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Música tradicional y modernidad

Capítulo de La Fuente de la Separación. Viajes de un músico sufí (ed. Oozebap 2009)

03/05/2011 - Autor: Kudsi Erguner - Fuente: Webislam
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Kudsi Erguner, músico de ney y autor de La fuente de la separación
Kudsi Erguner, músico de ney y autor de La fuente de la separación

En esa Turquía que había vivido una revolución cultural muy importante, muchos años antes de que yo naciera, la ambigüedad estaba omnipresente. La música tradicional no escapaba a este estado de confusión. En tanto que legado de la cultura otomana ligado al sentimiento religioso, al sufismo, resultaba difícil para las autoridades laicas aceptar el lugar que a la música tradicional le correspondía por derecho. La muy joven República procuraba en aquel entonces comprometerse con nuevas formas de cultura, tomando como modelo a la cultura europea. La cuestión de definir cuál debía ser la nueva música para esta nueva Turquía se planteó desde los primeros tiempos de la República. El hecho de pertenecer a la civilización arabopersa de religión islámica fue negado, en aras de favorecer un acercamiento a la civilización europea que hunde sus raíces en la Grecia de la Antigüedad. Pero si la Grecia antigua estuvo en los orígenes de esta civilización, ésta tuvo que pasar por muchas etapas de desarrollo para convertirse en lo que es hoy en día. Nosotros, los turcos, (al menos según se admitía comúnmente entre las élites dirigentes) no teníamos tiempo para ir pasando por todas las etapas de la evolución. Teníamos que recuperar el tiempo perdido asumiendo de sopetón las consecuencias y los efectos benéficos del progreso.

Una de las soluciones elucubradas fue la promoción de la música clásica occidental mediante la radio nacional.

Ésta, como la televisión hoy en día, era un medio de comunicación extraordinario en esa época. Se creía que el hecho de transmitir por las ondas a Bach, a Mozart o Chopin podía un día permitir la aparición de compositores equivalentes e incluso, quizás, quién sabe, en los pueblos más recónditos de Anatolia. Esta primera decisión suponía negar todo auténtico legado cultural, tanto literario como musical.

Tal proyecto les abocó, en los años treinta y siete, treinta y ocho, a prohibir toda forma de música tradicional, y promocionar la música occidental, solo para que ésta fuera asimilada. El hecho de tocar el ney o cantar aires tradicionales fue pues considerado como una forma de arcaísmo políticamente incorrecto.

Después se enunció la idea de interesarse más por la música popular tal y como se practicaba en el campo, como en Anatolia, por ejemplo. Ésta, al menos, guardaba una relación con nuestro pasado asiático. Los turcos, antes del siglo X, vivían en Asia Central. La música popular tenía más vínculos con estos orígenes que la música sabia, la cual, durante el Imperio Otomano, estaba más impregnada por la cultura arabopersa, e incluso bizantina. Esta herencia musical, arraigada en la tradición popular, tenía que convertirse en la única fuente de inspiración para los compositores contemporáneos. Más o menos en la misma línea que B. Bartok u otros compositores en Rusia o en ciertos países bálticos, que supieron integrar aires populares en el campo de la música clásica interpretada por orquestas sinfónicas. Con esta idea, intentando destacar el valor de esta fuente de música popular, se enviaron a investigadores, musicólogos, a Anatolia, con el encargo de recoger y transcribir las melodías populares vivas.

Hasta los años cuarenta, cuarenta y cinco, la música tradicional erudita, tal y como se practicaba en el ambiente musical y cultural del que formaba parte mi familia, fue por tanto circunscrita a las asambleas privadas o a los locales que llamaban “casinos”. Se trataba en realidad de restaurantes donde músicos tocaban música sabia “popularizada”. Grandes maestros iban allí a encontrar un auditorio.

A partir de principios de los años cuarenta, una nueva corriente de pensamiento consideró que la música sabia, en tanto que heredera del Imperio Otomano, tenía también un valor de alcance nacional. Y en esa medida, merecía, tanto como la música popular, figurar entre las fuentes de inspiración de los compositores contemporáneos. Gracias a esta valoración, la música sabia pudo hacerse un camino en la difusión radiofónica nacional.

Algunos hombres fervorosos, como el doctor Suphi Ezgi y Huseyin Saadeddin Arel, trabajaron para fijar el repertorio hasta entonces transmitido oralmente. Su misión consistía por tanto en recoger las composiciones de boca de los maestros, a menudo ancianos, y transcribirlas en notación europea. Tenían que adaptar esta escritura musical al sistema no temperado, sino modal, de la música turca.

