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El Sentimiento Religioso en el Hombre

La simbología religiosa está unida de manera asombrosa a los arquetipos comunes del inconsciente colectivo

03/02/2011 - Autor: Edgar Vidaurre - Fuente: Centro de Estudios Junguianos
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Rituales de agua o de fuego...
Rituales de agua o de fuego...

 Hablamos de sentimiento religioso, porque lo religioso como vivencia se produce en el ámbito humano, y aunque esta vivencia cuando se produce abarca e involucra al hombre en todos sus aspectos, es en el elemento emocional y afectivo donde se manifiesta lo que llamamos fenómeno o experiencia religiosa. En este sentido, el estado consciente de estar religado, vinculado y en permanente relación no solamente con el mundo visible (o más bien manifiesto) si no con algo más allá que lo trasciende, puede llevar al hombre a razonar, a pensar y reflexionar sobre estas vivencias, pero sin duda será a través de los elementos emocionales y afectivos como se podrá encontrar y establecer nuestra verdadera naturaleza religiosa, donde surgirá la visión integradora que le dará sentido y explicación a la creación en su totalidad, es decir tanto en sus aspectos visibles y manifiestos como en aquellos que creemos invisibles.

A nuestro sentir esa vivencia o experiencia religiosa es un fenómeno como dijimos que se produce en el ámbito humano, es decir que su manifestación o “revelación” se instaura en la psique humana que es donde pueden integrarse los arquetipos universales con la consciencia individual de cada uno de nosotros. Al contrario de Freud, quien tenía una visión negativa y patológica del fenómeno religioso como una proyección paranoica en el mundo exterior, como un mecanismo inconsciente que proyecta en el mundo externo el deseo de eternidad y trascendencia, frente a la finitud y los temores que esta falta genera en el sujeto, la psicología analítica, tiene una gran consideración por la religión, considerada como expresión y formulación de arquetipos, y reconoce la importancia de los ritos religiosos, que permitirían a todos, independientemente de sus propias capacidades, vivir ciertos arquetipos.

Para Jung, la experiencia religiosa es de naturaleza psíquica, una hierofanía, dentro de la psique, de arquetipos y de potencias externas al Yo consciente pero intrapsíquicas. En el libro Psicología y religión, de 1940, considera la fe en la existencia real de seres espirituales sólo como proyección al exterior de potencias interiores de naturaleza meramente psicológica: "... no se puede ni siquiera sostener una doctrina de la deidad en el sentido de una existencia no psicológica" (lo cual a nuestro sentir no se opone a los dogmas religiosos que religan a la creación del mundo con la consciencia interior del hombre). En otras palabras, el ser humano es también creación, forma parte irrevocable de la misma, por lo que contiene en su conformación psíquica (y también biológica) todos los elementos de la potencia creadora y sus energías. Llegar a esa visión, integrar en la consciencia esta revelación, hará surgir en todo su esplendor lo que llamamos sentimiento religioso.

Queremos recalcar nuestro sentir, cuando decimos que la aseveración del maestro Jung cuando establece que el fenómeno o experiencia religiosa es de naturaleza estrictamente psicológica, no se contrapone a los grandes dogmas de la religión, antes por el contrario, es el elemento anímico y por ende el alma quien aporta los espacios en donde se produce el fenómeno religioso, es el alma quien se conecta y quien resuena con las energías primordiales y creadoras (a su vez “el alma universal”), es en el alma donde se produce la transmutación que conduce a la espiritualización del ser humano y es en el alma donde se encuentran los arquetipos universales de la creación… Cuando el maestro Jung nos habla de existencia de la divinidad como una emanación de nuestras potencias psíquicas más internas, no lo hace negando su existencia, si no revistiendo la existencia real de este ente superior de naturaleza psíquica… a fin de cuentas el ser humano es también una emanación del alma universal y la trasciende a través de su alma.

