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‘Abdelwahid Yahia: metafísica e iniciación

Existe un uso universal que está por encima de lo físico y de lo empírico al que apuntan como principio axial todas las tradiciones sagradas

26/02/2011 - Autor: Sergio Trallero Moreno - Fuente: Revista Qalam
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Manuscrito árabe.
Manuscrito árabe.

Resulta difícil hablar de René Guénon sabiendo los acalorados debates que levanta y la tinta que corre en torno a él, pero no se pretende aquí defender, ni mucho menos publicitar de manera proselitista, ni su figura ni su obra. De hecho aquello que tiene alguna huella de individualidad poco importa, más allá de lo anecdótico, sino más bien todo aquello que es reconocido en el Espíritu como universal y que es transmitido por la Tradición misma en las distintas formas de Revelación.

‘Abdel Wahid Yahia (René Guénon en Occidente) no aparece en su obra como un filósofo teorizador, ni como un matemático, ni mucho menos como un historiador (del esoterismo, de las tradiciones) o un orientalista académico; tampoco como un fenomenólogo de la consciencia en la iniciación, ni como un metafísico (el último de Occidente han señalado algunos) en el sentido habitual de esta palabra; evidentemente nada tiene de ocultista decimonónico, ni de literato fantasioso en busca de “atlántidas” perdidas. La naturaleza de su obra, una vez rechazadas las anteriores, tampoco apunta a pretensiones superiores, como si de un Maestro espiritual se tratara y trajera una enseñanza propia (como tantos otros han hecho), ni siquiera a planteamientos de un buscador occidental converso e integrado en un medio oriental.

Su fuerza y trascendencia provienen del hecho de considerarse un humilde servidor cuya laboriosa y providencial tarea ha sido recopilar en una espléndida síntesis la Sabiduría de las tradiciones esotéricas vigentes para exponerla de modo accesible a un público occidental con unas determinadas prefiguraciones conceptuales.

No se pretende aquí tratar los puntos de la obra de Guénon (pues está a la disposición de quien quiera profundizar en ella), sino tan sólo resaltar brevemente aquellos aspectos cruciales para que el hombre actual tome consciencia del sentido último de la Tradición, esto es, el metafísico, y la realización espiritual consecuente, alejada de las caricaturas pseudoespirituales tan en boga.

En primer lugar resulta fundamental clarificar el término “metafísica”, pues el sentido que le da la filosofía académica oficial hace de entrada prejuzgar al propio Guénon de falto de rigor (cosa que acrecienta el desprecio inicial de intelectuales universitarios, amantes de las extensas referencias bibliográficas, nulas en Guénon). Por el contrario, si algo no se le puede reprochar es la falta de rigor terminológico, pues cualquier lector pronto se sorprende de sus profundos análisis etimológico-simbólicos, que trascienden las visiones historicistas y contingentes de la filología estándar, al tener una visión del Origen radicalmente opuesta.

Occidente, y especialmente la Modernidad, al ignorar la tradición, han desarrollado toda una serie de laberintos mentales en torno al ser y la existencia, problematizándolos y confundiéndolos crecientemente. Heidegger se refirió al “olvido del Ser”1 que se dio en la naciente filosofía griega, cuando se conceptualizó como “lo ente” (objeto del logos discursivo) y se ocultó su dimensión existencial si pudiera llamarse así. Pero la cuestión apunta a realidades más profundas si se analiza desde un contexto tradicional y cíclico, pues el olvido no es exclusivo del hombre occidental sino del hombre en sí en un momento cósmico preciso, y no es simplemente del Ser, como apunta Heidegger2 , sino de lo que va más allá de este Ser y constituye la Trascendencia misma, en su misterio e inaccesibilidad.

