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En el corazón de las zawiyas. Encuentros con sufis sanadores

En su obra Au coeur des Zaouïas, Pierre-Yves Albrecht hace un paralelo entre la sanación tradicional de los poseídos por los djinnes y su propia actividad como terapeuta

04/05/2011 - Autor: Pierre-Yves Albrecht - Fuente: Webislam
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Portada del libro de Pierre-Yves Albrecht
Portada del libro de Pierre-Yves Albrecht

Acerca del autor:

Filósofo, etnólogo, terapeuta y escritor, Pierre-Yves Albrecht es el fundador de los Centros “Rives du Rhône” dedicados a la acogida y el tratamiento de personas con problemas de toxicodependecia y trastornos asociados. Desde hace veinte años recorre a pie los desiertos de Marruecos y de Argelia con sus “pacientes”, en busca de sentido.

Es autor de “Du courage de se vaincre”, “40 jours au desert: un style de voyage”, “Devoir divresse: les itinérances du thérapeute”, “Larcher blanc, de la dépendance à linitiation”.

“Au coeur des Zaouïas” está disponible únicamente en francés, en la editorial Presse de la Renaissance.

Acerca del libro:

En Marruecos, las zawiyas son santuarios donde se venera a los santos sanadores, espacios terapeuticos y centros espirituales que atraen a numerosos peregrinos en búsqueda de sanación.

¿Cuál es el misterio de los “tres fuegos sanadores” (la quemadura del agua hirviendo, el veneno de la serpiente y la incandescencia del horno) experimentados por algunos sufis y que llegan a sosegar y a liberar a los más dementes?

De zawiya en zawiya, Pierre-Yves Albrecht nos hace descubrir, mediante el relato de una búsqueda de 20 años, estas prácticas que para la ciencia son un enigma.

Traza un paralelo sorprendente entre esta manera de curar a los poseídos, a los tocados por los djinnes, y su propia actividad como terapeuta de personas toxicodependientes y depresivas, aquejadas de enfermedades que califica de “espirituales”.

Viaje interior, iniciático, pintoresco también, este libro revela que si el sufrimiento es universal, los diagnósticos y los remedios son particulares de cada cultura.

A continuación, extraído del capítulo titulado “la tarántula”, hemos traducido el pasaje de una insólita conversación que Pierre-Yves Albrecht mantiene con el teniente médico del cuartel de Aoussert, en medio del desierto, donde se hospeda con sus compañeros tras haberse roto el embrague del jeep en el que viajaban.

Presentación y traducción de Sophie Quentel


En el corazón de la zaouïas: “La tarántula”

Pronto me abre su corazón... y su cuaderno de notas, donde descubro que excele en todas las disciplinas y sobre todo en las científicas.

Con firmeza y discreción lo llevo a mis temas predilectos: zawiya, magia y djinn. ¡Pasa de las zawiyas y me declara que el oscurantismo domina cuando no se puede dar ninguna explicación a los fenómenos! Sin embargo, paradójicamente, a la pregunta: “¿existen los djinnes?”, replica con entusiasmo: “Pues claro que existen, se les llama: an-nas al okhra, la otra gente. Dios creó a los djinnes y a los ins (hombres). Los primeros son invisibles para nosotros pero reales y condicionan muchas cosas que estructuran nuestra dimensión afectiva. Conozco casos de casas encantadas, de patologías inexplicables, de prácticas terapeuticas cercanas a la brujería, de numerosos fenómenos a los cuales la ciencia no puede aportar ninguna explicación coherente.”

Añado, para al menos tener algo que compartir, algunas consideraciones sobre la profundidad de la realidad: por ejemplo que algunos estados de conciencia nos permiten percibir otros niveles de lo Real.

“Lo sé”, dice con una gran convicción, y prosigue: “Vosotros también habéis conocido zawiyas en Occidente, desde el siglo V con el culto de los santos y más tarde en el sur de Italia con el tarantismo. De hecho, todos estos ritos de sanación tienen el mismo origen -los Misterios de Dionisos- y florecieron por todo el Mediteráneo.”

Lo dice como una evidencia que para nada perturbaría la paz de sus noches. ¡Para mí es diferente! Me resulta turbador que un musulmán haga de manera tan natural una analogía entre lo que occurre ahora en las zawiyas de Marruecos y lo que ocurría en la cristiandad unos siglos después de la muerte de Jesús.