Mi abuelo fue uno de los primeros músicos que tocó el ney en la Casa de la Radio en Estambul, y más tarde le sucedió mi padre. Lamentablemente la mayoría de las emisiones eran transmitidas en directo, de manera que no se conservan más que unas escasísimas grabaciones.

La Casa de la Radio originó una versión académica, fría y sin duende de la música sabia. La diferencia con la practicada en las asambleas sufíes era patente. De estas últimas emanaba un encanto, una emoción totalmente natural que no se reencontraba en esos conciertos radiofónicos. Esta disparidad resultaba inexplicable, dado lo mucho que diferían en su expresividad las mismas melodías interpretadas por los mismos músicos. Con la distancia, tendería a explicar este fenómeno por la voluntad de entonces de demostrar que esta música era noble y que no tenía nada que envidiar a las músicas europeas.

De esta forma se quiso crear coros según el espíritu europeo, cantando al unísono, pero sin la fuerza evocadora propia de esta música. La expresión adusta y fría respondía a un afán documentario para con la música, y no a la voluntad de hacérsela disfrutar a las futuras generaciones. Los aficionados entendidos, para quienes la música formaba parte de su universo cultural, no tenían mayores dificultades para reconocer y apreciar estas melodías tanto como en su estado natural; pero era imposible, de aquella manera, hacérsela apreciar a las nuevas generaciones. La música sabia tradicional estaba condenada a convertirse en materia de museos, al no interesar en absoluto a las autoridades su aspecto vivo.
Tuve la ocasión de acompañar varias veces a mi padre para sus emisiones en directo. Sentado al lado del técnico, lo admiraba con mucha emoción; a él, pero también a otros músicos que se consideran hoy figuras respetadas, por no decir legendarias, de esta música. Visto con retrospectiva, me siento honrado por haber podido frecuentar, gracias a mi padre, a los grandes nombres de esta música desgraciadamente condenada a desaparecer.

El ambiente musical en el que me movía me entusiasmaba. Se me estimaba en tanto que músico más de lo que yo realmente hubiera podido pretender, teniendo en cuenta mi juventud.

Me acuerdo de un señor anciano, Hamdi Bey: farmaceútico de profesión (en aquella época no había muchas farmacias en Estambul y eso les proporcionaba cierto prestigio), era discípulo de Kenan Rufaï. Tenía por costumbre llamarme “su instrumentista de ney”. Con el consentimiento de mis padres, venía a buscarme una vez a la semana o una vez cada quince días y me llevaba a su casa donde cenábamos, servidos respetuosamente por su mujer. Tenía diez años y él tenía seguramente unos setenta, conforme a la edad que mis ojos infantiles le atribuían. Después de cenar, esperaba de mí que tocara para él un poco el ney, que escuchaba con la intensa atención con la que se hubiera escuchado a un maestro de este instrumento.

La consideración de la que era objeto me condujo a pensar que imitando a mi padre llevaría adelante algo de cierto alcance.

En la escuela, en la misma clase y en el mismo banco, tenía un amigo que tenía la posibilidad de practicar el piano. Un día, la directora de las escuelas primarias vino a nuestra clase y nos eligió, a mi amigo y a mí, para participar en una emisión musical radiofónica dirigida a los niños. Estaba tan emocionado ante la idea de poder hacer lo mismo que mi padre que, seguramente, volví volando a casa para anuciarles la gran noticia a mis padres.

Mi padre me puso a estudiar tres composiciones. Durante la semana que siguió, me pasé los días enteros con esas tres melodías. Cuando dormía, se apoderaban de mis sueños.

Y llegó el día fatídico. Mi madre me vistió con mi mejor ropa. Mi padre me acompañó hasta la Casa de la Radio llevándome de la mano, cada uno con su ney en la otra mano. Llegó el momento de la repetición. Todo estaba listo. Pero justo en el momento de la difusión, se presentó un hombre (del que solo recuerdo su tripa gorda y su traje con corbata) y de manera bastante agresiva convocó a los organizadores de la emisión. En ese momento, no comprendí realmente qué estaba sucediendo, pero rápidamente nos dieron a entender, a mi padre y a mí, que “no era el bienvenido”, habiendo llegado hasta ese punto, en esa época, la mala opinión sobre la introducción de la música tradicional sabia en una emisión dirigida a los niños. Había que evitar, por supuesto, animar a las nuevas generaciones a que se sumergieran en esta expresión artística adscrita a una “cultura arcaizante”... Motivo por el cual fui llanamente dirigido hacia la salida... Mi compañero de clase, en cambio, como tocaba el piano, estaba bienvenido.

