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Paisajes del origen

Ecos míticos y religiosos en el relato científico de la creación

02/02/2011 - Autor: Oscar Escudero - Fuente: Webislam
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Creación es revelación
Creación es revelación

La cosmología es una ciencia nueva que se interesa por cuestiones muy antiguas, como el origen del universo o su destino. Demos la bienvenida a esta flamante disciplina a los dominios de las cosmogonías, cuya jurisdicción, ya se sabe, ha sido administrada tradicionalmente por la filosofía, la mitología y la teología. La principal diferencia radica en que la primera se funda en la observación (1) y el cálculo matemático para edificar sus hipótesis, y las segundas dimanan de la reflexión introspectiva, la imaginación mítica y la palabra revelada. Entre medio, afincado en lugares de encuentro donde ambas fuentes de inspiración confluirían, habría que incluir un híbrido de todas ellas (2) y, ya por libre, restaría una modalidad de corte genuinamente personalista (3). Sea como fuere, que la visión científica se sume al ágora de las cosmogonías no debería suscitar ninguna controversia, puesto que de esta manera el depositario final verá aumentada su libertad de elección ante un abanico más amplio.

Sin embargo, lejos de un acomodo respetuoso y ejemplar, la disciplina cosmológica, aturullada por los exabruptos de unos pocos, se ha hecho un hueco entre sus anfitriones propinando codazos a diestra y siniestra. Si bien la religión, cuya edad milenaria ha generado una estratificación de fieles clasificados de acuerdo con su entrega y sensibilidad, entre no practicantes, practicantes y fundamentalistas, la comunidad científica aun no cuenta oficialmente con nada que se le parezca. Y ya va siendo hora. Pues es desde el sector fundamentalista científico desde donde se vierten las críticas más severas, y hasta burlescas a los viejos mitos de la creación y, por extensión, a la existencia misma de Dios y la razón de ser de la religión. Esta cuestión sería irrelevante si no fuera porque tales fundamentalistas vienen cosechando un éxito indiscutible con sus libros divulgativos, en tanto que su discurso goza de gran predicamento entre la sociedad. Sólo hay que hojear el prólogo del último libro de Stephen Hawking (4) para constatarlo: “(...)¿Cómo se comporta el universo? ¿Cuál es la naturaleza de la realidad? ¿De dónde viene todo lo que nos rodea? ¿Necesitó el universo un Creador? La mayoría de nosotros no pasa la mayor parte de su tiempo preocupándose por esas cuestiones, pero casi todos nos preocupamos por ellas en algún instante. Tradicionalmente, ésas son cuestiones para la filosofía, pero la filosofía ha muerto. La filosofía no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda de conocimiento (...)”. O prestar atención a las confesiones de Richard Dawkins, biólogo y divulgador superventas reencarnado en adalid de una cruzada contra Dios (5): “Históricamente, la religión ha aspirado a explicar nuestra propia existencia y la naturaleza del universo en el que nos encontramos. En este rol ella ha sido reemplazada por la ciencia”. Por fortuna, en el otro extremo, que podríamos englobar bajo el epígrafe de científicos humanistas, meditaciones como la del Nobel francés François Jacob (6) equilibran la balanza y arrojan un poco de sensatez: “Es necesario reconocer que, en lo que a unidad y coherencia respecta, la explicación mítica lleva mucho más lejos que la explicación científica. Pues el objetivo primario de la ciencia no es hallar una explicación completa y definitiva del universo. La ciencia se conforma con respuestas parciales y condicionales. Los otros sistemas de explicación, ya sean mágicos, míticos o religiosos, incluyen todas las cosas, se aplican a todos los dominios, responden a todas las preguntas, dan cuenta del origen, del presente e incluso de la evolución del universo”.

