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Álvaro Galmés, un filólogo y arabista de origen riosellano

Se inaugura en la Biblioteca de la Universidad una sala con los libros del catedrático

02/03/2011 - Autor: Toni Silva - Fuente: www.lne.es
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Por la izquierda, Santiago García, Santiago Galmés, Juan Carlos Villaverde, M.ª Concepción Menéndez de Luarca, Antonio Vespertino y José Ramón
Por la izquierda, Santiago García, Santiago Galmés, Juan Carlos Villaverde, M.ª Concepción Menéndez de Luarca, Antonio Vespertino y José Ramón

El lunes 28 de febrero se inauguró solemnemente en el campus del Milán de la Universidad de Oviedo la sala «Álvaro Galmés» de la Biblioteca de Humanidades, un luminoso espacio dedicado al estudio de la lengua y la cultura árabes. La preciosa salita, con ventanales que parecen convocar a la luz de la sabiduría, es la extensión del área universitaria de estudios árabe-románicos que dirige el profesor Juan Carlos Villaverde Amieva, natural de Posada de Llanes y autoridad emergente en el conocimiento y la enseñanza de las relaciones lingüístico-literarias de las comunidades moriscas con las cristianas en la España medieval antes de su expulsión definitiva. Cada vez que tengo buenas noticias sobre el impulso de los estudios árabes en Oviedo me alegro doblemente, tanto por mi amigo Juan Carlos Villaverde (compañero desde primero de Bachillerato hasta las aulas universitarias) como por la buena salud de las relaciones occidentales con el mundo islámico, tan desconocido, desdeñado y demonizado en nuestros días, como si cada musulmán fuera un terrorista sin otro objetivo que acabar con nuestro bienestar, hacienda y vida. Y nunca deja de sorprenderme que una iniciativa tan seria haya surgido y arraigado con fuerza en Oviedo, «en el sitio donde menos se esperaría», por decirlo en palabras del ilustre arabista Emilio García Gómez, quien durante una asistencia a un congreso en Asturias también hizo notar la paradoja de que «los estudios sobre las postrimerías del Islam en la Península se hagan precisamente en la cuna de la Reconquista».

Mi alegría en esta ocasión no es doble sino triple, ya que también es altamente satisfactorio ver cómo se agasaja justamente a un cuasi riosellano, Álvaro Galmés de Fuentes (Madrid, 1924-2003), hijo de María Fuentes, natural y vecina de la aldea de Linares, núcleo principal de una boscosa parroquia encaramada en las últimas estribaciones orientales de la sierra del Sueve. La casa solariega de la familia de su madre (sobrina carnal del insigne lingüista Ramón Menéndez Pidal) había sido levantada en 1839 sobre los restos de una más antigua y se convirtió desde 1900 en el centro de reunión estival de una familia de intelectuales de primera fila, ya que la esposa de Menéndez Pidal, María Goyri, también fue una filóloga de fuste, de principios liberales y de sensibilidad afín a la Institución Libre de Enseñanza, como todos ellos. Y cuando digo «todos ellos» quiero destacar a dos de los miembros más jóvenes del clan, Diego Catalán, nieto de Ramón Menéndez Pidal, y el propio Álvaro Galmés, sobrino nieto de don Ramón. Diego Catalán, hijo de Jimena Menéndez-Pidal y del científico Miguel Catalán, fue (falleció en 2008) una eminencia en el mismo terreno que su abuelo, y a juicio de algunos especialistas, llegó a superarlo en la calidad, profundidad y originalidad de sus investigaciones lingüístico-literarias, especialmente en lo que se refiere al tema del romancero. Diego y Álvaro, primos, pasaron juntos los veranos en Linares y desde allí hicieron incursiones por los vericuetos de la comarca, desde Torre a Ponga, para recoger romances populares y para trazar la línea lingüística que delimita el uso de la «f» del bable central y la «j» de la jabla oriental.

Si Diego Catalán, que acabó como catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, siempre se mantuvo en el terreno de la filología románica y en el ámbito lingüístico castellano, Álvaro Galmés dio un giro a sus investigaciones y puso el foco sobre la producción escrita de los moriscos de la España medieval, un terreno entonces apenas entrevisto y mal entendido. Galmés, que había sido alumno de otro avanzado del arabismo, el ya citado Emilio García Gómez, tuvo la originalidad de combinar y cruzar desde principios de los años cincuenta los estudios filológicos románicos con los árabes, poniendo de relieve muchas más semejanzas estructurales, interpolaciones temáticas y trasvases narrativos entre ambas comunidades lingüísticas que lo que nunca se hubiera sospechado. Su tesis doctoral «Influencias sintácticas y estilísticas del árabe en la prosa medieval castellana», de 1954, marcó el punto de inflexión de su carrera y fue el origen de un prestigio como investigador que no ha dejado de crecer hasta el día de hoy, cuando ya lleva ocho años muerto y enterrado. Por cierto, sus restos yacen en el cementerio de Linares, cerca de la casona donde fue feliz y en el lugar neblinoso que cantó en sus poemas, pues también supo de lírica.

