo expuesto hasta ahora. En esta situación, si queremos cambiar nuestras condiciones de vida, debemos alcanzar la comprensión de dos hechos fundamentales e íntimamente ligados: el primero es la visión de nuestro grado de responsabilidad en cuanto a que son nuestras respuestas y actos quienes han fortalecido y constituido aquello que queremos y debemos cambiar, y el segundo es la necesidad de cambiar nuestras respuestas y actos, nuestros patrones de comportamiento, si no queremos que “todo cambie para que todo siga igual”.

Para exponerlo con sencillez, imaginemos que hemos sido sometidos al famoso “timo de la estampita” que consiste en una estafa cuya víctima es abordada por un estafador con supuestas escasas facultades mentales (el “tonto”). El tonto lleva consigo un sobre lleno de billetes, a los que no da ninguna importancia, tratándolos como “estampitas”. Entonces entra en escena un segundo timador (el “listo”), que convence a la víctima para engañar al tonto ofreciéndole juntos una pequeña cantidad de dinero por sus estampitas. Después de entregar el dinero, la víctima recibe el sobre y se busca la forma de que abandone rápidamente el escenario, quedando en otro lugar con el listo para repartirse la ganancia. Pero cuando la víctima abre el sobre, en lugar de encontrarse los billetes, encuentra recortes de papel, ya que han hecho el cambiazo de forma imperceptible para la víctima. Para ese momento, los estafadores ya están demasiado lejos, y la víctima ha perdido su dinero.

La acción de los dos estafadores ha influido sobre nuestras condiciones de vida, pero ha sido nuestra propia forma de entender y afrontar la situación la que ha permitido que se produzca la estafa: si no hubiéramos querido engañar al tonto, no habríamos sido timados. En realidad, en el momento en el que hemos olvidado tanto nuestra humanidad como la del “otro”, concediéndole mayor prioridad a la consecución de unos billetes que a ayudar a otro ser humano necesitado (por sus condiciones cognitivas), hemos pasado, de ser seres humanos, a simple “mercancía” en manos de estafadores que, a su vez, priorizan la consecución de unos billetes (los nuestros) sobre nuestras necesidades… Pero en realidad no han sido los dos estafadores quienes nos han convertido en “mercancía”, sino nosotros mismos, al deshumanizar al “otro” y a nosotros mismos, poniéndonos precio: el de un puñado de billetes. Y mientras no recuperemos nuestra humanidad perdida, lo que implica reconocérsela de nuevo al “otro”, no podremos dejar de ser “mercancía”.

A partir de ahí, podemos sentirnos estafados, podemos pretender que la policía detenga y los jueces condenen a los estafadores que nos han embaucado, que nunca más puedan volver a ejercer sus “timos”. Pero lo máximo que conseguiremos es que otros ocupen su lugar, y tal vez, esos “otros”, seamos hasta nosotros…

La única manera de que todo esto cambie es dejando de ser “mercancía”, y esto implica dejar de creer que nosotros somos aquello que entiende al “otro” como tal. Comprender que no somos aquello que nos hace entender a las personas del sexo que nos atrae como un pedazo de carne con la que satisfacer nuestras pulsiones, que no somos aquello que nos hace entender la amistad como una garantía o un medio para alcanzar unos fines, que no somos aquello que nos hace entender la adquisición y acumulación de unas monedas o unos billetes con los que comprar bienes, como más importantes que la vida de un solo ser humano que muere de hambre, que no somos aquello que nos hace priorizar el desplazarnos con un automóvil bonito por la ciudad, para que nos vean con él, sobre las necesidades medioambientales del planeta, que no somos eso…

Sólo el olvido amenaza al enamorado…
Y es entonces
como una gota de agua
bajo el sol de media tarde.


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