Mientras el sector fundamentalista se empecina en publicitarse como guardián de la Verdad y se mofa de los mitos cosmogónicos, ¿qué argumentos aporta la cosmología para sostener semejantes posicionamientos? ¿Se diferencian éstos radicalmente de las cosmogonías y las teogonías? ¿Existe una teoría definitiva y concluyente? La respuesta a los tres interrogantes es un triple no. Pero, en caso de que fuese triplemente afirmativa, ¿echaría por tierra las cosmogonías? Mucho me temo que tampoco. Parece que sólo estos científicos fanáticos y su legión de adláteres creen fervientemente que la cosmología moderna ha venido a este mundo para suplantar a la religión. Yo no sé si ello templa sus almas. Tampoco sé si cada vez hay más ciudadanos que se convierten a la ciencia y, en consecuencia, aparcan la religión (nada indica que ambas puedan convivir cordialmente en la mente de un individuo, así se evidencia en tantos científicos religiosos como el físico y poeta catalán David Jou), pero lo que sí se es que cada vez hay más ciudadanos que se refugian en la fe, entre otras cosas porque saben que la cosmología en particular y la ciencia en general, les podrá seducir con su colorida imaginería de estrellas naranjas y agujeros negros, pero no les garantiza respuestas satisfactorias a sus preguntas trascendentales, y las que ofrece, están tan deshumanizadas que apenas consuelan al que las escribe, y tal vez al que las comprende. Mientras que la religión ha sabido conquistar al grueso de los mortales con una comunicación llana, la ciencia, incluso la más divulgativa, está reservada a una élite, entre otras cosas por la escala de magnitud superlativa en que se expresa o, lo que es lo mismo, por su esencia intuitivamente enrevesada (7): “La intuición falla ante un mundo tan poco familiar”, sentencia Paul Davis.

Por si fuera poco, en el ámbito científico prevalece una doble limitación que afecta a toda conjetura acerca del origen del universo y a cualquier teoría científica, que hace incomprensibles y hasta ruborosas las aseveraciones apodícticas del sector fundamentalista. Por un lado, con arreglo al programa falsacionista de Karl Popper (8), por el cual “nunca podremos saber con certeza absoluta que nos encontramos ante una teoría que nos interpreta el sistema tal cual es, pues no existe ningún sistema de verificación sistemático”, ninguna teoría puede instalarse en la eternidad. Este mero certificado de provisionalidad debería bastar para rebajar una soberbia susceptible de recaer en el oportunismo. Por otro lado, respecto al origen mismo del universo, la comunidad científica ha reconocido por activa y por pasiva que no existe una teoría “definitiva” (algo que las diferencia de las viejas cosmogonías que, una vez enunciadas, no han modificado un ápice sus señas de identidad, y que, de rebote, siempre les va a conferir cierta ventaja en cuanto a aceptación respecto a las verdades cambiantes), sino que coexisten varios modelos de corte especulativo: el oscilante (prácticamente descartado), el corriente o estándar, y el estado estable o estacionario.

De todos ellos, el modelo estándar es el que atesora mayor aceptación en la cosmología actual. Espigando entre algunos de los clásicos de la divulgación, intentaré esbozarlo apelando a la máxima “La ciencia es otra búsqueda para hacer imágenes del mundo” (9), como si de un paisaje se tratara, con el objeto de aislar su genius loci (espíritu del lugar). Ello a sabiendas que, pese a abarcar dimensiones tan inmensas en relación a la medida del hombre, los cosmólogos se expresan en el lenguaje de la mecánica cuántica (electrones, positrones, neutrinos, etc.), esto es, como si el observador estuviese envuelto de un enjambre de corpúsculos donde las formas emergentes superiores (cuerpos celestes, planetas, etc) constituidos por tales partículas elementales quedarían fuera de su campo de visión. Asimismo conviene subrayar que el modelo corriente no se ha desgranado a través de una única estampa, sino que se le ha aplicado un tratamiento cinemático (10) que aquí vamos a simplificar en tres viñetas. Huelga insistir en que los astrofísicos están empecinados en que todo este proceso es poco menos que imposible de imaginar, esta vez para colegir que el relato científico de la creación no sólo ha desempolvado un puñado de elementos presentes en cosmogonías y teogonías, como pretendemos demostrar en estas líneas, sino que también converge con ellos en otros rasgos no menos marginales como la querencia por el dogma.

