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Siria: incertidumbre en el levante mediterráneo

El país vive su propia rebelión

18/04/2011 - Autor: Pablo Jofré Leal - Fuente: Webislam
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Partidarios del Presidente Bashar Al Asad
Partidarios del Presidente Bashar Al Asad

A inicios del proceso de levantamiento social en el mundo árabe, primero en Túnez, luego en Egipto, Jordania, hasta extenderse por el Golfo Pérsico, el nombre de Siria no aparecía. Este estratégico país, limítrofe del Libano, Iraq, Turquía, Israel y Palestina no parecía estar entre los países posibles de encenderse en el fuego de reformas por mayor participación social, protestas contra regímenes corruptos y la búsqueda de mejores perspectivas sociales, económicas y políticas.

La creencia de inmunidad permitió que el propio mandatario sirio concediera una entrevista al diario The Wall Street Journal a fines de enero del 2011. En ella, Bashar el Asad sostuvo que “Siria es inmune y está muy lejos de lo que recientemente han experimentado otros países en la región, como Túnez y Egipto. Nuestro país es estable porque nuestro régimen está estrechamente vinculado a las creencias de la gente y este es un tema muy central para mi gobierno”. La realidad, dos meses después, demostró que la lectura crítica de lo que en esencia sucedía en Siria estaba fuera de los pronósticos del Partido Baaz, de la familia Al Asad y de toda la Nomenclatura de este país de Oriente Medio, que vive hoy un estado de efervescencia social, que al cierre de esta edición han significado dos centenares de muertos, la gran mayoría de ellos civiles de ciudades como Daraa, situada al sur del país y Banias, al norte. Al Asad estaba convencido que con la formulación de ciertas promesas de reformas, el aumento salarial a los miles de funcionarios públicos (que conforman el 50% de la masa laboral del país) y el permitir reuniones y levantar el estado de excepción, que regía en Siria desde el año 1963, la situación de descontento estaría controlada. Craso error.

Para Damasco nunca es tarde

Bashar al Asad, manifestó el pasado domingo 10 de abril, que su país estaba sumido en reformas globales y acusó a ciertos “poderes externos” de conspirar contra su gobierno, infiltrándose en las marchas opositoras y generar así una situación de caos con actos violentos en las manifestaciones. El gobierno, aprovechando –prueba de ello ha sido la serie de operaciones militares encaminadas a detener lo que el gobierno denomina “células terroristas” que emboscaron a una patrulla militar matando a 9 soldados-y Al-Assad manifestó su voluntad de seguir trabajando en los planes de cambios políticos y sociales en Siria, que desde el pasado 15 de marzo ha sido escenario de protestas a favor y en contra de su gobierno. Las declaraciones del mandatario sirio pusieron de relieve también que su país se encamina “hacia una reforma integral, y que está abierta a las experiencias de los países europeos” ejemplificando en ello varias reformas: suspensión de la ley de emergencia vigente desde 1963, la liberación de prisioneros políticos y la renovación del Gobierno.

Para el mundo opositor sirio la tardía respuesta del gobierno y su creencia que con esas “tibias reformas” cambiará la esencia del descontento es muestra del profundo alejamiento de las necesidades del pueblo que ha vivido durante décadas el gobierno de una república presidencialista hereditaria, con el liderazgo de un partido Renacimiento Árabe Socialista (Baaz) que apelando a ciertas nociones de nacionalismo, antiimperialismo, socialismo árabe y otras entelequias ha logrado mantenerse en el poder por 47 años. Pero, en esencia las libertades individuales, el avanzar en materia de defensa de los derechos humanos, el situarse de lleno en el siglo XXI no es precisamente parte de las prioridades del régimen de al Asad. Tras un mes de protestas queda claro que estas no han sido el resultado sólo del deterioro económico que vive Siria: alta tasa de desempleo, principalmente juvenil, falta de competitividad frente a otras economías de la región, alto gasto militar, sino de factores subjetivos que no se explican o solucionan con un aumento de sueldo o ciertos niveles de apertura democrática.

El Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, expresó al mandatario sirio su preocupación por los hechos violentos y los calificó de inaceptables, principalmente los del viernes 8 de abril en la ciudad de Deraa (sur) y en Taldo, al norte de Damasco, que ocasionaron la muerte de 37 personas, por disparos provenientes de francotiradores a los que el gobierno acusó de ser infiltrados en una marcha opositora y que la oposición designó como fuerzas de inteligencia del régimen. A través de una llamada telefónica, Ban le manifestó a Al Asad su "profunda preocupación por las informaciones sobre la violencia contra manifestantes, así como por los muertos y heridos. Los asesinatos de manifestantes pacíficos es inaceptable y debería de ser investigada", reclamó el máximo representante de Naciones Unidas.

Para el politólogo y disidente sirio, Radwan Ziadeh, el presidente sirio, Bashar Al Asad, ha tenido el mismo diagnóstico errado que Mubarak en Egipto, que Ben Ali en Túnez y que Saleh en Yemen, entre otros dictadores que han terminado huyendo, entregando el poder o a punto de caer tras décadas de gobierno, tras creer que introduciendo medidas económicas temporales tales como incrementar los subsidios para alimentos básicos o aumentar los salarios a los funcionarios y militares, podrían eliminar cualquier protesta. Realmente lo que ha tenido lugar en cada país árabe es una revolución para restaurar la dignidad humana. Siria ha padecido décadas de continuas prácticas degradantes y humillantes por parte de los servicios de seguridad e inteligencia: torturas, detenciones arbitrarias, discriminaciones, corrupción y falta de transparencia y a eso el pueblo sirio está diciendo basta.”

