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Sobre laicidad y manipulación

Tariq Ramadan habla sobre su demonización, sobre laicidad, sobre los mass media y el islam...

23/04/2011 - Autor: Antoine Perraud (Mediapart) - Fuente: Viento Sur
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Tariq Ramadan.
Tariq Ramadan.

Tariq Ramadan, que estuvo de paso en París, nos recibió en un hotel de la plaza
République. Sus detractores, convencidos de que cada palabra y cada gesto suyos son tributarios de un doble lenguaje, verán en ello un indicio suplementario de la duplicidad del personaje. Después de todo, los hay que llevan la desconfianza tan lejos como para señalar que es tocayo y por tanto heredero de aquel Tariq ibn Ziyad que conquistó la Península Ibérica en 711, hace ahora exactamente 1.300 años, y que dio su nombre a Gibraltar (derivado de yebel Tariq, la montaña de Tariq). Incluso se han manifestado dos o tres censores atentos que han hecho notar que la mujer de Tariq Ramadan, una francesa convertida al islam, se llama Isabelle, por lo que sin duda su marido deberá estar interesado en ¡destronar a Isabel la Católica!

En suma, según ellos, Tariq Ramadan es el diablo y para entrevistarle hace falta un micrófono muy largo. Por suerte existe la miniaturización electrónica y el reportero de Médiapart ha acudido a la cita con un pequeño magnetófono y despojado de las prevenciones más ofensivas para grabar las palabras de un “apestado”.

Entre la primera y la segunda vueltas de las recientes elecciones cantonales en Francia, Jean-François Copé, secretario general de la UMP, consiguió que los dirigentes socialistas Martine Aubry y Laurent Fabius retiraran su firma de una petición lanzada por las revistas Le Nouvel Observateur y Respect Mag “contra el debate-juicio sobre el islam” lanzado por la UMP so pretexto de defender la laicidad. ¿Por qué motivo? Pues porque Tariq Ramadan, repulsivo nacional, figuraba en la lista. Su presencia simplemente molestaba…

Se diría que en Francia han emitido una fatua contra usted…

Tariq Ramadan: En todo caso existe una excepción francesa, que he podido sufrir en carne propia. Me informan incluso de que París está presionando a escala europea para que me expulsen de diversas instancias. En Francia hay todo un despliegue contra mí desde el otoño de 2003, es decir, desde la publicación de mi artículo titulado Crítica de los (nuevos) intelectuales comunitarios y de mi debate, en France-2, con Nicolas Sarkozy, por entonces ministro del Interior y de los Cultos. Francia es actualmente uno de los únicos países del mundo en que tengo prohibido prácticamente pisar las universidades.

En Estados Unidos estaban crispados contra usted bajo el anterior presidente…

Efectivamente, me anularon el visado en agosto de 2004, en tiempos de Bush, por decisión del secretario adjunto de Defensa, Paul Wolfowitz, y del vicepresidente Dick Cheney. En enero de 2010, Hillary Clinton y el entorno del presidente Obama deshicieron el entuerto y la semana que viene voy a EEUU, donde gozo de plena libertad de expresión. Por tanto, Francia ya es el único país donde soy objeto de una demonización perpetua.

¿A qué atribuye usted esta “demonización”, visto que no quiere emplear la palabra “fatua”?

Esta palabra, sin embargo, me hace gracia y me parece bien elegida, porque designa una opinión que en la práctica tiene valor legal; una opinión transversal (que prevalece tanto en la derecha como en la izquierda) y política…

Francia tiene un contencioso con el fenómeno religioso, la laicidad y la nueva presencia musulmana. Yo no vengo de los suburbios ni soy representativo de los exiliados económicos, pero he tomado la palabra para explicar su realidad. Y he tocado el nervio sensible de Francia, país que sufre hipertrofia de presencia musulmana. Me han hecho pagar por esta realidad que se niegan a ver, sobre todo porque enseguida dije que la cuestión no es religiosa, sino social.

También he pagado el precio de mi posicionamiento en la cuestión israelo-palestina. Han intentado, a izquierda y derecha, tacharme de antisemita. En vano. Simplemente critico que demasiados intelectuales leen aquí los fenómenos franceses e internacionales a través del prisma de su apoyo a Israel. También he criticado la afirmación de Alain Finkielkraut de que el nuevo antisemitismo es árabe. Rechazo toda generalización abusiva. De todos modos, hace ya diez años reconocí que hay antisemitismo en las comunidades musulmanas y árabes y que hay que criticarlo. Concluí ese texto escribiendo que el futuro pertenece a quienes logran desasirse de su pertenencia comunitaria para llegar a principios comunes.