El huevo cósmico

El universo antes de la Gran Explosión (big bang) formaba un estado altamente condensado o superdenso, de tamaño nulo o infinitamente pequeño. Y, muy poco después del instante de la creación, la masa equivalente de todo el contenido del universo que hoy podemos observar, ocuparía un volumen equiparable al de un cubo de tamaño normal (11). El mediático Carl Sagan ilustró este estado como un huevo cósmico (12). ¿En qué quedamos, tubular como un cubo u ovalado como un huevo? Espero que no se me reproche el hecho de acometer una lectura literal cuando “en teoría” debería ser alegórica, habida cuenta la propensión de estos científicos fundamentalistas a obrar de este modo en su interpretación despiadada de toda cosmogonía de raigambre mítica o religiosa.

Es tentador especular sobre qué base descansan, flotan o se suspenden el cubo o el huevo cósmico, pero este misterio ha sido desterrado del campo científico. Dada la inadecuación de las leyes físicas (la teoría de la relatividad general de Einstein concretamente) en un escenario donde el tiempo y el espacio brillan por su ausencia, la comunidad científica se apresta a traspasar la soberanía de este vacío epistemológico a una suerte de no man’s land. También conocido como singularidad original, todo apunta a que tal yermo podría ser allanado por la metafísica o la religión. Esto se podría encajar como un acto de honestidad, pero también de insolencia. Lo que sabemos, o creemos que sabemos, es ciencia y, lo que desconocemos, se lo endosamos al otro y nos quedamos tan anchos. Asombrosamente, John Gribbin (13) narra en clave de éxito como Stephen Hawking eliminó la singularidad del comienzo para desarrollar su teoría cosmológica. Tranquiliza, no obstante, que otros colegas como Steven Weinberg admitan que “hay una embarazosa vaguedad con respecto al comienzo mismo, el primer centésimo de segundo aproximadamente”.

Bola de fuego primigenia

En el comienzo (14) tuvo lugar una titánica y violenta explosión, y la temperatura del universo alcanzó unos cien mil millones de grados centígrados. A la sazón se desató el caos original, sostiene el relato científico de la creación. Se nos advierte de nuevo (15) que es imposible ver absolutamente nada de los primeros momentos ya que la radiación luminosa escapa al espectro visible. Asimismo, Roger Penrose (16) señala que no podemos concebir esta explosión en términos de la deflagración ordinaria de un explosivo al uso, es decir, un estampido en el que se proyecta una onda expansiva originada desde un foco (una bombona de gas, pongamos por caso), sino que el propio “espacio es creado en la explosión y no existe, ni existió, punto central”. También es verdad que cuando asistimos a una explosión, ni que sea a través de la televisión, para el profano resulta poco menos que imposible detectar su epicentro, normalmente oculto tras las llamaradas, por lo que la gran explosión deviene fácilmente concebible. Quizá un bombero, al que se le supone más entrenado en esas lides, tendría más dificultades para hacerse una composición de lugar que revierte su rutina diaria.

Plasma, enfriamiento y expansión del universo

Tras la bola de fuego se formó una sopa ionizada e indiferenciada de materia y radiación, formando un plasma (ya que la elevada temperatura no permitía la estabilización de ninguno de los tres estados de la materia: líquido, sólido, gaseoso) cubierto por una especie de niebla luminosa, por lo que una vez más quedaría impedida la observación visual directa. Carl Sagan (17) fue algo más condescendiente con los que puerilmente nos preguntamos a qué viene tanta preocupación sobre las cosas que se pueden concebir o no, si a la sazón no había atisbos de vida, al incidir en este detalle: “el universo primitivo estaba lleno de radiación y de un plénum de materia, al principio hidrógeno y helio, formado a partir de las partículas elementales en la densa bola de fuego primigenia. Había poco que ver, suponiendo que hubiese alguien para contemplarlo”. A medida que el universo se va enfriando, comienza la formación de materia y la expansión multidireccional de la misma, alimentada por la energía desatada en la gran explosión, de la que hoy en día el universo sigue viviendo de rentas (18).

