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¿Estará el Reino de Dios al otro lado de la Avenida 25?

A día de hoy, en la América central y sureña así como en la mayor parte de África, la incorporación a la Civilización del Capital ha convertido la pobreza en algo extremadamente peligroso

09/05/2011 - Autor: A. García Espada - Fuente: Webislam
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La pobreza en San Salvador y la profundidad de la frontera: al oeste de la Veinticinco y al otro lado de la Veinticinco. (Foto: A. García Espada).
La pobreza en San Salvador y la profundidad de la frontera: al oeste de la Veinticinco y al otro lado de la Veinticinco (Foto: A. García Espada)

San Salvador, Oeste de la Veinticinco, 5 de Mayo de 2011

La pobreza en la India: la pobreza, por ejemplo, en la India es un hecho pero es también un horizonte. A día de hoy dentro del inmenso universo indio existe todavía una economía al margen del sistema monetario. Una economía primaria que todavía da satisfacción o al menos sustento a un número importante de personas. Éstas no son propietarias o acaso disponen de tierras y ganado con el que aspirar al menos a la propia subsistencia. Si bien en India los hay que no conocen el dinero, los integrantes de esta economía primaria a la que me refiero sencillamente apenas hace uso de él. Si la tierra les da arroz, lo que no consumen lo cambian por patatas y de la leche de sus vacas, además de yogures y mantequillas pueden conseguir en el canje algún que otro pollo. Las pequeñas cantidades de dinero manejadas pueden algún día convertirse en una bicicleta u otros bienes inmuebles, adornos u objetos sagrados; no mucho más. Se trata de sistemas económicos débiles con poca expectativa de crecimiento y muy dependientes de ciclos ecológicos impredecibles; pero a la vez son muy estables y resistentes a los no menos impredecibles avatares de la Historia.

Ciertamente se trata de un paisaje amenazado en nuestros días. Las poblaciones a las que me referí en primer lugar – tribales de las zonas más boscosas e interiores que no conocen el dinero – son cada vez menos y están más acosados por la maquinaria industrial que exige le sean entregadas las generosas parcelas de terreno donde tiene lugar su pequeño pastoreo, caza, recolección o cultivo mediante quema de bosque. Los minerales que aguardan bajo el subsuelo de estos, hasta hace bien poco, inaccesibles montes debe contribuir al progreso y la civilización y aquí los tribales parece que siguen teniendo todas las de perder.

Respecto al resto, a la gran mayoría rural de la India que aun es poco dependiente de la economía monetaria, la situación no es mucho mejor. Son infinitas las iniciativas, también en nombre del progreso, que obligan a la concentración de tierras, la especialización de cultivos, el uso de semillas esterilizadas, el incremento de mano de obra asalariada, y en suma la incesante presión de una economía de mercado que impone unos precios que no tienen que ver con la particularidad de la tierra, el clima y la estación sino con unos valores convencionales contra los que la economía natural no puede competir. El dinero es cada vez más imprescindible y ante la evidencia lo mejor es huir a la ciudad, de donde proviene el dinero y donde se forman las verdaderas bolsas de miseria que caracterizan la mirada mediática, cínica y colonial de nuestro tiempo.

En la India sin embargo, y aun hoy, la pobreza es también un horizonte cultural. Ser pobre en la India es una virtud y el ideal por antonomasia de las dos religiones predominantes en el vasto Indostán: el Islam y el Hinduismo. El tradicional saddhu hindú es el que renuncia a toda forma de riqueza: desde el dinero y las tierras a los hijos y los honores. No es tanto la norma como la consumación del ideal civilizacional indio. De hecho, si un indio debe optar por un acto público para demostrar su condición social es la limosna al necesitado, sea este un mendigo o una vaca hambrienta. Dar cacahuetes a una rata o compartir la escasa ración de agua en época de sequía con la maceta de al lado es algo que el indio aprende desde niño a admirar y a interiorizar como el mejor de los comportamientos posibles. Esto sin duda, ayuda a frenar el impacto de la globalización del mercado y sus trágicos efectos sobre una población que ha llegado hasta nuestros días siendo numerosísima y que, por tanto, no puede permitirse desequilibrios sociales excesivos, so pena de desembocar en el peor de los escenarios imaginables.