Pero hablando de los aspectos biológicos y estrictamente físicos del ser humano y los avances de la ciencia, vemos con asombro los últimos descubrimientos de la ciencia genética cuando propone que la creencia de un ser superior está dictada por unos genes específicos de nuestra cadena genética. Dean H. Hamer genetista estadounidense en su libro "El Gen de Dios: Como la Fe está conectada dentro nuestros genes" afirma que la espiritualidad forma parte de la naturaleza humana, hecho confirmado de manera constante y asombrosa por patrones de química cerebral comunes en gente espiritual, y que son regulados por un gen denominado VMAT2. En otras palabras Dios está en nuestros genes, y por ende nuestra búsqueda de trascendencia y espiritualidad está contenida en nuestro código genético. Es asombrosa entonces la evocación de Teilhard de Chardin cuando en su libro El fenómeno humano habla de la sacralidad de la materia, de cómo el alma es el elemento subjetivo de nuestra sagrada carnalidad.

Lo Sagrado y lo Profano

En general el hombre llama sobrenatural, a todo aquello que no tiene explicación perceptible a través de los sentidos físicos o llamados biológicos (vista, tacto, oído, olfato y gusto) pero que si puede ser presentido, intuido o vislumbrado por otros mecanismos de percepción eminentemente psíquicos. Aunque el Maestro Mircea Elíade para explicar la religiosidad, parte de la confrontación entre lo sagrado y lo profano, nosotros (sin contradecir al Maestro) lo ponemos de la siguiente manera. Elíade al utilizar una metodología científica para estudiar el fenómeno religioso, necesita partir de lo definido, de lo definible, de la definición para establecer que lo religioso es aquello que se le contrapone: “Todas las definiciones del fenómeno religioso dadas hasta ahora presentan un rasgo común: cada definición opone, a su manera, lo sagrado y la vida religiosa a lo profano y la vida secular.” Cosa que por otro lado y a su parecer se complica pues es muy difícil establecer una línea divisoria (especialmente en el hombre antiguo, en donde todo, o casi todo era sagrado) entre lo sagrado y lo profano.

Aunque es una audacia de mi parte, yo siento que la sacralidad o la profanidad de los objetos o de ciertas experiencias, la aporta el ser humano: es el cómo percibimos y nos relacionamos con la realidad universal lo que reviste a la vivencia de percibirla como sagrada o profana. De manera común, todo aquello que es percibido por los sentidos físicos (lo visible o manifiesto) constituirá una vivencia que el hombre ha venido llamando como realidad natural, tangible, verificable, material. En cambio toda experiencia con las realidades que no rebasan, en donde esté involucrada lo sustancia psíquica e incluso para-psicológica del ser humano, será llamada sobrenatural. Creo fielmente que lo sagrado, (sea un objeto, un lugar, un hombre consagrado, un rito o un símbolo) es aquello que es vivido y experimentado a través no solo de los sentidos llamados físicos, si no también donde están involucrados los mecanismos de percepción de orden como dijimos emocionales, intuitivos, afectivos o llamados paranormales. Es todo aquello que podemos percibir más allá de nuestra limitada realidad física-espacio-temporal.

Como hemos dicho, la experiencia religiosa y por ende lo sagrado, es un fenómeno que se produce en el ámbito psíquico del ser humano, su existencia es una existencia puramente psíquica o intrapsíquica como decía el Maestro Jung, o dicho de otra manera, esa otra realidad que nos rebasa, que nos abarca, es una realidad intangible a los sentidos físicos, pues es una realidad que pertenece a un orden y a una inteligencia que solo puede ser percibida por aquella sustancia humana que participa y resuena con su verdadera naturaleza: el alma. Cuando se integra en la consciencia esta visión que nos religa a la realidad total o universal, todos los actos serán sagrados, pues respetará la armonía implícita en dicha vinculación. Por el contrario cuando se rompe ese equilibrio por exceso de ego y una visión muy parcial de una parte de la realidad (la física, la más inmediata) constituirá una experiencia profana, que no tendrá en cuenta la totalidad, si no la parcialidad. Es pues el alma conformada del ser humano, el alma trasmutada, la psique integrada a través del proceso de individuación, quien marcará la pauta entre lo sagrado y lo profano.