Sus problemas con Francia tienen que ver tal vez con cuestiones de memoria histórica, donde entra en juego el recuerdo de las guerras coloniales…

Es verdad, Francia no ha resuelto su relación con Argelia ni con el mundo árabe. Me marginan del foro intelectual francés como representante de aquel ente colonizado.

Aunque aparentemente consigue usted zafarse con esa elegancia que sus enemigos perciben como un signo adicional de trapacería…

Sí, me acusan de mantener un doble lenguaje, según un discurso estereotipado que retoma fragmentos ya proferidos en relación con la presencia judía en Francia, denunciando su doble lealtad, la internacional judía, etc. Es imposible discutir sobre ideas mientras me lanzan tan graves reproches sobre la moratoria de la pena de lapidación, sobre mi condición de nieto de Hasán al Banna, fundador de los Hermanos Musulmanes en 1928 en Egipto…

Ahora bien, ¿qué digo yo en Francia a mis oyentes musulmanes que abarrotan las salas? No hace falta que dejéis de ser vosotros mismos para ser franceses. No pidáis a Francia que cambie, sino que aplique sus propias reglas de modo coherente… Me opongo a que el islam se someta en Francia al control de Nicolas Sarkozy que, ayer como ministro del Interior, hoy como presidente de la República, pretende hacerse pasar por mufti de los musulmanes. No está allí para llevar la voz cantante, sino para velar por que se aplique la ley de modo coherente. Yo molesto porque animo a los franceses de confesión musulmana a reclamar dignidad, igualdad y autonomía con respecto al poder.

Le toman por un instrumento: en Francia le ven como caballo de Troya islamista; Gran Bretaña le considera una especie de infiltrado en una comisión creada por Tony Blair para erradicar el extremismo radical musulmán…

No tenía noticia de este punto de vista británico…

¿Le molesta que le atribuyan esta función instrumental y supletoria?

Aparezco, sobre todo en el mundo universitario británico, como la voz de la razón, de la reforma, de la instalación: aquel que calmará a quienes rechazan toda cooperación posible con el gobierno. Siempre he sido un puente. Jamás me he negado a reunirme con responsables políticos.

En Francia, el año pasado, estuve hablando con ocho de ellos, tanto de izquierda como de derecha. No le diré con quién, pues no desean que se sepa. Uno de ellos me confió que si se reunía conmigo era porque no tenía ningún mandato. Se sabe qué tipo de población me escucha, me consultan con una genuina voluntad de comprender y, al mismo tiempo, se participa en mi demonización pública. Esto es lo que ocurre en Francia…

Cuando firmó usted la petición del Nouvel Observateur, ¿sabía con quién coincidiría?

No, firmé un texto sin preocuparme de los demás firmantes. Para algunos de sus defensores, la laicidad es tan intocable como una religión.

Usted, en nombre de lo sagrado, ¿reclama la adaptación de esa ley que rige en el espacio público?

He cambiado. En 1992, en Le Monde, preconicé una laicidad abierta, capaz de negociar para dejar sitio al islam, un recién llegado desde 1905.

Entonces reclamó la autorización del velo y de los cementerios orientados a La Meca.

Yo creía en efecto que la laicidad se oponía a esas medidas. Estaba equivocado. Reflexionando con la Liga de la Enseñanza o con especialistas como Jean Bauberot, he comprendido que no había ninguna necesidad de negociar, porque la laicidad ofrece un margen de aplicación mucho más amplio.

Gracias a Jaurès, con motivo de los debates que hubo hace ya un siglo en la Cámara de Diputados…

Eso es. Émile Poulat, a quien he leído, me ha hecho comprender que no hay que confundir la laicidad legal, es decir, su institucionalización mediante una ley que ofrece un amplio margen, con la ideología laica de algunos, que atribuyen a la laicidad lo que ninguna ley estipula. La visión amplia y generosa de Jaurès ha prevalecido, efectivamente, sobre una lectura restrictiva, que confunde laicidad con cuestionamiento de la religiosidad. La vuelta al texto de la ley me ha permitido descubrir que el margen de maniobra ofrecido en su día a los católicos, protestantes y judíos, permiten hoy a los musulmanes encontrar su camino.

¿Denuncia usted por tanto un integrismo laico?

