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Clérigos contra la teocracia

Irán: variaciones revolucionarias. El debate teológico-político en Irán

09/03/2011 - Autor: Seyyed az-Zahirí - Fuente: Webislam
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El entierro del Gran Ayatollah Montazeri se convirtió en un movimiento de protesta contra la tutela de los clérigos
El entierro del Gran Ayatollah Montazeri se convirtió en un movimiento de protesta contra la tutela de los clérigos

Treinta y dos años después del triunfo de la Revolución, el modelo de gobierno islámico propuesto por Jomeini es visto por muchos como una contradicción con las enseñanzas tradicionales del islam. La propia institución de la wilayat al-faqui no ha dejado de motivo de controversias. Por fortuna, no todos los clérigos quieren ser burócratas sumisos al Estado. En El gobierno islámico Jomeini había afirmado:

Cualquiera que posea un conocimiento general de las creencias del islam dará un decidido asentimiento al principio de la wilayat al-faqîh; tan pronto como se encuentre con él, lo reconocerá como necesario y evidente (1).

Tal vez pueda decirse esto sobre la necesidad de que los asuntos de fiqh sean supervisados por expertos, pero resulta difícil hacer extensiva esta pretensión al modelo de gobierno resultante de la Revolución. Más bien, existe la conciencia general de que dicho modelo constituye una innovación audaz. En contra de lo que la gente cree, el actual régimen de los ayatol-lâhs no tiene ningún parecido con ninguna de las formas de gobierno practicadas entre los musulmanes durante los catorce siglos de historia del islam. En todos los tiempos, los gobernantes han buscado medios de legitimarse, adaptando a sus intereses las creencias mayoritarias del pueblo. Es comprensible que esto suceda hoy con el islam. La tutela de los juristas es una figura extraña al islam tradicional.

Tradicionalmente, los mullahs o ulemas han tenido un carácter consultivo para los creyentes (incluidos los propios gobernantes), y no habían tratado de ejercer el poder directamente. Al otorgar la tutela de la democracia a una jerarquía religiosa, ha generado un ruptura entre ésta y las gentes. Las relaciones tradicionales entre el saber religioso y el conjunto de los musulmanes se transforman en una relación de poder en la cual unos están supeditados a los otros, y el conocimiento religioso se convierte en fuente de poder y ya no de sabiduría. Conocimiento y poder han roto definitivamente los velos que los separaban, conduciendo al desprestigio del saber, y de la religión en general.

Al analizar la estructura de gobierno de la República Islámica de Irán, nos damos cuenta de que Jomeini (y sus más estrechos colaboradores) quedaron atrapados en una dicotomía, los conceptos tradicionales del consenso (iÿma) y la consulta mutua (shura) se vieron limitados por el hecho de que el propio Jomeini pertenecía a una tradición de mullahs, de clérigos encargados de preservar el saber religioso, y trasladó esta necesidad de control del conocimiento religioso a la propia estructura de la sociedad y del Estado. En este sentido, es necesario seguir avanzando hacia la integración del iÿtihâd y la shura. No puede hablar se de democracia cuando todo lo que regula el comportamiento de la población (la interpretación de las leyes del islam) es monopolizado por un núcleo reducido de personas, que ejercen ese monopolio como coartada para justificar privilegios políticos y de clase. La superación de la tutela de los juristas es el único camino posible para preservar los logros de la Revolución, y constituir una auténtica referencia para el conjunto de los musulmanes.

Se trata de una innovación de Jomeini, quien habría optado por un modelo teocrático como el único modo de supervivencia del islam en la modernidad. La lucha contra el colonialismo en todas sus formas, y la recuperación de la soberanía por parte del pueblo es uno de los ejes de los discursos de Jomeini. De ahí “el gran Shaytán” y “la gran arrogancia”, calificativos con los que se refiere en sus discursos a los EEUU y al occidente colonizador en general. Esta preocupación está justificada: cuando él se formó como clérigo, los colonizadores estaban expoliando todo el Oriente Próximo, y todavía lo hacían en el momento de su muerte. El Irán que dejó se había librado de esta explotación extranjera, mientras a su alrededor Oriente Medio seguía gobernado por tiranos financiados por los EEUU. Cualquier observador imparcial de la situación de Oriente constata como la ingerencia extranjera provoca guerras y disturbios, manipula y trabaja para desarticular el islam como modo de vida integral.