Las Hierofanías

Religión (religio) del latín religare o atar, vincular, unir… Cicerón aclaraba que más que religare, religio venía del verbo latino religere que significa el cuidado, la observación y la vigilancia extrema que se hace de los rituales extraordinarios que ejecuta el ser humano para significar eventos importantes de la vida no como una vivencia unilateral del hombre, si no como una dinámica vivencial que involucra la realidad en su totalidad: los sacrificios, los bautizos (o rituales de agua o de fuego), los rituales de entrada y salida de las estaciones, la celebración de los nacimientos y los ritos funerarios.

Como no somos amigos de las definiciones, hablaremos más bien de nuestro sentir personal y en especial sobre lo que llamamos sentimiento religioso. Haciendo una crónica sensible de nuestra propia experiencia, podríamos decir que el sentimiento religioso surge de las certezas inamovibles que nos producen una revelación o una manifestación de una realidad que nos trasciende como seres existentes… vale decir de aquello que trasciende nuestra vida en su contexto universal o cósmico y en sus extremos conocidos y de inmediata precepción como lo son el nacimiento y la muerte.

Este sentimiento, que encierra nuestro asombro por la certeza que nos produce la revelación de ser parte integrada de un todo, de que ese todo es una realidad que no es solamente nuestra realidad individual y que pareciera ser fugaz por tener un inicio y un fin manifiesto con nuestra muerte (la realidad inmediata del hombre es asimilada a su vida), es a su vez expresado por nosotros como seres humanos, de múltiples maneras a pesar de que lo que se quiere expresar en principio es único e inalterable para todos los humanos.

El nacimiento y la muerte pues, así como el transcurso mismo de la vida que se encuentra contenida en estos extremos conocidos, marcarán una certeza inicial de que hay algo antes del inicio de nuestra propia existencia con el nacimiento y en consecuencia hay algo que persiste aún después de que esa existencia se termina (por lo menos en términos biológicos). Lo anterior es sin duda una certeza, por demás verificable de manera perceptible, pues cuando un ser humano nace, lo hace en un mundo preexistente y al morir observamos como ese mismo mundo persiste y se mantiene a pesar de la salida individual del ser humano que ha muerto.

Esta verdad, esta certeza es pues universalmente y unívocamente percibida, mas sin embargo, el sentimiento que ello produce (el sentimiento religioso en este caso) no es sentido ni manifestado externamente de la misma manera por las diferentes culturas humanas que han existido a través del tiempo. Cada cultura celebra los nacimientos de manera diferente, al igual que ocurre con los rituales funerarios con que se celebra la muerte, los ritos agrarios, estacionales, matrimoniales, de purificación o de iniciación en los misterios de la creación.

Las verdades esenciales, universales e inamovibles (y porqué no los arquetipos universales que se encuentran en el inconsciente?) que nos han sido reveladas y que nos religan a un todo mayor es lo que llamamos el aspecto Esotérico de la religión. Estos aspectos son asombrosamente comunes en toda explicación de orden religioso o sobrenatural del mundo y del hombre. Sin embargo hemos visto que el sentimiento religioso se expresa de múltiples maneras por el hombre y en este sentido podemos encontrar mucha variedad en la visión reveladora o la manifestación de esa realidad total que nos trasciende y que podemos llamar divinidad. Estas manifestaciones constituyen el aspecto exotérico de las religiones y que el Maestro Mircea Elíade llamó Hierofanías, o modalidades de lo sagrado.

Las Epifanías

Si el ser humano expresa el sentimiento religioso de múltiples maneras (las modalidades de lo sagrado), es decir la parte exotérica de la religión a través de la Hierofanías, cuando es la divinidad, el Ser, el Creador, la energía primordial, o como lo queramos llamar, quien se manifiesta al hombre, estamos hablando de las Epifanías. Es aquella realidad total y universal que se hace manifiesta de manera revelada y extraordinaria al hombre. Aquí cabría una perfecta similitud con los postulados Junguianos, en cuanto a que los arquetipos universales del inconsciente colectivo, se integran en la consciencia del hombre para que en todo caso este, a través del proceso de individuación, y una dinámica de trascendencia, se sepa formando parte del todo. Así como Jung concebía al fenómeno religioso como una Hierofanía de naturaleza psíquica, el resultado de la integración de esos arquetipos universales del inconsciente colectivo en la consciencia individual del hombre, es a su vez lo que yo llamaría una Epifanía de orden psíquico.

