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Abdolhassan Bani Sadr: la superación de las relaciones de poder

Irán: variaciones revolucionarias. El debate teológico-político en Irán (7)

24/02/2011 - Autor: Seyyed az-Zahirí - Fuente: Webislam
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Abdolhassan Bani Sadr, primer presidente electo de la República Islámica de Irán
Abdolhassan Bani Sadr, primer presidente electo de la República Islámica de Irán

Muchos de los movimientos y personajes protagonistas de la Revolución fueron posteriormente prohibidos, murieron o tuvieron que exiliarse. Entre los exiliados, es imprescindible referirse a Sayyid Abdolhassan Bani Sadr, un pensador sumamente original, cuyo pensamiento teológico y político gira en torno a la idea del tawhid (unicidad de lo creado). Nacido en 1933, proveniente de una familia de clérigos, estudió sociología, economía y teología, una combinación que se convierte en explosiva cuando uno se hace asiduo de las charlas de un Mahmud Taleqani, cuya exégesis coránica abre caminos impensados.

Una de las particularidades de Bani Sadr en esta historia es que se lo puede considerar como uno de los principales ideólogos de la Revolución, pero también como un pensador post-revolucionario. A principios del año 2010, Bani Sadr sigue activo en su exilio parisino, y ha publicado diversos libros en los cuales expresa su concepción política diferenciada con respecto al rumbo tomado por la Revolución. En este sentido, podríamos situarlo en la primera parte (antecedentes ideológicos) o en la última (desarrollos post-revolucionarios) de este libro. Si optamos por la primera solución es porque se trata de una de las personalidades claves de la Revolución, en cuya obra se detecta la tensión entre dos concepciones opuestas del Imamato.

Una de sus primeras obras lleva por título El culto al individuo (1). Constituye una crítica al individualismo como rasgo totalitario, con manifestaciones concretas en los campos político, económico, cultural, social… El islam se opone de forma radical al culto al individuo, y en eso consiste precisamente el gran yihad, la lucha contra el ego narcisista. El culto al individuo es la elevación del ego y sus ansias de poder. Estas deben ser eliminadas, no solo de los individuos, sino de la sociedad y las instituciones. Una sociedad sana es aquella en la cual ningún ego ejerce su dominio sobre otro, pues todos se reconocen como criaturas sometidas a Al-lâh, limitadas por un espacio y tiempo. De este modo todas ellas quedan liberadas, centradas en su propio desarrollo espiritual, y no en la lucha entre ellos. Esta también puede ser entendida como lucha de clases, un estadio que quedaría superado en el islam… En el “verdadero islam”, por supuesto, no en el islam que hemos tenido a lo largo de la historia (y que al nivel del poder sigue siendo dominante).

Bani Sadr distingue entre lo que califica como “equilibrio positivo” y “equilibrio negativo”. Un equilibrio positivo se da cuando a una fuerza de dominación se le opone otra, y ambas evitan el enfrentamiento y se acomodan. Diferentes poderes están en equilibrio, pero todos ellos ejercen diferentes formas de presión para conseguir sus objetivos. Se genera una tensión destructiva, en la medida en que todas estas tendencias de dominio son alienantes, ejercen una determinada violencia sobre el espíritu humano y lo desvían de su auto-realización. Este tipo de equilibrio se da entre la izquierda y la derecha, o entre el capitalismo y el comunismo. Implica el abandono del tawhid por una concepción dualista, que teológicamente se remonta al mazdeísmo, con la tensión entre los poderes del Bien y del Mal (cada uno atribuye el Mal al otro). Pero estos ídolos deben ser superados en un sistema armónico, no basado en el enfrentamiento. Para Bani Sadr, las ideologías occidentales no nos sirven, pues todas ellas conducen al establecimiento de las relaciones de dominio (aquí habría que decir que Bani Sadr ignora el anarquismo).

