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Libia: Entre Shebabs, islámicos y liberales

Por el momento, los rebeldes se sienten cómodos bajo el paraguas de la bandera tricolor

26/04/2011 - Autor: Alberto Pradilla - Fuente: Rebelión
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Por el momento, los rebeldes se sienten cómodos bajo la bandera tricolor. (Foto: es.noticias.yahoo.com).
Por el momento, los rebeldes se sienten cómodos bajo la bandera tricolor. (Foto: es.noticias.yahoo.com).

Ahmed es un tipo de dudosa procedencia que conduce un coche robado a la Policía libia y que se ha reconvertido de miliciano a chófer de periodistas para poder lucir un carnet con su foto. Saleh El Mistratah dirigió una empresa petrolífera y ahora se pasea por la retaguardia del frente con un arma que probablemente nunca haya disparado. Mahmoud Jibrill es un economista con responsabilidad en las privatizaciones desarrolladas por el régimen de Muamar al Gadafi pero que ha cambiado de bando y trata de liderar a los mismos a quienes él ayudó a empobrecer.

Todos ellos enarbolan la bandera tricolor de los rebeldes libios. Y todos ellos constituyen una parte de la respuesta a esos grandes interrogantes que se plantean desde que se incendió el país: qué se esconde tras el carácter armado de la revuelta, cuál es el poder real de los islamistas o hasta dónde llega la ideología del Consejo Nacional de Transición.

La revuelta contra Gadafi no se puede describir con brocha gorda. Su nexo de unión: estar hartos, hartísimos, de un dictador que ha terminado amenazando con perseguir «callejón a callejón» a todos sus opositores. Entre sus heterodoxas filas pueden encontrase desde jóvenes hastiados del régimen hasta islamistas que no perdonan la represión con la que el coronel castigó a las mezquitas. Aunque la distancia que separa a los combatientes de los miembros del Consejo Nacional no se mide únicamente en kilómetros. Especialmente, teniendo en cuenta que las instituciones rebeldes están encabezadas por personas que abandonaron su despacho oficial en Trípoli para liderar la revuelta. Algunos, como Mahmoud Jibrill, con escala previa para obtener el beneplácito de las delegaciones occidentales.

«Cuando comenzaron las protestas yo estaba en Bengasi. Eran pacíficas. Pero luego llegó la Policía y comenzó a disparar contra nosotros». Saleh El Mistratah aparenta ser un dandy de la revolución. Viste todo lo impecable que puede en el checkpoint instalado en la entrada de Ajdabiya y ofrece su tarjeta de visita que le acredita como antiguo director general de Atlas Al Sahara, una compañía de servicios petrolíferos.

«El ejército nos ayudó, se negó a atacar a sus hermanos. Así que nosotros asaltamos las armerías para poder defendernos», explica. Diversos analistas han tratado de marcar una línea roja que separe las revoluciones de Túnez y Egipto con lo que ocurrió en diversas ciudades libias el 17 de febrero. Pero conversar con estos chavales reconvertidos en guerrilleros ayuda a romper algunos tópicos.

«En Libia no hablamos inglés, no tenemos doctores. ¡Ni siquiera nos permitían tener hobbys!». Fawaz Mizmari, de Bengasi, representa el argumentario básico: con Gadafi, nada. Sin él, está por ver. Los shebabs (jóvenes) como Mizmari, o como El Mistratah, han sido, hasta hace cuatro días, los señores del frente. Los que más han arriesgado y los que simbolizan el entusiasmo revolucionario, en ocasiones caótico y con poca reflexión hacia el futuro. Entre ellos, un amplio abanico de estudiantes, parados o empleados de cualquier sector. Como Islam, un chaval de 25 años que reconoce que «no me gusta empuñar un fusil. Pero confío en que el futuro sin Gadafi me traerá una vida mejor». Junto a él, el resto de su batallón: Fares, Walid, el capitán Khaled y Taxi. No hace falta preguntar a qué se dedicaba antes de convertirse en miliciano.

El carácter popular que inició la revuelta está cambiando conforme se enquista el conflicto. Porque, tal y como admite Ahmed Khalifa, portavoz militar de los sublevados, «la desorganización ha sido uno de nuestros problemas». Ahora, algunos oficiales, al mando de Abdelfatah Younis, tratan de imponer algo de orden en el frente. Pero resulta evidente que, sin la participación de la OTAN, esta voluntariosa pero caótica banda no hubiese tenido ninguna opción frente a un ejército profesional como el del coronel Gadafi. «Esta revolución no es por dinero. Solo queremos ser libres, poder decidir». Nareman es una joven estudiante de estadística que se manifiesta diariamente en la plaza de los Juzgados de Bengasi. La libertad, en abstracto, es la principal reclamación que se escucha, tanto en el campo de batalla como en la retaguardia. No existen partidos políticos, nunca los ha habido. Así que la organización social es un terreno por explorar, al margen de unas tribus magnificadas en la prensa pero que son «cosa del pasado» según Walid Salah, de Tobruk, que insiste en que «eso es algo que le preocupaba a mi padre, pero mis hijos ya ni lo mencionan».