Ya no será pues el hombre quien a través de rituales y ceremonias exteriorizara su versión de la religiosidad. Será aquello trascendente y universal, La Divinidad, quien se le manifestará de manera intensa. Desde la propia presencia sobrecogedora de la naturaleza y del cosmos para el hombre primitivo, el Nirvana de Buda, Los ángeles del antiguo testamento, Moises en el monte Sinaí y la zarza ardiente, los profetas, las visiones sagradas, las anunciaciones, la encarnación, el nacimiento y el bautismo de Jesús, y la revelación que le hace el arcángel Gabriel a Mahoma se ha mantenido una constante dinámica de manifestación y revelación de aquello que está más allá de nuestra realidad visible o inmediata del mundo. Se trata en este caso de una experiencia directa con lo inefable a través ya no de la acción unilateral del hombre, si no de la manifestación directa, de la presencia inequívoca de esa realidad total a través de la revelación a seres escogidos (chamanes, profetas, vírgenes y hombres sagrados).

El Maná y la Simbología Religiosa

Maná (hebreo:מן), según el libro del Éxodo, era el alimento enviado por Dios todos los días durante la estadía del pueblo de Israel en el desierto. Todos los días menos el sábado, por lo cual debían recolectar doble ración el viernes. También se encuentran referencias en midrashes judíos que el maná tenía el sabor y la apariencia de aquello que uno más deseaba. El maná también se menciona brevemente en el Corán, en las azoras al-Baqara, al-Araf, y Ta ha, mencionando la fuente divina del maná como uno de los milagros con los cuales Dios favoreció a los israelitas…

Existe en casi toda explicación religiosa de la relación del hombre y el universo creado, un elemento conectivo, una fuerza vinculadora que se conforma por la presencia de esas mismas energías primordiales en el ser humano. De manera muy especial, esta visión de la fuerza que vincula a todo lo creado a través de las emanaciones de lo creante, se encuentra en las expresiones religiosas asiáticas y polinesias. La palabra Mana (curiosamente de origen melanesio) se encuentra en casi todas las escrituras sagradas, casi con la misma significación e incluso con la misma pronunciación fonética. El acto grandioso de la creación cósmica no ha sido posible más que por el Mana de la Divinidad. El Mana es para los melanesios una fuerza misteriosa y activa que posee la divinidad o el principio creador del universo, pero que también poseen algunos hombres. La noción de que algunos hombres son los elegidos, los ungidos por poseer el mana divino, aparece de manera asombrosa en casi todas las religiones.

Hemos partido de este símbolo que religa lo visible con lo invisible, lo creado con lo creante, pues ilustra la universalidad arquetípica de los símbolos religiosos. Si comparamos la parte inalterable de las religiones (su aspecto esotérico) veremos cómo existe una resonancia arquetípica en toda la simbología que las contiene. Desde la piedra sagrada, el árbol de luz, lo nacido de las aguas, la gran Diosa, los Mitos Solares, los ritos agrarios y estacionales, la sacralidad vegetal y el Eterno Retorno, están repetidos en su simbología en todas las descripciones de la experiencia religiosa del ser humano. El simbolismo de las religiones es bastante similar entre sí: el acto de la creación en siete etapas, la luz y las tinieblas, el caos y la forma, la lucha entre el bien y el mal, la serpiente, el diluvio universal, la concepción en estado virginal, la resurrección y el renacimiento, son comunes a muchas religiones.

Diríamos incluso para satisfacción del Maestro Jung, que la simbología religiosa está unida de manera por demás asombrosa a los arquetipos comunes del inconsciente colectivo. La vivencia religiosa está en todo caso plena de fenómenos simbólicos de expresión del inconsciente colectivo universal como culminación y respuesta real y verdadera a la necesidad humana de búsqueda, de encuentro, de sentido y trascendencia.


Edgar Vidaurre
Pianista, Filósofo, Abogado, Poeta, Teólogo, Escritor.
Director-Fundador del Fondo Editorial La Diosa Blanca.
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