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Desde la táriqa del corazón (XV): La humanización como camino hacia la libertad

Dale fuerzas a quien se muestra indómito ante la falsedad, y esponja su corazón para que quepa en él toda la dulzura que Tú nos viertes…

08/03/2011 - Autor: Sáleh Abdurrahim ‘Isa - Fuente: Webislam
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Como si la situación de pobreza material y ausencia de vivienda en nuestra localidad fueran un delito... (Foto: martanauta.blogia.com).
Como si la situación de pobreza material y ausencia de vivienda en nuestra localidad fueran un delito... (Foto: martanauta.blogia.com)

Bismil-Lahi r-Rahmani r-Rahim… Al-Lahumma, Tú eres Ar-Raquib y Al-Wasi’. Dale fuerzas a quien se muestra indómito ante la falsedad, y esponja su corazón para que quepa en él toda la dulzura que Tú nos viertes…

Para alguien como yo, al que se le ha saturado desde pequeño con mensajes tendentes a crear en él la firme convicción de que vivimos en “el menos malo de los sistemas socioeconómicos posibles” y a entender la historia como un proceso evolutivo hacia la “humanización” desde el “salvajismo” de las sociedades primitivas, el privilegiado contacto que se establece a través de mi desempeño laboral tanto con individuos provenientes de sistemas socioeconómicos denominados como “menos desarrollados” como con aquellos que, habiendo nacido y desenvuelto sus vidas en el “nuestro”, se encuentran, sin embargo, en situación de exclusión e incluso de marginación, supone un duro golpe a toda la base teórica que sostiene y permite vivenciar este sistema socioeconómico sin sentirse confinado y dispuesto a la resistencia.

Desde el paradigma en el que me he visto forzado a formarme y a subsistir, por razón de la zona geográfica en que tuvo lugar mi nacimiento, bien pudiera interpretarse que estas personas con las que me relaciono vienen cargadas, cuando menos, de talantes, costumbres o interpretaciones lejanas, cuando no contradictorias, con nuestro actual “estado de civilización”…

En el fondo, lo que subyace en este paradigma tan propio y necesario para el sostenimiento del sistema capitalista de democracia representativa, es que las normas sociales y legales, aquellas que regulan nuestras vidas y nos someten por obra y gracia del dictado de nuestros gobernantes, son las que nos permiten desarrollar relaciones “humanistas” y adecuadas con el otro, subyugando el egoísmo innato en el ser humano, ya que, en palabras del clásico Plauto, “lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit” (lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro).

Así, una población proveniente de fórmulas de economía de subsistencia más rudimentarias, ya sea por encontrarse el individuo relegado del sistema socioeconómico con el que convive o por venir del exterior geográfico de su ámbito de actuación, debiera mostrarse como mucho más egoísta, obtusa y cruel, como lógica consecuencia. De manera que todas estas personas deben manifestarse claramente como lobos acechantes, dispuestos a aprovechar la menor oportunidad de debilidad en el otro para actuar a favor de sí mismos, como efecto de una pura ley de supervivencia.

Mientras el resto de la población, que reside en una vivienda, paga sus impuestos, cumple la ley y disfruta el derecho al voto, debe hacer un esfuerzo integrador, y los técnicos, a través de ONG’s y de los propios Servicios Sociales, realizan un proceso de re-socialización, gracias a que aquí estamos “civilizados” como consecuencia de haber aceptado el contrato social de un sistema democrático… O eso nos dicen la teoría, algunas formaciones políticas de esas que compiten cada cuatro año por poner a sus miembros en los puestos de poder, y no pocos de los medios de comunicación que se declaran objetivos e independientes.

Pero lo cierto es que esta supuesta “ley de supervivencia” no se cumple, e incluso yo diría que no se cumple jamás. En pocos sitios se puede vivir más en consonancia con la frase que el cordobés Séneca escribía en una carta a su sobrino Lucilio, “homo, sacra res homini” (el hombre es algo sagrado para el hombre), como en la pequeña torre de babel que supone a veces la Casa de Acogida Municipal para Personas sin Hogar. Un lugar donde hombres y mujeres de culturas y lugares diversos conviven con respeto a la vez que se atienden unos a otros en las carencias tanto materiales como fisiológicas y sensoriales, cognitivas e intelectuales, de salud y movilidad… Demostrando patrones que, si indagamos un poco más, confirmamos en la misma calle, en una especie de sociedad libertaria y solidaria de la que sólo están auto-excluidos quienes se siguen creyendo incluidos en el sistema capitalista de democracia representativa occidental.

No estoy diciendo que la escasez material conduzca a una especie de estado de santidad, ni aún a un ambiente de fitra o “pureza original”; los seres humanos que se encuentran residiendo en las calles de nuestras ciudades, las personas sin hogar, los excluidos, los inmigrantes originarios de otras localidades, no son ni mucho menos ángeles ni beatos, antes bien son personas sometidas a sus propias sombras y claroscuros, pero también portadoras de Su Luz, y tal vez en mayor grado que aquellas mismas que les miran de paso, quienes les juzgan sin conocer más que un pequeño instante de la inmensidad de sus vidas, y, después, les olvidan con la misma rapidez con la que emitieron una sentencia sobre ellos… Eso sí, si bien la pobreza material no parece afectar negativamente a nuestra humanidad, no tengo tan claro que la acumulación, el consumismo, el intimismo, las ideologías suministradas, la propiedad, las instituciones, etc., tan ensalzadas e inherentes a nuestro sistema social, no tengan un efecto adverso sobre dicha humanidad, favoreciendo nuestra conversión en auténticos lobos para el hombre, aunque con formas más sutiles y sofisticadas.

Lo cierto es que a lo largo del tiempo he podido comprobar, en la población con la que trabajo diariamente, conductas de solidaridad y apoyo mutuo impensables en alguien con quien no se tiene una relación familiar ni de amistad previa, y que no implican excepciones sino al contrario. Entretanto, nos resulta necesario, tanto a los técnicos como a ellos mismos, ocultar, en la mayoría de los casos, tanto su situación de escasez como su carencia de domicilio propio, no sólo para conseguir que alguien les alquile un piso o una habitación en una vivienda compartida, sino incluso para que les acepten en un trabajo. Como si la situación de pobreza material y ausencia de vivienda en nuestra localidad fueran un delito o la consecuencia de éste, o simplemente como resultado del miedo a esa supuesta “deshumanización” que de alguna forma se nos ha hecho ver como relacionada con este tipo de población…

Me viene ahora a la mente el caso de un empresario, dueño de un famoso local de la judería cordobesa, que despidió a uno de nuestros residentes al enterarse de dónde estaba residiendo, a los pocos días de tenerle contratado, y que nos comunicó que entendía la situación pero que tenía miedo de que pudiera robarle, ya que el trabajador tenía fácil acceso a la caja, y, supuestamente, igual les pasaba a los demás compañeros que compartían con él el vestuario donde dejaban su ropa y pertenencias durante la jornada laboral… Aquel hombre tenía dado de alta a nuestro residente a media jornada, como a la mayoría del resto de empleados, aunque su horario real era de más de diez horas diarias, con un día de descanso a la semana, por supuesto no le daba de comer en el negocio a ningún trabajador, ni siquiera las sobras, que debían tirarse en su presencia o guardarse para el día siguiente si no habían sido servidas a los clientes, y todo ello por seiscientos euros al mes… A veces, incluso los técnicos tenemos que mordernos la lengua. Y este caso, por desgracia, no resulta tan excepcional…

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