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La nueva Gran Revuelta Árabe

El caso egipcio es especialmente relevante, no sólo por ser el país árabe más poblado, sino también por la importancia que posee en el escenario geopolítico regional

05/02/2011 - Autor: Sergio I. Moya Mena - Fuente: Webislam
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Las manifestaciones en Egipto son cada vez más generalizadas.
Las manifestaciones en Egipto son cada vez más generalizadas.

Cuando Mohamed Bouazizi, un humilde comerciante de Sidi Bouzid, se prendió fuego el pasado 16 de diciembre en protesta por los abusos del régimen del presidente tunecino, Zine al Abidine Ben Alí, seguramente jamás imaginó las consecuencias que su desesperado acto de protesta tendrían en la historia de su país y de todo Medio Oriente. La inmolación de Bouazizi, que dio origen a la llamada Revolución del Jazmín en Túnez, fue la chispa que incendió la pradera y sensibilizó a millones de árabes desde Casablanca hasta Saná. Hoy el escenario más dramático de esta nueva Gran Revuelta Árabe es Egipto, donde treinta años de autoritarismo, corrupción y violación de los derechos humanos parecen llegar a su fin ante al hastío de una población que, además, resiente el alto costo de la vida, el desempleo y la falta de oportunidades para los jóvenes. Todos estos, son componentes químicos de un coctel explosivo que se encuentran también en países como Jordania, Argelia y Yemen, donde igualmente se han producido impresionantes e inéditas protestas populares.

El caso egipcio es especialmente relevante, no sólo por ser el país árabe más poblado, sino también por la importancia que posee en el escenario geopolítico regional. Bajo el mandato de Hosni Mubarak, Egipto se convirtió en uno de los interlocutores de Occidente más dóciles del Mundo Árabe. La hasta hace poco celebrada “estabilidad egipcia” se sustentaba en una sistemática conculcación de las libertades políticas y la represión de los sectores opositores, fueran estos extremistas o moderados. Evidencia irrefutable del carácter autoritario del régimen de Mubarak fueron las pasadas elecciones legislativas de finales del año 2010, burdamente manipuladas por el gobierno y que fueron boicoteadas por buena parte de una oposición, que en todo momento fue hostigada por los grupos de choque del gobierno, los mismos que son ahora responsables de los actos de pillaje que pululan por las calles del Cairo.

La respuesta del presidente Mubarak a las protestas anunciando la disolución del anterior gobierno y el nombramiento de otro encabezado por Ahmed Shafiq, como nuevo Primer Ministro, y Omar Suleiman, ex director de la Dirección General de Inteligencia Egipcia (EGID), como nuevo vicepresidente (ambos ex militares), demuestra no sólo la voluntad de perpetuarse en el poder por parte del régimen, sino que evidencia también el peso político que tiene el ejército, sin duda el actor político que tiene la última palabra en esta crisis y que seguramente definirá el porvenir de Mubarak. A diferencia de la policía, corrupta y represiva, el ejército egipcio goza de un gran prestigio ante la población, merced a su participación en las guerras de 1967 y 1973, episodios centrales de la narrativa nacionalista egipcia.

Desde la oposición, una lectura optimista de la designación de Shafiq y Suleiman, y hasta ahora incondicionales de Mubarak, supondría el primer paso de una transición que culminaría con la salida del presidente, que hasta hace pocas semanas se debatía entre postular su nombre por quinta vez en las elecciones presidenciales previstas para este año, o bien entronizar a su hijo, Gamal Mubarak, como su sucesor. Sin embargo, nadie puede garantizar que la salida de Mubarak pueda implicar el retorno de los militares a los cuarteles o mucho menos el inicio de una primavera democrática. Ciertamente es factible que desde algunos sectores de las fuerzas armadas se apele a reformas y a cierta apertura, pero un cambio radical parece impensable, pues ha sido precisamente el ejército la columna vertebral del gobierno egipcio desde que Gamal Abdel Nasser y otros militares encabezaron la Revolución de 1952, que derrocó al Rey Farouk. El ejército tiene mucho que perder y, ante todo, jamás comprometerá su convicción de ser la única fuerza política capaz de garantizar cierto equilibrio en el país.

