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¿Es Irán un país islámico?

Irán: variaciones revolucionarias. El debate teológico-político en Irán (9)

03/03/2011 - Autor: Seyyed az-Zahirí - Fuente: Webislam
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El rostro omnipresente de Jomeini, un legado erosionado por el tiempo
El rostro omnipresente de Jomeini, un legado erosionado por el tiempo

La ideología islámica revolucionaria condujo finalmente al establecimiento de una “República islámica”, controlada con mano de hierro por los clérigos. Consciente o inconscientemente, los ideólogos laicos (e incluso anti-clericales) de la revolución se pusieron al servicio de una hierocracia que habría de aplastarlos. Pues el clericalismo es incompatible con el espíritu revolucionario. La prueba sangrante de esta incompatibilidad la tenemos en los inicios del gobierno islámico, con la represión de los militantes de izquierdas, las torturas y ejecuciones de miles de activistas cuyo esfuerzo había sido crucial en la caída del Shah.

Este no es un libro de historia, pero debemos hablar someramente de la supresión sangrante de la oposición. Jomeini, que se había dejado agasajar por intelectuales que hablaban de democracia, dejó claro su rechazo de este término poco después de su retorno: “No utilicéis el término ‘democracia’, es de estilo occidental” (1). A partir de ahí, se precipitaron los acontecimientos: el Frente Democrático Nacional (que se declaraba heredero de Mossadeq) fue prohibido en agosto del 79. En noviembre se produjo la toma de la embajada usamericana y sería desposeído de sus funciones el gobierno provisional (presidido por Mehdi Bazargan). En enero del 80 fue prohibido el Partido Islámico Republicano Popular, partido islámico pro-democrático dirigido por el Gran Ayatollah Mohammed Kazem Shariatmadari, el cual fue destituido de su rango. En febrero se inició la sangrienta persecución de la Organización de los Muyahiddin del Pueblo. En marzo se iniciaron las purgas en las universidades. En junio del 80 se produjo la destitución y huída de Bani Sadr. Y todo ello en paralelo a los cierres de periódicos, considerados “no-islámicos” o “no-revolucionarios”.

Matanzas, represión, retórica, diáspora: estos fueron los primeros frutos del triunfo revolucionario. El régimen nunca ocultó las ejecuciones masivas de opositores. Es más: se complació en hacer públicas las listas de ejecutados a través de los diarios oficiales. La invasión iraquí impuso la militarización del régimen y a hacer más imperiosos los llamamientos a la unidad en torno al Guía de la Revolución, como figura mesiánica capaz de convocar las potencias divinas ante el avance del Shaytán.

Aquí debemos mencionar el papel (bastante lastimoso) de la Organización de los Muyahiddin del Pueblo, grupo islamo-marxista fundado por Muhammad Hanifnejad en 1965 (2). Tras su muerte en prisión fue sucedido por Massoud Rajavi. Todo su ideario gira en torno a la utopía de una sociedad sin clases. El islam queda reducido a una ideología política. Califican su método de aproximación al Corán como “realista-científico”: descartan todo lo accidental y se quedan con su esencia política, la dialéctica del cambio frente al dogma, la visión dinámica frente al literalismo reaccionario, que trata de fijar el texto en leyes inmutables.

Esta vía islamo-marxista se descartó a si misma al embarcarse en una espiral de violencia irracional. Aunque debe decirse que esta se produjo tras la durísima represión a la cual se vieron sometidos por la República naciente, momento en el cual miles de sus miembros encarcelados, torturados y finalmente asesinados. Tras una década de resistencia activa y una destacada participación en la Revolución, fueron apartados del poder a causa de su abierto enfrentamiento con la línea del Partido de la República Islámica, el partido de los clérigos. En 1981 pasaron a la rebelión armada contra la República Islámica, protagonizando sangrientos atentados. Posteriormente combatieron del lado del Irak de Sadam Hussein.

