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Shirin Neshat: Artista de la Década

Un argumento en contra del centrismo cultural de los medios de comunicación occidentales

14/05/2011 - Autor: G. Roger Denson - Traducido por Esther López Carrasco. Revi - Fuente: Webislam
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El silencio rebelde de Shirin Neshat, 1994.
El silencio rebelde de Shirin Neshat, 1994.

Se sabe que las mujeres han participado de una manera activa en las primeras mezquitas ‎fundadas por Muhammad, y que el profeta enseñó a sus seguidores que los hombres y las ‎mujeres son iguales ante Dios. Sin embargo, en muchas sociedades musulmanas se separa a ‎las mujeres de los hombres no sólo en la mezquita, sino en todos los lugares públicos, y se ‎les niega muchos de los derechos legales de los hombres. Hoy en día la relación entre el ‎Islam y las mujeres es objeto de creciente escrutinio tanto por los musulmanes progresistas ‎como por el mundo no-musulmán. El arte de Shirin Neshat, que representa la fuerza ‎colectiva de la mujer islámica y la resistencia frente a la misoginia y al despotismo, nos ‎recuerda que a pesar de las diferencias entre las sociedades islámicas y modernas, las líneas ‎más profundas tallan la medida en la que nuestras culturas imponen la legislación de los ‎hombres sobre las mujeres y hacen la división de género inviolable.‎

Las declaraciones de críticos como "Artista del Año", y sobre todo de "Artista de la ‎Década", siempre me han hecho sentirme como si hubiera presenciado una transacción ‎fraudulenta, algo que debería denunciar y no resignarme a permanecer en silencio. Que ‎ahora me encuentre haciendo tal proclamación sobre la artista y directora de cine Shirin ‎Neshat como Artista de la Década tiene que ver con que hasta qué punto los ‎acontecimientos mundiales han cumplido con creces con el artista para que su arte esté ‎crónicamente relacionado con una cultura cada vez más universal. Por crónicamente ‎relacionado me refiero a que su trabajo responde a la guerra ideológica que se libra entre el ‎Islam y el mundo secular en cuestiones de género, religión y democracia.

El viaje de Neshat ‎a través de las actuales convergencias y colisiones de los valores en la formación de la ‎cultura global la separa de sus compañeros, a pesar de que haya más artistas que nunca que ‎conmocionan a los mercados internacionales y al discurso con los temas e imágenes ‎correspondientes a los asuntos mundiales. En pocas palabras, elegí a Shirin Neshat porque ‎más que cualquier otro artista que pueda recordar, el impacto de su trabajo va mucho más ‎allá de los reinos del arte, en el que refleja la lucha trascendental y más importante para ‎asegurar los derechos humanos. ‎

A principios de década, Neshat llevaba más de 20 años separada de Irán, su país de origen. ‎Esto es, desde la Revolución de los Ayatolás en 1979. Sólo se la conocía por la serie ‎‎Mujeres de Alá que produjo entre 1994 y 1998: las duras fotografías de mujeres iraníes ‎cubiertas con un chador, algunas empuñando pistolas, y otras con la piel cubierta por escrituras ‎persas que pocas personas fuera de Irán pueden leer.

A pesar de la falta de matices en su ‎trabajo anterior, Neshat es una artista de renombre internacional. Las imágenes de este ‎período son provocativas, misteriosas, políticamente icónicas y que facilmente pueden ‎conducir a interpretaciones de terror y su apología tanto por islamófobos como por ‎islamófilos. De hecho, series como Mujeres de Alá son una alegoría de la capacidad de ‎recuperación de raíces profundas y de la determinación de las mujeres iraníes frente a la ‎Sharia, en particular en lo que respecta a su restricción del hiyab, que en el sentido ‎coránico se refiere tanto al velo necesario para la modestia de la mujer, como a la separación ‎parcial o total de las mujeres de los hombres en la mezquita y en otros lugares públicos.‎