A este equilibrio positivo, le opone el equilibrio negativo, basado no en el dominio y el conflicto, sino en las relaciones de hermandad y apoyo mutuo. El adjetivo negativo significa que se trata de un equilibrio que ha logrado destruir las relaciones de dominación: nadie debe obedecer a nadie, pues todos deben obedecer tan solo a Al-lâh. La tensión resultante es creativa, permite a los humanos el interactuar y el poner en juego sus capacidades naturales. El ser humano es califa de Al-lâh, debe desistir a cualquier relación basada en el mando y la obediencia. Él mismo debe negarse a mandar y a obedecer, a explotar y a ser explotado. Solo entonces se logrará una sociedad unitaria (yame’eh-ye-towhidi), regida por la idea del tawhid, la unicidad de todo lo creado, la noción radical de que la Realidad es Una y Única, y que por tanto todas las criaturas son iguales ante Al-lâh.

Queda por explicar como se logra esto, y cual sería el funcionamiento de semejante sociedad. El medio, ya lo hemos dicho, es el yihad. Se trata de un esfuerzo de superación individual y colectivo, eminentemente no violento. Un yihad violento es un contrasentido, pues si no se eliminan la violencia y la coacción de raíz, no se lograría nada. Esto implica en primer lugar eliminarlos de uno mismo, de cada individuo, y en segundo lugar eliminarlos de las relaciones interpersonales. El tawhid es un método que permite al ser humano liberarse de la idolatría, y tiene aplicación en los ámbitos político, económico, social y cultural:

El principio del tawhid conlleva la negación de toda clase de bastiones económicos, políticos, ideológicos, etc., en los cuales se hubiera concentrado el poder (2).

Así, se trata de un esfuerzo por destruir toda forma de poder externa al ser humano, en especial de todas aquellas ficciones o mitos mediante la cual se trata de justificar el dominio de unos sobre otros. Bani Sadr habla de diferentes tipos de mitologías, y las vincula todas ellas a diversas formas de despotismo. La idolatría adquiere formas cambiantes con el tiempo. Bani Sadr habla de una “producción incesante de mitos”, pero pueden distinguirse algunos que se repiten a lo largo de la historia:

1) Mitos de la naturaleza: cultos solares y lunares, mística de los elementos.

2) Mitos del tiempo y del espacio: Dios no pertenece ni a oriente ni a occidente, ni al norte ni al sur, ni al cielo ni a la tierra, pero tampoco al pasado o al futuro: rechazo del mito de los orígenes y de la idea de progreso.

3) Mitos socio-políticos: mitos de la raza, del carisma de los líderes, del culto a la personalidad, del culto a la autoridad, de la monarquía sagrada. También el mito del Guía. El Corán afirma que nadie puede guiar al ser humano excepto Al-lâh. Ni siquiera los profetas.

4) Mitos económicos: el mito de la propiedad, tanto privada como estatal, la aceptación de las clases y las desigualdades como algo normal. La propiedad estatal ha sustituido a la del monarca absoluto, pero su derecho es tan ilegítimo como la de este.

5) Mitos culturales: la magia, la videncia, el dogmatismo religioso e ideológico. También el cientifismo, el apelar a pseudo ciencias (marxismo, racismo, darwinismo…) como coartada de intereses políticos o económicos. Actualmente, “el mito del progreso material se ha convertido en el Dios supremo de la civilización” (3). Todos los tiranos han tenido sus “magos” (como el Faraón), encargados de dar legitimidad a su poder. Hoy son las elites intelectuales corruptas, que manipulan a las masas y justifican las desigualdades y las guerras como naturales o inevitables o queridas por Al-lâh.

Con el fin de superar estos mitos de dominación, la aplicación del tawhid implica el trabajar en cuatro direcciones principales:

1) Política: la autoridad le corresponde únicamente a Al-lâh. Los seres humanos son califas de Al-lâh sobre la tierra: a través del ejercicio del califato, cada uno tiene el derecho a ejercer el liderazgo sobre si mismo y sobre los demás, según su capacidad y sus posibilidades. Esto implica que nadie puede monopolizar el poder.

2) Económica: Al-lâh es el único propietario. Es necesario abolir no solo la propiedad privada, sino también la colectiva. La única propiedad legítima es aquella derivada del propio trabajo.

3) Social: todos los miembros de una sociedad son siervos de Al-lâh. Ninguna clase o raza o elite tiene el derecho de la supremacía. Esto implica también la igualdad hombre-mujer.

4) Cultural: solo Al-lâh es al-Hakim, el Sabio. Ningún ser o grupo humano está en posesión de la Verdad. Esto implica la libertad de conciencia, sin restricciones. E implica también la imposibilidad de imponer el islam. Una idea liberadora deja de ser tal cosa cuando es impuesta, y se convierte en una ideología de dominio.