Si entre la izquierda islámica de Shariati o Bazargan y los ulema existió un amplio campo de entendimiento, éste es imposible con los Muyahiddin del Pueblo. A pesar de ello, tuvieron apoyos dentro del propio clero, entre aquellos que reconocieron su fundamental aportación al triunfo de la Revolución. Sin embargo, su radical anti-clericalismo los sitúa en las antítesis del velayat al-faqui, una institución que denunciaron como reaccionaria y anti-revolucionaria desde el primer momento, de forma tan ostensible que condujo a la ruptura.

La dimensión progresista y reaccionaria supieron coexistir y cooperar mientras tuvieron un enemigo en común, pero una vez desaparecido este se puso en evidencia que eran incompatibles en la praxis. De modo simplificado, puede decirse que la Revolución fue llevada a cabo por movimientos de izquierdas al unísono con los clérigos, y que una vez derrotado el Shah, los segundos eliminaron progresivamente a los primeros. Los clérigos de izquierdas, de los cuales Taleqani es el paradigma, fueron la excepción, y se vieron desbordados por el magnetismo de Jomeini. La aceptación por parte de Taleqani del liderazgo de Jomeini es el signo de que su pertenencia al clero (su corporativismo) finalmente pesó más que sus ideales. Podemos citar a Shariati como ideólogo de la revolución, pero sin duda su pensamiento choca frontalmente con el de Jomeini. El problema, en este caso, es de aquellos pensadores que siendo filo-marxistas (como Barzagan o Bani Sadr) de hecho ocultaron estas preferencias y denunciaron el marxismo como una “ideología occidental”.

Una vez purgados los elementos izquierdistas, lo único que quedó de ellos es la retórica revolucionaria, al servicio de un proyecto político hierocrático, bajo la tutela indiscutible de Jomeini. Jomeini no fue un clérigo cerrado e ignorante, sino un estudioso que conocía las mecanismos de la política, y que llevó el concepto de la “razón de Estado” hasta sus últimas consecuencias. La Constitución de Irán fue redactada tomando como modelo la francesa de 1958, lo que implica la instauración de una República, elecciones por sufragio universal, Parlamento, Presidente, consejo de ministros, partidos políticos con voz y voto y el equivalente a una Corte Suprema. Instituciones que poco tienen que ver con el islam tradicional y mucho con la historia moderna de Europa, según el modelo centralista y jacobino característico de la República francesa. Todo ello revestido con un lenguaje religioso.

Negarle a Jomeini su cualidad de hombre de Estado es un contrasentido. Otra cosa es la valoración que hagamos al respecto. En los últimos treinta años, Irán ha emergido de ser apenas una colonia de occidente a ser un Estado independiente, uno de los principales actores en el contexto de la política contemporánea. En este sentido puede afirmarse que el triunfo de la Revolución ha sido aplastante. Pero, ¿es éste el criterio por el cual debería ser juzgada? Desde otro punto de vista parece claro que las promesas de los promotores de la Revolución —como la de tantas otras— no se han cumplido, permanecen a la espera… Las promesas de instaurar la justicia social mediante el establecimiento de la sharia no se han visto realizadas, y en el Irán islámico las desigualdades sociales son enormes, con un 25% de la población que roza la pobreza, frente a la emergencia de grandes fortunas vinculadas al poder.

El paso dado por Jomeini hacia una hierocracia totalitaria de reminiscencias hegelianas es el resultado lógico de los presupuestos de los que parte. Cualquiera que acepte estos presupuestos acabará aceptando como algo perfectamente lógico y legítimo lo que a todas luces se presenta como un gobierno tiránico de los ulemas. Antes de la Revolución, como muchos otros clérigos, Jomeini estaba convencido de que el fiqh tradicional ofrecía todas las respuestas sobre como debe gobernarse una sociedad. Se daba por hecho que todas las leyes debían ser islámicas, y que una ley islámica era aquella dictada por Al-lâh o derivada del Corán y de la Sunna mediante una metodología sobre la cual no cupiese duda alguna.

Sin embargo, poco después de la Revolución se hizo evidente que el fiqh tradicional no respondía a las necesidades del presente ni era un instrumento válido para gobernar un Estado moderno. En esta situación, solo cabían dos posibilidades.