Académicamente la definición de metafísica proviene de Aristóteles y de su libro homónimo. Éste nunca lo llamó así y cuando, siglos después, Andrónico de Rodas catalogó su obra, se dio cuenta de que el tratado recopilado después de la Física no tenía nombre y optó por referirse a él como Meta- (detrás, más allá) física. Según Aristóteles hay un saber que constituye la filosofía primera en tanto que estudia al Ser en tanto que Ser, así como sus principios y causas más elevadas. Este Ser no es otra cosa que la substancia (ousía en griego) en cuanto tal, dejando en un segundo orden los accidentes y predicables de ella. Pero pronto se plasma una escisión, ya en el mismo Aristóteles, debido a la exigencia fundamentadora: por un lado el estudio señalado anteriormente se constituirá como “ontología” (ciencia del ser), y por otro como estudio de la substancia separada e inmóvil (el primer motor, Dios) en cuyo caso será una “teología” (ciencia de Dios).

En la Edad Media se intentó integrar o subordinar la metafísica griega a la Revelación, judía, cristiana o musulmana, dando lugar a diversidad de debates: entre razón y fe, entre verdades reveladas y racionales, en torno al problema de los universales, voluntarismo e intelectualismo de la naturaleza divina, etc. Y más tarde en la Modernidad, con Descartes a la cabeza, la metafísica pasó a ser una arquitectónica de la razón subjetiva sobre las primeras verdades, en busca del fundamento del conocimiento. Como imitación a la ciencia moderna triunfante, la filosofía primera intentó elucidar racionalmente todas cuestiones trans-físicas o meta-empíricas. A partir del siglo de la Ilustración, con Kant y Hegel se llegó al culmen del monopolio de la Razón (bajo distintos nombres) en el ámbito teórico, práctico y del devenir histórico, abriendo una crisis en la metafísica tradicional y preparando su paulatina muerte, como atestiguan posteriormente Marx y Nietzsche. Pero el hecho es que el siglo XX ha sido el del fracaso rotundo, en toda praxis, de los principios de la Modernidad, abocando precisamente en corrientes irracionales y existencialistas que no logran trascender lo individual por estar exentas de principios superiores y universales (sin considerar claro está toda la línea de filosofías analíticas, herederas del positivismo cientificista, que hace tiempo que se habían desembarazado de todo resquicio de metafísica).

Pues bien, dejando a parte la historia occidental del término metafísica, el hecho es que existe un uso universal que puede aplicarse al dominio que está por encima de lo físico, de lo empírico, e incluso de la percepción psico-física ordinaria (sea sensorial o mental), y al que apuntan como principio axial todas las tradiciones sagradas. Bien podría hablarse de “sobrenatural”, por ser sinónimo, pero aporta connotaciones que desvirtúan su auténtico sentido. En repetidas ocasiones el propio Guénon expone magistralmente lo metafísico como “aquello que no se puede definir, por su condición de Ilimitado e Inexpresable, así como que su conocimiento es puramente suprarracional, intuitivo y directo, acción del Intelecto Trascendente, y de naturaleza no humana”. Todo lo relativo al orden de los fenómenos, ya sean físicos o psíquicos, escapa a la visión metafísica constituyéndose en momentos como obstáculos en el camino. Lo metafísico entonces, desde una perspectiva tradicional, corresponde a la Realidad que origina, contiene y reabsorbe lo cosmológico, a la vez que lo trasciende en su eternidad e infinitud. El conocimiento metafísico reside así en la región de los principios universales o arquetipos divinos (próximos a los que Platón aludía) que van “más allá” de la creación, en el sentido de mundo o manifestación.

Lo importante de su obra en esta cuestión es haberle devuelto a la metafísica su verdadera esencia, superando la deformación occidental como ciencia del ser o ente (ya sea de las criaturas o de Dios), porque precisamente apunta a lo que va más allá del Ser, siendo éste una determinación de la pura e ilimitada potencialidad del Infinito (entendido no como simple vacuidad espacial sino como no-Ser cualitativo, plenitud total).