Como economista, Bani Sadr escribió extensamente sobre los problemas reales del Irán pre-revolucionario. Su obra Petróleo y Dominación constituye un alegato en contra de la política económica del Shah. Critica la mala planificación y el hecho de que más del 30% del presupuesto del Estado sea destinado a la seguridad y al ejército (es decir, a los brazos ejecutores del dominio), cuyos equipamientos son comprados a occidente. A esto se suma la necesidad de importar productos extranjeros para las clases altas. Todo redunda en beneficio de occidente. Mientras los países de origen de las grandes compañías que explotan Irán se desarrollan, Irán queda en el atraso y la pobreza, con una economía enteramente centrada en el petróleo y en el desprecio a otras áreas de su economía. El periodo colonial ha tenido un impacto devastador para la agricultura. El aumento del precio de la vida se produce en un momento en que se desarticulan las economías domésticas de subsistencia. Todo esto ha conducido a la ruptura social y a la dependencia de un occidente depredador. Una muestra palpable de la teoría de Bani Sadr sobre una sociedad basada en las relaciones de poder. Poder de occidente sobre Irán, poder del Shah sobre sus súbditos, poder del petróleo sobre la agricultura, poder de la burguesía urbana sobre las clases bajas, poder del ejército sobre la población en general.

Es pues imprescindible reapropiarse de la economía, islamizarla y ponerla al servicio de la humanidad. La economía unitaria es en primer lugar la lucha contra la carestía. La carestía es una enfermedad social, un producto de las relaciones de dominio. Al-lâh ha creado suficientes provisiones para satisfacer las necesidades básicas de todos. La acumulación de capital es el resultado de la depredación y la violencia, y estos son el resultado del abandono de la dimensión espiritual. Acumulación de capital, acumulación de poder, monopolio de la violencia por parte del Estado, culto al individuo… son piezas de la misma ideología destructora, cuyas máximas expresiones son la guerra y el imperialismo. Esta ideología actúa como una tela de araña, penetrando el tejido social, destruyendo las relaciones naturales y finalmente destruyendo la dimensión espiritual de las personas.

Al-lâh es el único propietario, a Él corresponde en exclusiva la propiedad absoluta. El único medio legítimo de acceder a una propiedad es el trabajo, pero aún así esta propiedad se considerará como relativa. El trabajo es la fuerza social (el yihad) que se opone a la depredación y a la violencia. Frente a una propiedad adquirida y defendida por la fuerza, la propiedad que se origina mediante el trabajo no daña ni al trabajador ni a sus conciudadanos, redunda en beneficio del uno y de los otros.

La propiedad absoluta corresponde únicamente a Al-lâh. No puede por tanto ser ni pública ni privada. Pero eso, ¿cómo se materializa? Es aquí donde Bani Sadr introduce la figura política del Imamato, como administrador legítimo, en nombre de Al-lâh. Pero el Imam no es necesariamente una persona. Ya hemos visto que todos los seres humanos son califas de Al-lâh sobre la tierra, y por tanto todos ellos tienen una participación y una responsabilidad en los asuntos colectivos. Aún así, el Imam es necesario, pues estamos en un periodo de transición hacia una sociedad en la cual las relaciones de poder hayan desaparecidos y todos puedan ejercer el califato. Nos situamos en el periodo de la Ocultación del Imam. En este periodo el Imam es quien Guía a la humanidad en el camino hacia su objetivo último, a través de una revolución permanente.

A los que nos hayan seguido les puede chocar esta repentina aparición del Imam como Guía de la humanidad. Después de negar toda forma de poder y de propiedad absolutas, acaba entregando el control del poder y a la propiedad a una figura mítica, que puede estar encarnada en una persona. De hecho, así ha sido en el caso del Imam Ali y de los doce Imames, y Dabashi afirma que Bani Sadr fue la primera persona en referirse a Jomeini como Imam (4)… ¿Acaso no contradice esto su rechazo de las relaciones basadas en el poder o en la supremacía de unos sobre otros? ¿No abre las puertas al nepotismo? Efectivamente. Pero esta es la única salida que encuentra a la negación de la propiedad absoluta pública y privada. Es, además, una forma de encajar su “economía monoteísta” en los esquemas del chiísmo duodecimano.

