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Mi credo

Declaración de principios de un intelectual musulmán contemporáneo, incluida en el libro Teología islámica de la liberación (AGN Libros 2010)

30/04/2011 - Autor: Asghar Ali Engineer - Fuente: Webislam
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Ali Asghar Engineer, teólogo de la liberación.

He cumplido 60 años en marzo de 1999 y pienso que es tiempo de declarar cuáles son mis creencias. He pasado años y años reflexionando sobre numerosos asuntos que me han preocupado mucho. Asuntos de naturaleza filosófica y espiritual. Debo declarar, para empezar, que nací en una familia de clérigos ortodoxos Bohra. Los Bohra son musulmanes chiítas ismailíes. Mi padre fue un erudito del Islam y trabajó para el establecimiento del clero principal Bohra, que mantiene la oficina de Da’i (misión), conocido popularmente como Saiyidina (nuestro señor).

Mi padre, que fue un firme creyente en el shiismo ismailí, era de mente abierta y mostró gran paciencia en el diálogo con personas de distintas perspectivas. En mi infancia, un sacerdote brahmán hindú solía visitarnos y dialogar con mi padre. Ambos intercambiaban puntos de vista sobre ambas creencias, lo cual no impedía que mi padre fuera firme en sus propias creencias. Crecí en ese ambiente religioso. Mi padre me enseñó: árabe, tafsir (comentarios del sagrado Corán), hadiz (relatos de los hechos y dichos del santo Profeta) y fiqh (jurisprudencia islámica).

Pero también me envió a la escuela municipal, se preocupó de que adquiriera un conocimiento secular moderno. De hecho, me persuadió de que emprendiera estudios de ingeniería o medicina, y opté por estudiar ingeniería civil. Más tarde elegí establecerme en Bombay y mi padre se reunió conmigo.

He visto de cerca la explotación en nombre de la religión en un barrio cercano, cuando mi padre era clérigo Bohra. Él estaba interiormente resentido con este sistema fuertemente explotador, pero estaba desesperanzado y no tenía medios de vida alternativos. Tenía que servir al sistema o morir de hambre, incluso sufrir persecución tal y como descubrí más tarde cuando yo miso desafié al sistema. No hay ni rastro de espiritualidad en el sistema clerical Bohra. No es más que una enorme maquinaria de recolección de dinero de sus seguidores, maquinaria que es controlada por una familia de clérigos dedicados a la difusión. Esta maquinaria tiene total control sobre la vida de los fieles. Cualquier bohra común vive en el miedo al sistema, cualquier traza de desobediencia puede arruinarle la vida. El vicioso control del sistema clerical sobre las vidas de los bohras ordinarios les ha reducido a meros esclavos.

Por eso, a edad muy temprana, llegué a la conclusión de que una religión organizada puede estar totalmente subordinada a poderosos intereses creados. Ya no es un medio de enriquecer la vida espiritual interior, sino sólo un instrumento de explotación y servidumbre. Cuanto más he leído y releído el Corán, más me he convencido de que el verdadero propósito de la religión es enriquecer la vida interior y buscar la cercanía a Dios. El Corán insiste en que el corazón encuentra la paz interior en el recuerdo de Dios (13:28). Hay varias aleyas en el Corán que afirman enérgicamente la riqueza de la vida espiritual.

La explotación que he visto, a corta distancia, en mi infancia y también en parte de la vida adulta me hizo volver a pensar seriamente sobre los fundamentos de la religión. También leí con avidez literatura sobre el racionalismo en urdu, árabe e inglés. También he leído los escritos de Niyaaz Fatehpuri, un notable escritor urdu crítico de la ortodoxia religiosa, cuando estaba estudiando mi primer año de ciencias. Fue entonces cuando leí los escritos de Bertrand Russell, filósofo racionalista británico. También estudié El Capital de Marx. A pesar de la influencia de estos grandes pensadores nunca he dejado de estudiar el Corán y la exégesis de los grandes eruditos del Islam. Fue durante este período cuando leí los comentarios de Sir Syed y de Maulana Azad. También incursioné profundamente en las creencias de los Hermanos de la Pureza 1, cuyas epístolas fueron recopiladas por los imames ismailíes durante el período de su ocultación en el siglo VIII dc. Se trata de una vía filosófica de gran importancia, descrita por los estudiosos como una obra enciclopédica. Estas Epístolas de los Hermanos de la Pureza (Rasail Ikhwanus Safa) son grandes obras de síntesis de la razón y la revelación. Asimismo, sigo estudiando la ciencia del tawil (el significado interno de los versículos coránicos desarrollado por los expertos ismailíes).