¡Comparar las diferentes prácticas podría llevarnos a entender las similitudes y tal vez a acercarnos!

La referencia del médico al tarantismo agita en mi memoria un asunto muy reciente: el caso de un paciente.

Llaman al doctor por la infección de una mordedura de serpiente; se marcha.

Su observación, al devolverme a nuestros bailes de San Vito San Guy en el original, en un naciente siglo V, me aconseja reconsiderar la historia y el hecho, patente, de que los hijos de Dios, con los cuales los blancos se identifican tan firmemente, también fueron criaturas silvestres.

Es sorprendente cómo nuestros exiguos patriotismos nos hacen olvidar tanfrecuentemente la marcha caprichosa de las civilizaciones, dándonos la ilusión, por ejemplo, de una “blanquitud”.

Ya hemos olvidado que San Agustín, que con tanta fuerza soplaba las trompetas de la cristiandad, tenía la piel color regaliz, o que el pensamiento de Aristóteles solo pudo cruzar Gibraltar y España a lomo de los caballos sarracenos de camino a Poitiers.

En fin, todo esto para decir que resulta hoy en día difícil imaginar estas fértiles migraciones gravitando alrededor del Mediteráneo y dispersando en cada lugar sus costumbres y rituales. A fines de la Edad Antigua, el contorno del Mediteráneo estaba tejido por una red de simpatías y un itinerario espiritual arrastraba a los peregrinos del Atlántico hasta Tierra Santa, remontando Italia, cruzando la Galia y España para volver a África. Se intercambiaban las reliquias de los “grandes invisibles” que servían de estelas al camino de lo sagrado, abasteciendo los santuarios con los venerados huesos. Un extraño fervor inflamaba todo el Mediteraneo, uniendo pueblos tan diferentes en un mismo entusiasmo.

En aquella época, y nos va bien olvidarlo, la civilización tendía hacia el sur oriental, así como el propio maestro Jesús. La cristiandad en su conjunto se bañaba en la claridad del sol naciente y muchos de los padres apologéticos tenían la piel curtida y los  ojos como el carbón. Así que, si a un beato de nuestro tiempo, muy seguro de sus prácticas, lo llevásemos a esos primeros siglos en los cuales despegaba la nueva religión, le costaría mucho trabajo reconocerse en estos cultos sincréticos y en estos escandalosos exorcismos.

Sin embargo, no cabe duda de que eran cristianos los que giraban en trance alrededor de las tumbas de los mártires.

Los poseídos de entonces, al igual que sus “hermanos” de las zawiyas que visitamos estos días, se sometían al interrogatorio del santo: tribunal invisible donde se instauraba un diálogo entre el ilustre difunto y los demonios del hechizado. ¡Corte judicial donde los gritos del diablo brotaban por la boca del condenado, contestando al interrogatorio de las instancias celestes!

Mecanismo de sublimación y asombrosa transferencia: la potencia negativa por la cual el mártir fue torturado se trasmuta en su opuesto y se trasfiere al alma del implorante. La inversión del poder rompe la noche e instaura el día.

Los santos, como minuciosos cirujanos, trabajan con escalpelo el alma de los endemoniados, cizallando las tensiones invisibles, cortando los nudos emocionales que unos espíritus impuros habían trabado en las tinieblas.

Contra todas estas descripciones ya puedo oír las objeciones de los “profesores Nimbus”: “Todo esto es puro oscurantismo”. ¡Pues sí! Para aquel cuya sensibilidad ya solo se afila con la corteza del mundo, la densidad de éste parece una fabulación. Pero, al menos, acordémonos de esto: el hombre de los primeros siglos tenía una percepción aguda de la relatividad del “yo” y de una cadena intermediaria que lo ligaba a Dios o a Satán. Entre estos dos extremos era necesario negociar con los demonios, genios, lares, ángeles, espíritus impuros, djinnes, con toda una retahíla invisible que flotaba en un éter impalpable, modificando sin cesar la relación que el individuo mantenía con lo alto y con lo bajo.

La identidad de la persona, lejos de ser reducida a este ídolo del ego que veneramos en nuestros jardines secretos, se extendía en círculo alrededor del ser, cuyo nacimiento, como una piedra arrojada a un estanque, se expandía sin cesar en ondas concéntricas, visitando esas realidades misteriosas que nuestra condescendencia aún acepta considerándolas bajo el sello de los mitos, fábulas y cuentos.