Desde un punto de vista iniciático, es decir, el del esoterismo tradicional, la Realidad manifestada comprende unos estados múltiples del ser, que Guénon ilustra visualmente según unas coordenadas inscritas en una esfera con un eje vertical central. Todo plano horizontal por el que pueda seccionarse dicha esfera del Ser3 corresponde a un nivel existencial en el que se irradian desde el centro toda una serie de puntos (o seres) hacia la periferia. Tenemos así una emanación del núcleo luminoso y sutil hacia estados cada vez más oscuros y densos a medida que se alejan de dicho centro. Al igual que desde la Unidad (primera afirmación a la que algunos textos revelados se refieren como un punto de Luz sobre la oscuridad primordial) se desarrolla toda la secuencia numérico-cosmogónica hasta el Nueve (símbolo de la circunferencia, manifestación completada en el despliegue de sus tres planos: 3x3). La estructura del cosmos o creación comprende así unos estados formales, que pueden ser groseros (lo físico y material) y/o sutiles (los psíquicos por ejemplo), y que constituyen a todo individuo, y unos estados informales, suprahumanos o angelicales, que representan los principios o arquetipos espirituales (atributos divinos) de los que los anteriores participan y reciben su esencia4.

En el otro polo tendríamos la No-manifestación que, evidentemente no consiste en estados, ya sean individuales o supraindividuales, sino en la extinción absoluta del ser mismo en el misterio de su origen, el secreto de la oscuridad divina o luz sobre luz, el ser del ser que no puede ser ni tampoco no-ser. El silencio y la ausencia omnipresentes de este estado sin estado es a lo que apunta la Metafísica pura en su sentido esotérico.

En este sentido tampoco hay que olvidar que esta concepción sagrada de la Metafísica poco tiene de teórico y especulativo y mucho en cambio de práctica espiritual. De hecho resulta crucial la importancia de la Tradición como depositaria de las formas reveladas que permiten al hombre la Iniciación, es decir, religarse a la cadena de transmisión espiritual, a través de un maestro autorizado, en la reintegración del estado del Hombre Universal, o lo que es lo mismo, la realización de toda la potencialidad del plano existencial humano, para ascender así axialmente a los estados superiores. Para expresar la realidad de este instante inefable con palabras del propio Guénon : “no consideramos la realización metafísica como un efecto de cualquier causa porque no es la producción de algo que todavía no existe sino la toma de consciencia de lo que es, de un modo permanente e inmutable, fuera de toda sucesión temporal u otra de la corriente de las formas pues todos los estados del ser, considerados en su principio están en perfecta simultaneidad en el eterno presente”5.

El sentido del descenso de la Revelación a lo largo de la historia se explica por la necesidad del hombre de orientarse hacia lo vertical en momentos en los que el olvido del Origen (del Principio) es cada vez mayor. Sólo agarrándonos a dichas formas reveladas se accede a la iniciación real, pues la cadena de los profetas hasta el primer hombre deber ser integrada interiormente.

Esta primera fase de la iniciación es de naturaleza cosmológica dado que se trata de reabsorber todo el despliegue de la manifestación desde nuestro plano existencial actual. Para ello nos ayudan diversas ciencias sagradas como la Astrología, la Alquimia o la Cábala6, al establecer la analogía entre las leyes del Macrocosmos y las del Microcosmos. La estación espiritual del reconocimiento de la Unidad Cósmica de todas las formas de la creación corresponde a los llamados Misterios Menores de la tradición eleusina, recuperación del estado humano absoluto (la pureza originaria de todo ser). Desde ahí la cosmología abre paso simultáneamente a la metafísica y la creación es trascendida, como mero velo ilusorio, en el mundo informal de los estados supraindividuales, esencias puras o angelicales que simbolizan las primeras determinaciones de lo divino (primeras emanaciones luminosas) o atributos de lo innombrable. Son la proximidad máxima, la mayor nitidez que puede alcanzar el Intelecto antes de la extinción en la noche precósmica abismal. Iniciación en los Misterios Mayores (o mejor dicho el misterio mayor de la Esencia divina) que Guénon expone como la “salida de la caverna cósmica por el polo axial de la manifestación”.