1) Reconocer sin ambages que la mayoría de las leyes por las que se rige la República islámica no son en realidad religiosas (no tienen un origen divino, ni son prescripciones coránicas ni mandatos del profeta), sino que han sido elaboradas por el aparato del Estado para salvaguardar sus propios intereses. Con esto, se reconoce el carácter profano o contingente de la mayoría de las leyes. Sólo unas pocas quedarían como vestigio o testimonio de una supuesta legislación divina descendida en el Corán.

2) Otorgar al clero la potestad de legislar en nombre de Al-lâh, elaborando leyes que deben ser consideradas de la misma forma que las que podamos encontrar en el Corán y en los dichos del profeta, o que las que podamos derivar lógicamente de estas fuentes. Esto sólo sería posible en la medida en que se considera a los ulemas como representantes (vicerregentes o califas) del profeta.

Como hemos visto, la segunda fue la opción tomada por Jomeini. Salta a la vista que se trata tan solo de una estratagema, de una forma de salvar la cuestión de la legitimidad, básica para un gobierno que se presenta como “religioso”. Jomeini sabe perfectamente que las leyes que él u otros clérigos elaboran e imponen a las masas son una extensión de los intereses y de las necesidades del Estado. Y sabe también que el modelo de Estado que él defiende es una cobertura a sus intereses de clase. Es decir: sabe que dichas leyes no son (propiamente hablando) leyes religiosas, sino leyes seculares o civiles. Y sabe por tanto que los propios clérigos han dejado de actuar como “gente religiosa”, que son meros funcionarios como los retratados por Max Weber. Gentes pulidas que aplican con pulcritud y eficiencia los estatutos y reglamentos y procedimientos administrativos.

En Irán, el islam se ha burocratizado en la medida en que el Estado se burocratizaba. La burocracia es el control de todo lo que sucede. Se dice que hay más de 200.000 clérigos al servicio del Estado. En las universidades de teología, además del pensamiento de Molla Sadra Shirazi y el fiqh imamita uno puede estudiar materias administrativas, para servir en el ministerio de salud o en el de agricultura. Los relatos sobre los interminables procedimientos administrativos y el hastío de las gentes forman ya parte de la vida cotidiana. La burocracia es la organización eficiente por excelencia, llamada a resolver racional y eficientemente los problemas de la sociedad. De la teocracia chiíta libertaria propuesta por los ideólogos de la Revolución hemos pasado a la dictadura de los burócratas; el sopor de las ventanillas y el poder de los archivos. Pero los burócratas en Irán llevan uniformes y títulos de gente religiosa, y eso les permite inaugurar la época de las ficciones. Cuando uno se presenta ante una ventanilla y es atendido por un clérigo, ¿de qué estamos hablando, de un ritual administrativo o de un procedimiento religioso? ¿o acaso un ritual no es sino un tipo de procedimiento, y viceversa? Cuando el Estado encarna la Voluntad divina, las tareas civiles son liturgia.

Un ejemplo típico de esta confusión sería la “fatua” dictada contra Salman Rushdie: se trata de la condena a muerte lanzada por un jefe de Estado contra un escritor extranjero, por motivos meramente estratégicos. En ese momento a Jomeini le interesaba generar un nuevo enfrentamiento islam-occidente, para avivar el Otro maligno que justifica la propia ideología, y así desviar la atención sobre determinados problemas interiores. Esta intencionalidad puramente política es presentada bajo el título de “fatua” o dictamen religioso. Pero hasta un estudiante de primer grado sabe que una sentencia de muerte no es una fatua, y que una fatua es la respuesta de un jurisconsulto a una consulta recibida.

La República islámica se basa en una ficción a través de la cual busca legitimar sus decisiones, y deslegitimar a sus críticos. En esto no se diferencia de ningún otro Estado. También España o Francia o los Estados Unidos o cualquier otro Estado se basan en ficciones: la nación, la unidad de la patria, el republicanismo, la voluntad del pueblo. Otros Estados han apelado a la raza o a la religión para legitimarse, y existe uno que apela a ambas, o que las funde y las confunde: el Estado de Israel. La República Islámica de Irán ha reducido el islam a una mera ficción política o fundamento mítico del Estado. A partir de ahí, es cuestión de mayor o menor credulidad. Un ciudadano iraní es libre de creer que el suyo es un país “islámico” por ser atendido por funcionarios clérigos, tanto como un norteamericano es libre de creer que en su país gobierna el pueblo, por el hecho de que tiene la opción de votar cada cuatro años entre dos candidatos creados y financiados por el mismo aparato político-económico-militar. Pero en realidad para el Estado esa mitología fundacional es un mero instrumento a través del cual logra mantener cohesionada y controlada a la población, y así poder desarrollar sus propios fines.