En esta cuestión me uno a Jean Bauberot. La aplicación de las leyes relativas a la laicidad está vinculada a las percepciones que suscitan aquellos a quienes se aplica el texto. Cuando uno confía en el sujeto al que se dirige la legislación, se muestra inclusivo; cuando desconfía de él, adopta una actitud protectora, es decir, se presta a una lectura superprotegida de la laicidad que desnaturaliza su espíritu en el caso concreto del islam.

Así que he acabado proponiendo que se aplique la ley tal como está redactada. En cuanto al uso del pañuelo, me han acusado de querer cambiar la ley. ¡Falso! Al fin y al cabo, es la República Francesa la que ha cambiado la ley, en 2004, para darle una formulación más restrictiva con respecto a los signos religiosos (apuntando sobre todo al pañuelo). Antes, la ley francesa no planteaba en su letra ningún problema por el hecho de llevar pañuelo en la escuela. Soy legalista. Una vez votada esa ley de 2004, dije a las jóvenes musulmanas: entre la escuela y el pañuelo, elegid la escuela.

En cuanto a los cementerios, cuando los musulmanes reclaman lo que ya tienen los católicos, los judíos y los protestantes, se les acusa de reclamar una especificidad musulmana. Se trata de lecturas restrictivas que hacen que existan tratos diferenciados. Mi postura consiste en pedir, desde 1997, que se aplique la ley, nada más que la ley y toda la ley sobre la laicidad. Así lo escribí en mi libro Mi visión del Islam occidental (Ed. Kairós, 2011), pero a quien no quiere entender…

La descristianización fue la consecuencia lógica del oscurantismo de la Iglesia. ¿Por qué el oscurantismo de la Mezquita no podría inducir una desislamización?

Las mezquitas no representan, para el islam, lo que representa la autoridad eclesiástica para el catolicismo. Sin duda hay en Francia imanes llegados directamente de los países de origen, completamente desconectados de la realidad europea y francesa.

Los viernes se les hace caso, pero no tienen ninguna autoridad sobre la vida cotidiana de sus fieles. En cambio, existe un tejido asociativo musulmán sumamente dinámico, que tiene una capacidad de movilización fenomenal, acompasado por el calendario: cada viernes se reúnen cientos de personas, y el resto de la semana, lejos de las mezquitas, pero cerca de los fieles, se lleva a cabo un verdadero trabajo de concienciación. Existe un dinamismo vinculado a la pertenencia.

Parecido al que ofrecía, hasta la década de 1970, el Partido Comunista francés, con el ritual laico de las reuniones de célula.

No conozco bien ese fenómeno… Desde el punto de vista del tejido asociativo y de la movilización ideológica, sin duda es posible establecer paralelismos. La única diferencia se refiere al simbolismo religioso: en Francia, hoy, ser musulmán no es nada fácil. Todos los días te lo restriegan por la cara. De ahí un fenómeno muy conocido: te golpean y eso te da cierta energía. Después hay una cosa imprevista, y es que en todos los países europeos, no hay desislamización, sino reislamización. El retorno a la práctica religiosa es más importante entre los estudiantes que entre los sectores más depauperados. Por tanto, la religión no es el último recurso (el famoso opio del pueblo) de la gente privada de esperanza. La religión no se puede reducir a ese bastión. Es asimismo un elemento de construcción intelectual de una juventud instalada. Por tanto, asistimos al surgimiento de conciencias francesas de confesión musulmana, intelectualmente preparadas para participar en el debate. En este sentido, yo no soy más que el árbol que no deja ver el bosque que brota por todas partes en Francia y en Europa.

Este fenómeno en el norte del Mediterráneo coincide, en el sur, con unas revoluciones árabes con consignas decididamente universales, por no decir desislamizadas…

Todos asistimos a los viernes de la libertad. No se trata simplemente de un hecho religioso, pero el hecho religioso moviliza y galvaniza la posibilidad de mantener un discurso que superará la pertenencia religiosa e incluirá, por tanto, pongamos por caso, a los coptos en Egipto. No son los islamistas los que han protagonizado las revoluciones, pero estas no se dirigen contra el islam. Por eso digo en Europa que hay que apoyarse en lo que está ocurriendo en el mundo mayoritariamente musulmán para demostrar a los islamófobos que se equivocan en la medida en que aquí también se defienden consignas universalistas.

Ahora bien, muchos jóvenes franceses musulmanes me cuentan cómo se dirigen al Partido Socialista o incluso a la UMP con una idea abierta de ciudadanía en la cabeza para verse frustrados: les perciben únicamente como musulmanes y árabes… La pertenencia al islam parece tener más importancia que los valores universalistas, a pesar de que estos son comunes: este es el problema de Francia.