La combinación de todo esto me dio una nueva visión de la vida y su significado. Llegué a la conclusión de que la razón es muy importante para el desarrollo intelectual humano, pero no suficiente. La revelación es también una fuente fundamental de orientación y desarrollo interior. La razón juega un papel crucial en la vida humana y su significado no puede ser subestimado, pero tiene límites evidentes y no puede responder a las preguntas fundamentales sobre el sentido último de la vida. La revelación es más útil en este sentido. También llegué a creer que la revelación no puede estar en contradicción con la razón, como a muchos les gustaría creer. La revelación puede llegar y llega más allá de la razón, pero no la contradice. Mohammad Iqbal, el notorio poeta-filósofo, también ha arrojado luz sobre esta cuestión en su Reconstrucción del pensamiento religioso en el Islam 2.

Un cuidadoso estudio del Corán también deja claro que la revelación en modo alguno contradice a la razón. Ambas, de hecho, son complementarias. Mientras la razón nos ayuda a comprender los aspectos físicos de este universo (todo el desarrollo de las ciencias naturales depende de la inteligencia humana), la revelación nos ayuda a encontrar las respuestas definitivas a nuestro origen y destino. Mientras la razón es una importante fuente de enriquecimiento en nuestra vida material, la revelación es necesaria para nuestro crecimiento espiritual.

Creo que la religión es un instrumento y no un objetivo y como cualquier instrumento puede servir de uso y de abuso. A menudo ha sido usurpada por los intereses creados para servir a sus propios fines. Esto es lo que llevó a muchos racionalistas a creer que la religión no sólo es innecesaria para los seres humanos, sino también un gran obstáculo en el camino hacia el progreso. Aquellos que controlaban la organización religiosa, se opusieron a cualquier cambio, pues este amenazaba sus intereses.

Creo que la religión no debe equipararse a las supersticiones y los dogmas. Cada época tiene sus propias supersticiones y con el progreso de la ciencia estas supersticiones se ven afectadas. Una búsqueda intelectual honesta es vital para el progreso, no sólo material, sino también para una vida espiritual saludable. Las supersticiones prosperan en ausencia de conocimiento y el crecimiento del conocimiento terminará con las creencias supersticiosas en un proceso continuo.

Creo que los dogmas son producto de la necesidad humana de seguridad, más que de la búsqueda espiritual de certeza interior. Los dogmas pueden satisfacer sólo a aquellos que han renunciado a cualquier búsqueda de un crecimiento intelectual y espiritual. Ghalib, el conocido poeta urdu de la India del siglo XIX, describe el dogma de una manera muy pintoresca como “un reflejo de la repetición del deseo (por seguridad)” y “un refugio de la mente cansada”. Comparto plenamente esta opinión y considero que el dogma niega el espíritu mismo de la búsqueda que se genera por un impulso interno de conocer la verdad. Los dogmas dan lugar a una sensación de seguridad mental para muchos, pero conllevan el total estancamiento de su vida.

Creo que hay una diferencia vital entre el afán de seguridad mental mediante la creencia en los dogmas y la búsqueda de la certeza interior como resultado de la fe en los más elevados valores espirituales. El Corán llama iman a esta certeza interior, palabra que se traduce generalmente como “fe”. Esta certeza interior, creo yo, es necesaria para un sano crecimiento espiritual de los seres humanos. Pero debe confundirse con la creencia en dogmas. Se trata de aspectos cualitativamente diferentes. Mientras uno lleva a un estancamiento de la vida intelectual y espiritual, el otro es vital para su crecimiento. El sentido de compromiso también nace como resultado de esta certeza interior. La ausencia de esta certeza interior puede conducir al mero escepticismo y al cinismo, y estos paralizan el impulso para una acción positiva.

La certeza interna es necesaria para la acción. Un ser humano actuará con entusiasmo sólo cuando posea esta cualidad —de certeza interior— acerca de su acción. Es esta certeza lo que inspira a una persona a hacer grandes sacrificios por causas mayores, dotando a la vida de sentido y dinamismo. En todas las épocas, los seres humanos se han inspirado en la fortaleza de la certeza interior al actuar para renovar y reconstruir el mundo. Cualquier acto noble, incluso un acto en defensa de la patria o en lucha contra la corrupción, o trabajar para el levantamiento de los sectores más débiles de la sociedad o para traer la revolución, requiere de un estado de certeza interior. Es esta la que hace que la propia acción constituya su propia recompensa y es por eso que las personas hacen sacrificios, incluso si el éxito inmediato no está a la vista. Únicamente quienes buscan el beneficio material actúan a la espera de resultados inmediatos y no por convicción.

