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En el corazón de las zawiyas: La hadra del hervidor

Pierre-Yves Albrecht narra su experiencia en la zawyia de Bouya Omar, cerca de Marrakech. Él y su mujer Denyse participan asombrados en una hadra muy peculiar

12/05/2011 - Autor: Pierre-Yves Albrecht - Fuente: Webislam
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Imagen de una hadra
Imagen de una hadra

En el corazón de las zawiyas

Tomado del capítulo “la hadra del hervidor”, de la obra En el corazón de las zawiyas. Encuentros con sufíes sanadores, de la que ya dimos noticia en Webislam. Hemos traducido un pasage donde Pierre-Yves Albrecht narra su experiencia en la zawyia de Bouya Omar, cerca de Marrakech. Él y su mujer Denyse participan asombrados en una hadra muy peculiar, donde el Sheij de la zawiya, en trance, traga agua en ebullición para luego tirarla, fría, sobre los participantes.

Hadra: ceremonia sufí, basada en la repetición de nombres divinos y otras fórmulas rituales, acompañada de movimientos rítmicos y de la respiración consciente. Literalmente, significa "presencia". 

Presentación y traducción de Sophie Quentel

La hadra del hervidor

Todos ahora se congregan para la hadra. Alrededor de los shurafá, los invitados de honor, de los cuales formamos parte, los prosélitas, las mujeres enjoyadas que vimos ayer, las cortesanas y, más apartados, los pobres, quienes al final siempre serán los más pobres, estén donde estén, en el infierno o en el paraíso.

La piel de los bendires al tenderse huele a cordero asado; la tensión hoy es tan fuerte que los tambores vibran solos. ¡Esto promete!

El navío empieza a menearse, un escalofrío eriza la médula de los espectadores, de los enfermos, de los poseídos, de los peregrinos y de los dos suizos que somos y experimentan un fenómeno muy peculiar.

Me encuentro bien, pero la atmósfera está saturada de un magnetismo potente frente al cual mi razón de “observador” pierde poco a poco su consistencia. Uso a fondo toda mi capacidad mental para no hundirme, me enfuerzo por formalizar, comparar, extrapolar esta pasmosa encarnación del Dionisio que tantas veces recorrí en mis libros.

Aquí las letras toman cuerpo y componen palabras de carne y hueso animadas de una tonicidad tan virulenta que los músculos, a mi pesar, se distienden secamente. El único modo de evitar la tetania es clamar con los demás unos gritos desollados y acompasar con mis manos enrojecidas el ritmo que se acelera.

El Moul-al-Moqraj (especialista del hervidor) está de pie en medio de la asamblea y balancea la cabeza mientras el Moqadem alaba al Profeta y a todos los santos de la Tassaout pidiendo para la hadra ayuda y protección. Se invoca a Bouya Omar por su poder sobre los yinnes y luego a Sidi Rahhal por el amor extático que dedicó al ancestro.

El Moul-al-Moqraj, frente a la tumba de Bouya Omar, dobla el ritmo pateando el suelo con sus pies.

Al mismo tiempo se quita la yilaba y deshace su turbante que enrolla a su cintura. ¡Un gran señor el Sheij! Su moño se desata y su guttaya (trenza) liberada se balancea como un péndulo en su espalda. Con su gurta (pijama) blanco ceñido del lazo verde se parece a un oráculo.

Inclina el busto hacía delante y hacía atrás mientras flexiona y levanta las rodillas.

El gentío se agita como el agua a punto de hervir y,  mientras, el Moqadem vocifera unos: “Al baraka, al baraka” a los cuales la muchedumbre contesta con unos frenéticos “Yu yu yu yu”.

El Moqadem, seguido de los tocadores de bendir, se levanta y da la vuelta al atrio. Unos masaris le pisan los talones cojeando y balanceando la cabeza, otros tienden las manos para una bendición. Cada uno vuelve a su sitio.

El Moul-al-Moqraj accentua cada vez mas sus movimientos de elevación de piernas y de rotación del busto. Ocila como una peonza y el efecto es sobrecojedor: la sensación de que todo el santuario, con los participantes, es arrastrado a un proceso giratorio y aspirado a toda velocidad hacía un minúsculo orificio por donde cada uno tendrá que pasar. Tengo vértigo y miedo.

El Moul-al-Moqraj acompasa versículos oraculares que dispara como flechas destinadas al santo y, como un eco, los acompañamos de unos ruidosos “Ya ya ya min”. Las manos se golpean la una en la otra. El trance está en colmo. 

