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Mehdi Bazargan: termodinámica islámica revolucionaria

Irán: variaciones revolucionarias IV

02/02/2011 - Autor: Seyyed az-Zahirí - Fuente: Webislam
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Mehdi Bazargan fue apoyado por Jomeini como Primer Ministro, tras el triunfo de la Revolución
Mehdi Bazargan fue apoyado por Jomeini como Primer Ministro, tras el triunfo de la Revolución

Compañero de Mahmud Taleqani al frente del Movimiento por la Libertad fue Mehdi Bazargan, otro de los principales ideólogos de la Revolución Islámica en Irán, apoyado por Jomeini como Primer Ministro tras el triunfo revolucionario. Se trata de un intelectual liberal y firmemente comprometido con el islam, al cual consideraba esencialmente como una fuerza de progreso y de liberación.

Bazargan es ingeniero, formado en la Universidad de Teherán y en la Ecole Centrale Arts et Manufacturers de Paris. Forma parte de un determinado estamento social. Su formación científica conduce a Bazargan a tratar de racionalizar cada aspecto de la religión, desde la práctica hasta la escatología. Reconoce que los admirados avances tecnológicos de occidente son el resultado de una cosmovisión científica, y este reconocimiento convierte al cientifismo en un criterio ineludible. Quiere demostrar a sus colegas y a los iraníes con formación universitaria que no existe ninguna incompatibilidad. Así, las leyes que hasta entonces habían sido consideradas legítimas simplemente por considerarse como reveladas por Al-lâh, necesitan también ser legitimadas mediante la racionalidad operativa. Podemos hablar de un proceso de racionalización de los rituales, leyes, prácticas y doctrinas del islam, como expresión de una necesidad. Bazargan explica a los rituales de la ablución y de la oración ritual sus conocimientos de ingeniería y de termodinámica, “demostrando” la sabiduría contenida en ellos. El titulo de uno de sus libros es significativo: Amor y adoración: la termodinámica humana. Se trata de mostrar que tanto la práctica como ética y la metafísica islámicas están regidas por las leyes de la termodinámica.

Según Bazargan, todos los avances de la civilización tienen un origen religioso, en la medida en que han sido las religiones las que han introducido valores superiores como vertebradores de la convivencia. La adoración a Al-lâh es el medio mediante el cual el ser humano supera su solipsismo y su individualismo egoísta, y se hermana con el resto de la humanidad. El amor es un magnetismo entre dos personas, a través del cual se desarrollan, crecen como personas y forman familias y comunidades. Pero el desarrollo integral del ser humano y de la sociedad exigen que el amor sea orientado más allá de las cosas, y eso solo puede lograrse a través del establecimiento de la ‘ibada, los actos de adoración a la Fuente de todo lo existente. Los actos de culto igualan a los humanos, rompen con las clases y con las disciplinas. A ellos acuden por igual estudiantes, clérigos, ingenieros, soldados, operarios… el letrado y el analfabeto, el pobre y el rico.

Al-lâh es el último destinatario de nuestro amor, pues es el único que posee el atributo de la Perfección. Orientarnos hacia Al-lâh a través de la adoración es recorrer el camino hacia dicha perfección, tanto a nivel personal como colectivo. Las ideologías humanas (nacionalismo, comunismo, liberalismo, monarquía…) son modos incompletos (no científicos) de recorrer este camino. Fracasan precisamente por haber eliminado a Dios como polo de orientación.

Con esto, vemos que Bazargan ha aceptado la idea de progreso, sin caer en la cuenta de que esta implica la negación del pensamiento chiíta tradicional. También puede decirse de otro modo: ha querido robarle la idea de progreso a las ideologías secularistas, aunque para ello haya tenido que convertir al islam en una ideología. Pues el “verdadero islam” representa la cumbre de la evolución humana.

Al mismo tiempo que racionaliza las prácticas islámicas, las politiza. Si el islam se vincula al progreso, la dimensión política parece ineludible. Así, al hablar de la peregrinación a Meka puede desplazar a un segundo plano los contenidos iniciáticos y espirituales, y afirmar lo siguiente:

El supremo objetivo de la peregrinación es el de preparar el terreno internacional para la paz universal y la consecución de una sola nación y de un solo gobierno para toda la humanidad (1).

Para Bazargan, el islam es una ideología, igual que el marxismo, el liberalismo o el parlamentarismo. Pero, a diferencia de estas, su origen es divino. No ha sido creada por el ser humano, y por ello no está al servicio de intereses mundanos o de clase, ni es una ilusión, ni un capricho de la mente ociosa. Es una ideología completa y omnicomprensiva, que tiene en cuenta todos los aspectos de la vida, el conocimiento perfecto de los humanos y de la naturaleza, de sus necesidades, carencias y posibilidades.