Me supuso un auténtico choque; pero me hizo comprender que vivía en dos mundos diferentes: el de la realidad cotidiana en la que el ney no tenía su sitio y el representado por la microsociedad de cultura tradicional en la que crecía. Este percance me hizo también sacar la conclusión de que tenía que encontrar otros valores para adentrarme en la existencia que los practicados exclusivamente por esa pequeña comunidad de cultura tradicional. Ésta no representaba a la sociedad en su totalidad. Entendía que tenía que tener otros polos de interés que pudiera compartir con la gente de mi generación. Fue en esa época cuando le insistí mucho a mi padre para que me comprara un acordeón. Él, aunque no podía permitírselo, cedió a mi ruego, y comencé a tomar clases con un armenio llamado Agop Pakyüz. Aún siguiendo estando muy interesado por el ney, hallé en el acordeón una expresión musical más acorde con la sociedad en la que debía integrarme, fuera de la comunidad sufí. Con el ney se justificaba el deber de perpetuar una tradición familiar.

El ojo de mi padre

En 1969, cuando era director del departamento de música tradicional en la Casa de la Radio de Estambul, mi padre recibió la visita de un famoso cirujano: Halit Ziya Konuralp. Como muchos médicos en Turquía, era un apasionado de la música. Tocaba muy bien el violín y le gustaba componer cantos. Aquel día, iba a presentarle a mi padre una de sus últimas composiciones.

Mientras conversaban, notó que mi padre se tocaba mucho el ojo con el dedo a la altura de la cuenca y, al preguntarle al respecto, éste le respondió que algo “duro” le molestaba. Siguiendo sus insistentes consejos, fue a su consulta. Al día siguiente, en el hospital, H. Z. Konuralp detectó, desgraciadamente, un tumor maligno. Así fue cómo comenzó una serie de intervenciones quirúrgicas en el rostro de mi padre. Al ser un amigo íntimo de la familia, la víspera del día de la operación, estaba cenando con nosotros, y a continuación organizaba con amigos músicos una fiesta, ¡como una fiesta de posible adiós a la vida! Al día siguiente, mi padre estaba siendo operado por aquel con quien había pasado una alegre velada.

En la segunda operación, mi padre perdió un ojo. En esa época yo cumplía el papel de hijo primogénito, porque mi hermano mayor estaba en otra ciudad por sus estudios. Por tanto era yo quien lo acompañaba a menudo durante sus idas y estancias en el hospital. Me acuerdo de que cuando perdió el ojo, no tuvimos el valor de decírselo enseguida. Estuvo sin saberlo unos días, hasta que al cuarto día, al alba, se despertó y súbitamente se fue al cuarto de baño, deshizo la venda y se miró en el espejo: ¡le faltaba un ojo! Ante esta situación trágica, mi madre y yo estabamos impactados e inquietos por su reacción. Pero él, rechazando nuestra ayuda, salió y se fue solo hasta el final del largo pasillo del hospital. Regresó entusiasmado diciendo: “He seguido las baldosas del suelo y he conseguido andar en línea recta, ¡no os inquietéis!” Habíamos llegado a una situación en la que quien nos consolaba era él.

Nos contó que había tenido un sueño esa misma noche en el que Rumi le había declarado: “A partir de ahora, verrás con mis ojos”. Sin haberse aún despejado de ese sueño, se despertó y comprendió inmediatamente que le faltaba un ojo.

En los hospitales turcos, la atención del personal no está siempre lo bien que debería estar. De tal manera que la presencia de los familiares se hace necesaria para ayudar a los enfermos mientras que están hospitalizados. Tuve por tanto que quedarme a menudo en el hospital para estar al lado de mi padre. Una noche en la que estaba solo, aproveché que dormía y bajé al piso de los despachos para fumar un cigarrillo (estaba entonces comenzando a fumar y la costumbre quería que no se fumara ante las personas mayores). Así fue cómo al entrar en una sala, vi, cubriendo una pared, estanterías llenas de frascos que contenían diversos órganos destinados a la enseñanza en la facultad de medicina. En uno de ellos se podía leer: “ojo derecho del señor Erguner”. El choque emocional fue terrible: ¡veía el ojo de mi padre en un frasco! Cuando regresé a su habitación, se dio cuenta de mi cara descompuesta y me preguntó qué había sucedido. Como insistía, me sentí obligado a decirle qué había visto. Me sonrió entonces, y me dijo: “Mira, no lo entiendo, cuando eras pequeño y hacías una travesura, te echaba una mirada asesina para impresionarte, pero te dejaba totalmente indiferente; ¿y ahora, tienes miedo viendo ese ojo muerto en un frasco?...” Me conmocioné ante semejante reflexión de mi padre.