Con cuatro cortometrajes que Neshat completó entre 1998 y 2000, pero que los occidentales ‎en general no verían hasta bien avanzada esta década, el arte de Neshat siguió un curso más ‎expansivo, sutil y reflexivo, haciendo distinguir sin lugar ‎a dudas una marca islámico-feminista en los occidentales cuyo conocimiento del arte ‎islámico e iraní era inexistente o limitado a las pinturas en miniatura de los siglos pasados. ‎Turbulent (1998), Rapture (1999), Soliloquy (1999) y Fervor (2000), se instalaron ‎originalmente en galerías de arte como un canal doble, en caso de oposición, proyecciones de ‎vídeo que representan las diferencias de género y de rol codificado por las interpretaciones ‎de la ley islámica de Irán y la aplicación del hiyab. Sin embargo, por debajo de las ‎tradiciones del Islam surgió una corriente de resistencia de las mujeres muy distinguible en ‎su historia, sobre lo que los occidentales en general no sabían nada, gracias a los miopes ‎intereses políticos de los medios de comunicación occidentales. El hecho de que Neshat se ‎abriera paso de una manera individual en este embargo cultural se puede atribuir en gran ‎parte a su iconografía más exigente y a la organización gráfica formal de los códigos de ‎género visual que aumentan la tensión representada entre los hombres y las mujeres iraníes ‎en sus actividades por separado de los rituales, la predicación, la socialización, incluso en lo ‎que el comportamiento los convierte en marginados sociales. Todo esto proyectado en dos ‎pantallas separadas, en función del género, cada uno con sus propias técnicas de cámara que ‎emplean para subrayar la codificación diferenciada entre hombres y mujeres y la ‎alienación en el trabajo. ‎

Los trabajos de Neshat, entre 1999 y 2001, me llamaron la atención  por su extrapolación gráfica y por la singular ‎denuncia de la "brecha homosocial", que ya habia conocido a través de Eva ‎Kosofky Sedgwick, literaria feminista y crítico social. Este término, "homosocial ", hace referencia a la división geopolítica y cultural y al nivel de socialización de la humanidad edificada según parámetros de sexualidad y género, sin considerar las funciones reproductivas (como se entendía hace milenios por la mayoría de las tradiciones del mundo); también presume una atracción no sexual por individuos del mismo sexo (familiar, platónico, mentorial), que consolida las alianzas entre el poder y el privilegio de acuerdo a la cultura dominante del cromosoma preferente XY (masculino) o XX (femenino). En el contexto del Irán islámico, y respecto al hiyab, no tardé en ver que el trabajo de Neshat afirma que detrás de los velos, las mamparas y las puertas que esconden a las mujeres de la autoridad, y que oscurece la comprensión en Occidente, las mujeres iraníes poseen una capacidad de resistencia, de fuerza, y de determinación facilitada en gran medida por una discreta red vital de homosociedades de mujeres activas, a pesar de las limitaciones religiosas y políticas, apoyadas inesperadamente por los hombres debido a la imposición del velo.

Era evidente que para el año 2000, Neshat estaba ofreciendo a Occidente una primera visión del hiyab en el arte desde aquellas pinturas de miniaturas persas. Como su obra después de 1998 se impregnaba cada vez más de matices y se convertía en un arte más expansivo en las cuestiones sociales sobre las que daba cuenta, el arte de Neshat también podría ser considerado la línea divisoria no solo entre hombres y mujeres, sino también entre el Islam y Occidente, entre la ley islámica y el feminismo, e incluso, entre el feminismo iraní y el feminismo occidental. Junto con las producciones de cineastas iraníes de la talla de Abbas Kiarostami o Jafar Panahi , el arte de Neshat constituye una de las pocas aportaciones representativas de Irán, de Oriente Medio, del Islam y de las mujeres afectadas por todas estas instituciones que causan impacto sobre la conciencia mundial. Los observadores occidentales, los encargados de los museos, los críticos y los coleccionistas respondieron como rara vez lo hacen ante un arte tan altamente politizado. En primera instancia, esto podría haber sido porque la obra de Neshat parecía confirmar el tópico de las mujeres sometidas al hiyab que tanto amigan los medios de comunicación. Pero tras un examen más minucioso, la obra resultó revelar toda una historia invisible de "homosocialización" de las mujeres, especialmente las iraníes y que, a juzgar por los informes de varias feministas islámicas que llegan a Occidente, también afecta a las musulmanas en general. En el más amplio sentido, Neshat proporciona a los occidentales una visión inusual de las complejidades de la "homosocialización" de las mujeres en las culturas pre-modernas que durante siglos se habia mantenido oculta porque el arte y las representaciones históricas de los enclaves de las mujeres era llevado a cabo por artistas masculinos.