Frente a esto, la situación de los opositores plantea todavía muchas inquietudes. La rebelión popular carece de una conducción visible, lo cual se explica -en parte- por los años de represión gubernamental que ha impedido el libre desenvolvimiento de los partidos políticos o el desarrollo de una sociedad civil robusta. Los Hermanos Musulmanes, la gran Bestia Negra del régimen, han moderado notablemente su lenguaje político (1) y seguramente obtendrían un buen número de votos en unas elecciones limpias, pero carecen de un programa político capaz de encabezar una eventual transición democrática y sufren también de importantes fracturas internas. Por su parte, Mohamed el Baradei, ex director del Organismo Internacional para la Energía Atómica, AIEA, goza de prestigio entre los egipcios, pero ha estado fuera del país durante treinta años y carece de arraigo popular. Lo mismo podría decirse de Ayman Nur, líder del partido al-Ghad, que tampoco cuenta con suficiente respaldo popular.

El impacto internacional

Los sucesos de Túnez y Egipto hacen temblar a otros autócratas de Medio Oriente como el presidente yemení, Alí Abdullah Saleh, el presidente argelino, Abdelaziz Bouteflika, el rey de Jordania, Abdullah II, o el mismo Rey de Arabia Saudí, Abdullah bin Abdulaziz al-Saud (que se ha apresurado a condenar las protestas), todos considerados por Estado Unidos como “baluartes de la estabilidad y moderación en Medio Oriente”. Saben que están sentados sobre una bomba de relojería, pues las mismas circunstancias que han generado las protestas en Túnez y Egipto están presentes en sus países. Ahora que los árabes han re-descubierto “la calle” como escenario político de protesta, una eventual transición a la democracia en Egipto o al menos a un régimen menos represivo, los pone contra la pared de cara a sus ciudadanos y a la comunidad internacional.

Estados Unidos es un actor externo cuyos intereses en la región podrían ser severamente comprometidos por la crisis egipcia. Durante tres décadas, Mubarak ha sido un aliado cuasi incondicional de EE.UU., que desde 1979 le ha proporcionanado al gobierno egipcio un promedio anual de 2 billones de dólares en ayuda económica y militar (2). Egipto ha apoyado muchas de las iniciativas políticas auspiciadas por los EE.UU. en la región. Desde 1979 firmó un tratado de paz con Israel y, en su momento, se sumó de manera entusiasta a la llamada “guerra global contra el terrorismo” impulsada desde la Casa Blanca durante las administraciones republicanas. Egipto comparte además con Washington la misma antipatía hacia la República Islámica de Irán y su creciente influencia en la región.

El gobierno norteamericano ha sido tomado por sorpresa y todavía no se decide “de qué lado de la historia” va a situarse en este conflicto. Por un lado, el presidente Obama, aparentemente sensible ante el coraje del pueblo egipcio, ha exhortado a Mubarak a implementar reformas, por el otro, el vicepresidente Joe Biden, halcón conocido por su cercanía al lobby pro-israelí, afirmó que Mubarak “no era un dictador y no debía renunciar” (3). Una desconcertante falta de afinidad ante una crisis que podría cambiar la fisonomía geopolítica de Medio Oriente.

El llamado de Obama lanza además una preocupante señal a líderes como Saleh o Bouteflika, quienes seguramente se preguntan ahora si cada vez que surjan protestas populares en los países “aliados” de EE.UU. el presidente de ese país se va a poner del lado de los manifestantes. EE.UU. tiene muchos intereses en juego, una oleada democrática en Medio Oriente podría suponer el ascenso al poder de sectores críticos de las políticas norteamericanas en la región. Uno ejemplo reciente de esto ha sido el triunfo político de Hezbollah en Líbano, que ha podido designar un nuevo primer ministro afín a su línea política. Seguramente la discreción y una diplomacia de muy bajo perfil se impondrán a partir de ahora en Washington en el manejo de la crisis egipcia. Una crisis que de alguna manera se inscribe en el proceso de paulatina pérdida de influencia de la potencia en los asuntos regionales.