Este aquí donde el pensamiento de Bani Sadr puede parecer más ambiguo. Tal vez podamos distinguir entre un planteamiento pre y post-revolucionario. Si antes de la Revolución aceptó el Imamato de Jomeini, tras ver como este derivaba hacia el despotismo se decanta hacia el Imamato colectivo. Aunque ya en sus obras del periodo anterior al triunfo de la Revolución había advertido del peligro de la tiranía en nombre del islam, en cuanto este fuese impuesto mediante un ejercicio de poder. Lo que no esta claro es como puede ser implementado sin ejercer ningún tipo de poder, como el Imam (sea individual o sea colectivo) realizaría su misión de constituirse en Guía de la humanidad, y si las gentes deberían seguir sus directrices. Si se trata de una figura política. ¿tendría el control de los medios de producción, ejercería su liderazgo a través del aparato del Estado, tendría una policía y un ejército que hiciesen efectivo el rol del Imam como guía de la sociedad hacia la utopía…?

Hamid Dabashi califica su pensamiento como “cripto-fascista” (5), y acusa a Bani Sadr de “creer que Dios está de su lado”… Esto es sorprendente, pues es justo lo contrario de lo que Bani Sadr proclama: en El Corán y el Poder afirma explícitamente que la pretensión de estar en posesión de la Verdad o de representar a Al-lâh es una forma de idolatría (6). Por si fuera poco, Bani Sadr se declara pacifista, rechaza la violencia, deja claro que “el fin no justifica los medios” y que el mensaje islámico es anti-maquiavélico. No es posible llegar mediante la violencia a la destrucción de las relaciones de poder. Precisamente, a Dabashi parece molestarle especialmente que Bani Sadr se declare pacifista. No lo soporta… y tal vez tenga razón. Pues Bani Sadr fue el primer presidente electo de una República Islámica que, enseguida, haría correr ríos de sangre. Dabashi le niega a Bani Sadr su angelismo, su pretensión de ser inocente de lo sucedido. Le estorba la figura del revolucionario exiliado crítico con la deriva de la Revolución hacia el totalitarismo. Por ello transforma su pacifismo en una forma de superioridad moral sospechosa de cripto-fascismo… A Bani Sadr se le puede acusar de muchas cosas, pero este término nos parece inapropiado. También nos parece odiosa la pretensión de que su rechazo del culto al yo se deba a una necesidad psicológica, pues Bani Sadr sería alguien carente del encanto de Al-e Ahmad, de la pasión de Shariati, de la erudición de Tabatabai, del poder de persuasión de Taleqani… en definitiva, para Dabashi se trata de un ser anodino y superficial (7).

En cualquier caso, en su libro El Corán y el poder, publicado en francés en 1993, Bani Sadr deja claro que “el Imamato ha sido concedido a todo el género humano”, y que debe ser ejercido mediante la concertación o Shura, es decir, mediante un procedimiento democrático (8). El Imamato (al-imama) debe ser colectivo por el hecho de que el Corán afirma que Al-lâh ha otorgado su confianza (amana) a toda la humanidad. Aquí ya no separa entre Imamato (propio de un Guía divinamente inspirado) y el Califato (propio de todos los humanos).

Responsabilidad individual y libertad son indisociables, la una presupone la otra. Por eso los tiranos y sus servidores (los magos del Faraón, los intelectuales orgánicos de las tiranías o los pensadores mediáticos de las democracias parlamentarias) tratan de inculcar el fatalismo, la idea de que el ser humano no es libre de hacer su destino, como ideología que hace pasivas y resignadas a las gentes: las hace por tanto abdicar de ejercer su califato. El ser humano que renuncia al califato renuncia a la libertad y a la responsabilidad que Al-lâh le ha otorgado, renuncia al ejercicio de su creatividad y de su intelecto. Rompe con el pacto interior que le unía a Al-lâh y deja por ello de ser persona de confianza de Al-lâh sobre la tierra. Pues la libertad es algo interior al ser humano, forma parte de su naturaleza.