Incluso si los atentados del 11-S no hubieran hecho del Islam el centro del mundo a comienzos de la pasada década, incluso si las protestas de la Revolución Verde de Irán tras las elecciones presidenciales de 2009 en contra de la disputada victoria del presidente Mahmoud Ahmadinejad y en apoyo al candidato de la oposición Mir -Hossein Mousavi no hubiera trastornado la vida en las principales ciudades de Irán, o si la muerte a tiros de la joven manifestante Neda Agha-Soltan no hubiera centrado la ira de los espectadores de todo el mundo contra la administración del gobierno y los mullahs, la obra de Neshat, aún así, hubiera sido potencialmente conmovedora tanto a nivel emocional como en el marco del activismo político.

Pocos artistas logran captar la atención al mismo tiempo de los ciudadanos de dos culturas tan sumamente apegados a sus prejuicios, y sobre todo ante la posibilidad de una guerra que merodea amenazante. El hecho de que otros iraníes lo intenten y por ello sean encarcelados (y me refiero a Jafar Panahi y Rasoulof Muhamed , dos directores de cine iraní condenados a finales de 2010 a una sentencia de seis años de prisión tras haber sido hallados culpables por "propaganda contra el Estado") hace que la contribución de Neshat sea más apremiante.

Neshat presenta una imagen más representativa de la diversidad islámica e iraní y del desacuerdo con el despotismo religioso del Estado: una imagen que invalida los estereotipos de anti-democrático, anti-feminista y susceptibilidad pro-terrorista que marca a los ciudadanos iraníes e islámicos ante los ojos del mundo no-islámico.

No es de extrañar que Neshat haya tenido un impacto importante en el feminismo occidental en el momento en el que las feministas internacionales se enfrentan a las críticas de las feministas no occidentales por la desinformación occidental y el chovinismo. Desde un principio, muchas feministas occidentales malinterpretaban, y de alguna manera aún malinterpretan, el uso del hiyab entendido como un símbolo de represión de las actividades de la mujer y de su vestimenta. La obra de Neshat es un argumento en contra del centrismo cultural de los medios de comunicación occidentales y, al mismo tiempo, trata de aliviar el religiocentrismo del Islam en sus intentos de entender el ingenio de las musulmanas que sacan beneficio de las restricciones del hiyab. Lo hace mediante la representación de las mujeres iraníes que se aprovechan de la libertad de la deshumanización sexual masculina y del paso anónimo que el chador les ofrece entre los hombres.

Hasta ahora, solo se publicita que muchas mujeres musulmanas expresan su temor a que se les niege la opción de elegir entre la ropa occidental y el chador para diferentes funciones. Tal vez porque soy un católico no practicante enseñado por monjas, y como adulto he entrevistado a mujeres que prefieren el convento y el voto de castidad, he aprendido algo de la utilidad y la defensa de que algo como un velo, el hábito, o una habitación separada, si no es directamente enclaustramiento, les da otra opción a las mujeres que no desean ser sexualmente objetivadas por los intereses comerciales y sexuales. En una tendencia que va en contra de los estereotipos seculares occidentales, muchas mujeres musulmanas atribuyen sus logros y la clasificación de su carrera al ser liberadas por el hiyab de la objetivación sexual en el trabajo. Pero en Occidente, la iconografía de Neshat es el único testimonio fotográfico y cinematográfico de esta realidad del feminismo islámico.

No se les puede culpar a los muchos espectadores occidentales que se perdieron este aspecto del trabajo de Neshat. Por lo general, al ver el arte de otras culturas historicamente alejadas, no conseguimos entender los códigos y las vicisitudes regionales que éste transmite, pero que los pueblos indígenas de ésta época y cultura reconocerían inmediatamente. El oscurecimiento de la historia de las mujeres está particularmente pronunciado en el arte islámico, en gran parte porque la mayoría del arte fue elaborado por hombres, es sobre los hombres, y por lo tanto se dicta por las mismas costumbres que impusieron el hiyab a las mujeres manteniéndolas fuera de la vista de los hombres. Se deduce que las discretas historias de la mujer de homosociedades islámicas que fomentaron, y todavía fomentan, el ingenio de las mujeres y la resistencia de cara al autoritarismo (o incluso el puro placer de la mujer con la compañía del otro) fue representado en raras ocasiones. Pero existen ejemplos históricos y se están produciendo ejemplos en el Islam de hoy (en el cine islámico, por ejemplo) donde se encuentra el ingenio y la resistencia que forman las homosociedades de las mujeres bajo la ley religiosa y autoritaria.