Para Ziadeh, al contrario de la creencia gubernamental respecto a que Siria se mantendría a salvo, considera que de hecho es un país ideal para una revolución que remueva hasta los cimientos su actual estado de cosas. ¿Por qué? Pues une la falta de derechos políticos y el fracaso económico, añadidos a un nepotismo que indigna y que explica, por ejemplo, las protestas en Daraa con cerca de 30 muertos, que se movilizaban para denunciar la corrupción del primo de al Asad, Rami Majluf, considerado el hombre más rico de Siria, mientras que el 32% de los sirios están bajo el umbral de la pobreza. Para Ziadeh, las masivas manifestaciones en Deraa, que se han expandido a Damasco, Latakia, Hims, Doma y otras ciudades, ponen punto final a la “excepcionalidad Siria”.

El barómetro sirio

El analista del gabinete vasco de Relaciones Internacionales Txente Redondo, especialista en Medio Oriente señala que Siria representa un campo de prueba muy valiosos en materia de política internacional y augura en cierto modo la dirección que tomarán los acontecimientos en esa parte del mundo, sobre todo porque este país era considerado bastante estable dentro del contexto regional. “Siria vivió en los años ochenta algunos acontecimientos que pusieron en peligro la continuidad del sistema: la rebelión de los Hermanos Musulmanes, la enfermedad del entonces presidente, Hafez al-Asad, y las ansias de poder del hermano del actual presidente, Rif´at, responsable de la masacre de Hama en 1982 y quien actualmente disfruta de un lujoso exilio en Londres. Superado ese trance y con una oposición doméstica debilitada, Siria entró en una fase de cierta estabilidad, a pesar de la sombra de acontecimientos como fueron la caída del campo socialista, la II Guerra del Golfo y el agudizamiento del conflicto entre Palestina e Israel. La llegada al poder de Bashar en el año 2000 abrió espacio a especulaciones respecto a la supuesta incapacidad de un médico que nunca había demostrado tener ansias políticas. Desde un primer momento el nuevo dirigente sirio supo maniobrar y jugar sus cartas, rodeándose de una red de colaboradores (familiares, parte de la nomenclatura, consejeros y amigos, y otras fuerzas dentro del régimen) que le han aportado seguridad y capacidad de actuación”.

Siria, considerado en su momento por la administración de George W. Bush como parte de los países miembros del “eje del mal” logró consolidar un sistema de alianzas y relaciones que abarcan países occidentales y asiáticos, incluyendo China. Además de sustentar su “estabilidad” en un poderoso aparataje de seguridad y un ejército que le ha sido, hasta ahora, incondicional, apoyos familiares y el aparato del Baaz, junto al apoyo de líderes tribales y étnicos -drusos e ismaelitas fundamentalmente-. A ello se une el sostén de miembros militares y económicos de la vieja guardia, la consolidación de una política de represión pero también con la exclusión y represión de otros pueblos, como la minoría kurda, tal como lo hace su vecino turco y en la época de Sadam Hussein en Iraq. Un tema particular permite entender también que la situación Siria transita por derroteros distintos al de Libia, Túnez o Egipto y se refiere al papel social desempeñado por el Baaz cuya ideología, señala Redondo, “ha calado profundamente en amplios sectores de la población que a día de hoy siguen identificándose con los mismos. A pesar de que algunos de los principios ideológicos han ido poco más allá de la plasmación teórica, todavía la apuesta por la unidad el conjunto de la nación árabe; la libertad ante el imperialismo y el colonialismo; el secularismo; el socialismo “particular”, basado en las tradiciones árabes; o la modernidad, la igualdad de géneros o los derechos humanos siguen pesando en el país”.

Tal como se visualiza en Libia, en Yemen o Bahrein, la oposición al régimen de Bashar al Asad es una variedad ideológica y religiosa de organizaciones e intereses, que no ha logrado aglutinar una sola fuerza capaz de enfrentarse al poder dominante, con capacidad de tener éxito en el breve plazo. Los hermanos Musulmanes, tras sufrir una cruel represión en la década de los ochenta –que significó la muerte de 20 mil personas y la desaparición de 17 mil, con decenas de miles de encarcelados- tuvieron que adoptar una postura menos radical, abandonando de hecho la lucha armada, pero logrando, en cambio, con clara influencia saudita, el establecer madrasas y una gran presencia en materia religiosa. Junto a este grupo, y con preocupación de cuerpos de inteligencia occidental, se han manifestado organizaciones yihadistas a las cuales se les sindica cierta relación con grupos fundamentalistas.

Se unen a los grupos mencionados, residuos de la vieja guardia del desaparecido padre del actual mandatario quienes aún conservan ciertos grados de poder e influencia y que en períodos de crisis suelen mostrar los dientes y el apetito de poder. Los analistas también sitúan en la vertiente opositora a dos grupos que si bien no gozan de gran influencia sí poseen presencia mediática. Uno, los llamados “internacionalistas” que aspiran desde el exilio que occidente intervenga en Siria y, por otro lado, los denominados “gradualistas” que aspiran a una reforma del régimen más que a una revolución.

A Siria revuelta la ganancia de la familia el Asad parece ser la máxima, y a eso es lo que está jugando Bashar y su núcleo duro, teniendo el tiempo a su favor y la indecisión de aliados y enemigos, que vislumbran, con una probable caída del régimen de Damasco mayores grados de tensión en una de las zonas más conflictivas del mundo. El temor sigue siendo el concepto y la práctica tanto en Siria como en el conjunto de países árabes que buscan un espacio más amplio de democracia, participación y posibilidades de desarrollo, que ha sido negado por décadas.

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