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Desde la táriqa del corazón (XXI): Llevamos un Mundo Nuevo en Nuestros Corazones

Es el corazón liberado, y no el fuego que le forja, quien consuela las lágrimas del dolor, quien comparte su pan y colabora en el mejor reparto

19/04/2011 - Autor: Sáleh Abdurrahim ‘Isa - Fuente: Webislam
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Llevamos un Mundo Nuevo en Nuestros Corazones

Bismil-Lahi r-Rahmani r-Rahim…

“Y, en verdad, esta comunidad vuestra es una sola comunidad, pues Yo soy el Sustentador de todos vosotros: ¡Manteneos conscientes de esto pues estáis ante Mí!”

(Qur’an, 23:52)

Al-Lahumma, Tú eres Al-Mu’min, apártanos de los condescendientes y de los indiferentes, pues perdieron todo anhelo y sus corazones son ahora témpanos de hielo que nos roban el calor de los nuestros. Tú eres Al-Jabbar, no permitas que nos olvidemos unos de otros, ni siquiera con la excusa de recordarTe a Ti, como si eso fuera posible…

Cada día se engrosan más las filas de quienes estamos cansados y hartos no sólo de cómo se gestiona el trabajo remunerado y los bienes y recursos generados y existentes, sino también de cómo se trata la información, de cómo se establecen las relaciones internacionales e interinstitucionales a nivel nacional, de cómo se negocian las decisiones legislativas y ejecutivas, y de cómo se priorizan los destinos de los tributos públicos…

Es cierto que podemos pasarnos la vida señalando con el dedo a los responsables de algunas decisiones que nos afectan a todas y todos, o al menos a alguno o a alguna de nosotros y de nosotras. Porque es verdad que hay personas, con nombres y apellidos, cuyas acciones e inacciones han afectado directamente a nuestras circunstancias materiales y psíquicas… De la misma manera que nuestras acciones e inacciones afectaron, afectan y afectarán a otros seres humanos.

Y es que, por más que nos empeñemos en delatar las conspiraciones de aquellos que consideramos privilegiados por el “sistema” y por el reparto de poder, no se puede negar la implicación y el grado de responsabilidad que hemos tenido y tenemos todos los seres humanos que vivimos en nuestra sociedad… Porque si realmente queremos cambiar las cosas es necesario comprender nuestra función como actores de los procesos vividos hasta ahora, nuestra implicación en el sostenimiento y desarrollo tanto de las interacciones sociales como de las propias instituciones, pero también neesitamos comprender cómo todas estas irrealidades sociales en las que nos hemos ido socializando, a través de la familia, grupos de iguales, instituciones educativas, medios de comunicación, relaciones laborales, etc., han afectado a nuestra propia humanidad.

O sea, que no podemos considerar que exista una especie de infección o toxina que afecta a determinados individuos que casualmente tienen las riendas del poder y que nos someten al yugo de sus dictados egoístas e interesados… Antes bien, este es el mundo social que hemos construido entre todos y todas, con una participación más o menos inconsciente en la que los grupos de poder son una pequeña muestra de la población total. Y, lo que es más duro de reconocer, éste es el único sistema social que seremos capaces de reproducir si no experimentamos un cambio en nuestro grado de conciencia y humanidad.

Pero este cambio no se produce encerrándonos entre cuatro muros o en una cueva apartada, y dedicándonos a la vida contemplativa, alejados de los gritos de dolor del “otro” mientras les “recordamos” en nuestras oraciones y meditaciones. Ni tampoco sintiéndonos la materialización de la propia divinidad, mirando sonrientes a los demás, como si fuéramos capaces de entenderles, mientras les vemos inmersos en un sueño profundo de apegos y apariencias, y les consideramos desagradecidos o incapaces de entender que les “llevamos” el fuego de nuestro amor, mientras sus ojos nos piden consuelo para sus lágrimas de dolor, o sus bocas pan con el que alimentarse, o sus manos actividades con las que sentirse útiles y satisfechos…

Porque el cambio sobreviene cuando entendemos, más allá de las palabras y del pensamiento, que es nuestro propio sentimiento de un “yo” separado el que nos aparta de la Realidad, cuando comprendemos que cuanto más “uno” creemos ser, más inconscientes somos de la Unidad. Que quien no ve la paja en su propio ojo es porque tal vez tiene una viga tan grande que no le permite ya ni tan siquiera ver.

Que es el color del cristal con el que miramos el que tinta nuestra visión y el que nos hace ver a los demás tal como los vemos… Que sólo quien encuentra en sí mismo la raíz del velo y del olvido está en vías de alcanzar el recuerdo y de crear algo realmente nuevo desde una nueva visión.

Llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones, como decía Durruti, y ese mundo nuevo está tanto en el corazón del que se revuelve como en el del rico y poderoso, y en el del pobre que sustenta el poder del poderoso… Pero, para alcanzar este mundo que todas y todos llevamos dentro, necesitamos deshacernos de la cáscara que lo rodea, de todo aquello que nos aleja de nuestra propia humanidad y nos sumerge en el olvido, de aquello que nos atenaza y nos hace ignorantes de las consecuencias de nuestras acciones, de cuanto nos fragmenta y nos hace aislarnos tras un duro caparazón. ¡Esa es la utilidad de la llama de nuestro Amor!

El fuego del Amor es la mayor fuente calorífica del ser humano, en todos sus sentidos, es el horno que deshace lo defectuoso que encapsuló nuestra humanidad primigenia, como el fuego de la fragua que deshace la herrumbre y libera el acero… Pero es el corazón liberado, y no el fuego que le forja, quien consuela las lágrimas del dolor, quien comparte su pan y colabora en el mejor reparto de tareas y bienes, dando lugar, con ello, a un nuevo mundo.


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