Se entiende entonces que afirme que el mal mayor es el dogmatismo, pues anula la duda y paraliza el desarrollo natural del pensamiento. Conduce al culto a la identidad nacional o religiosa, al espíritu gregario y al anularse de los individuos en una identidad fija. Para Bani Sadr no es la identidad lo que cuenta (el ser musulmán o liberal o comunista o argentino) sino los actos: cada uno será juzgado según sus actos, y no por nuestra pertenencia a este o a otro grupo. La responsabilidad que Al-lâh nos ha otorgado no se resuelve mediante la cesión de nuestra soberanía, sino mediante su ejercicio.

Aún así, para Bani Sadr este Imamato colectivo (que se ejerce mediante la Shura o consulta mutua) no es un ideal que deba mantenerse, sino parte de un proceso hacia la total abolición de cualquier forma de poder de unos sobre otros. Aquí se introduce otra de las claves de su pensamiento: ma’ad o sociedad final, como un objetivo a largo plazo, al cual debe tender la sociedad. El ideal es aquel estado en el cual cada uno sea su propio Imam y nadie deba obedecer a nadie. Mientras tanto (en la época de la Ocultación), existen unas personas que se dedican a actividades científicas y creativas, y otras a tareas productivas. Como criterio, puede decirse que una sociedad será más armónica y más desarrollada en la medida en que un mayor número de personas tenga acceso a actividades científicas, a la creación y a la crítica.

Bani Sadr traza una distinción entre el Partido de Dios y el Partido de Satán, que se corresponde a las ideas de la anulación o el ejercicio del dominio, de la violencia y de la fuerza. El Partido de Al-lâh (al que también califica como revolucionario) sería aquel que ha renunciado a imponerse a los otros y trabaja en la línea de abolir la opresión y toda tendencia impositiva: “No seáis de los opresores”, dice el Corán. El Partido de Al-lâh es el de las gentes, en la medida en que los considera a todos ellos como califas de Al-lâh. No es pues el partido de una clase social ni la coartada de intereses económicos. Las responsabilidades de un Imamato ejercido por el Partido de Al-lâh serían, básicamente: el pleno desarrollo de las libertades, el mantener la unidad y erradicar las contradicciones sociales, el elaborar un programa (realista) que refleje los principios directrices del Corán, y luchar contra los partidarios de un gobierno basado en el ejercicio de la fuerza. Aún así, el Partido de Al-lâh ejerce como órgano ejecutivo. Bani Sadr reconoce que el hecho de que exista un poder ejecutivo es ya un principio totalitario, contradictorio con el objetivo final de la liberación de las relaciones de poder. Lo ve como un mal menor necesario y afirma que debe quedar sometido a las decisiones colectivas. Con esto, parece claro que está muy lejos de cualquier tentación totalitaria. Por ello hay que permanecer alertas, pues muchos son los peligros que acechan al Partido de Dios.

1) La alienación de los precursores, a causa de las fuerzas superiores que posean.
2) La infiltración de los hipócritas.
3) El establecimiento de relaciones activo-pasivas entre el núcleo centra del Partido y el resto.

Bani Sadr nos previene pues contra el ejercicio del despotismo por parte del Partido de Al-lâh, en nombre de los ideales del islam:

La Historia nos muestra que los movimientos de emancipación social han sido alienados por la necesidad de establecer la hegemonía del “partido revolucionario”. Esta instauración de una hegemonía es la corrupción por excelencia de toda revolución. Por ello, el clarificar lo que nos dice el Corán en este punto es de gran importancia (9).

En el Corán, la idolatría (y por tanto la tiranía) está ligada a determinada forma de religiosidad. Los idólatras son creyentes que utilizan la religión para justificar sus privilegios, algo que puede ser aplicado a aquellos que se presentan como guardianes de la religión. En consecuencia, rechaza la formación de elites religiosas que guíen a las masas ignorantes. No hace falta decir que con todo esto Bani Sadr alude a lo sucedido con la República Islámica de Irán. También cuando recusa la idea del Guía Supremo como un mito político propio del Partido de Satán.