La pobreza en San Salvador: La asimetría de los casos es intencionada. Frente al inmenso universo indio la pequeña población de la capital de El Salvador (dos o tres millones, qué más da) echa por tierra toda posibilidad de hacer de éste un ejercicio mínimamente riguroso en la ciencia comparativa. Pero es intencionado porque la naturaleza de la pobreza a la que pretendo referirme ahora está lejos de participar de un modelo sociocultural regional –pongamos Centro América o Sudamérica– sino que es el producto de un proceso bastante más globalizado que el indio y casos similares sino idénticos pueden ser hallados no solo en cualquier lugar de Latinoamérica sino también de África e incluso del propio corazón de las potentes economías del Atlántico Norte, así como de las más antiguas civilizaciones asiáticas y mediterráneas donde otrora potentes tradiciones como el Islam, el Hinduismo y sus derivados supieron contener los desmanes de la acumulación de riqueza y la exaltación del poder que caracteriza la actual globalización del mercado o Civilización del Capital.

Al oeste de la Veinticinco: San Salvador está incrustada en un estrecho valle vigilada por dos inmensos volcanes y sacudida por constantes temblores. Los castellanos fundaron la ciudad con el plano ortogonal romano en mente y una cuadricula conforma la ciudad a base de cuadras, voilà. La racionalidad del diseño sirve hoy día para constituir dos universos que se encuentran – a la vez que se separan definitivamente – en la Avenida 25. Al Oeste de la Veinticinco se extiende una ciudad del todo ajena a la estética mediterránea aunque bien reconocible por su similitud con las hollywoodianas ciudades de California, con sus abundantes chalets con jardín y garaje, centros comerciales, grandes autopistas e inexistencia de aceras u otras posibilidades peatonales. Sus elementos móviles más visibles son los potentísimos coches de dimensiones mitológicas y cristales tintados, con motores capaces de mover multitudes y que por lo general transportan a un indolente individuo que en sus cortos trayectos se ampara en la facilidad de un cambio de marchas automático, los airbags, la robustez del vehículo y el seguro a todo riesgo para que un eventual accidente haga muy improbable que pase de ser una anécdota para compartir en el club social de turno.

Exageraría si dijese que este es un caso mayoritario. Pero, no solo su número es suficientemente significativo sino, más importante aún, su presencia constituye una auténtica brújula destinada a orientar las aspiraciones de la mayor parte de la población al Oeste de la Veinticinco. Difícil pensar diferente viendo como la espontaneidad programada ha dejado como únicos espacios públicos de este particular universo urbano lujosos centros comerciales, pulcros, faraónicos e iluminados por los rótulos de famosísimas corporaciones multinacionales que venden blusas mal cortadas, electrodomésticos con dos años de vida, comida perfumada en platos enormes y otros artículos con capacidad probada, según aseguran, para hacernos sanos, libres y felicísimos. Huelga una descripción más fidedigna pues no creo que nadie capaz de leer esto no esté también perfectamente familiarizado con la viñeta, de amplio predicamento a lo largo y ancho de la Faz de la Tierra de nuestros días. Un escenario urbano que como digo privilegia exclusivamente esa clase de ciudadano que aspira con cada uno de sus gestos vitales a dotarse a sí mismo o en su defecto a su progenie de un “poder adquisitivo” siempre creciente.

Al otro lado de la Veinticinco: De la otra parte, la ciudad y sus suburbios mantienen por el contrario una fisionomía más peculiar. Por ejemplo todo lo que podríamos llamar el centro histórico amalgama una ecléctica serie de edificios que van desde chozas de chapa y cartón-piedra a moles de chapa y hormigón sin que falten las meritorias centenarias mansiones e iglesias partidas en dos por los numerosos terremotos y que unas veces han sido encaladas y disfrazadas de restauración mientras otras no han alcanzado a liberarse de la ruinosa cicatriz sincera que el tiempo les ha impuesto. Pero esta impresión es solo el producto de la mirada vertical e imprudente pues en medio de este universo la vista no debería ir más allá de lo que está de la altura de los ojos para abajo. En esa estrecha franja de la realidad se concentra un vasto cosmos con su particular orografía de charcos oceánicos, valles de baches y montañas de basura. Muchos de los vehículos, que no faltan, carecen de motor de explosión y los que lo tienen emiten un ruido y un humo que más bien los califica como motores a punto de explotar. La especie humana aquí, a diferencia de al Oeste de la Veinticinco, no está compuesta exclusivamente de ciudadanos. Aquí muchos carecen de los documentos, los derechos, los códigos de conducta y vestimenta que caracterizan al ciudadano moderno que vota y, contribuyendo a su propio desarrollo personal, contribuye de paso al progreso del Estado. No, aquí, al Este de la Veinticinco buena parte de la actividad que tiene lugar es ilegal: junto a los puestos de comida barata se venden como alimento especies prohibidas como la iguana –viva pero maniatada, a diez dólares la sana y a cinco la pachucha-; los puestos comerciales exceden los espacios asignados a tal fin y las calles están invadidas, hasta el punto de impedir completamente el tráfico rodado, por vendedores ambulantes. No es para menos toda vez que la actividad comercial en estas zonas es variadísima e incluye productos tan peculiares como gomas usadas para el butano, tornillos y otros herrajes sustraídos de las señales viales, así como todo tipo de objetos y vestimentas de las depositadas en los contenedores de basura de Estados Unidos.

