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Habitemos la tierra... de la Realidad

Nuestra inconsciencia no es más fuerte que la luz de la Realidad

11/03/2011 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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Esa tierra es, precisamente, la tierra que habitamos, el paisaje que vemos cuando miramos con los ojos limpios... (Imagen: Webislam).
Esa tierra es, precisamente, la tierra que habitamos, el paisaje que vemos cuando miramos con los ojos limpios... (Imagen: Webislam).

Mira, hermano, por un momento dentro de ti; cierra, hermana, los ojos y advierte que Dios está contigo, más cerca de ti que tu propia vena yugular, allí donde no hay distancia ninguna. Ahora ya sabes bien que no se trata de un dogma religioso ni de una apreciación subjetiva sino de la Única Realidad desapercibida e ignorada por ti, que acontece por todos sitios, por dentro y por fuera, siendo así tu verdadero ser, Aquel que fuiste olvidando poco a poco, Aquel que se ocultó entre los pensamientos y las palabras.

Dios nos habla en el Corán de nuestra ceguera, de nuestra incapacidad para reconocerLe, de nuestra ingratitud. ¡Qué gran paradoja la nuestra! Distinguidos, como lo hemos sido y lo somos, con la conciencia y con la libertad, nos debatimos sin embargo entre las sombras de la dualidad y del olvido, apegados a las huellas, absortos en los ecos de la una Realidad desbordante, en lugar de aceptarnos como expresión divina, consciente y elocuente de lo Único Real que en verdad es.

“Todo cuanto vive en la tierra o en los cielos perece: pero por siempre perdurará la faz de tu Sustentador, plena de majestad y gloria.”

(Coran, 55, 26-27)

Sí, hermano, nos instalamos en las huellas, en aquello que muere y que no puede devolvernos una imagen nítida y completa de lo que en realidad somos, tan sólo, en el mejor de los casos, indicaciones de lo que en realidad es. Todas las tradiciones auténticas de sabiduría nos hablan de ello, de ese error fundamental, de esa escisión que nos mantiene en la ignorancia, y de que la experiencia de nuestro ser verdadero es la condición para realizarnos como seres humanos. Y lo es, indudablemente, pues no podemos mirar el mundo, ver al otro, si previamente no hemos desvelado y asumido el vacío, la presuntuosidad y el absurdo de una existencia propia y separada.

Pero todo eso, como nos recuerda Dios en el Corán, está destinado a desaparecer. Nuestra inconsciencia no es más fuerte que la luz de la Realidad, pues aquella no es nada más que, como decía Ibn ‘Arabi, imaginación dentro de la imaginación.

No hay nada ni nadie que escape a Su control, a Su decreto creador, y éste incluye la libertad de Sus criaturas humanas, el trazo decisivo de una progresión espiritual, de una expansión de la conciencia divina a través del espejo que el ser humano aceptó ser cuando Dios ofreció esta posibilidad y esta condición a todas Sus criaturas.

¿Cómo, entonces, podemos superar esta distracción básica, dual y especulativa, esa gafla que forma parte integrante de nuestra condición existencial? ¿Cómo podemos despertar a la Realidad en medio de tan profundo sueño?

Desde un punto de vista espiritual, esta condición de olvido, de alienación, es una pérdida de nuestra naturaleza original. A algunas personas que han vivido un episodio traumático y no pueden recordar su existencia anterior se les invita a hacer un esfuerzo, se les muestran imágenes de sus vidas pasadas, los nombres de sus seres queridos… tratando, en fin, de inducirles al recuerdo.

En ese sentido podemos considerar que nuestra eclosión al mundo de lo humano, nuestro desembarco en una conciencia y una existencia veladas por el lenguaje y el pensamiento, es como un trauma profundo para nuestra naturaleza original, para nuestra fitrah, que no es otra cosa que experiencia de unicidad, de identidad absoluta, de ser. Y quizás por ello, en principio, sólo a través del Recuerdo podemos iniciar el desvelamiento de lo real que permanece oculto para quienes viven apegados a esas huellas y ecos de lo real e incognoscible racionalmente. Así podemos iniciar el viaje de regreso a nuestro verdadero ser, curarnos de esa amnesia que nos mantiene prisioneros de una visión o de una idea, alejados de cualquier experiencia trascendental.

“Igual que os hemos suscitado a un enviado de entre vosotros mismos para que os transmita Nuestros mensajes, os ayude a crecer en pureza, os imparta la Revelación y la Sabiduría y os enseñe lo que no sabíais: así pues, acordáos de Mí y Yo me acordaré de vosotros; y sed agradecidos conmigo y no Me neguéis.”

(Coran, 2, 151-152)

En el hadiz qudsí también nos asegura Dios que Él está con Su siervo cuando éste Le recuerda, pero ¿Cómo podemos recordarLe si no tiene forma ni rostro definido, si no se presta a ninguna descripción? Pues, claramente siguiendo Sus huellas hasta arribar a una tierra más allá de los rasgos particulares, a un lugar donde la Belleza no puede ser definida por ser real y vivida, donde la Compasión no puede ser medida en ninguna forma, donde todas las cualidades divinas coexisten sin mostrar un límite claro entre ellas…

Tú me preguntaste una vez cómo llegar a esa tierra de la Realidad y ya te respondí, pero déjame decirte una vez más que esa tierra es, precisamente, la tierra que habitamos, el paisaje que vemos cuando miramos con los ojos limpios, con el corazón atemperado y en paz. Ese lugar es el no-lugar donde suceden todas las cosas, el vientre donde surgen y desaparecen sin cesar adquiriendo sentido, la tierra en la que todos y todas somos Uno sin perder aquello que nos hace ser y sentirnos únicos, tierra de la hermandad y del reconocimiento, de la sinceridad y del Amor. No tienes que ir a ningún sitio porque no hay otro sitio, porque todo es el mismo sitio, tan sólo has de reconocerLe sin decir nada, darte cuenta, aceptando lo Único que es, sólo esto.

Ha llegado el momento de despertar, de sentir el tiempo sincrónico del no tiempo cuando todo sucede, de sentir por fin al otro, que tiene siempre un destino tan misterioso como el tuyo, un decreto que sólo mediante un espejo radiante podemos conocer.

Doy gracias a Allah por Su permiso, por Su bondad y por eso quiero daros las gracias a ti, hermano y a ti, hermana, por compartir el duro y primitivo yugo de la palabra, de un lenguaje siempre dividido pero que, en el contexto de la Revelación, muestra una total coherencia inundándonos de significación y de sentido.

Alhamdulilah ua shukurillah, que nos mantiene en la Vía mientras habitamos la multiplicidad de los mundos que la razón y la imaginación tejen sin cesar.
¡Allahumma! Tú eres la medicina real, pues sólo Tú creas la enfermedad, la conciencia que suscita y su curación, y Tu Bondad y Tu Compasión no tienen límite y se desbordan en nuestros corazones en la medida en que nos hacemos capaces de Tí.

Gracias por hacernos felices agradeciéndoTe como podemos o sabemos, gracias por querer que la conciencia, la hermandad y la entrega crezcan en nuestra comunidad y en nuestro entorno. Necesitamos despertar, Tu creación necesita una mayor conciencia, Tu espejo distinguido está muy empañado porque el alma de la humanidad se ha ensombrecido y eso nos llena de tristeza sin saber bien por qué, pues sabemos que Tu obra es perfecta y que sólo Tú sabes aquello que nosotros ignoramos completamente.

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