Esta idea mayor, consistente hasta el siglo XIII, hacía del antiguo mundo, a pesar de la barbarie y las masacres, un universo coherente y espiritualmente fraternal. De ese modo, un romano vagando por las callejuelas de Hipona en Numidia se sentía en aquel entonces menos desorientado que lo estaría un campesino de hoy en día del Limousin, criado en la Tradición (suponiendo que siga existiendo esto), al penetrar en una metrópolis agnóstica.

“Ha sido una víbora cornuda, una herida fea con cuarenta de fiebre, pero saldrá bien inchallah.” Como permanezco en silencio, perdido en mi viaje en el tiempo, el médico me interpela: “¿Se encuentra bien?” “Sí, sí, muy bien”. Una chispa en su mirada me informa de que no le he engañado y que adivina muy bien la naturaleza de mis pensamientos. “¿Le intriga este parentesco entre zawiya y culto de los santos?” “Pero, ¿cómo puede conocer nuestra historia religiosa y esos compartimentos secretos que la mayoría ignora; el tarantismo por ejemplo?” “¿Y usted el sufismo? ¿De dónde saca sus informaciones? Me interesé por el tema igual que usted: ¡el musulmán no es mas estúpido que el cristiano!”

¡Ay, este complejo de superioridad del colonialista que vuelve a aflorar! Siempre este reflejo autosuficiente de creer poseer el monopolio del saber. Atempero su legítima suceptibilidad y le echo algunas flores merecidas: “Es verdad, tiene razón, el musulmán es a menudo más inteligente que el cristiano. En todo caso mas auténtico en su fé: Occidente, en este sentido, se ha enfriado completamente.” Vigorizado, recoje el piropo y me da una lección sobre tarantismo para enseñarme que el exotismo no está siempre donde uno cree que está.

“Hace poco vosotros también bailabais en la Puglia. Para liberarse del veneno, el Pizzicato (tarantulado) practicaba un ritual muy parecido al nuestro: danza, canto, cromoterapia... formaba parte de la panoplia y era arrastrado por la zarabanda durante días hasta que San Pablo le concediese la gracia de la sanación. Cada año el tarantulado volvía a vivir su primera picadura y entraba una vez mas en la ronda del trance. Después se iba a la capilla de la Galatina dedicada a San Pablo, donde bebía el agua milagrosa de su pozo.”

                                              (Imagen: una tarantulada en trance)


Siendo especialista en medicina tropical, me describe minuciosamente los síntomas de la mordedura de la tarántula con un vocabulario científico que voy a traducir al lenguaje corriente: transpiración, temblores, convulsiones, delirios, vómitos, palpitaciones y espasmos musculares.

“La fuente del exorcismo musical del tarantismo está ciertamente en la música catártica practicada en la Grecia Antigua y que fue luego teorizada por los pitágoricos que poblaron precisamente esta zona del sur de Italia. Los Pizzicati evocan los grupos religiosos vinculados a los cultos orgiásticos. Las zawiyas han guardado ellas también un parentesco con estas corrientes”. El doctor sonríe y lanza esta asombrosa observación: “Pero todo esto no tiene ninguna importancia. Tarántula, escorpión, víbora... son símbolos causantes de mordeduras. Cuando lo que muerde se repite, entonces es que uno está mordido por el re-mordimiento: la conciencia apenada y la melancolía.”

De repente pienso en Paulo, un chaval en cura en nuestros centros. “¿Puedo contarle algo?” “¡Venga!”

“Hace unos meses hojeaba un libro sobre tarantismo de De Martino. Me cautivó el retrato psicológico de los pizzicati, pues manifestaban a menudo comportamientos y humores parecidos a los que observo en mi trabajo”. De nuevo pienso en Paulo, en su rostro, y grito: “¡Pero Paulo es italiano! ¡Viene de la Puglia!” Llamo a su madre, a la que conozco lo suficiente como para preguntarle: “¿Eres tarantulada?” Riendo, contesta que toda la gente de su tierra lo es y luego muy seria confiesa que tiene la sospecha, a pesar de haber dejado muy joven La Puglia. Curiosamente, hace poco redactó una memoria sobre el tema. En cuanto a su hijo, no le extrañaría nada y alude a la patología transgeneracional.

Impasible, el médico juega con su bolígrafo. “¿No le parece una enorme coincidencia? ¡Tiene que bailar el Paulo y entonces se curará!”

Documental sobre el tatantismo (1962)




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