Frente a esto, se impuso la necesidad de crear un Estado islámico sólido, en el cual la ingerencia extranjera fuera inviable. Ahí están los ejemplos de otras pseudo-democracias manipuladas a través de militares controlados desde fuera, que comercian con los bienes públicos de espaldas a la gente. Sin embargo, la idea de un Estado Islámico fuerte ha conducido a la creación de una burocracia islámica como la que caracteriza al régimen de los ayatol-lâhs: complejidad de las leyes, código de familia sexista, represión sexual y creación de una policía de la moral, etc. La obsesión por abortar cualquier intento de injerencia extranjera ha conducido al país a adoptar un régimen represivo de la libertad de expresión y de conciencia, en el cual muchas manifestaciones normales del islam han desaparecido.

La situación política de Irán durante el gobierno reformista de Jatami se encontraba en un callejón sin salida. Cualquier proyecto de ley promovido por el Majlis debe ser aprobado por el Consejo de Guardianes, con lo cual cualquier reforma es inviable. Hay una cierta democracia, pero las decisiones de los parlamentarios elegidos democráticamente permanecen bajo la supervisión de aquellos cuyos intereses económicos son contrarios a las reformas. Durante el gobierno de Jatami, el Majlis aprobó toda una serie de reformas agrarias, siendo una y otra vez vetadas por el consejo de Guardianes de la revolución. Aunque en un principio este consejo debía velar únicamente por la pureza islámica de toda ley votada en el Parlamento, en la práctica funciona como un instrumento de las oligarquías para preservar sus privilegios. En contra de las apariencias, el poder de los ayatollahs no es religioso, sino puramente material. Esto crea un a gran desazón entre la población, que ve claramente como estos clérigos utilizan sus cargos para preservar su patrimonio. Ya nadie se engaña al respecto en Irán. Todo el mundo sabe que los clérigos son los personajes más ricos del país.

Este régimen no puede satisfacer las demandas de la juventud ni representa el modo de vida de los musulmanes tradicionales. ¿Dónde está ese anarquismo espiritual que caracteriza al islam genuino? ¿Dónde ha quedado la relación directa entre el Creador y la criatura? ¿Qué ha sido de la tan fecunda libertad de interpretación de la tradición shiíta? El régimen de los ayatol-lâhs está socavando el islam a base de burocratizarlo, de ahí las protestas lanzadas por el presidente Jatami en el veinticinco aniversario de la Revolución Islámica de Irán (el 2004), en el sentido de que los conservadores estaban provocando el alejamiento de la juventud del islam, decepcionados por lo que se les presenta como una religión de Estado. Desde ese momento, el islam ya no tiene que ver con sus anhelos más profundos, sino con el Estado. Del mismo modo que el nacional-catolicismo del periodo franquista fue una gran fábrica de apostatas del cristianismo, el actual estado de cosas que se vive en Irán está alejando a los iraníes del islam.

No es nuestra intención el realizar un cuadro negrista de la situación. No se nos escapa que los muchos aportes de la Revolución, que ha salido airosa de numerosos intentos exteriores encaminados a derrocarla, y ha logrado convertir a Irán en uno de los principales países en el contexto de la política contemporánea. La protección social a los más necesitados, el crédito fácil, los límites a la usura y a los monopolios, y las altas subvenciones para los productos básicos de alimentación significan un freno a la explotación de los trabajadores por parte del mercado. Pero estas medidas coexisten con la pobreza y la creciente desintegración social. La alta tasa de drogodependencia es un resultado directo del sistema: el gobierno iraní ha reconocido que hay en el país un millón de adictos a la heroína, al opio o la morfina. Entre las causas, los expertos citan la falta de trabajo, de oportunidades, y el clima de represión, del cual se busca una salida. Todo ello contribuye al aumento de la delincuencia, la violencia social y los suicidios (2). Las promesas de lograr una sociedad libre de estas lacras no se ha realizado, y en el Irán de principios del siglo XXI coexisten el desencanto y la desintegración social con la retórica de las instituciones religiosas, según las cuales el país es un modelo de virtudes, en el cual se supone que los ciudadanos están libres de la corrupción dominante en las sociedades seculares.