En este punto es donde Bani Sadr se nos presenta como un pensador post-revolucionario, defensor de la continuidad de la Revolución más allá del sistema actual. Para ello, nos propone que no dejemos ni por un momento de lado la metodología propuesta en el Corán, para evitar caer en el despotismo. ¿Cuál es la respuesta del Corán? Todo nos remite a los conceptos coránicos de ba’thât (principio de renovación) y de ma’âd (principio de finalidad). Ambos principios se derivan de la conciencia de que el Imamato es un paso previo hacia un fin superior, y que este fin superior nos exige la revolución permanente. Resulta curioso ver como Bani Sadr se ve impelido a una solución ideológica similar a la de Trotsky con respecto a la Revolución soviética. Y aún más ver como le otorga una justificación coránica a dicho desarrollo ideológico.

La palabra coránica ba’thât significa resurrección, renovación, renacimiento. Introduce el principio de la revolución constante como criterio político supremo. Renovación y profecía van siempre de la mano. Los profetas son los paradigmas de esta renovación constante, frente a la religión cosificada: todo estancamiento conduce al despotismo. Al-lâh ha enviado a los profetas para transformar sus sociedades, hacerlas salir de la tiranía hacia una nueva era. La revelación es el modelo sobre el cual basar toda renovación, pues la profecía es el anuncio de un mundo mejor. Pero ese objetivo final no nos es dado de inmediato, sino que exige un esfuerzo permanente en pos de lo mejor. La profecía impulsa a la inteligencia a superar las dificultades y avanzar hacia la liberación. Ofrece un método que, de ser aplicado correctamente, puede satisfacer las expectativas generadas.

La idea de finalidad o ma’ad es pues fundamental. Es imprescindible tener un conocimiento de cual es el modelo de sociedad ideal propuesta en el Corán, y actuar siempre guiados por dicho objetivo, aún sabiendo que se trata de una utopía difícilmente realizable. Toda sociedad que pretenda realizar un modelo de emancipación debe ser una sociedad con capacidad de criticarse y de reevaluar su situación a cada nuevo paso, sin estancarse ni perder en ningún momento su objetivo.

¿Cuál es este modelo de sociedad ideal propuesto en el Corán? Se trata de una sociedad en la cual nadie ejercerá un dominio sobre otros, ni nadie deberá obedecer a nadie excepto a Al-lâh. Una sociedad en la cual ningún ser humano ejercerá el poder, pues este será ejercido directamente por Al-lâh. Una sociedad de seres humanos puros, liberados de todos los mitos y fuerzas alienantes. Una sociedad sin explotación económica, en la cual nadie tendrá el derecho de decidir por otro. Nadie será dueño de otra persona, ni los empresarios de los trabajadores, ni los maridos de las esposas, ni los padres de los hijos. La relación entre el hombre y la mujer se basará tan solo en el amor, no sobre el interés ni sobre la dominación. Todos serán responsables en exclusiva de sus propios actos, y todos recibirán una recompensa en función de su trabajo personal. Cada uno estará centrado en su propio desarrollo, y por ello será su propio crítico. Los hombres no serán considerados por su poder sobre otros hombres, pues el único criterio será la virtud. Esté será el día del renacer del ser humano. La fe gobernará y todo aquello contrario o ajeno a la religión y a la creencia desaparecerá. La vida será bella y fácil, será pura alegría, amistad, amor y desarrollo interno. El Reino pertenecerá por entero a Al-lâh, y el horizonte humano devendrá infinito. Si Al-lâh quiere.