Creo que el dogmatismo no se asocia sólo con la religión. Es una actitud mental más que un conjunto de creencias inmutables. Se puede encontrar dogmatismo en cualquier esfera de la vida, incluyendo social, política y cultural. Incluso los racionalistas pueden ser dogmáticos y muchos de ellos lo son en realidad. Es tan difícil hablar con ellos con una mente abierta sobre la religión como con cualquier persona con puntos de vista ortodoxos. También distingo entre el dogmatismo de la gente común y el de muchos eruditos. La gente común tienden a ser dogmáticos porque necesitan algunas creencias firmes y un sentido de seguridad más que por una actitud mental o debido a intereses asociados a ella. Los eruditos o los creyentes ortodoxos cultos defienden los dogmas religiosos no por convicción interna, sino por pereza mental o por causa de intereses asociados al dogma. Sea por la causa que sea, el aferrarse a dogmas sólo tiene resultados negativos.

Creo que cualquier acto que conduce al bien general de los seres humanos es un acto espiritual. El Profeta del Islam decía que alimentar a un hambriento es más meritorio que rezar toda la noche. También dijo que los ángeles no descienden en una localidad donde la gente se muere de hambre. Así pues, la verdadera espiritualidad está en servir al pueblo. De hecho, está al servicio de la creación entera. Por lo tanto, incluso el actuar para proteger el medio ambiente de la destrucción es un acto espiritual. La vida —ya sea vida humana animal o vegetal— sólo puede prosperar en un ambiente adecuado. Cualquier acto de destrucción del medio ambiente es un acto irreligioso.

Creo que el sectarismo religioso es una actitud nociva. La opinión de que lo que uno cree es definitivo y la única verdad y lo que otros creen se basa en la falsedad es la causa raíz de los conflictos sectarios. No sólo eso, uno debe tener la mente abierta, pero también debe respetar la integridad y la sinceridad de los demás creyentes. Creo incluso que quien no es capaz de respetar la sinceridad y la integridad de las creencias de los otros, no es capaz de tener un genuino respeto por sus propias creencias. Respetar las creencias ajenas y sus opciones espirituales e intelectuales es más importante que la simple tolerancia.

Creo, por lo tanto, que el cambio de convicción también debe ser respetado. El
cambio de convicción es, la mayoría de las veces, un resultado de la búsqueda de la verdad. Yo, por lo tanto, creo firmemente que cada persona debe tener el derecho de convertirse a cualquier otra religión o punto de vista sin ser molestada. Los que penalizan o atacan a los demás por esta causa están lejos de ser defensores de su propia fe. Creo que los fanáticos y los fundamentalistas hacen más daño a su propia religión que a la de los demás. Un verdadero amante de su propia religión siempre respeta la fe de los otros. La convicción profunda y verdadera en la propia fe nunca puede conducir al odio y a la falta de respeto hacia la fe de los demás.

Creo que el autoritarismo religioso es peor que el autoritarismo político, aunque ambos son igualmente condenables. El autoritarismo político conduce a la supresión de la libertad de expresión; el autoritarismo religioso, por el contrario, frena el crecimiento de la vida espiritual, genera el odio y el desprecio por los demás y destruye totalmente el verdadero espíritu de compromiso con los valores más elevados. Del mismo modo, la combinación de riqueza y religión por un lado y la del poder político y la religión por el otro, destruye todo lo que representa la verdadera religión. Tanto el poder como la riqueza no sólo corrompen, sino que producen arrogancia y esta lleva a la opresión. Por eso el Santo Corán condena enérgicamente a Faraón, quien representa la arrogancia del poder (istikbar), y apoya a Moisés, quien simboliza la liberación de la opresión y la sensibilidad hacia los sufrimientos de los más débiles (istidaf).

Creo que quien es verdaderamente religioso es altamente sensible a los sufrimientos de los demás, sobre todo a los sufrimientos de los más desfavorecidos. El sentimiento de compasión es fundamental para ser religioso. En todas las tradiciones religiosas, particularmente en las budista e islámica, Dios es la encarnación de la compasión. Quien carece de compasión y sensibilidad hacia los sufrimientos de los demás no puede decir que es un ser humano completo, y mucho menos una persona religiosa.