Ecos mítico-religiosos en el modelo estándar

De forma muy esquemática, el modelo estándar visto como una sucesión de paisajes estaría caracterizado por estos espíritus del lugar: estado superdenso/huevo cósmico, gran explosión/bola de fuego/caos, plasma nebuloso/formación de materia, expansión. El estado superdenso o huevo cósmico que almacena en su seno la totalidad del cosmos, presenta una extrema concordancia con “El alma del mundo”, de Plotino (19), “que contiene in potentia todo el universo y que representa un mayor movimiento descendente de la unidad hacia la multiplicidad”. De hecho, en la literatura abundan las imágenes míticas y no míticas de un huevo que encierra el todo, desde el vano cigoto que alberga empaquetado el material genético que dictará el desarrollo ulterior del individuo, hasta la lectura del Génesis del dramaturgo griego Aristófanes (20). En su obra “Aves”, expone una cosmogonía que contempla tanto el huevo como el caos como la noche, y le pone alas avícolas a la singularidad original: “En un principio existían el Caos, La Noche, el negro Erebo y el ancho Tártaro y ni Ge ni Aer ni Urano existían; en los senos ilimitados de Erebo, la Noche de negras alas alumbra primeramente un huevo, del que, al término de las estaciones, brotó Eros el deseado, brillante su espalda con alas doradas, semejante a los ventosos torbellinos (...)”. El huevo también es protagonista de lujo en la incipiente cosmogonía japonesa (21): “Antiguamente no estaban separados el cielo y la tierra, ni se habían dividido In y Yo, sino que formaban una masa caótica como un huevo de límites oscuramente definidos y que contenía gérmenes”. Mucho más elocuentes, como señaló Hazrat Mirza Tahir Ahmad (22), son estos versículos coránicos:

¿No ven, acaso, los que empeñan en negar la verdad que los cielos y la tierra formaban antes una sola masa ratqan, que luego fragmentamos? ¿y que hemos hecho a partir del agua todas las cosas vivas? ¿No van, pues, a empezar a creer? (21:31)

En lo concerniente a la singularidad, el atributo que S. Hawking asignó al estado superdenso anterior a la bola de fuego, casi todas las teogonías sitúan a Dios como primer y único creador ex nihilo. Ocho siglos antes, sin embargo, Ibn `Arabi (23) aludió a una singularidad que establece algo más que un tropo con la singularidad original (donde no existe ni el tiempo ni el espacio) privativa de la cosmología: “Gloria a Allah, antes de cuya unidad (Al-Wahdanniyya) no hay anterior, si no es Él que es el Primero (Qablu); después de cuya Singularidad (Al-Fardanniyya) no hay ningún después, si no es Él que es el siguiente (Ba`adu). Respecto a Él, no hay ni antes, ni después, ni alto, ni bajo, ni cerca, ni lejos, ni cómo, ni qué, ni dónde, ni estado, ni sucesión de instantes, ni tiempo, ni espacio, ni ser: “Él es tal como era”.

Desde el prisma del psicoanálisis, la gran explosión entendida como combustible para la formación de materia y la expansión del universo, Bachelard (24) nos recuerda que hunde sus raíces en lo más profundo de la psique: “Este principio de la alimentación de los astros por el fuego queda muy claro aceptando la idea, aun comúnmente extendida en el siglo XVII, de que «todos los astros son creados de una única sustancia celeste, del fuego sutil. Unas centurias antes, la Cosmogénesis del “Corpus Hermeticum” (25) sugería: “Y la tiniebla se transformó en una suerte de naturaleza húmeda que comenzó a agitarse de forma imposible de expresar mientras exhalaba un vapor similar al que produce el fuego y a emitir una especie de ruido, como un lamento indescriptible. Surgió de ella un gemido sin articular que me pareció un sonido de fuego”. En la misma línea se sitúa la Cosmogonía de Anaximandro de Mileto (26), que apela asimismo a la bola de fuego primordial que acontece después de una explosión: “Afirma que lo que es productivo de lo caliente y lo frío desde lo eterno se separó al nacimiento de este mundo y que de ello nació una esfera de llama en torno al aire que circunda la tierra como la corteza en torno al árbol. Cuando ésta (la esfera) se rompió en trozos y se cerró en ciertos círculos, se formaron el sol, la luna y las estrellas”. Los autores del volumen del que se extrae esta traducción directa del griego, matizan el modo en que opera esta cremación, evidenciando una íntima similitud con la pedagógica explicación de Roger Penrose, a priori no intuituva: “El globo de llama se ciñe tan estrechamente al aire como la corteza se ciñe en torno a un árbol; tal puede ser la intencionalidad del símil, lo que no sugiere que la llama sea anular (...) Hasta aquí, pues se dan los siguientes estadios: hay algo que ha sido aislado dentro de lo Indefinido, que produce llama y aire-bruma (aire húmedo); la tierra se condensa en el centro y la llama se ciñe estrechamente en torno al aire. A continuación el globo estalla, se rompe en círculos rodeados de vapor que también se ha dilatado y forma los cuerpos celestes”. Finalmente, veamos cómo amanece el himno del Rigveda (X,129) (27):