Frente a esta usurpación del islam por parte del Estado, se han manifestado tanto los estudiantes como numerosos pensadores, ulemas y alfaquíes. Uno de los más respetados muÿtahîd en Irán, el Sheij Mohamed Shabistari (Tabriz, 1936), habla en estos términos de la situación iraní:

En el islam no existe ninguna forma vinculante de instituciones estáticas. Aunque es legítimo que un gobierno quiera inspirarse en los valores del islam —sobre todo en un país como Irán, profundamente creyente y tradicionalista—, hablar de un Estado islámico es un sinsentido a la vista de los textos sagrados. La institución de la velayat e-faquih pertenece al dominio de lo político y no a la religión. Nuestra Constitución, a la cual me adhiero por deber cívico, yuxtapone los derechos divinos y los derechos religiosos. Esta confusión esta en el origen de muchos de nuestros problemas… Un día, tendremos que afrontar estas contradicciones y adaptarnos a las exigencias de la modernidad (3).

Al hablar de la yuxtaposición entre “los derechos divinos y los derechos religiosos”, Shabistari pone el acento en el hecho indiscutible de que cada creyente solo tiene que rendir cuentas ante Al-lâh, y no ante ninguna organización estática, y aún menos al Estado. Por mucho que este se llame a si mismo islámico (tanto como católico o laico), no cambia las cosas para nada: el estado no tiene ningún derecho sobre las conciencias de los ciudadanos. Siendo así, no es lícito que ningún gobierno imponga una interpretación determinada de los textos sagrados, con la cual pueden no estar de acuerdo muchos ciudadanos. Esto vulnera la tradicional libertad interpretativa que ha caracterizado al mundo islámico a lo largo de los siglos. Esto quiere decir: la interpretación y el conocimiento del islam es la tarea personal de cada musulmán y musulmana, una de las obligaciones prescritas por Al-lâh. No es lícito, por ejemplo, que un gobierno quiera imponer en ningún terreno sus interpretaciones, sino que estas deben ser consensuadas y aceptadas por el conjunto de la población. Esto afecta no solo a leyes particulares como el derecho de familia, sino la propia forma de gobierno. El pueblo tiene derecho a escoger a sus ulemas, a los hombres que deben poner sus conocimientos al servicio de los intereses colectivos.

Por ejemplo. Cada cual tiene derecho a interpretar las aleyas coránicas sobre el velo en el sentido que quiera, incluso a argumentar que la obligación de una musulmana es llevar el hiyab, el chador o el rusari (4). Sin embargo, esta es una interpretación personal de algo que en realidad afecta a cada mujer, y no puede ser impuesta. En el momento en que se imponen leyes haciendo obligatorio el chador, éste deja de ser una prescripción religiosa (pierde sus implicaciones espirituales) y se convierte en una imposición del Estado, vinculada a los intereses de los que la promueven, sean estos ideológicos, políticos o económicos. En estas circunstancias, es lógico que las mujeres iraníes se revelen contra el velo. Esta rebelión no es contra los preceptos del islam, sino contra la tiranía del Estado.