Creo que el Corán hace hincapié en cuatro enseñanzas centrales, sin las que no se puede ser un buen musulmán. Estas son: adl, ihsan, rahma y hikmah. Es decir: justicia, benevolencia, compasión y sabiduría. Así, una persona debe ser justa, benévola, compasiva y sabia para ser un buen ser humano. Una persona no puede ser considerada como espiritual por la mera ejecución de ciertos rituales. Hay que interiorizar estas cualidades.

También creo que una persona verdaderamente religiosa es bastante subversiva con el orden injusto establecido. Alguien que apoya un orden injusto, o permanece en silencio ante injusticias brutales no es, en mi opinión, en absoluto una persona religiosa. El silencio equivale a ser cómplice de los opresores y de los explotadores.

Una persona religiosa debe emprender el yihad contra todas las formas de injusticia. Incluso un sistema religioso puede llegar a ser muy opresivo y en ese caso uno debe luchar contra tal sistema. Quien se comprometa con semejante organización contamina su propia alma, ya sea por miedo o por ambición. El miedo y las ansias de poder destruyen la sensibilidad humana. El miedo conduce a la cobardía y la ambición hacia la insensibilidad, la opresión y la explotación.

Creo en la no violencia y me opongo totalmente a cualquier forma de violencia, pues esta destruye todos los valores humanos. La violencia podría ser el último recurso en caso de defensa propia. Pero ni siquiera la violencia defensiva debe tomarse como una licencia para matar. Si uno no puede crear la vida, no tiene derecho a destruirla. El respeto de la vida es la base de la sensibilidad humana. En mi opinión, la violencia no debe usarse ni siquiera con fines liberadores. La violencia liberadora pronto degenera en violencia opresiva. Una vez que tomas un arma no quieres dejarla. Las armas te dan más poder y quieres disfrutar de ese poder sobre los demás.

La violencia liberadora pronto se convierte en una juerga asesina en contra de los propios compañeros revolucionarios. La historia está llena de ejemplos. Tanto la Revolución francesa como la Revolución rusa —a pesar de que eran sin duda liberadoras— condujeron a la muerte innecesaria de cientos de miles de personas inocentes. Es cierto que el hambre y la privación (de necesidades básicas o incluso de la libertad) es una forma de violencia. Pero la violencia perpetrada por las armas es, en todo caso, peor que el hambre y las privaciones. Cualquier orden social o económico basado en la violencia no puede conducir a un orden justo.

Los extremistas en Cachemira recurrieron a la violencia en nombre de la Azadi (libertad), pero sólo consiguieron la muerte de más de 50.000 personas, ya sea en sus propias manos o en manos del ejército y las fuerzas de seguridad. Y están muy lejos de lograr su objetivo. Los métodos democráticos y pacíficos, aunque a veces el resultado sea largo y frustrante, son mucho más saludables para la sociedad y para el objetivo final. Yo, por tanto, creo firmemente en la transformación democrática. El problema de Cachemira estaría más cerca de solucionarse si los extremistas no hubiesen recurrido al uso indiscriminado de la violencia. Y lo mismo ocurre en el Noreste y otras partes de la India. La violencia destruye toda sensibilidad humana y convierte al ser humano en un monstruo insensible.

Creo que la explosión nuclear es el peor crimen contra la humanidad. Las armas nucleares tienen el mayor potencial para matar. Nadie con sensibilidad humana apoyaría jamás un proyecto de armamento nuclear, incluso en nombre de la seguridad. Todas las armas en general, y las armas nucleares en particular, pueden, en el mejor de los casos, crear una ilusión de seguridad, pero no son nunca una garantía real. La verdadera seguridad sólo se logra a través de la paz y el bienestar de las personas.

La historia también ha demostrado una y otra vez que estados fuertemente armados y con una población descontenta se derrumban como castillos de naipes a manos de atacantes menos poderosos. El movimiento real debe ser destruir todas las armas modernas, nucleares o no, y usar los recursos para la construcción de una sociedad pacífica y satisfecha en todo el mundo. Los más altos valores culturales sólo pueden basarse en la cultura de la paz y la no violencia. Es lamentable que mientras de cara a la galería alabamos la no-violencia, glorificamos como a héroes a quienes libraron guerras y mataron.

Creo firmemente en el pluralismo y en la diversidad. Creo que la uniformidad, ya sea de las creencias religiosas o políticas o de prácticas culturales, únicamente da como resultado la supresión de la creatividad humana. La creatividad humana sólo puede prosperar en un contexto de libertad y de diversidad. La libertad democrática sólo tiene sentido si se permite florecer la diversidad. La uniformidad estricta puede, y a menudo lo hace, conducir al fascismo. Yo, por lo tanto, creo en las tres des: democracia, diversidad y diálogo.