Películas narrativas que se hacen (y prohiben) en Irán como El Círculo (2000), de Jafar Panahi; en Afganistán Osama (2003), de Siddiq Barmak, y en los estados árabes La lapidación de Soraya M. (2009), de Cyrus Nowrasteh, representan el apoyo y las luchas dentro de las históricamente unidas homosociedades de las mujeres en las naciones islámicas. Sin embargo, aunque estas películas (todas hechas por hombres) representan la resistencia de las mujeres como procedentes de su condición abyecta, Shirin Neshat distingue sus fotografías y películas de dichas descripciones, haciendo hincapié no en la abyección de las mujeres musulmanas, sino en la fuerza que emana de la propia discreción de las mujeres y de identificación y socialización homosocial interna. Podemos apreciarlo porque Neshat nos permite hacerlo a través de los velos y las paredes que separan a las mujeres iraníes de los hombres para ser testigos del poder oculto que emana de las mujeres y que ellas han unido para luchar con los hombres, reforzados socialmente por el imponente mandato de la ley islámica. Debido, sin duda alguna, a que ella es la mujer rara entre estos artistas, ella ve y retrata a las mujeres que están literalmente sin hombres, a pesar de (y a causa de) estar rodeadas y dominadas por ellos.

Es una iconografía sexual y de género que recalca gráficamente la división homosocial en las mentes de sus espectadores, mientras que transmite un mensaje sobre las mujeres musulmanas que trasciende todas las barreras culturales, incluida la desinformación generada tras la polarización cultural del 11-S. Neshat nos recuerda que a pesar de las diferencias entre las sociedades islámicas y las modernas, las líneas más profundas tallan la medida en la que nuestras culturas imponen la legislación de los hombres sobre las mujeres y hacen la división de género inviolable. Para la sociedad moderna y secular, las costumbres de la Sharia que dictan a la mujer llevar el hiyab en público, ocultarlas en la mezquita o en reuniones públicas, etc, se percibe como algo estricto y medieval, mientras que a los fundamentalistas musulmanes la exposición de las mujeres fuera del Islam les parece vulgar, una explotación, y algo pecaminoso. Es en el mismo centro de la intersección de las legislaciones culturales, religiosas y políticas de la codificación de género y los enfrentamientos de la diferencia cultural donde Neshat lanza su trabajo.

Vemos con más claridad a esa musulmana laica, democrática, despótica, masculina y femenina, en las películas Turbulent y Fervor, a través de las cuales se descubre que Neshat tapa a sus actrices con el chador y erige particiones para guardar las asambleas públicas de los hombres y mujeres de verse unos a otros, aún así se nos insinúa el deseo creciente en ambos lados de la división de género que luchan por liberarse de la represión sexual. Pero también se nos lanzan atisbos de un espíritu activista y desafiante, que se encuentra a la espera de oportunidades detrás del chador, de las pantallas y de la separación de sexos. Es en la película Rapture vemos que el deseo se transforma en acción y los artistas muestran los espacios internos de la restricción que también son los espacios privados que permiten que el individualismo se afiance. Se trata de un individualismo que libera las mentes de las mujeres de las limitadas ideologías que se les imponen, al reunirse en espacios abiertos de terreno apartado de la vista autorial del hombre. Y como el colectivo crece, vemos que las mujeres se solidifican como un grupo homosocial en respuesta a la Sharia que se les impone desde la revolución iraní de 1979. En este sentido, Neshat da indicios de que es la ley islámica la que impulsa a las mujeres a buscar el mar, donde luego desembarcan en un bote sin motivo o destino aparente.