Entonces en el principio no había ni la nada ni la existencia.
No había aire entonces ni los cielos por encima.
¿Qué lo cubría? ¿Dónde estaba? ¿Quién lo guardaba?
¿Había acaso agua cósmica, informe en lo profundo?
Entonces no había ni muerte ni inmortalidad,
Ni había entonces una antorcha ni de día ni de noche.
Alentaba el Uno sin aire, de sí mismo sustentado.
Este uno existía entonces y ninguno otro.
Al principio sólo había tinieblas envueltas en tinieblas.
Todo era tan sólo agua no iluminada.
El Uno que empezó a existir, envuelto en nada,
Surgió al fin, nacido del poder del calor.

El caos original que sucede a la gran explosión, encuentra en la Teogonía de Hesiodo (28) su ancestro más célebre por medio de esta obertura: “En primer lugar existió el Caos”. Pero también la mayor parte de las cosmogonías chinas (29) (Lao tse, Hi-tse, Lie-tse, Ling-hien) exhiben semejante patrón: “bajo el impulso de un principio supremo preexistente, el Caos (huen-tuen), o mundo indiferenciado, amorfo, se divide en dos categorías activas, el Ying y el Yang, bajo cuyo efecto antagónico y complementario se forman poco a poco y se ordenan todas las cosas y todos los seres del universo, comenzando por el Cielo (Ying) y la Tierra (Yang).

De la misma manera que los anteriores espíritus del lugar, la expansión del universo conecta con sus propios parientes diseminados a lo largo y ancho del planeta. Como ha documentado el doctor en física teórica Fritjof Capra (30), “Esta idea de un universo que experimenta expansiones y contracciones periódicas, en una escala de tiempo y espacio de vastas proporciones, no sólo ha surgido en la cosmología moderna, sino que también la hallamos en la antigua mitología india (...) Una de estas cosmologías está basada en el mito hindú de “lila” –el juego divino o la divina obra (teatral)- donde Brahman se transforma a sí mismo en el mundo. “Lila” es un juego rítmico que continúa en ciclos interminables, el Uno se convierte en los muchos y los muchos vuelven finalmente a ser Uno.”. Capra concluye que “Los sabios hindúes no temieron identificar esta obra divina y rítmica Bhagavad Gita con la evolución del cosmos como un todo. Imaginaron el universo expandiéndose y contrayéndose periódicamente y al inimaginable periodo de tiempo existente entre el principio y el fin de una creación le dieron el nombre de “kalpa”. El alcance de este antiguo mito es sorprendente; la mente humana necesitó más de dos mil años para generar de nuevo un concepto similar”. Como similar, cuando no clavado es este otro versículo del Sagrado Corán:

Y somos Nosotros quienes hemos construido el universo con Nuestro poder creador; y, realmente, somos Nosotros quienes lo estamos expandiendo continuamente (51:48)

Números y Dioses

Por razones de economía de espacio, en este texto hemos analizado sólo una fracción del modelo estándar, dejando de lado la creación y dinámica de estrellas, planetas, asteroides, cometas y galaxias, así como las conjeturas referentes al destino del Universo (big crunch o gran implosión). De todo esto, no obstante, el Corán anticipa una explicación muy solvente que ha sido bien explorada por Tahir Ahmad (31). No en vano, dentro del conjunto general de las religiones y mitos de la creación, probablemente el Libro Sagrado del Islam alberga la cosmogonía más ajustada al modelo estándar. En este sentido, el texto sánscrito “Versos sobre los fundamentos del camino medio” (32) jugaría un papel análogo respecto al modelo estacionario, según el cual el universo omitiría la singularidad original, sortearía su propia génesis y habría existido desde siempre y para siempre perduraría.