A medida que se sucedían las operaciones y las estancias en el hospital que pasaba a su lado, fui viviendo otras situaciones extrañas. Tuve la ocasión, a menudo, de acudir en ayuda o hacerles compañía a pacientes que ocupaban otras habitaciones. Me acuerdo particularme de un hombre ya mayor al que los hijos traían cada día mantas porque se quejaba constantement de pasar frío. Su hija las acumulaba cuidadosamente sobre su cama y me pedía, si me quedaba por la noche, que vigilara que no se destapara. Pero una noche este hombre se murió: su hija tuvo que llevarlo ella misma a la morgue del hospital... ¡Qué extraña es la vida!

En ese momento tenía diecisiete años. Estaba en un momento muy intenso de mi vida, un periodo enriquecedor en el plano personal. Durante el día tocaba en la Casa de la Radio con músicos muy talentosos. Una vez a la semana, tocaba en diferentes tekke de Estambul. También acudía a una reunión semanal en un café donde se juntaban grandes maestros de música, fumando en narguile. Iba solo o acompañado por mi padre, cuando su estado de salud se lo permitía.
Me sentía muy cercano a las personas de la generación de mi padre, y gracias a los conjuntos aficionados en los que tocaba, pude encontrar una pasión compartida con los de mi propia generación.

Durante los años en los que fue director del departamento de música en la Casa de la Radio de Estambul, mi padre solía atender a eruditos que deseaban confiarle documentos relacionados con la música tradicional. Estos textos resultaron ser muy valiosos para la perpetuación del saber en este ámbito. Así fue cómo, cierto día, recibió la visita de un erudito que vivía como un ermitaño en una celda de la mezquita de Eyüp. Este hombre tenía en sus manos cuatro cuadernos de música escritos en hamparsum que le había legado su maestro.

Estando ya en una edad avanzada y no teniendo nadie a quien confiarlos, quería entregárselos a mi padre. Fuimos por tanto a visitarlo en su celda. Lleno de amor y de modestia, nos legó todos sus cuadernos. Una semana más tarde, tuvimos que volver a esa misma mezquita para asistir a su entierro. Esos manuscritos contenían composiciones de Abdul Kader Meragî. Este famoso músico de los siglos XIV-XV estuvo enpleado sucesivamente en la corte de Tamerlán, en la corte otomana de Beyazid I y en la corte del califa de Bagdad. El cuaderno contenía varias composiciones completamente olvidadas.

Sin olvidar ese músico de ney, Hasan Dede, al que visitamos. Era un hombre excepcional y de una enorme erudición que vivía muy retirado. Pero también era un chaij de Sarajevo emigrado con toda su familia a Estambul. Toda una comunidad se instaló en torno a mi padre en Estambul.

Todas estas visitas de eruditos a mi padre demostraban hasta qué punto el legado musical y literario del Imperio Otomano había podido dejar huellas que no pedían más que ser desveladas. Es probable que lo que salió a relucir no fuese más que una parte ínfima de los tesoros escondidos por doquier.

Permítaseme evocar aquí el descubrimiento que hice, muchos años más tarde, en los sótanos de la mezquita Yeni Cami de la plaza de Usküdar. En ese lugar, protegido de las miradas, se había acumulado el material incautado en las tekke durante la prohibión de las reuniones sufíes. Ahí se acumulaban en el más aboluto desorden la mayoría de los objetos confiscados: banderas, libros, vestidos, instrumentos de música... En ese subsuelo húmedo se pudrían todos esos venerables vestigios, y a pesar de mis súplicas, no fue posible salvar nada.

En cuanto a mi padre, se pasó noches enteras transcribiendo con pasión a notación europea las composiciones que le traían. Me pedía después que las interpretara al ney para poder corregir los errores. Tuve así la suerte de aprender, sentir e interpretar el primero estas composiciones.