El Sheij reclama más entusiasmo aún. Las mujeres de las primeras filas se levantan, deshacen sus moños y pisotean la alfombra. Sus cabelleras flotan como crines. Sus bocas hierven y sus ojos están en blanco. ¡Qué volcanes en estas almas! Me viene un pensamiento: ¿qué sabemos en el fondo, nosotros los hombres, de estas ménades escondidas en el corazón de nuestras mujeres, del burbujeo emulsivo de este hervidero del alma precisamente y que una vida demasiado tranquila impide a menudo la apertura?

Delante de nosotros: el hervidor. Una llama agresiva lame su fondo y un humo blanco turbina fuera del gollete. Pongo mi dedo en la salida, donde ahora silba el vapor. No hay duda. Ha llegado a la temperatura de ebullición, la que os destroza al tercer grado en un momento.

Para no quemarse, un chaval coje el moqraj con unas patas y lo lleva, siempre con el hornillo encendido, al centro de la hadra.

El Sheij gira y gira, sus ojos se ponen en blanco y vuelven. Se dirije al hervidor, se arodilla delante, las manos detrás, le clava su mirada con una voluntadad propiciatoria, la cara en el vapor. Las oraciones y los “yu yu yu yu” estallan por todos lados.

Es la fase del teslim -“sometimiento”- que ofrece el Sheij a Sidi Rahhal y a Bouya Omar Ahmad. Sin esta, la experiencia es mortal. Cuando el hervidor adquiere un color verde y el vapor alcanza el color de la nieve, al menos para él, la gracia de los santos ha sido concedida. El Moul-al-Moqraj puede empezar.

El Sheij levanta la mano y pide a la asistencia repetir las fórmulas que pronuncia : “Al baraka , al baraka, al atfa ya feddi.” Y luego: “Chaï Al-lah ya Bouya Omar.”

Coje el hornillo con el hervidor encima, lo eleva bien alto, lo baja a la altura de su boca y mete profundamente el gollete en su garganta. ¡Tengo la sensación de que va a tragar el contenido entero del hervidor, o sea cinco litros! Con la mano derecha empuja su barriga para comprimir el chorro. Ya está. Ha dejado de beber y se dirige hacía los invitados espantados: ¡nosotros!

La primera saquoua (tiro de agua bendecida) es para Denyse. Le tira un chorro como una hoja de sable sobre su cabeza. Se contiene pero el dolor, lo sé por simpatía, le cuece su sensible cuero cabelludo. Ahora me toca. La punta de fuego me traspasa la fontanela pero permanezco immóbil y envío una sonrisa agradecida al Sheij. Pero no ha acabado. Tenemos derecho a una segunda expectoración. ¡Prodigio! Esta vez el agua que nos vomita a la cara es tibia, casi fría.

Pasea ahora por la asamblea y con mas parsimonia distribuye su chaparrón a aquellos que se lo piden.

¡El fondo del hervidor es otra vez para nosotros! Una larga bendición con su mano blanca, un chorillo de agua muy caliente que deja correr sobre nuestras cabezas, un fuerte apretón de manos, unos “yu yu yu yu” admirativos y dirhams que vuelan en una bandeja.

La señora enjoyada, sobre el pecho de la cual aprecio hoy dos nuevos collares, se inclina y me dice con fervor que los devotos de Bouya Omar conceden el mismo prestigio al ritual del moqraj que un cristiano a las virtudes curativas de la milagrosa fuente de Lourdes. ¿Cómo lo sabe? Ha viajado y conoce Francia.

Entonces, si lo entiendo bien, el agua que escupe el Sheij se ha trasformado bajo ambos efectos del magnetismo extático y de la gracia de los santos de la Tassaout en una verdadera agua lustral de potentes poderes terapeúticos. Estos, me dicen, actuan tanto contra la migraña, la micosis y las infecciones oftalmológicas como contra cualquier tipo de males “yinopáticos”.

El Sheij distribuye al vuelo numerosas Fatihas (bendiciones) que caen como un vuelo de palomas, abriendo en las torturadas miradas una brecha pacificada. 

La ceremonia se acaba con agradecimientos y ofrendas y con una última intervención del Moul-al-Moqraj para una chica que salió corriendo del santuario, cayendóse en medio de la muchedumbre, babeando y intentando quitarse la ropa. Una persona que chapucea un poco francés nos dice “Es el diablo...” El Sheij encuentra en el fondo del hervidor una últimas gotas salvíficas con las cuales rocía a la poseída. Esta se tranquiliza al instante y se levanta con una sonrisa que contrasta con la violencia de la crisis.

El Sheij procede a las últimas abluciones, limpiando el sudor que lo recubre, rehace su moño que disimula debajo de su turbante y vuelve a su sitio con los músicos. Con calurosas y recíprocas salutaciones nos despedimos.

En el documental "Mystic Iran" puede verse una hadra de mujeres 



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