De todo esto se desprende que la cosmología, y también la física (33), deben admitir que, o bien sus planteamientos están trufados de elementos míticos, o bien que el método científico conduce a conclusiones de palmaria inspiración mítica, metafísica o teológica. El principal hallazgo de la cosmología ha sido haber encontrado en el lenguaje matemático una herramienta distinta (34) para excavar en una cantera ya hollada para, en última instancia, corroborar un acervo de conocimientos que hace mucho, quizá desde las noche de los tiempos ya habían sido desenterrados. Por mucho que le pese, la cosmología moderna no escapa a la aserción de Pániker (35): “Lo vislumbró Platón, lo ha recordado Heidegger: la filosofía como constante movimiento de regreso al fundamento (Grund), aunque finalmente el fundamento se esfume”; de hecho, ya le sucedió a Kepler con Platón (36). Dicho de otro modo, para explicar lo mismo, la cosmogonía científica se asienta sobre modelos y ecuaciones matemáticas y las cosmogonías clásicas relatan las andanzas de héroes y villanos. Pero esta mutua simpatía tampoco impide que la cosmología moderna tenga todos los boletos para darse de bruces una y otra vez contra la pared, porque “Este universo ha sido descrito por muchos, pero simplemente continúa y continúa, con su límite tan desconocido como el fondo del mar sin fondo de la otra idea: igual de misterioso, igual de inspirador e igual de incompleto que en las imágenes poéticas de antes” (37).