En Passage (2001), nos encontramos con una visión más matizada y más mística de las mujeres que colaboran de una manera discreta para lograr un objetivo común. Ante la pantalla, somos testigos de una unidad ritual en el trabajo cuando las mujeres se mueven a través del desierto: un evidente aislamiento simbólico a través del cual se liberan de las limitaciones que los hombres les han impuesto. Poco importa que las acciones que hombres y mujeres realizan por separado en las películas y fotografías de Neshat muestren rituales ambiguos, con una fuerte tendencia al espectáculo o a aparecer poéticamente oscuras, incluso absurdas: hombres marchando como un rebaño desierto adentro o mujeres que forman un corrillo de rodillas para cavar un hoyo con sus propias manos mientras el fuego las rodea. El mensaje principal es la determinación y la solidaridad forjada en la homosocialización, en el deseo (sexual o asexual) de disfrutar de la compañía y de la productividad colectiva de su propio sexo.

Por supuesto, el retrato del funcionamiento interno de la sociedad segregada de las mujeres sólo se puede transmitir abiertamente en las sociedades cuyas órdenes homosociales femeninas han aflojado sus restricciones masculinas. Después de todo, Neshat, como la cineasta feminista india expatriada Deepa Mehta , vive y trabaja en América del Norte. Los artistas expatriados se han aprovechado entonces de su nueva condición democrática para dar a conocer puntos de vista a los occidentales de las complejidades de sus países de origen, que en el caso de Neshat y Mehta está relacionado con la homosocialización de las mujeres en las naciones que extienden artificialmente patriarcados pre-modernos en la era moderna. Incluyen los enclaves de las mujeres que durante siglos permanecieron ocultos detrás de las representaciones de la historia del arte de las mujeres realizadas por artistas masculinos; enclaves que, excepto por las órdenes religiosas, han sido depreciados en su subsunción cultural y comercial de hoy, si no casi extinta en Occidente. Los atisbos dados a conocer por Neshat y Mehta sobre los enclaves pre-modernos de las mujeres son valiosos por sus representaciones de las órdenes históricas sociales en las que las mujeres ejercen un cierto grado de autonomía y poder sin hombres. En su revelación al desconocido público, Neshat y Mehta en cierto sentido perpetúan la solidaridad que las mujeres forjan entre sí para sostenerse en el marco de las limitaciones y los que representan la longevidad de los enclaves pre-modernos de las mujeres en la era moderna. Es también la razón por la que mujeres artistas como Neshat y Mehta dirigen su mirada de nuevo al arte masculino homosocial que históricamente descuidó los puntos fuertes de la unidad homosocial de las mujeres a pesar del velo y de la segregación que se les impone. En última instancia mujeres artistas como Neshat y Mehta tamizan la historia de la dominación masculina para encontrar los significados de la fuerza de las mujeres, la resistencia y la disidencia clandestina.

En gran medida, las ambigüedades de esa diferencia (entre hombres y mujeres, entre el Islam y la democracia, entre las feministas occidentales y las iraníes) que se mantuvieron latentes en los trabajos anteriores de Neshat, encuentran su expresión máxima en la película Mujeres sin hombres (2009), que conquistó el galardón León de Plata como mejor directora del Festival de Cine de Venecia. Es en Mujeres sin hombres donde vemos claramente que las vidas de las mujeres están en peligro sólo cuando se apartan de los enclaves de la homosociedad de las mujeres. A pesar de que las ambigüedades en la película están muy lejos de reconciliarse con una ideología feminista o democrática, en la realidad, tal reconciliación evade la dinámica de género, la historia, y la diferencia cultural aún en juego hoy en día. Es esta falta de resolución lo que estimula a Neshat en la elaboración de Mujeres sin hombres a recurrir al estilo narrativo del realismo mágico, porque no hay realismo que pueda "tener sentido" de lo absurdo de la tiranía religiosa y del Estado. De hecho, en comparación con la fotografía y las películas anteriores de Neshat, Mujeres sin hombres suaviza los bordes de la división de género mediante la representación de las mujeres que vivían en el Irán de antes de la revolución sin el chador. Por supuesto, la mirada más suave de Neshat es también el resultado del estilo narrativo inspirado en la novela Mujeres sin hombres de Shahrnush Parsipur (Bedun Zanan-e Mardan en persa). Es un modo narrativo que por lo general no se adecúa a los dramas politizados, a menos que sea manejado por maestros como Gabriel García Márquez o Isabel Allende. Pero ya, con sólo una película de ficción de largometraje tras ella, Neshat se ha demostrado a sí misma ser una maestra en la visualización de lo que parece místico (pero totalmente político), los lazos tergivesados de mujeres tras las puertas cerradas del hiyab. Mientras que su película Passage fue un ejercicio más coherente de la "magia" en el realismo mágico, Mujeres sin hombres es una producción superior que nos muestra retratos más realistas e identificables a través de la que entramos en la psiquis profética de las mujeres. Una vez que entramos, ya no vemos a las mujeres de Neshat como místicas portentosas o misteriosas caricaturas - la única limitación de la significación de Passage - sino como personas con interpretaciones ambiguas y de relaciones con las ecuaciones formidables y mundanas de poder al que se enfrentan. En otras palabras, se asemejan a las personas que conocemos y con las cuales podemos simpatizar con ver lo que les motiva como seres humanos. Mujeres sin hombres es todo acerca de los motivos, en concreto los motivos que impulsan a tres mujeres a ser cualquier cosa que no sea estar con hombres, que se dan cuenta de que están mejor cuando se esfuerzan por estar sin ellos, y como resultado de la búsqueda, una nueva realidad transcendental se les presenta.

