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Adonis (Siria), Hasham Matar (Libia), Tahar ben Jelloun (Marruecos) y Walid Soliman (Túnez) toman la palabra

07/05/2011 - Autor: Nuria Azancot - Fuente: elcultural.es
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De arriba a abajo, Hasham Matar (Libia), Adonis (Siria); Walid Soliman (Túnez) y Tahar Ben Jelloun (Marruecos).
De arriba a abajo, Hasham Matar (Libia), Adonis (Siria); Walid Soliman (Túnez) y Tahar Ben Jelloun (Marruecos).

Adonis, seudónimo del poeta libanés Ali Ahmad Said Esber (Al Qassabin, Siria, 1930), es un candidato eterno al premio Nobel. Abandonó su Siria natal hace más de cincuenta años, vive en París desde los 80 y odia las entrevistas casi tanto como la guerra que no ha dejado de perseguirlo desde hace cinco décadas. Representante de la mejor poesía actual, para Adonis lo que está ocurriendo hoy en el mundo árabe es consecuencia de su incapacidad de producir un sistema de gobierno basado en leyes justas.

La culpa de todo, insiste, “la tiene el predominio del discurso religioso entre los árabes, que impide el establecimiento de una sociedad basada en el imperio de la ley civil”. Con todo, destaca que la gente que se ha rebelado contra el poder en Siria ha recurrido al simbolismo religioso para movilizar a las masas. ¿Por qué todo debe empezar en en las mezquitas?, se pregunta, para insistir en que la gente debe apoyar las revueltas, aunque él rechace el uso de símbolos religiosos en las mismas.

“Sin libertad, es mejor callar”

“Sentimos que la cultura árabe está paralizada” -subraya. Autor de “versos innovadores pero con toda la cauda de su tradición”, según Clara Janés, se sabe un eterno exiliado “en el interior de esa isla que se llama ‘lengua árabe. Los poetas, los pensadores, todos los que tienen algo que decir viven un exilio. “Pero está claro -destaca- que hubo un momento en que si no criticabas la religión podías hacer lo que querías. Es que es así: no se puede hablar, por ejemplo, de la situación de la mujer sin hablar de los versículos del Corán que conciernen a la mujer. De modo que la crítica no existe. Una vez quisimos hacer en mi revista, Mawakif, un número sobre la situación de la mujer árabe, intentando responder a la pregunta: ¿por qué la mujer árabe no existe? No es dueña de su cuerpo ni de su pensamiento. ¿Por qué? No encontramos a nadie que quisiera hablar de eso. Y decidí acabar: si no podemos decir lo que hay que decir es mejor callar. Si no puedo replantear los problemas de la sociedad para ponerlo todo en cuestión, no sigo”.

La historia de Hisham Matar es muy distinta: hijo de un diplomático libio, nació en Nueva York, en 1970 y pasó su infancia en Trípoli y El Cairo, donde su padre, opositor a Gadafi, fue secuestrado. Nunca ha vuelto a verle, aunque algunos supervivientes de las cárceles libias le han asegurado que sigue con vida. Matar vive en Londres desde 1986 y su primera novela, Solo en el mundo (Salamandra, 2007), fue finalista del premio Man Booker. Salamandra publicará en 2012 Anatomía de una desaparición, novela de carácter autobiográfico sobre su padre...

Recuerda Matar que siguió insomne las primeras manifestaciones contra Gadafi en su piso de Londres, acompañado de su esposa y de amigos del exilio. Desde entonces no ha vuelto a dormir bien; nos confiesa que cualquier llamada le altera, y que ni entonces ni ahora podía creer lo que veía:

P. ¿De verdad le parecía tan increíble?

R. Sí, porque Gadafi había construido una verdadera muralla de silencio y miedo inquebrantables en el país: no salía noticia alguna al exterior sobre la represión y los periodistas eran perseguidos ydasaparecían sin que a nadie le importara. Sólo nuestros familiares eran nuestros ojos, pero tenían que ser discretos. Lo que más nos sorprendió fue la rapidez de los acontecimientos. Fue como un sueño: de pronto, el miedo creado por los 42 años de dictadura pareció disolverse. Muchos de los que se han manifestado y hoy luchan contra Gadafi son demasiado jóvenes para conocer otra forma de gobierno, y parecían haberse resignado, como si creyesen que la dictadura era inevitable”.

P. Hace 20 años, su padre fue secuestrado por sicarios de Gadafi. Recibió, creo, alguna carta desde Libia y luego cayó sobre ustedes un silencio atroz...

R. Sí, pero en cuanto triunfe la revolución volveré a Libia para buscarle. Siempre me he preguntado si su activismo, si su sacrificio, había sido en vano. No sabe lo terrible que puede algo así.... Ahora veo que mi padre, y quienes como él combatieron a Gadafi, excavaban con sus propias manos los primeros escalones de esta revolución. Los manifestantes, los combatientes, no les han olvidado, llevan sus retratos en sus mentes y sus corazones”.

¿Derechos humanos?

Tahar ben Jelloun (Fez, Marruecos, 1944), exiliado en Francia desde 1971, se confiesa tan asombrado por los acontecimientos como feliz.

R. Sí, cuando comenzaron las manifestaciones en Túnez era dificil imaginar que podían despertar también a las masas de Argelia, de El Cairo, de Damasco y de otros países con regimenes autoritario. Hoy es toda la nación árabe la que se levanta para sacudirse la porquería acumulada tras décadas de opresión. En Marruecos la corrupción resultaba a menudo insoportable, pero la injusticia y la pobreza son peores; por eso sólo era cuestión de tiempo que todo estallara.

P. ¿Y es optimista?

R. Desde luego, pero sólo si enseñamos a nuestros jóvenes tolerancia y ganas de descubrir al próximo, para evitar malos entendidos. Estamos en un momento mágico, en el que todo parece posible, pero necesitamos contar con Europa.

Por eso, Ben Jelloun se muestra más contundente que nunca: “Los últimos acontecimientos muestran la desesperación de nuestra gente. Los derechos humanos no tiene precio, pero parecía que el resto del mundo era ajeno a nuestros problemas. Gracias a internet, nadie puede decir que no sabe qué está pasando en el Mediterráneo, nadie puede mirar a otro lado impunemente...”

Walid Soliman (Túnez, 1975), unos de los narradores más populares de su país, confiesa que ha pasado mucho tiempo aterrado, sintiendo miedo de hablar con un amigo en un café, mientras la ftografía del hoy presidente depuesto les sonreía desde cualquier esquina. "Era una situación kafkiana, acababas desconfiando incluso de tu vecino y sentías que en cualquier momento la policía podía irrumpir en tu hogar por algo que ni siquiera había dicho o escrito, sino sólo pensado. Ahora nadie en Tunez aceptaría esa censura, pero hemos convivido con ella demasiado tiempo, y llegamos a preguntarnos si sabremos vivir en libertad. No sabemos qué va a pasar, todo es muy confuso, acabamos de descubrir la gran mentira en la que vivíamos y estamos casi paralizados".

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