Notas
1. Directa en sus albores mediante lentes de aumento, e indirecta en la modernidad por la vía de esos médium tecnológicos que son los telescopios, las sondas, los satélites y los aceleradores de partículas. En la actualidad, casi todos los científicos confían la evolución de sus investigaciones al progreso tecnológico, como señala Paul Davis: “Tal vez algún día, en nuestro futuro tecnológico, dispondremos de un equipo para escuchar el lejano rumor del big bang, igual que sentimos su calor”. Sin embargo, también existe una corriente emparentada con los viejos filósofos, los físicos teóricos, que formulan modelos hurgando en el universo matemático (Murray Gell-Mann, Steven Weinberg, etc.)
2. Tras anunciar la ley de la gravitación universal y sentar las bases de la mecánica clásica en sus “Philosophiae Naturalis Principia Matemática”, Newton apostilla en sus escolios finales: “El admirable orden del Sol, de los planetas y de los cometas, no puede ser más que la obra de un Ser todopoderoso e inteligente. Si cada estrella fija es el centro de un sistema semejante al nuestro, es cierto que todo, llevando el sello de una misma finalidad, todo debe estar sometido a un único y mismo Ser, puesto que la luz que el Sol y las estrellas fijas se envían mutuamente es de la misma naturaleza”, de Desiderio Dapp en “El problema del origen de los mundos”. Colección Austral, 1965.
3. Entre muchas otras, la cosmogonía de Bufón (1749), según la cual la historia de los planetas surtiría de la colisión del Sol con un cometa ciclópeo; la tesis de Kant expuesta en “Historia Natural y Teoría del Cielo” (1755); la hipótesis de la nebulosa primaria enunciada por Laplace (1796); la tesis de T.G. See en su “Capture-theory of Cosmical Evolution” (1910) que partiría del supuesto de que la materia primigenia del cosmos estaría asociada en nebulosas erráticas.
4. Stephen Hawking, “El gran diseño”. Editorial Crítica, 2010
5. Richard Dawkins, “El espejismo de Dios”, Espasa Hoy, 2007
6. Cita extractada de “Teorías del todo. Hacia una explicación fundamental del universo” (Ed. Crítica, 1994), del catedrático en el Departamento de Matemática Aplicada y Física Teórica de la Universidad de Cambridge, John D. Barrow.
7. Paul Davis, “El Universo desbocado. Del Big Bang a la catástrofe final”, Pág. 42. Salvat Editores, 1993.
8. Anna Estany, “Introducción a la filosofía de la ciencia”. Crítica, 1993.
9. John D. Barrow, “El Universo como obra de arte”. Crítica, 2007.
10. Steven Weinberg, “Los tres primeros minutos del universo”. Alianza Editorial, 1996.
11. Davis (1993) pp. 42
12. Carl Sagan, “Cosmos”. Editorial Planeta, 1980. pp. 246
13. John Gribbin, “En busca del big bang”. Ediciones Pirámide, 1989. pp. 327
14. La edad del universo está cifrada alrededor de los 15.000 millones de años.
15. Davis (1993) pp. 27
16. Roger Penrose, “La nueva mente del emperador”. Random House Mondadori, 1991. pp. 469
17. Sagan (1980). pp. 246
18. Alexander Friedmann (1879-1959), matemático y meteorólogo ruso, fue el artífice del modelo cosmológico por el cual el universo había partido de un punto superdenso que luego se expandía con el tiempo. Véase, por ejemplo “Luz antigua” (Editorial Andrés Bello. 1991), de Alan Lightman.
19. Ioan P. Couliano, “Más allá de este mundo”. Paidós Orientalia, 1993.
20. G.S. Kirk, J.E. Raven, M. Schofield, “Los filósofos presocráticos”, Gredos, 1987.
21. Mircea Eliade, “Historia de las creencias y de las ideas religiosas”. Ediciones Cristiandad, 1980.
22. Hazrat Mirza Tahir Ahmad, “Revelation, Rationality, Knowledge & Truth – Examines the relationships between science, philosophy and religión”. Islam International Publications, Ltd, 1998. Este libro puede descargarse gratuitamente en http://www.alislam.org/library/books/revelation/index.html
23. Ibn `Arabi, “El tratado de la unidad”. José J. Olañeta, Editor, 2001. pp. 21
24. Gaston Bachelard, “Psicoanálisis del fuego”. Alianza Editorial, 1966.
25. “Textos herméticos”. Editorial Gredos, 1999.
26. G.S. Kirk, J.E. Raven, M. Schofield (1987)
27. Mircea Eliade (1980)
28. Hesiodo, “Obras y fragmentos”. Editorial Gredos, 2000.
29. Pierre Grimal, “Mitologías de las estepas, de los bosques y de las islas”. Planeta, 1967.
30. Fritjof Capra, “El Tao de la Física. Una exploración de los paralelismos entre la física moderna y el misticismo oriental”. Editorial Sirio, 2007. pp.272-27
31. Hazrat Mirza Tahir Ahmad (1988)
32. Nâgârjuna, “Versos sobre los fundamentos del camino medio”. Editorial Kairós, 2003.
33. Capra (2007)
34. “El lenguaje teórico de la física clásica no es más que un refinamiento de nuestro lenguaje cotidiano y es el único lenguaje que disponemos para comunicar nuestros resultados experimentales”, de Capra (2007). pp.181
35. Salvador Pániker, “Filosofía y mística”. Editorial Anagrama, 1992.
36. “Conócese el singular éxito de las dos ideas pitagóricas divulgadas por la fábula cosmogónica de Platón. Dos mil años no han extinguido el entusiasmo que despertaron. En pleno siglo del Renacimiento Kepler retoma en su “Mysterium Cosmographicum” y su “Harmonices Mundi” los poliedros regulares y los intervalos musicales para incorporarlos a un tardío resurgimiento de la imagen pitagórica del mundo”, de Desiderio Dapp en “El problema del origen de los mundos”. Colección Austral, 1965.
37. Richard P. Feynman, “Qué significa todo esto”. Editorial Crítica, 2004. pp. 21 dentro del capítulo “La incertidumbre de la ciencia”.
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