Bani Sadr permaneció cercano durante largos años a Jomeini, el cual en una ocasión lo calificó como “mi hijo predilecto”. Estuvo con él en la revuelta de 1963, por la cual ambos fueron encarcelados. Se unió a Jomeini en el exilio y volvió con él a Irán, en el mismo avión y como parte del mismo proyecto político revolucionario, del cual era considerado como uno de los pilares. En vísperas de la Revolución publicó su “Manifiesto por la Revolución Islámica”, en el que traza todo un programa de gobierno, combinando su visión utópica con un cierto pragmatismo, y haciendo valer sus conocimientos económicos. Tras el triunfo de la Revolución, fue nombrado Ministro de Finanzas del gobierno provisional dirigido por Mehdi Bazargan. Contribuyó al primer borrador de la Constitución, que luego sería modificado y clericalizado por el primer parlamento electo. Durante los debates, trató de limitar los poderes otorgados al Guía de la Revolución, se opuso al control por parte de los clérigos y a los recortes en materia de derechos civiles y democráticos. Todo eso le puso en tensión con el estamento clerical, el cual fue haciéndose paulatinamente con el control del aparato del Estado y de la calle, a través de las milicias religiosas. Fue elegido por el pueblo como Primer Ministro en las primeras elecciones generales, con un 78’9% de los votos el 25 de enero del 1980, habiéndose presentado como independiente, y en contra de Hasan Habibi, el candidato del Partido de la Revolución Islámica (PRI, el partido de los clérigos), entre otros candidatos. La elección de Bani Sadr prueba varias cosas: la ascendencia de sus ideas sobre las gentes, y el hecho de que no se puede limitar la Revolución a los sectores clericales más conservadores. Tras la invasión iraquí, fue nombrado como Comandante el Jefe del ejército por Jomeini, tarea en la que tuvo cierto éxito. Contrario a la toma de la Embajada americana en Teherán, perdió apoyo popular y se vio enfrentado al partido de los clérigos. Falto de apoyos y viendo su poder minado por la acción del PRI, acabó chocando con Jomeini. Tras una moción de censura en el Parlamento, fue destituido el 21 de junio del 1981. Su periódico fue cerrado y se empezaron a oír voces que pedían su cabeza, considerándolo como traidor a la revolución que él mismo había ayudado a forjar. Varios de sus colaboradores fueron encarcelados y ejecutados por los pasdaran. El 10 de julio de 1981 partió hacia el exilio, vestido de mujer, secuestrando un avión de las Fuerzas Aéreas. A partir de ese momento, el poder de Jomeini y de los clérigos a él vinculados no dejó de aumentar, conduciendo a la represión brutal (asesinatos, detenciones y torturas) de todos aquellos que se oponían a sus dictámenes. Desde París denunció la deriva represiva del nuevo régimen e intentó mantener viva una oposición revolucionaria, de forma infructuosa.

Bani Sadr es un pensador pre-revolucionario, revolucionario y post-revolucionario. Fue uno de los ideólogos de la Revolución, participó en la gestación de la República Islámica y posteriormente ha continuando escribiendo y reflexionando sobre la situación política iraní, como exiliado. A principios del año 2011 sigue en activo, aunque semi-apartado del mundo y aislado, en su exilio parisino. Siguió sosteniendo durante años aquellos ideales que lo llevaron a comprometerse con la Revolución, y ésta es precisamente la clave de su enfrentamiento con Jomeini. No hablaremos aquí de revoluciones traicionadas, sería demasiado tópico e ingenuo. ¡Como si una revolución fuese obra de las buenas intenciones y no de un anhelo de poder! Es aquí donde el pensamiento de Bani Sadr entra en contradicción consigo mismo, una contradicción que se manifestó durante el tiempo en que estuvo al frente del gobierno. Pretender que la Revolución ha sido traicionada es un intento de rehabilitar su espíritu y, en última instancia, llamar a su continuación (10). Pero esto es inútil: la Revolución islámica de Irán no necesita ser rehabilitada ni tiene sentido condenarla: es un hecho histórico incontestable, del cual sólo queda observar su desarrollo y sacar las oportunas enseñanzas. En cualquier caso, no podemos evitar pensar que si las tesis de Taleqani, de Shariati o de Bani Sadr hubieran triunfado, las cosas habrían sido diferentes. Pero los dos primeros murieron y el tercero se vio impotente frente a la maquinaria clerical. Al final, Bani Sadr ha quedado como un teórico de la Revolución, que a pesar del apoyo popular logrado en las elecciones no tuvo la capacidad de poner en práctica sus bellas teorías.

Notas
(1) Seguimos el resumen de Hamid Dabashi, Theology of Discontent, pp.368-372.
(2) Citado por Yann Richard en El islam chií, ed. Bellaterra 1996, p.223.
(3) Abdolhassan Bani Sadr, Le Coran et le Pouvoir, ed. Imago 1993, p.44.
(4) Dabashi, p.385
(5) Dabashi, p.372.
(6) Le Coran et le Pouvoir, ed. Imago 1993, p.26.
(7) Dabashi, p.369.
(8) Le Coran et le Pouvoir, p.10
(9) Le Coran et le Pouvoir, p.132.
(10) No en vano, en su obra clásica La revolución traicionada, Trotsky acaba hablando de “la inevitabilidad de una nueva revolución”.

 

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