Y es que los precios en El Salvador son elevadísimos. El país produce bien poco y los productos básicos alimenticios y energéticos son importados a precios establecidos de acuerdo a las necesidades de progreso de sus segmentos económicos más pujantes, por lo general instalados al Oeste de la Veinticinco.

La profundidad de la frontera: Y si bien es cierto que una de esas hamburguesas que sirven al Oeste de la Veinticinco, los electrodomésticos que duran dos años o las blusas malhechas de sus centros comerciales cuestan lo que la mayoría de la población necesita para sobrevivir un mes (el salario mínimo, que en El Salvador es como decir a lo que aspira la mayoría de la población, no llega a los doscientos dólares), lo que de verdad divide la ciudad (el país, el mundo) no es el “poder adquisitivo” sino la falta de “seguridad”. Y no me refiero a la vulnerabilidad de buena parte de la población ante cualquier conflicto y ante cualquier tribunal donde tendría todas las de perder pues sería fácil probar que por una u otra razón incurre en la ilegalidad y merece castigo o prisión. No, me refiero a la obsesión por la seguridad física de ese ciudadano minoritario pero arquetípico de toda sociedad demócrata de libre mercado que para su subsistencia no duda en emplear la fuerza física a falta de mecanismos más efectivos para procurar una mejor redistribución de la riqueza.

De este lado, alambres de espino, cuchillas, cancelas, policías, militares y miles de hombres armados con metralletas, escopetas, recortadas y revólveres autorizados o no (la cantidad hace anecdótico el requisito) rodean cada una de las propiedades de la parte modélica de la ciudad. El miedo seguramente sea también la principal coartada de esas monstruosas montañas de acero sobre ruedas que protegen al conductor también mediante una estética decididamente intimidatoria. Sin embargo tan abrumadoras medidas de seguridad son plenamente efectivas solo al Oeste de la Veinticinco y, así, tan vedado está para unos como para otros cruzar una frontera que coincide en el mapa con la Avenida Veinticinco pero que en realidad separa niveles de realidad mucho más profundos.

El Este de la Veinticinco es el lugar reservado para la criminalidad y su manifestación más espeluznante: las maras, peñas o pandillas. Palabras sinónimas que hasta hace bien poco designaban una de las formas más gratificantes de fraternidad entre amigos y que sin tiempo para dar con un tecnicismo más apropiado se han convertido en la trademark del Mal. Como suele ocurrir, quienes de verdad sufren sus efectos, las extorsiones, las palizas, los disparos, la violencia imprevisible son sus propios vecinos, quienes comparten su espacio físico, quienes no tienen la posibilidad material de escapar y que a menudo sufren también la represión ordenada por quienes controlan las fuerzas de seguridad del Estado y rara vez o ninguna han tenido contacto con la furiosa y desesperada naturaleza caída del marero. El asunto es serio y complejo, pero también patético si tenemos en cuenta que la fisionomía del fenómeno, sus mitos de origen, sus códigos y sus procedimientos reproducen exactamente un mismo patrón en multitud de ciudades de todo el mundo procedente a su vez de los Estados Unidos. La victoria del Imperio es total pues es capaz de proporcionar el lenguaje que articula el comportamiento de las elites y también el de su antagonismo.

El Reino de la Pobreza: La historia reciente de El Salvador es harto traumática. Desde su fundación como Estado y debido a la lógica impuesta por la internalización del mercado especializado se han sucedido las expropiaciones, las humillaciones y las matanzas masivas de indígenas y campesinos. Ya en los setenta del siglo XX la violencia de Estado comenzó a alcanzar proporciones épicas con los célebres Batallones de la Muerte dirigidos contra población rural, subversiva y pobre por “personalidades” que todavía ostentan el poder en la política, la empresa y los medios de comunicación en El Salvador de hoy. Le sucedió una larga guerra civil y una larguísima posguerra que hasta la fecha ha causado el mismo número de bajas, sino más, que la propia guerra. Y es que las maras fueron organizadas en Los Ángeles por exiliados de uno y otro bando y hasta hoy se han venido nutriendo de los muchos huérfanos dejados por el conflicto entre la guerrilla y el gobierno.