Libia es un país tradicional. Como reconoce Mustafá Gheriani, un antiguo empresario que ejerce como portavoz para los medios, «somos conservadores». Y en este punto, cobra especial relevancia el papel del Islam. Además, no se puede olvidar que fueron los islamistas quienes padecieron el grueso de la represión gadafista. Ahora, son mucho más visibles. En lugares como Derna, al este del país, la mezquita es centro neurálgico. En Bengasi, las concentraciones siempre incluyen el rezo. Y en el frente, el «Allahu Akbar» (Dios es grande), es el grito de guerra. Una proclama que sirve para cualquier momento. Da igual que sea cuando se avanza desordenadamente para ganar algunos metros al ejército de Gadafi que en el momento en el que la artillería del coronel pone a todos en retirada.

Paradójicamente, tanto la OTAN como Gadafi han acusado a los rebeldes de acoger a miembros de Al Qaeda. Por eso, existe preocupación cuando un fotógrafo trata de retratar a un combatiente que reza en el frente o a un guerrillero excesivamente barbudo. Otros se lo toman a broma y, en presencia de las cámaras, señalan a cualquier compañero islámico y, entre risas, le acusan de ser familiar de Osama Bin Laden. Ante la insistencia en preguntar por los extremistas religiosos, Saleh Al Misratah zanja la conversación con un argumento de peso. «Si casi todos fumamos hachís y bebemos grappa, ¿cómo vamos ser de Al Qaeda?».

En este contexto, resulta difícil hablar de ideologías. Abdalá el Hanid, un hombre barbudo que ronda el medio siglo de vida y que pasea por un checkpoint en Ajdabiya, apunta algunas pinceladas. «Queremos una democracia liberal, no una dictadura. Gadafi era socialista e intentaba hacer a todos iguales. Aquí un partido comunista no tiene sitio», asegura. Mustafá Gheriani también habla de «democracia liberal, Constitución, separación de poderes y multipartidismo». El problema es que, ni siquiera ahora, han asomado partidos que pretendan representar a algún sector del bando rebelde.

No obstante, tampoco parece que los echen de menos. La mayoría de opositores simplemente quiere acabar con Gadafi y tampoco ha analizado excesivamente quién está acaparando el poder en el territorio rebelde. El día a día marca la agenda, y las preocupaciones de la población están en Misrata, asediada por las tropas del coronel, o en los bombardeos de la OTAN, a quienes acusan de no castigar lo suficiente al ejército libio. Así que se registran pocos casos como el ocurrido el miércoles en el hotel Ozo, el lugar donde se realizan las grandes ruedas de prensa. Allí, un joven fue expulsado de la sala de conferencias cuando increpó al jefe del Estado mayor rebelde, Abdulfatah Younis, acusándole de «tener las manos manchadas de sangre» por su pasado gadafista. «La gestión la está desarrollando gente que llega del sector privado. Personas que se ocupan de que todo vaya bien, de que funcionen los hospitales, de que pueda comerciarse con el petróleo». Mustafá Gheriani define de este modo a los integrantes del Consejo, liderado por el ex ministro de Justicia del régimen, Mustafa Abdel Jalil. Ante un bando rebelde sin tradición política y con vacío de poder, antiguos colaboradores de Gadafi se han sumado a la rebelión como maquinistas. Es el caso de Mahmoud Jibril, nombrado primer ministro y principal cabeza visible del gabinete de crisis rebelde. Ahora, gestiona los terrenos en manos de la tricolor. Hace cinco años, dirigía el NEBD (National Economic Development Board, en sus siglas en inglés), el principal agente de privatizaciones libio y responsable de la caída del nivel de vida en el país africano. Nadie puede obviar que es este el sector que ha logrado el apoyo de Occidente. Lo que se desconoce es la contrapartida que exigirán las potencias que han intervenido.

«Ahora la prioridad es liberar todo el país», señala Mustafá Gheriani, que resta importancia al hecho de que no exista ningún tipo de organización política al margen del Consejo. Eso vendrá luego, asegura. Por el momento, los rebeldes se sienten cómodos bajo el paraguas de la bandera tricolor (verde, negra y roja, que se utilizó durante la monarquía a pesar de que no se escuchan proclamas que reivindiquen ninguna corona) y el rostro de Omar Al Mukhtar, el héroe de la independencia libia. Pero llegará el momento de la división. Eso, si triunfa la revuelta. Y será entonces cuando quienes se estructuran en torno al Consejo tendrán que demostrar que no olvidan a esos shebabs que, desorganizadamente, simbolizan mejor que nadie la revuelta.

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