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La Red Social

Es una socialización por el instrumento, artificial, una conversión al artefacto, una deformación. Pero ¿es eso lo que busca el individuo en las redes?

20/05/2011 - Autor: Elías Alfonso - Fuente: Blog Elías Alfonso
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Alphonse Allais, en uno de sus geniales relatos (Irreverencia) nos ofrece el siguiente diálogo entre un joven irreverente y su tío:

Tío – No tolero que llames farsante a un santo y mártir como lo fue San Vicente de Paúl.

Joven – ¿Y qué es lo que hizo de bueno tu venerado santo?

T: – Salvó de la muerte a miles de pobres niños huérfanos.

J. – ¿Y dónde están ahora esos pobres niños huérfanos?

T. – Ahora…, pues muertos.

J. – Entonces, ¿de qué muerte les salvó el tal San Vicente de Paúl?

La Red Social (The Social Network, 2010, David Fincher) es una película mediocre cuyo escaso interés radica en que aborda un fenómeno actual y virtual de masas: las redes sociales. Comparada con otro film pionero en el tema, Denise te llama (Denise calls up, 1996, Hal Salwen ) aún resaltan más sus carencias. Mientras en la segunda hay un análisis logrado de los comportamientos psico-sociológicos en la comunicación a distancia, en La Red Social el hilo conductor es el manido tema de la lucha por el poder, en este caso por el control de la Red. No obstante, y para lo que aquí nos interesa, ambas pueden servir para ilustrar el tema.

Hablamos de red social, de redes sociales (facebook, twitter y otras) y para ser rigurosos se debería hablar únicamente de Red, pues es lo único tangible, corpóreo. Lo social es un concepto misterioso, una invención neutre et confuse para uso y abuso de quienes viven de ello, de lo social. Sin embargo, es ese carácter nebuloso, artificial, irrepresentable de lo social lo que le convierte en apropiado para la aventura digital en la red. Es su justificación. Algo parecido ocurre con la noción de “pueblo” (“en nombre del pueblo“), vieja e insondable categoría sociológica que no tiene hoy otra realidad operativa que no sea la de legitimar al poder político.

Partiendo de esta disfunción en los términos red/social, hay que decir que el poder no reside en el usuario de la red (“lo social”) sino en la propia red. Cosa que se expone con toda claridad tanto en La Red Social como en Denise te llama.

Pero no son las peripecias del poder lo que a mi me interesa en este asunto de las redes sociales, sino los comportamientos, los avatares del individuo que accede y permanece enredado, inmerso en este nuevo sustrato de “acogida“, en esta red de poder. Al respecto, y puesto que nacen con esa vocación social, lo primero que cabría preguntarse es ¿las redes sociales socializan o desocializan, integran o desintegran? En mi opinión, al ser un reflejo, una copia virtual de los mismos mecanismos discriminadores de poder que funcionan en la llamada “realidad social”, socializan e integran al tiempo que desocializan y desintegran. Es algo parecido a la función de los media y la información: informan de todo al tiempo que desinforman, pues su vocación totalitaria choca con lo secreto, con lo que no puede ser comunicado y al hacerlo evidentemente desinforman, y lo que es peor, deforman.

Una prueba de ello está en Denise te llama; aquí los personajes, sin dejar de trabajar en el ordenador, están en contacto telefónico permanente unos con otros pero jamás llegan a encontrarse, a pesar de fijar citas ad hoc. Insistiendo repetitivamente, casi desesperadamente por acercarse, por comunicar, antes que una imposibilidad dramática, se percibe una situación comunicativa de parodia, de risa. Las dos realidades sociales se atraen y se repelen al mismo tiempo. Y los personajes desaparecen en ellas, quedando al final un único protagonista: el instrumento de comunicación, el objeto tecnológico. Y la única realidad del objeto tecnológico, antes que integrar o desintegrar es, como dice Baudrillard, desarrollar su estructura tecnológica. Es una socialización por el instrumento, artificial, una conversión al artefacto, una deformación. Pero ¿es eso lo que busca el individuo en las redes? Pues sí y no. Al principio la red es libertad, dar rienda suelta al ego parlanchín en connivencia con otros egos parlanchines; de esa afirmación e intercambio narcisista de la identidad se pasa a la identificación con otras, al juego de ser otro, a simular serlo. El problema es que uno sólo se convierte en otro dentro de una estructura programada de antemano, mediante un comportamiento dirigido, no en la realidad. La consecuencia de todo ello, el fin y el final de este juego interactivo de identidades es la pérdida de la propia identidad – que probablemente es lo que se buscaba desde el principio.

En Pantalla Total (1996) un texto que yo considero esencial para entender el alcance de lo digital y las redes, Jean Baudrillard dice: “La virtualidad sólo se aproxima a la felicidad porque retira subrepticiamente cualquier referencia a las cosas. Nos da todo, pero de manera sutil nos escamotea al mismo tiempo todo. El sujeto se realiza en ella perfectamente, pero cuando el sujeto está perfectamente realizado, se convierte de forma automática en objeto y cunde el pánico”.

¿Son entonces las redes sociales y el ciberespacio en general un repliegue, una retirada a tiempo de lo real y un gozoso regreso a los limbos tecnológicos? Ciertamente que lo terráqueo no atraviesa por uno de sus mejores momentos. Nadie parece ser muy feliz aquí abajo. ¿Buscamos entonces en las redes sociales también una especie salvación, de inmortalidad colectiva en la nada?

Si es así, el momento pánico sería encontrarnos en un futuro próximo con un joven irreverente que volviera a preguntar: ¿Dónde están ahora esos pobres niños huérfanos?

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