A causa de la pérdida del ojo, tenía dificultades para leer. Como sus dolores lo mantenían en vela noches enteras, me pedía a menudo que leyera para él. Gracias a eso, obtuve, muy pronto, un conocimiento de los textos sufíes y de obras de historia como pocas personas de mi edad. Pasaba así largas noches en su compañía leyéndole, tocando el ney para él (una noche, hacia las tres de la mañana, me despertó porque acababa de terminar la transcripción de una composición de Al Farabi. Me dijo: “¡ven, ven, tócame esto!”) o simplemente para conversar con él. Pude así aprovechar el gran saber y la experiencia de este hombre que tanto tenía para tansmitir, y que determinó mi pasión por la música.

Se me han quedado profundamente grabados todos estos momentos. Forman parte de la enseñanza que recibí, o bien con palabras, o bien con actitudes justas ante la vida. Por poner un caso, me hizo entender que al haber recibido gratuitamente el aprendizaje de la música y del ney, si, llegado el día, estaba en posición de impartir la enseñanza, tenía que hacerlo gratuitamente fuera quien fuera el solicitante. Me dijo también que el ney, tan prestigioso, no era un instrumento que se pudiera vender. He respetado desde entonces estas recomendaciones, y aún habiendo tenido muchos alumnos, nunca he pedido ser remunerado, ni por la enseñanza de la música, ni por proporcionar un ney.
Otro ejemplo ilustrará este desprendimiento. Un día, un joven de Konya se presentó en casa con un magnetófono. Acababa de montar un sello de discos y quería realizar su primera grabación con mi padre, que le tocó cuatro improvisaciones al ney. Al salir, el joven dejó discretamente un sobre en el vestíbulo. Mi padre se dio cuenta al poco tiempo de que saliera, y me dijo: “Este hombre ha debido dejar dinero, como va a montar una sociedad, ¡lo necesitará más que yo! ¡Corre a buscarlo y devuélveselo!” Corrí por la calle y le devolví entonces el sobre. Con estas cuatro grabaciones, el joven arrancó una importante sociedad de discos en Konya. Aunque no haya podido demostrar el mismo desprendimiento a lo largo de mi vida, todas estas actitudes han sido, para mí, ejemplos de moderación y honradez.

Cuando estaba en el liceo italiano, sucedió que hiciera novillos para subir a un barco y dar una vuelta en el Bósforo. Lo hacía tanto para escapar de las duras realidades de la vida escolar como para admirar los reflejos del otoño en el Bósforo. En el primer trimestre del año escolar acumulaba pues una veintena de días de ausencia... Mi padre se enteró que faltaba a clase regularmente. Un día, fue a esperarme a la salida de la escuela. Casi sonriente, no hizo ninguna alusión a mis ausencias. Al rato, me preguntó si todo iba bien y si no me ocurría nunca el caso de que faltara a clase. Le respondí, haciendo como si nada, que todo andaba estupendamente bien. Me dijo entonces: “¿Por qué me mientes?” Me puse rojo de vergüenza y pedí a la tierra que me tragara. Me temía un castigo por su parte, o por lo menos, una severa amonestación. Me echó una dura mirada y me pidió que le siguiera. Tras andar un poco, me ordenó que le acompañara dentro de una pastelería y, con tono seco, me ordenó que me sentara. Pidió que me sirvieran un dulce helado, que me comí en silencio. Luego volvió a pedir que me sirvieran otro y me dijo con gravedad: “Desde ahora, cada vez que hagas una tontería en tu vida, vendrás aquí a comerte un postre de mi parte y pensarás en mí”. Fue el único castigo que recibí y me marcó seguramente más que aquel al que me esperaba. Vale la pena decir que, cada vez que estoy en Estambul, voy a esa misma pastelería y pido el mismo postre, digamos ... ¡Por precaución!

 
oozebap, 2009 - Colección Asbab (vínculos) n.º 3
LIBRO + CD "Músicas de las tekke de Estambul. (Archivos de Kudsi Erguner)"
245 pags. PVP: 16 euros.
ISBN: 978-84-612-6753-8
Prefacio de Jean-Claude Carrière
Epílogo de Jean-Michel Riard
Texto establecido por Jean-Michel Riard
Traducción: Abdullah Abenyusuf
Título original: La Fontaine de la Séparation.
Voyages dun musicien soufi.
© le bois dOrion, 2000

 

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