Pero no sólo alcanzó enorme prestigio como investigador, sino también como enseñante. Tras un lectorado en Zúrich y tras haber conseguido la cátedra de Filología Románica en 1957 en Madrid, y después de haber pasado por La Laguna y Múnich, llegó a la Universidad de Oviedo en 1962, donde habría de estar veinticuatro años y dejaría una honda huella entre sus discípulos, que lo recuerdan con la veneración que se reserva a un maestro y a un verdadero padre espiritual. Es el caso de Antonio Vespertino, recién jubilado; de Ana Cano, del propio Juan Carlos Villaverde -uno de sus últimos discípulos en Oviedo- o de José Ramón Fernández, de la primera promoción de sus alumnos y autor de una necrológica que va más allá de lo habitual en el género, en la que nos ofrece un extracto revelador de la vida y la obra del gran romanista. Tarea nada fácil, por cierto, pues ya el propio Álvaro Galmés dejó escrito en un poema (publicado en la «Revista de Filología Española», nº 21): «Nadie ve un río / sólo un trozo muy pequeño / entre dos curvas. / El que mira a un hombre / sólo ve una parte / entre recodo y recodo. / Su realidad desaparece / tras el meandro humano. / Lo que observa cada día / es sólo apariencia / entre curva y curva./ La vida, huésped del mundo, / es breve ramal de un río».

Su labor pedagógica en Oviedo fue muy grande. Creó la especialidad de Filología Románica despegándose de antiguos métodos historicistas, y entre él y Emilio Alarcos (con su entonces novedosa lingüística estructuralista) consiguieron poner a la Universidad ovetense en el mapa mundial de los estudios filológicos. Como nos recuerda José Ramón Fernández, Galmés dirigió todas las tesis doctorales de sus alumnos y los preparó para conseguir numerosas cátedras para toda España, que entonces se ganaban en Madrid, y fundó en Oviedo la Colección de Literatura Española Aljamiado Morisca y la llamada Escuela de Aljamiadistas, es decir, el núcleo de estudiosos de los textos escritos por los moriscos españoles, los musulmanes españoles que un día se vieron obligados a abandonar el país y que dejaron escondidos numerosos textos escritos en español pero con caracteres árabes, pues tras varias generaciones de estancia en España ya habían olvidado su lengua original y sólo conservaban el alfabeto. Por cierto, una extraordinaria selección de estos textos, de la que ha sido responsable científico Juan Carlos Villaverde, ha sido expuesta el año pasado en la Biblioteca Nacional.

Juan Carlos Villaverde es el sucesor natural de Galmés en Oviedo. Tuvo que luchar para mantener íntegras las enseñanzas de la lengua y cultura árabes, amenazadas en el último cambio de planes universitarios, pero la inauguración de la sala «Álvaro Galmés», con la donación de la biblioteca del maestro y el apoyo firme del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, ha supuesto un verdadero espaldarazo a su labor. Es él quien sostiene las publicaciones sobre el tema y especialmente la revista «Aljamía», creada en 1989 por sugerencia del propio Álvaro Galmés, que dejó Oviedo en 1987 para ocupar la cátedra de Filología Románica en la Universidad Complutense de Madrid, la misma que había ocupado su tío abuelo Ramón Menéndez Pidal. Y es él, «Canco» Villaverde, quien está siguiendo concienzudamente los pasos del maestro, incluidos los que lo llevan a otras universidades españolas y extranjeras o a fundaciones -como la Temimi, en Túnez- para seguir estableciendo puentes entre dos culturas, la occidental y la islámica, que muchos se esfuerzan en ignorar e incluso en romper, como si moros y cristianos no hubiéramos sido carne de la misma olla durante tantos siglos.

Álvaro Galmés reposa en el cementerio de Linares, en Ribadesella. «Ribadesella, voz sonora, que canta siempre nuestros versos desde que aprendimos a decir su nombre», tal como escribió él mismo. «En su ría confluyen por azar, sin que uno y otro se echen de menos, mar plomizo y río de esperanza», dice en la introducción a un estudio de algunos topónimos del concejo riosellano, barrunto que elaborado en alguna mañanada de Linares, cuando «la niebla de nuestros valles, esfumada y húmeda, va sacando a la luz lo que está oculto y ocultando las cosas manifiestas». Y en tono lírico quisiera acabar este breve artículo con un fragmento de otro poema del maestro, titulado «Al pino de Linares»: «Ya no dices nada. / Has muerto, centenario, / destronado por el viento, / que en ti articulaba, / un murmullo, / las palabras. / Queda de ti / sólo el recuerdo / de un grueso tocón / y recios tablones, / que en su crujido, y por las noches, / del mudo oráculo / quisiera seguir / oyendo sus secretos».

Así quiero imaginar hoy a sus discípulos y a la propia sociedad descabalada en que nos toca vivir. Así deberíamos saber estar, escuchando con atención el secreto de los recios tablones del edificio de la sabiduría, el mejor antídoto contra la intolerancia y la violencia que los agentes de la ignorancia, más o menos interesada, siembran cada día entre nosotros.
 

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