En uno y otro caso, el Estado no ahorrará en medios para convencer de que esa creencia es una realidad, un hecho objetivo. El Estado se dota de una cierta estructura y un funcionamiento de acuerdo con la mitología que lo funda. Se trata de desplegar una serie de representaciones: partidos políticos con ideologías ligeramente divergentes; debates televisivos entre candidatos que esgrimen diferencias sobre puntos secundarios, y así dan la apariencia al teleespectador de que puede escoger entre opciones diferentes; elecciones generales… Se suceden los presidentes de los partidos mayoritarios, dando una cierta apariencia de cambio a lo que es una estructura de poder rígida y dogmática, cuyas líneas estratégicas han sido decididas previamente por los poderes financieros.

La estructura de representación desplegada por la República Islámica de Irán comprende algo de lo anterior, pero le añade unas cuentas señas de identidad de apariencia islámica: jutba del viernes pronunciadas por el Líder Supremo y televisada como si se tratase de la Super Bowl; un Consejo de Guardianes encargado de velar por la “islamicidad” de las leyes aprobadas en el Parlamento; un Consejo del Discernimiento que media entre el anterior y el Parlamento, encarnando la ficción de la coexistencia entre democracia y teocracia… Y, sobretodo, una serie de leyes que imponen señas de identidad supuestamente islámicas. Los niños norteamericanos cantan el himno nacional en los colegios, y los niños iraníes recitarán la fatiha o alguna plegaria nacional-chiíta. Lo que se pronuncia (lo que se representa) es diferente, pero el sentido de la representación es exactamente el mismo: el Estado utiliza el sistema de enseñanza obligatoria para adoctrinar en los valores fundacionales del Estado.

En ambos casos, las clases dirigentes afirmarán que sus países se hallan “en el camino recto”. Acusarán al otro de todos los desmanes que cometen, y tenderán a ocultar los propios bajo la bandera del islam o de la democracia. Los EEUU acusarán a Irán de ser una teocracia represiva, que ahoga las libertades y sitúa a las mujeres en una posición subordinada, que aplica códigos jurídicos medievales, incluyendo castigos corporales y ejecuciones por lapidación. Desde Irán, se acusará a los EEUU de ser un país imperialista y militarista, que tan solo busca la dominación del mundo. Se revestirán estas acusaciones con eslóganes sonoros: el eje del mal, la gran arrogancia. En realidad, todas estas acusaciones son ciertas. Y muchas otras que se callan. Y es necesario que sean ciertas para que el gran juego continúe. La suma de estas acusaciones forma parte de la representación, llamémosla geopolítica internacional, naciones unidas o llámese como se quiera. Uno y otro Estado se necesitan para legitimarse ante sus opiniones públicas. Irán (como Libia o Cuba) ha pasado a ocupar el papel de la URSS en la propaganda de guerra usamericana. Y los EEUU constituyen el Otro hostil de la ideología islámica que funda la Revolución.

Estado islámico o Estado de derecho: los adjetivos son un añadido, mera ideología legitimadora. En primer lugar, ni Irán es un Estado islámico ni los Estados Unidos es una democracia. Se trata de grandes maquinarias a través de las cuales las elites en el poder (económico y político) ejercen su dominio. Esto no quiere decir que todos los estados sean idénticos: los hay totalitarios y los hay más tolerantes, los hay más igualitarios y los hay más despiadados con los necesitados. El modo mediante el cual intentan legitimarse afecta, y mucho, a sus ciudadanos. Estados Unidos hará de la libertad una bandera, y eso reportará enormes beneficios a su población. Pero también será la fuente de numerosos males. Irán desarrollará una dialéctica opresor-oprimido, se presentará como un Estado basado en la compasión y otros criterios espirituales, defensor de los pobres y de los necesitados. Muchos bienes se derivan, sin duda, del hecho de que Irán busque su legitimidad en el islam. Pero de ello también se derivan muchos males. En la medida en que el islam es convertido en ideología del estado queda desarticulado como fuerza de liberación. Al final, nos damos cuenta de que nada de esto tiene que ver con el islam ni con la libertad, sino con intereses geoestratégicos de grandes estructuras de poder a través de las cuales las clases dirigentes de uno y otro país ejercen su dominio.