Otro actor que sigue la crisis muy de cerca es Israel, que al igual que los EE.UU. ha tenido en Mubarak un aliado confiable, dispuesto incluso a reprimir las actividades de grupos palestinos como Hamas (4). Sin embargo, no es probable que un cambio de mando en El Cairo implique una variación significativa en las relaciones con Israel, pues al ejército le interesa mantener el statu quo de esa relación. Pero si la incertidumbre sobre la crisis egipcia campea en Tel Aviv, Amman o Riyadh, en la capital iraní diversas autoridades políticas y religiosas no ocultan su satisfacción por lo que pasa en los países árabes. El Ayatollah, Ahmad Khatami, líder de la oración del viernes en la capital iraní afirmó: "Hoy en día, un Oriente Medio islámico está tomando forma y se trata de un nuevo Oriente Medio que se basa en el Islam, la religión y la democracia religiosa" (5), mientras que el presidente del parlamento iraní, Alí Larijani, expresó su apoyo a las “revoluciones populares en Túnez y Egipto”(6). La crisis egipcia tendrá, sin duda, una fuerte repercusión en el equilibrio de fuerzas en la región.

Hacia adelante

Es difícil determinar cuál será el desenlace de la crisis egipcia, pero es claro que no hay vuelta atrás. Los egipcios, los tunecinos, los yemeníes o los jordanos, han podido soportar casi estoicamente la corrupción, las dictaduras, el desempleo o la falta de oportunidades económicas, pero parecen no estar dispuestos a vivir un minuto más sin la dignidad que los autócratas les han quitado durante décadas.

Este es el momento de los ciudadanos sencillos. La historia la escriben ahora personajes anónimos como Mohamed Bouazizi, cuyo sacrificio no ha sido en vano, o los manifestantes en la Plaza Tharir en El Cairo. La nueva Gran Revuelta Árabe asoma la posibilidad de poner fin a un periodo demasiado largo de autoritarismo que ha sido alimentado por los intereses de élites externas e internas y no hay ninguna incapacidad estructural, mucho menos cultural o religiosa que impida que la democracia pueda llegar a prosperar en el Mundo Árabe.
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Notas
(1) Ver: The Moderate Muslim Brotherhood, por Robert S. Leiken y Steven Brooke, Foreign Affairs, marzo-abril 2007; Dont Fear Egypts Muslim Brotherhood. Bruce Riedel, The Brookings Institution,
http://www.brookings.edu/opinions/2011/0128_egypt_riedel.aspx
(2) Sharp, Jeremy M. Egypt: Background and U.S. Relations. Congressional Research Service, January 28, 2011.
(3) Joe Biden says Egypts Mubarak no dictator, he shouldnt step down...The Christian Science Monitor. http://www.csmonitor.com/World/Backchannels/2011/0127/Joe-Biden-says-Egypt-s-Mubarak-no-dictator-he-shouldn-t-step-down
(4) Hamas Holds Egypt Responsible for Killing Four Palestinian Tunnel Workmen. Al-Jazeerah, April 2010, http://www.aljazeerah.info/News/2010/April/3020n/Hamas20Holds20Egypt20Responsible20for20Killing20Four20Palestinian20Tunnel20Workmen.htm
(5) New Mideast taking shape based on Islamic principles: cleric. The Tehran Times, 29 de enero de 2011.
(6) Larijani: Dictatorial Regimes Astonished by Regional Revolutions. Fars News Agency, 30 de enero de 2011.
Sergio I. Moya Mena
Profesor, Escuela de Ciencias Políticas UCR

 

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