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Las grandes ciudades portuarias, protagonistas de la historia del Mediterráneo

El Mediterráneo Oriental es un constante foco de violencia e inestabilidad

24/04/2011 - Autor: Tomás Alcovero - Fuente: blogs.lavanguardia.es
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Puerto de Birut. (Foto: espanol.vacationstogo.com).
Puerto de Birut. (Foto: espanol.vacationstogo.com).

Entre 1945 y el hundimiento del comunismo, el Mediterráneo ha sido uno de los principales espacios disputados entre el Occidente liberal y el bloque del Este. Pero ha sido también uno de los lugares privilegiados para expresar aspiraciones neutralistas. Con la creación en 1948 de Israel, cuya moderna ciudad de Tel Aviv construida apresuradamente por los judíos que llegaban de Europa es una nueva imagen de las urbes mediterráneas, alejada de la historia de sus grandes metrópolis, se exacerban los conflictos armados entre el nuevo estado judío y los países árabes. Las ambiciones de las potencias occidentales de las explotaciones petrolíferas de la peninsula arábiga, del Golfo Pérsico, de Irak con los oleoductos que posteriormente se construirán en el levante mediterráneo en Haifa, en Trípoli, el control de las rutas marítimas, la carrera armamentista, han hecho que esta región se convirtiese en un campo de enfrentamientos y maniobras militares. Con la fuerza del islamismo radical que también ha surgido en la tierra en que nacieron las tres grandes religiones monoteístas, el Mediterráneo Oriental es un constante foco de violencia e inestabilidad.

Hoy las dos riberas continúan alejadas, con profundas desigualdades de su nivel de vida entre las poblaciones del sur y las del norte, que provocan constantes emigraciones hacia Europa. No hay ninguna duda que el ímpetu económico del Viejo Continente se ha conseguido gracias a la aportación de la mano de obra del cinturón de pobreza mediterránea.

Hay percepciones opuestas en una y otra orilla. Las tentativas de modernización expresadas sobre todo en los grandes ámbitos urbanos del sur, perturban las sociedades tradicionales musulmanas. Las poblaciones árabes no comparten completamente la conciencia mediterránea, acuñada en Europa. En el inconsciente colectivo de los pueblos del Islam, el Mediterráneo -el Bahr el Rum o mar de los cristianos- es el horizonte por el que llegaron los “cruzados”, los ejércitos conquistadores, los agentes de una modernidad laica y extranjerizante. Es muy significativo que en la literatura y arte árabes, a diferencia de las europeas -aquí habría que recordar la critica al “orientalismo” hecha por Edward Said- no se presta mucha atención al Mediterráneo, a sus gentes, costumbres y paisajes. Con frecuencia la política mediterránea europea, suscita suspicacias.

Las poblaciones del sur viven entre la tentación de ensimismarse y la necesidad de abrirse a las formas plurales de la denominada globalización.

El Mediterráneo, más allá de especulaciones políticas e ideologías, se ha convertido en una de las regiones del mundo con más tensiones migratorias entre sus orillas del sur y del norte. Por un lado hay fascinación y por otro temor a un éxodo multitudinario. Las grandes diferencias entre el norte y el sur, como las que hay entre Israel y los árabes, hacen difíciles los esfuerzos del diálogo. Algunas de estas ciudades portuarias se han pauperizado, viven en una crisis social casi permanente con la afluencia de inmigrantes, refugiados, extranjeros. Estambul que aspira a ser el gran centro del sureste del Mediterráneo, por encima de Atenas con el Pireo, y anhela su integración política y económica con Europa, ha sufrido el fenómeno de la ocupación ilegal de solares en los que se ha establecido una gran parte de su nueva población urbana. Alejandría, Argel, están rodeadas de populosas y pobres zonas periféricas. Ya hace años Jean y Simona Lacouture habían escrito que “la soledad y el silencio son un privilegio en El Cairo”. A partir del año 1970. se han ido formando en torno a Beirut suburbios con musulmanes chiitas, procedentes del sur que llegan no solo en busca de una vida mejor sino ahuyentados por las frecuentes represalias israelíes, desde el tiempo en que los combatientes palestinos contaban con sus bases guerrilleras en la frontera. Ahora se han convertido en la sólida base sociológica del Hezbollah. La islamización de estas poblaciones es patente. ¿Qué perdura del espíritu de estas ciudades, de su estilo arquitectónico, de su carácter “exótico ” tantas veces descritos por los “orientalistas” europeos?