Otro aspecto imprescindible que debemos agradecer a las exposiciones tradicionales de Guénon es el marco en el que se inscribe y toma sentido dicha progresión iniciática, esto es, la doctrina de los Ciclos Cósmicos. El hombre actual debe romper un gran escudo y dar un salto metafísico para adentrarse en la concepción cíclica del tiempo, pues ha desarrollado toda una mentalidad lineal historicista, acrecentada desde la Modernidad por los ideales de progreso emancipador.

La cuestión central es que la ciencia moderna ha desarrollado una visión radicalmente cuantitativa (para una más sólida fundamentación matemática) y ha ignorado la dimensión cualitativa, inherente a todo punto de vista tradicional. Las leyes de dicha ciencia, inducidas de la experiencia reiterativa según los parámetros de una teoría preconcebida, son tan inestables y frágiles como la aparente fortaleza que pretenden mostrar. El problema es cuando desde ahí se establece una ley universal que permite construir nuevas doctrinas científicas: por ejemplo toda la física se sustenta en axiomas incuestionables, como que lo que se considera “materia” siempre ha tenido las propiedades presentes (de densidad, vibración, composición, gravedad, etc.) cosa que legitima a reconstruir teorías amplísimas en abanicos de miles de millones de años, en los que cabe todo.7

No se advierte que lo cualitativo vivifica la realidad cosmológica desde otro orden, de la interioridad a la exterioridad, de lo sutil a lo denso si se pudiera decir así, en un sentido siempre vertical y esencial, y que la descripción cuantitativa es estanca, muerta, vacía, proyección al pasado y futuro de estados actuales que nada garantiza que siempre fueran así.

La doctrina tradicional de los ciclos cósmicos, heredada de forma más completa en el hinduismo, exige ser plasmada en clave temporal circular y no lineal, y este es un mérito clarificador de ‘Abdel Wahid: la sucesión (descenso cíclico) de las Eras de un Manvantara o Humanidad según la progresión del tetraktys pitagórico (1,2,3,4 = 10) a partir de claves numerológicas muy precisas en relación a referencias tradicionales y el ciclo de la precesión equinoccial.8 Desde los ocultistas teosóficos a los historiadores de las religiones, se han presentado dichas eras cuantitativamente, en millones de años, por los mismos velos positivistas antes citados, ignorando las claves simbólicas numéricas que aporta el esoterismo tradicional.

En este contexto la Tradición es idéntica al Manvantara y aparece nítida con el Manu o Rey del Mundo, en estado primordial, para desplegarse en distintas fases y formas tradicionales en un progresivo oscurecimiento. Como el Manvantara es el Hombre en la actual manifestación existencial, recuperar la naturaleza originaria presupone remontar todo el ciclo, desde la Revelación de la profecía presente hasta el estado adámico del primer hombre, ascendiendo por cada profeta y su mensaje.

En medio de todos los cientificismos el Evolucionismo se presenta como la losa conceptual más pesada y difícil de erradicar del hombre contemporáneo, y que determina la distinción entre lo sagrado y lo profano a efectos de iniciación. Esta teoría destruye la visión tradicional cíclica del origen del hombre9 e invalida la Revelación como incesante fuente vertical de las luces espirituales.

La horizontalidad y gradación formal que presenta aparece cómoda al hombre actual, falto de una figuración precisa en torno a su origen, una vez negadas las “fábulas religosas”. Si la Tradición mira al pasado para recuperar el Principio olvidado, la ciencia moderna mira al futuro en un anhelo de dominación de la naturaleza hacia un “desarrollo superior” no sólo biológico sino de la consciencia misma. Si el hombre tradicional, por amor a la creación, se somete a su Creador, el hombre moderno quiere someter toda creación por “amor” a sí mismo. La distinción entre una mentalidad tradicional y una moderna marca así la separación a la hora de entrar en una vía iniciática de retorno o bien entregarse al libre progreso de la individualidad con todas sus pretensiones.