Es en este punto donde no debemos engañarnos. Aparentemente, la República islámica trata de dar la primacía a la religión sobre el Estado. Pero, en términos políticos, se trata justo de todo lo contrario: la primacía dada al clero implica la primacía de la razón de Estado sobre cualquier consideración de tipo religioso. La jutba de Jomeini que hemos citado antes no deja lugar a dudas. La razón de Estado justifica la prohibición de la peregrinación a Meka, o el establecer tres plegarias diarias en vez de cinco. Puede decidir si la lapidación es conveniente o no, si deben ahorcarse a los homosexuales o si deben azotarse a los borrachos. El Estado es una maquinaria de concentrar poder que todo lo devora. El Estado es una estructura jurídica y política dotada de poder, de facultades y de autoridad que busca en todo momento la realización de sus propios objetivos.

La expresión “Estado islámico” es una falacia. La Soberanía de Al-lâh no puede ejercerse a través del Estado, pues la estructura misma del Estado hace que éste tenga sus propios objetivos: su razón de ser es la que la guía. El Estado no es un instrumento neutro que pueda ser utilizado para uno u otro fin. El Estado es un fin en si mismo. El Estado, como la tecnología, tiene sus propios valores e ideales, y estos no son los del islam, sino todo lo contrario. El Estado es un agente represor, que tiene en su poder el monopolio legitimo de la violencia y que a su vez lo hace legitimo, se describe a si mismo como eterno y lo reproduce en la infraestructura que a su vez le dará el poder legitimo que tiene. Para ejercer este poder se dota de una serie de mecanismos (básicamente: la religión, la escuela, el aparato judicial, el aparato político, los medios de comunicación y la cultura). A estos términos Althusser denominaba AIE (Aparatos Ideológicos del Estado), como tales estos instrumentos siguen una línea en la cual representan el Estado (3). Un Estado que se fundamenta en una religión, lo que hace es poner esta religión al servicio del Estado.

El Estado ejerce la soberanía sobre el pueblo, usurpa la soberanía que sólo a Al-lâh le corresponde. Es un absurdo pretender que en un Estado es Al-lâh quien ejerce directamente su Soberanía, o que Al-lâh ejerce su Soberanía a través del Estado, o que el Estado ejerce la Soberanía de Al-lâh en tanto delegado. Quienes dicen esto desconocen por completo la esencia del Estado. Un lógica que surge de la tradición teológico-política occidental, y permanece vinculado a ella. Un Estado islámico es una contradicción en términos, un oxímoron, un contrasentido. Y cuando se pretende luchar contra la occidentalización mediante la ampliación de los poderes del Estado, uno no puede sino echarse a reír, pues la idea de un Estado omnipotente es la quintaesencia de Occidente. El modelo de la República Islámica de Irán no es la ciudad profética de Medina, en la cual no habían ni policías ni jueces ni sacerdotes ni gobierno. El modelo de la República Islámica de Irán es la República francesa jacobina.

Irán no es un Estado islámico, es el perfecto ejemplo de un Estado fetiche o mushrikún. Como el Faraón en el Corán, proclama: “Yo soy el Ser Supremo”. El culto a la personalidad, el dogmatismo y la falta de libertades, así como la omnipresencia de los retratos de Jomeini y de Ali Jamenei son los signos más evidentes de este hecho.

Notas
(1) Bakhash, Shaul, The Reign of the Ayatollahs, p. 73.
(2) Sobre los Muyahiddin del Pueblo
(3) Luis Althusser, Ideología y aparatos ideológicos de Estado
 

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