Creo que la democracia, la diversidad y el diálogo se sostienen y se refuerzan mutuamente. Si no hay diversidad no puede haber democracia. Y si no hay diálogo la diversidad no puede ser fortalecida. El diálogo es el espíritu mismo de la diversidad religiosa y cultural. Un auténtico diálogo puede llevarse a cabo sólo en el espíritu de la democracia. En primer lugar, el diálogo reconoce que el derecho de los demás a creer lo piensan está basado en sus convicciones internas. En segundo lugar, el diálogo no se lleva a cabo para convertir a otros a los propios puntos de vista, sino para comprender los puntos de vista de los demás. El diálogo sólo puede llevarse a cabo en un espíritu de humildad. Mientras la arrogancia impone, el diálogo debate. En una democracia las diferencias deben resolverse sólo mediante el diálogo y la discusión.

Creo en la unidad esencial de todas las religiones. Las diferencias son más aparentes que reales. El Corán no sólo acepta la verdad de todas las religiones que lo precedieron, sino que también enfatiza que no ha traído ninguna verdad nueva, que ha venido a confirmar la verdad existente. Acepto la doctrina upanishádica de que la realidad es una, pero sus manifestaciones son múltiples. Creo que todas las religiones son fuente de los más altos y más excelsos valores y que estos son más fundamentales en estas religiones que sus ritos y doctrinas teológicas.

Todas las grandes religiones (sea el hinduismo, el budismo, el jainismo, el judaísmo, el cristianismo, el Islam o el sijismo) hacen hincapié en ciertos valores que se complementan en lugar de contradecirse entre sí. Por ejemplo, el hinduismo y el jainismo hacen hincapié en la no violencia; el budismo enfatiza la compasión, el cristianismo el amor y el Islam la igualdad y la justicia. Todos estos valores son complementarios entre sí y por lo tanto, sirven de apoyo el uno del otro. La rivalidad entre estas religiones es promovida por quienes controlan las respectivas organizaciones religiosas. Los que no aspiran a controlar las instituciones religiosas no promueven ninguna hostilidad contra los demás. Los sufíes y los santos bhakti estaban más interesados en los ejercicios espirituales, nunca aspiraron al control de las instituciones religiosas y, por tanto, no se implicaron en polémicas religiosas. Mostraron respeto hacia los demás.

Creo que la pluralidad religiosa enriquece la vida espiritual y promueve la creatividad humana. Dios es el creador de esta pluralidad y por lo tanto, aquellos que buscan destruirla actúan contra su voluntad. Así, una persona verdaderamente religiosa debe tener carácter liberal y debe estar lejos de ser un fanático de sus creencias. Debe aceptar la pluralidad como una bendición de Dios. Cada religión ha hecho una contribución única a la cultura humana y a la civilización a través de su entorno espiritual, valores y conceptos teológicos.

Yo, por lo tanto, rechazo totalmente la teoría del choque de civilizaciones y creo que no son las civilizaciones, sino los bárbaros los que chocan. El choque de civilizaciones no puede ser sino político. Puede haber lucha de poder entre los que aspiran a controlar las instituciones de la civilización propia o las de otras civilizaciones, pero no puede haber choque entre las civilizaciones. Esta doctrina ha sido formulada deliberadamente para promover la hegemonía occidental y no debe ser tomada en serio. La gente amante de la paz que pertenece a distintas civilizaciones pueden refutar esa doctrina superficial viviendo en armonía y espíritu de cooperación entre sí, enriqueciendo la civilización humana en su conjunto.

Creo en la unidad de toda la humanidad y en la integridad de toda la creación. Si amamos a Dios debemos amar a todo el universo. El Corán ha descrito a Dios como Sustentador de todo el universo (Rabb al-Aalamin) y, por lo tanto, tenemos el deber de someternos humildemente a la voluntad de Dios y ser Sus humildes siervos en la preservación y el cuidado de la integridad de Su creación.

(Islam and Modern Age, Julio 1999)
Notas
1 Las Epístolas de los Hermanos de la Pureza son una colección de 52 textos escritos por los miembros de una cofradía dedicada al conocimiento, en la Basora del siglo X. El origen ismailí de esta obra no es más que un mito, aunque las Epístolas sí han jugado un papel en la tradición ismailí posterior. Ver Humanismo Islámico, de Ibrahim Albert Reyna (ed. Junta Islámica 2007) Nota del editor.
2 Existe edición castellana, editorial Trotta 2002 Nota del editor. 

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