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Las reformas en Marruecos

24/03/2011 - Autor: Yusuf Nava - Fuente: Webislam
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Paseo maritimo de Agadir
Paseo maritimo de Agadir

A pesar de no estar de acuerdo con algunos criterios políticos de Marruecos, como el sangrante conflicto con el Sahara Occidental o los movimientos para conquistar -que no recuperar- las ciudades de Ceuta y Melilla, el país magrebí me es muy querido y su rey, Mohammed VI, me parece un hombre con buena voluntad y espíritu de apertura hacia una democracia general. Su trayectoria, aún corta para hacer valoraciones, hay que contemplarla desde una perspectiva histórica y su casuística interna, difícil de entender desde el exterior. Si algo se les tiene que criticar a las autoridades marroquíes en primer lugar es lo mal que explican en el exterior las singularidades del pueblo marroquí.

Soy español y siempre he visto en Marruecos un vecino querido, incómodo a veces, como todos los vecinos, pero con el que nos unen lazos históricos y de amistad profunda. Yo mismo comparto con ellos algunas afinidades espirituales, humanísticas y de desarrollo social además de frecuentar el país y sentirme cómodo entre sus gentes, a las que considero hermanos. Esto no quita que sea crítico con lo que no me parece correcto y así lo refleje en mis escritos. En definitiva para mí es esencial el diálogo y la paz, y no el enfrentamiento y la violencia. Sólo mediante un ejercicio radical para favorecer el desarrollo basado en el respeto a los derechos humanos, se podrá alcanzar el bienestar social. El rey marroquí -me consta- está firmemente comprometido con este proceso.

En su discurso del 9 de marzo anunció una reforma parcial de la Constitución que, en síntesis, recorta sus poderes, establece la independencia del poder judicial, eleva a categoría de idioma oficial el amazight -lengua bereber hablada por una parte importante de los marroquíes-, favorece la regionalización del país y pretende frenar y perseguir la corrupción, entre otras medidas. Desde occidente se ha visto este discurso real como una reacción ante las revueltas de los países vecinos y el intento del rey y la clase política afín por evitar la entrada de Marruecos en una etapa de alta conflictividad social. Pero este proceso de reforma constitucional lleva gestándose varios años.

Ciertamente hay oposición a la política del rey y del gobierno. El domingo pasado las calles de numerosas ciudades volvieron a acoger manifestaciones convocadas por el autodenominado "Movimiento 20 de febrero". Y es difícil aventurarse a predecir el futuro político marroquí. ¿Quién podría pensar a principios de este año que el mundo árabe fuera sacudido por manifestaciones, disturbios y violencia? ¿Cómo imaginar que occidente, vía OTAN y USA, atacaría a muerte al otrora amigo y aliado coronel Gadafi? Los ciudadanos corrientes no podemos más que tener intuiciones sobre el futuro porque no manejamos la información verdadera que se cuece en los grandes centros de decisión del mundo.

Marruecos, se dice desde los medios de comunicación, no es igual. Tiene mayores libertades, menos crisis económica, cierta prosperidad, un Islam no rigorista y mayor apertura al exterior. Pero existen males endémicos: la corrupción política, los compadreos económicos, laxitud en el funcionariado, abuso policial, desigualdades sociales profundas, parcialidad de la justicia, baja calidad de la asistencia médica, analfabetismo elevado, etc.

Todo ello genera desasosiego, especialmente azuzado por colectivos reaccionarios y radicales. Se dice que detrás de las manifestaciones marroquíes están los islamistas del movimiento "Justicia y Espiritualidad". Y es posible que sea así toda vez que el Ejecutivo marroquí, con el rey a la cabeza, están empeñados en eliminar cualquier atisbo de radicalización islámica y de combatir el terrorismo en su origen. Para ello cuenta con el apoyo de los Estados Unidos y de Francia, especialmente, país que sigue teniendo fuerte ascendiente económico y cultural sobre Marruecos.

Sin duda alguna uno de los problemas más importantes del país es el conflicto con el Sahara Occidental, territorio reinvidicado por el Frente Polisario desde hace 35 años, y sobre el que pesa una historia de guerrilla, tensiones, divisiones y sufrimiento. En el seno de la reforma constitucional que ahora se emprende, el sahara occidental, llamado por Marruecos "Sahara Marroquí", pasará a ser una región con un alto grado de autonomía. Es lo que se ha llamado "proceso de regionalización avanzada". Por supuesto no se menciona nada sobre la posibilidad de autodeterminación, reclamada por los saharauis, ni tan siquiera se contempla la convocatoria de un referendum entre la población autóctona del sahara para dilucidar sobre esta cuestión. Así las cosas, esta situación es insostenible y pasará factura a los actores involucrados.

Después de 35 años de conflicto, con una carga económica insoportable para Marruecos, hay que buscar no solamente acercar posturas sino resolver de una vez por todas esta situación. Yo soy partidario del referendum, no porque piense que ganará un sí a la autodeterminación del sahara occidental, sino porque constituirá el punto de partida, sea cual sea el resultado, para establecer la paz definitiva en la región. En efecto, si difícil es mantener el gasto militar para garantizar una supuesta seguridad en el lado marroquí, más difícil si cabe es mantener los compamentos de refugiados saharauis en los territorios "liberados".

Después de 35 años de supervivencia extrema en esos recintos, la población saharaui asiste casi desesperada a un enquistamiento del conflicto, tanto por la cerrazón de las autoridades marroquíes como por la esclerosis que parece recorrer la estructura del Polisario. Hay que encontrar soluciones ya y marcar un camino -"hoja de ruta"- que establezca con criterios del siglo XXI y no de hace más de trés décadas, el futuro de los saharauis. El concurso de España tendría que ser decisivo para resolver el problema. En este sentido, cualquier reforma positiva del país marroquí será importante para el sahara occidental.

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