Uno de los puntos clave es la reconsideración de la figura jurídica del Guía Supremo de la Revolución. Un guía que reclama para si un carácter espiritual no puede ser impuesto, sino escogido libremente por aquellos que lo necesitan. En este sentido van las controvertidas declaraciones del Ayatol-lâh Hussein Alí Montazeri proponiendo que el Guía Supremo sea elegido por sufragio universal, o de Abdul-lâh Nuri diciendo que el Guía Supremo “es un iraní más que no puede estar por encima de la ley”. No se trata de personajes secundarios, sino de personajes influyentes, que ocupan un lugar destacado en el proceso revolucionario. Alí Montazeri entró en desgracia en 1989, cuando criticó las ejecuciones de presos políticos. Sin embargo, su mayor crimen fue el descalificar al sucesor de Jomeini, el Ayatol-lâh Ali Jamenei, a quien considera poco cualificado como Guía Supremo de la Revolución. No hay más que leer los discursos y jutbas de Jamenei para darse cuenta de que se trata de un hombre mediocre, sin espíritu alguno. Con esto, se desprestigia un cargo que se supone representa al Imán Oculto.

Este es el núcleo de las disputas entre reformistas y conservadores, una lucha por el control político y económico del país. Los críticos de esta concepción del gobierno acusan a los ayatollahs en el poder de utilizar el islam para defender sus privilegios de clase, así como su condición de grandes terratenientes. Lo cierto es que las promesas de justicia social no se han visto satisfechas.

Ante esta situación, los pensadores críticos son numerosos. A los anteriores podemos añadir los nombres de Mostafa Malekian y Abdelkarim Soroush. La situación de muchos de estos intelectuales es precaria. Mohsen Kadivar, al cual nos referiremos a continuación, fue encarcelado durante año y medio por sus críticas al sistema. Mohsen Saeed-Zadeh pasó un año en la prisión, y se le ha prohibido ponerse su disfraz de clérigo, y todo por haber cuestionado algunos principios del fiqh tradicional concernientes al estatus de la mujer. Hussein Yousefi Eshkavari fue encarcelado por cuestionar la pena de apostasía y defender la igualdad hombre-mujer, además de abogar por la desaparición de la tutela de los juristas (5). Algunos menos conocidos habitan en las cárceles, cuando no los cementerios. Y muchos otros optaron por el exilio o son hijos de exiliados, que mantienen un vínculo obsesivo con su país de origen: Irán es algo de lo cual nadie se desprende fácilmente. Este es el caso de Hamid Dabashi, y de muchos otros que, como él, son profesores en universidades de Occidente: Hamid Algar, Shahrough Akhavi, Seyyid Hoseyn Nasr, Nareyeh Tohidi, Ziba Mir-Hosseini, Valentine Moghadam, Mehrzad Boroujerdi, Ervand Abrahamian, Farzin Vahdat, Ali Gheissari, Dariush Shayegan, Hamideh Sedghi, Parvin Paidar, Said Arjomand, Ramin Jahanbegloo… Todos/todas ellos/ellas han publicado libros y análisis sobre temas iraníes: historia, pensamiento, religión, política, cultura, economía, feminismo… La Revolución islámica es el centro ineludible de muchas de sus reflexiones. Es importante notar que muchos de estos intelectuales (si bien no rechazan referirse a pensadores occidentales y utilizar las metodologías propias de la academia occidental) basan su crítica del sistema en fuentes indígenas y en la propia tradición política chiíta. Son pues críticas surgidas desde dentro, un discurso que emerge como respuesta a las contradicciones del sistema.

Notas
(1) Jomeini, El gobierno islámico.
(2) El número de adictos y consumidores ocasionales podría rondar los dos millones de personas (sobre 70 millones), aunque el Departamento de Control de Drogas iraní afirma que podrían ser muchos más. Ver: Drug Abuse: Iran’s “Thorniest Problem” http://www.watsoninstitute.org/bjwa/archive/9.2/Iran/Samii.pdf
(3) Citado en The Greater Middle East in global politics, de Mehdi Parvizi Amineh. Ed. Brill 2007
(4) Tela negra que cubre a la mujer por completo, desconocido en la tradición islámica, pero propio de la época qajar (a partir del siglo XIX).
(5) Farhad Khosrokhavar. The New Intellectuals in Iran. Social compass 51(2), 2004, 191–202
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