Al igual que en toda su obra, Neshat utiliza el poder iconográfico de la película para mitigar las diferencias entre Occidente y el Islam, por mucho que sus esfuerzos parezcan ilusiones. En las primeras películas de Neshat, el feminismo iraní es presentado como totalmente diferente del feminismo occidental sin mostrarnos por qué, salvo por las connotaciones del feminismo como el efecto de las mujeres obligadas a presentar al Consejo de los mulás - el efecto de la presión extrema impuesta a las mujeres y de la interpretación misógina de la religión. Sólo con Mujeres sin hombres los espectadores no musulmanes y los occidentales en particular, son capaces de llegar a entender el trabajo anterior de Neshat en retrospectiva. Lo que significa realmente que a los no musulmanes también se les proporciona el telón de fondo histórico que necesitan para entender cómo las mujeres iraníes están involucradas en un feminismo discreto (semejante a lo que en Occidente puede entenderse como análogo a una marca anterior) del siglo XX de la enculturación de las mujeres que por necesidad todavía se confunde con empoderamiento en cierta medida de la domesticidad y la dominación masculina. ‎

A lo largo de la trama se entrecruzan tres relatos de mujeres que buscan el significado más allá de los hombres y de su gobierno, con el que hombres y mujeres occidentales pueden identificarse. Y es natural, dado que fue Occidente quien indujo a los Shas Pahlavi a relajar el uso del hiyab. Esta es la razón por la que el primer empleo temporal de Shirin ofrece a los no musulmanes la historia que necesitamos comprender sobre las tensiones de una generación de mujeres que vivieron en un Irán secular. Nunca hubiera sido difícil entenderla si nosotros, en Occidente, no hubiéramos olvidado la forma en la que forjamos nuestra propia capacidad de recuperación y resistencia dentro de las limitaciones del despotismo religioso y monárquico. Cada generación necesita recordar las dificultades que dieron origen a nuestras libertades de hoy en día, recordando que la politización de la mujer es el subproducto no deseado de las mujeres, limitado a sus propias órdenes homosociales durante siglos. La homosocialización, después de todo, es lo que ofrece y sigue ofreciendo a las mujeres un respiro de objetivación sexual masculina y un impulso irrefrenable a los hombres por su propia homosocialización masculina. Una vez que sabemos esto, no debería sorprendernos que la representación de las distintas homosociedades de los hombres y las mujeres debería ser el motivo más importante para mitigar las diferencias entre el Islam y la modernidad. La homosocialización es una de las verdaderas inclinaciones universales que trasciende las diferencias culturales y lingüísticas. Después de todo, la homosocialización fluye y organiza toda tribu, nación y civilización en la historia, ya sea patriarcal o matriarcal.

Traducido para Webislam por Esther López Carrasco
Revisado por Beatriz García Quesada

 

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