¿Así que usted no aspira a islamizar la modernidad?

Ya he contestado a esto en L’Islam radical. Quiero ser a la vez plenamente musulmán y plenamente moderno. ¿Por qué iba a tener yo un problema con la modernidad y su definición? ¿Acaso es ajena a mis referencias? No soy menos musulmán por el hecho de que no rehúyo los retos de la modernidad, que para mí no es un coto vedado exclusivamente occidental, sino que representa la capacidad de vivir con los tiempos que corren, en todos los aspectos: económico, político, intelectual, etnológico y cultural.

La modernidad, de todos modos, puede favorecer reacciones arcaicas, como en el caso del piadoso ingeniero saudí que ha inventado un coche que, cuando se cierran las puertas, en vez de emitir advertencias de seguridad, recita suras del Corán…

Lo que usted llama arcaismo abarca también principios fundamentales, o preguntas sobre esos principios. En La réforme radicale, éthique et libération, que publiqué en 2009, explico que hay que acabar con la obsesión musulmana por la norma y volver a los fines. Esto consiste por tanto en desplazar el centro de gravedad de la autoridad en el islam. Hay que emprender proyectos de reforma de manera que especialistas musulmanes y no musulmanes elaboren conjuntamente una ética sobre las cuestiones de medicina, de cultura, relativas al lugar de las mujeres, o a la economía. Estoy en contra de la idea de que existe una economía islámica. Estoy a favor de una ética islámica en economía. Entonces nos acercaremos a las éticas cristianas, ateas, o marxistas. Nadie me pregunta jamás sobre estas cuestiones en Francia, cuando he hecho una gira por universidades de EEUU para tratar estas cuestiones y esto me ha permitido crear una red de estudiantes capaces hoy de trabajar en torno a estas problemáticas.

Cuando los musulmanes en el siglo XIII se sintieron dominados, en minoría, su primer reflejo, intelectualmente comprensible, pero alarmante, consistió en aferrarse a la norma, la manera clásica de protegerse que tienen las culturas y las religiones.

De pronto la confianza, que había hecho del islam una civilización del saber y del arte, desapareció en beneficio de una civilización de la resistencia a través de la norma. ¡Es hora de salir de esa coraza!

¿Puede contentarse una religión con ser minoritaria, en particular el islam, que  se fundó en una dinámica expansiva?

Por un lado está el problema, internacional e histórico, de sentirse dominados por Occidente. Por otro tenemos la situación de los musulmanes en las sociedades occidentales, que han desarrollado una conciencia de minorías. Por tanto, tenemos que librarnos de dos disposiciones intelectuales agravantes. La primera es la de la víctima: ¿cómo cesarán los ciudadanos europeos de confesión musulmana de ser simplemente objetos de la percepción del otro para convertirse en sujetos de su historia? ¿Han de reconciliarse con la posición de sujeto, individualmente? Porque hay un individuo musulmán, a quien no mezclo con el colectivo. Existe una primacía del individuo, incluso en la tradición religiosa: «Un día estaréis solos», nos dice el Corán…

Además de librarse de la condición de víctima para convertirse en sujetos de derecho, de inteligencia y de autonomía, hay que abandonar, efectivamente, la condición minoritaria. Si uno ha comprendido la laicidad y la secularización, no interviene en el debate desde un punto de vista minoritario: no existe la ciudadanía minoritaria, cada uno habla de igual a igual. La cuestión del hecho religioso también debe abordarse de igual a igual, en calidad de ciudadanos. Sin embargo, los políticos mezclan los géneros. Se apoderan de una noción que teóricamente nos sitúa a todos en pie de igualdad, la laicidad, ostentando su condición de representantes de un hecho cultural o religioso mayoritario. Esto tiene que acabar.

¿Aprueba usted la intervención en Libia?

En su día condené la invasión de Iraq, pero también denuncié la no intervención en Gaza. Frente a la masacre que se cernía sobre Bengasi, pensé que había que hallar una solución. Una zona de exclusión aérea como mínimo. Había que fijar los límites, las condiciones y las perspectivas de una intervención. Me temo, no obstante, que algunos han llevado hasta el extremo el compás de espera para intervenir en último momento, pues entonces han tenido las manos libres. La manipulación era evidente.

Toda discusión con vistas a acotar su intervención resultó imposible debido a la premura de tiempo. La necesidad de interponerse es indudable, pero la manera en que se llevó a cabo no es casualidad…

4/4/2011
Antoine Perraud (Mediapart)
Traducción: VIENTO SUR
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