No me extiendo más en una historia larga y de problemático análisis. Sin embargo, más allá de lo particular, El Salvador comparte con muchos otros países de uno y otro hemisferio un largo registro de atrocidades que han acabado por desarticular efectivamente la sociedad civil y los mecanismos desarrollados tradicionalmente por la especie humana para asegurar un mínimo de cohesión y satisfacción. Crímenes reciente y oficialmente zanjados en aras de un realismo político solo aparente e hipócrita. Sin duda, sociedades como la india han soportado mejor los rigores de la “modernización” si bien parece que están peor posicionadas para hacer frente a las exigencias no menores de la “globalización”. Desde luego, a día de hoy, en la América central y sureña así como en la mayor parte de África, la incorporación a la Civilización del Capital ha convertido la pobreza en algo extremadamente peligroso. Pero ha querido Dios que así sea y que aquí en El Salvador alcanzara su mejor expresión y su tono más alto la conocida como Teología de la Liberación. Esta tierra ha sido la elegida para ser regada con la sangre de infinidad de mártires, celebres y anónimos, para quienes el Reino de Dios no era otro que la pobreza.

La Iglesia que canoniza a tecnócratas y papas-móviles ha roto con cada uno de estos apóstoles de la integridad y la justicia social. También reniegan de ellos manadas de salvadoreños que apresurados como rebaños asustados se entregan a la inmundicia de los predicadores gringos que con la cruz en la mano predican un Cristo de mentira, de oscuro poder, talismán para el éxito en los negocios, un Jesús sin carne, un Jesús sin objeto, sin vida. La distancia de todos estos con respecto a la Verdad es cada vez mayor. Los teólogos de la liberación han dejado claro con su testimonio que no hay justicia social sin una cierta aceptación de la transcendencia del hombre y de sus consecuencias, la Revelación jesuánica y su compromiso con los sufrientes.

Desde mi particular perspectiva, no carece de mérito que tal crudeza haya sido puesta de manifiesto desde dentro de la Institución y teniendo como punto de partida el embrollo de las trinidades, eucaristías e infalibilidades. De hecho es sintomático que lo mejor que el destino les ha podido reservar es el martirio, el asesinato por parte de los poderes del Mal, pues quienes sobreviven han sido repudiados por Wojtyla primero y por Ratzinger nada más llegar al solio. Pero es desde una perspectiva más amplia y ambiciosa que considero extraordinariamente meritorio el ejercicio llevado a cabo por los teólogos de la liberación, pues no solo restablecen un sólido vínculo con tradiciones como la islámica o la hindú sino que también entroncan y resucitan una tradición latina duramente reprimida por la Iglesia a lo largo de los siglos. Renunciar a la opción por la pobreza fue el precio a pagar por franciscanos y otras órdenes mendicantes del siglo XIII a cambio de garantizar la supervivencia. A partir de ahí el resto de la Historia ha sido construida en buena parte en oposición a esta energía, silenciándola, tergiversándola, confrontándola con una aparato ideológico blindado y un dogmatismo docético. La Teología de la Liberación es por eso la constatación de la victoria de la Revelación sobre la Historia, la permanencia de una llama encendida en el pecho de la humanidad que parpadea pero no se apaga y que es capaz de iluminar el camino del hombre más allá de su vanidad, su orgullo y su desobediencia.

Está más cerca de Dios quien no tiene, quien no sabe, quien pide sin merecer, quien ama como un niño, sin intención, sin poder evitarlo, quien agradece con el corazón cada bocado que entra en su boca, cada puesta del sol a la que llega con vida. Dice Jon Sobrino (y retumban sus palabras en el recuerdo vago de algún venerable maestro del Tao) que así es y que así debe ser, que el Reino de Dios ha de ser contracultural y por eso invisible a los ojos de la civilización, la cultura y todo aquello de lo que el hombre se ha servido para reinar, obligar, imponer y dominar. Ese poder malicioso que Dios ha puesto a libre disposición del hombre debe ser continuamente vigilado y limitado por otro poder que también ha sido puesto en nuestras manos, la sumisión, la cooperación, la gratitud, y no al revés. Amîn.

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