El evolucionismo constituye el gran velo enquistado en el ego del hombre occidental ya que invierte todo orden sagrado, toda jerarquía, al derivar lo superior de lo inferior, siendo lo espiritual una proyección a escala de los estratos más groseros de materialidad.10

Lo cierto es que, como muy bien analiza Guénon en algunas de sus obras más populares, todas estas corrientes representan desviaciones de la propia mentalidad moderna11, una vez haber roto todo vínculo con el esoterismo tradicional. El Espíritu ha ido alejándose del hombre moderno hasta dejarlo desamparado en la actualidad, en un oscurecimiento y confusión crecientes (las últimas fases del Kali Yuga o Edad Sombría) y ocultamiento de las realidades espirituales. La etapa de la solidificación del mundo ha tocado fondo tras un sinfín de inercias materialistas y ahora sólo queda la disolución de la carcasa vacía a través de los vapores que emergen de las grietas. Es decir, las concepciones materialistas y ateas tienden a caducar a un nivel y se abre paso a dimensiones sutiles de representarse la realidad, como se ve en las tendencias espiritualizantes (o pseudoespirituales) del movimiento Nueva Era12, sincretismos de la ciencia más vanguardista con símbolos de la tradición distorsionados. El hecho es que representan una confusión total y posibilitan la contrainiciación, es decir, no ya sólo la negación del Espíritu propia del materialismo anterior, sino la afirmación de lo contrario de forma encubierta o inconsciente, cosa que los hace tremendamente peligrosos.

Otra de las importantes aclaraciones de su obra reside en la distinción entre esoterismo y exoterismo, que se encuentra bien definida dentro del Tasawwuf islámico, al que se inició. La perspectiva tradicional en sus diversas formas históricas garantiza el núcleo metafísico común y universal desde la dimensión interior o esoterismo de toda doctrina. Es importante resaltar la necesidad del exoterismo, como protección y receptáculo de la Luz espiritual, pues es precisamente en la Ley de las formas reveladas donde el rayo del Intelecto se coagula y desciende hasta este plano, posibilitando así una realización efectiva.

El alma o psiquismo, en su pura plasticidad, necesita amoldarse a la Forma Cósmica perfecta, manifestada verticalmente en los ritos. Como se enfatiza en el Tasawwuf, el esoterismo más actual cíclicamente hablando, se deben borrar las idolatrías y dualismos de nuestra identidad para que descienda puro el Espíritu (la omnipresencia absoluta de Allah), en su realidad unificante, fuera del cual nada es.

Visto está que el “ego” exige estar vigilante siempre, te posiciones de un lado o de otro, se tengan una ideas u otras, unas predisposiciones u otras, y que las herramientas de este absurdo combate contra algo ilusorio (contra la inconsciencia y la ignorancia más bien) provienen de las formas reveladas, vestimentas para el alma a modo de ropaje cósmico del Gran Hombre que es el Universo.

Lo cierto es que la distinción esoterismo/exoterismo es una distinción operativa, a efectos iniciáticos, ya que en la síntesis de la Identidad Suprema el exterior se ha interiorizado y el interior se ha exteriorizado, revelándose en las formas el dominio de lo informal. La trascendencia se ha desvelado volviéndose inmanente y la inmanencia misma se desvanece en su trascendencia, como misterio de la Esencia de Allah, que se manifiesta en su ocultamiento y se oculta en su manifestación.

‘Abdel Wahid Yahia no es más que un servidor para Occidente, como un faro que ayuda a divisar tierra en una creciente agitación, confusión y oscuridad. Cualquier occidental no puede ignorar su obra si quiere despojarse de la carcasa conceptual heredada, en una verdadera higiene mental, que le permita la entrega absoluta en una Vía iniciática, o lo que es lo mismo, la apertura de su corazón al Secreto último de la Realidad.

Se podría considerar a ‘Abdel Wahid como síntesis de Oriente y Occidente en el hombre contemporáneo, como paradigma del occidental converso que se ha implicado hasta el final, mediante la iniciación sufí, hasta la extinción (fana) en la Gnosis divina (ma’rifa), entrando en la vía de retorno a la Haqiqa (Verdad) del Islam, como última Revelación en la tierra y como plasmación íntegra de la Tradición Primordial en el final de ciclo.

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