No sé cuántas veces he viajado en avión por el Mediterráneo de un extremo a otro, de Barcelona a Beirut y viceversa, sobrevolando Chipre, paraíso de turistas árabes y europeos, la pequeña isla griega de Kea con sus viejos molinos restaurados por los residentes extranjeros en estos largos veranos que son fiesta del cuerpo. Durante cuatro años, crucé en transbordador de Patrás a Brindisi el mar Adriático y atravesando Italia en automóvil, embarcaba de nuevo del puerto de Génova a Barcelona. Nacido en Barcelona, una ciudad que entonces daba las espaldas al Mediterráneo, ensimismada y pobre bajo la dictadura, y en cuyas ramblas, ya menos canallas que las que describieron escritores franceses como Carco, Pierre de Mandiargues, o Genet, se pavoneban los marines de la Sexta Flota norteamericana del brazo de las prostitutas, hice más tarde de Beirut, mi ciudad. “Beirut- escribí- porque estalla en el aire como un castillo de fuegos artificiales y queda agarrada firme en la orilla del mar, porque es la frontera entre todos los sentimientos y esto tan superficial que son las ideas, porque es el infierno, la imaginación la esperanza, Beirut porque cada día, parece morirse irremisiblemente y surge después en otra aurora roja, porque todos la desahucian y nadie la arranca de su corazón la he elegido mi ciudad”. Conocí aun sus años prósperos cuando se convirtió en mito tanto para las numerosas colonias occidentales, apagados los fulgores de Estambul, Alejandría, Tánger, como para los habitantes de los países orientales. En Jartum, en Bagdad, la llamaban “la novia de los árabes”. Los príncipes de los estados del Golfo se hicieron construir sus residencias estivales en las frescas colinas de sus alrededores. La juventud dorada de los pueblos del Islam encontraba en la ciudad la libertad de costumbres, la fascinación de Occidente. Los europeos, los americanos, los japoneses en la suavidad de aquella sociedad permisiva, se convencían de que todo era posible en El Líbano porque todo estaba al alcance de sus manos.

Desde el balcón de mi piso del barrio de Hamra, cabe al Hotel Commodore durante años el hotel de los corresponsales de prensa, ví i en 1982 cómo salían en camiones los últimos guerrilleros de Arafat para embarcar hacia otro exilio. Durante el reino de las milicias las luchas de la calle fueron frecuentes.

Casi en cuatro décadas he visto pasar combatientes palestinos, y libaneses, soldados sirios evacuados en el 2005, patrullas del ejército regular con sus obsoletos carros de combate desplegados en la primavera de hace dos años al tomar Hezbollah y sus aliados, las calles vecinas. Las palomas van dando vueltas como siempre en torno al edificio en sus domesticados vuelos matinales. Quedan las fechas, las emociones escapan. Solo con imágenes es posible describir esta ciudad del Mediterráneo martirizada por guerras inciviles, por la invasión y los bombardeos de Israel, por el terror. Desde 1975 a 1990 la capital fue dividida por las barricadas de la larga calle Damasco en una zona cristiana y otra musulmana. Beirut se convirtió en campo de batalla. El Líbano, es fácil palestra de toda suerte de injerencias extranjeras, sean regionales o internacionales. Es la caja de resonancia de todas las luchas del Oriente Medio, desde el conflicto palestinoisraelí hasta el forcejeo de Irán y Occidente.

En los años sesenta, cuando era la “ ciudad alegre y confiada” del Mditerráneo Oriental, las cafeterías de Hamra hervían de conspiradores, revolucionarios, exilados políticos de los países vecinos que maquinaban sus conjuras. Beirut ha sido un laboratorio de ideologías, desde el panarabismo, las doctrinas socialistas y marxistas hasta un trasnochado fascismo inspirado en la Alemania hitleriana. Descrita por Samir Kassir como ciudad árabe, mediterránea occidentalizada vive sobre una frágil frontera, es una rara “Ave fénix” que revolotea por encima de todas sus guerras en esta orilla del mar.

En estos años he padecido el hundimiento de esta capital, aunque también me ha asombrado su infatigable vitalidad, nunca arrancada por las armas, y he asistido a la pujanza, al triunfo internacional de Barcelona tras sus Juegos Olímpicos de 1992, un año ante de que en Washington se iniciase la entonces tan anhelada negociación de paz entre Israel y la OLP. La metrópoli catalana ha ganado con tenacidad la confianza de los pueblos mediterráneos. Fué hace siglos el establecimiento de los “Consolats de Mar” que llegaron hasta ciudades orientales como Trípoli, hoy segunda ciudad de la republica libanesa, lo que ya dio fe de su afirmación marítima. Josep Carner, príncipe de los poetas de Catalunya, cónsul de España en Beirut en 1935 escribió: “El desierto ha creado el monoteísmo que es la flor del pensamiento humano, el mar ha sido sustentador de la unidad del mundo. Es encima de la tierra firme que sois independientes, es sobre el mar que sois libres”.
 

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