La ideología islámica no es una ensoñación —tiene una dimensión concreta, una praxis realizable. La parte práctica del islam como ideología es el fiqh, la jurisprudencia. El Estado islámico es el instrumento para aplicar dicha metodología, posibilitando el gobierno de Al-lâh sobre la tierra, ayudando al ser humano a desarrollar sus virtudes, divinamente originadas. Pero para ello el Estado debe ser un mero mediador, el instrumento a partir del cual sean aplicadas unas leyes de origen divino:

Nadie, ni siquiera el rey, o las gentes, os ninguna de sus clases, ni siquiera a través de cámaras de lores o de representantes, ni a través de referéndum o cualquier mecanismo similar, tiene el derecho a establecer leyes o responsabilidades de mando (2).

Aún así, las decisiones de gobierno deben ser tomadas mediante decisiones colectivas. La necesidad de un Estado basado en las leyes del islam y en la participación democrática de las gentes es una prescripción religiosa. Concibe el velayat (la tutela de los ulemas) como una delegación de responsabilidad de las gentes en sus representantes. Debe existir un organismo que arbitre en las disputas o conflictos que se produzcan entre los individuos. Un Estado islámico debe garantizar la seguridad y la prosperidad de todos los individuos, así como su libertad de conciencia, la equidad entre ellos, y la ausencia de discriminaciones por motivo de raza, clase o cultura. Debe garantizar la educación de todos. Igualdad, libertad y fraternidad: estas son las bases del islam entendió como ideología.

Barzagan traza una frontera insuperable entre los polos opuestos del islam y de la tiranía. Pero es consciente de que han ido de la mano a lo largo de la historia. Precisamente eso es algo que el movimiento revolucionario va a dejar atrás. El islam constituye el refugio del pueblo frente al despotismo de las elites, el “lugar” del cual extrae la fuerza para seguir luchando, viviendo, amando, creando. Todo lo bueno proviene del islam: escuelas, arte, baños públicos, bibliotecas, hospitales… Todo lo malo proviene de los tiranos: corrupción, violencia, injusticia, sufrimiento… Si se elimina el despotismo, la luz del islam podrá mostrarse en toda su grandeza. El islam chií posee los mecanismos internos para lograrlo. Uno de ellos es interior, escatológico: la creencia y la expectativa en la venida del Imam Oculto, para reestablecer la justicia en el mundo, actúa como germen de utopía. El segundo es práctico: el hecho de que los chiítas están obligados a seguir a un muÿtahid vivo. Eso mantiene siempre abiertas las puertas del iÿtihad y permite al chiísmo renovarse, estar a la altura de los tiempos.

Los ulemas son, por tanto, las figuras en las cuales los chiítas ponen sus esperanzas, ellos tienen la responsabilidad de guiar al pueblo hacia el progreso. Para ello deben ser capaces de reformar la jurisprudencia, según los conocimientos científicos de cada época. Así, Bazargan desarrolla una confianza mesiánica en los clérigos, los imagina como líderes progresistas, misioneros activos en la sociedad, fundando hospitales y casas de beneficencia, siempre al tanto de las últimas ideas… Todas estas elucubraciones tienen muy poco que ver con la realidad sociológica de los ulemas chiítas (profesionales de la fe y guardianes de la tradición jurídica). Nos remiten más bien a la idea platónica de una República gobernada por los sabios, pasada por el cedazo del marxismo.

A causa de sus actividades subversivas y de su militancia en el Movimiento por la Libertad fue encarcelado varias veces. En 1960 fue condenado a diez años de prisión. Durante su juicio, le envió un mensaje al Shah: "Nosotros somos el último grupo que habla con usted pacificamente. La próxima confrontación será armada". Con el tiempo, se convirtió en uno de los padres de la República Islámica. En 1979, fue nombrado Primer Ministro, a propuesta del Ayatollah Jomeini. Fue uno de los encargados de redactar la Constitución del país, que tomó como modelo la Constitución de la República de Francia. Pero este primer borrador fue sometido al escrutinio de la Asamblea de Expertos para la Constitución, con mayoría absoluta de clérigos, quienes sobredimensionaron la figura del Guía de la Revolución y la tutela de los juristas, como instrumento que les aseguraba el control del poder judicial y ejecutivo. Bazargan trato de actuar de modo pragmático, pero chocó tanto con los partidos de izquierdas como con el partido de los clérigos, se opuso a las purgas y al espiritu de venganza post-revolucionaria, y osó criticar públicamente la veneración hacia Jomeini. Como otros de los padres de la Revolución, fue apartado del poder y poco a poco cayó en el ostracismo. Aunque se mantuvo como parlamentario durante años, se opuso con vehemencia a la llamada “revolución cultural”. En 1985, el Consejo de Guardianes de la Revolución le impidió presentarse a candidato a las presidenciales: no les pareció lo suficientemente correcto como musulmán. Las expectativas mesiánicas de los iraníes en los clérigos le estallaron en la cara. Murió de un ataque al corazón en 1995 (3).


Notas
(1) Citado por Dabashi, Theology of Discontent, p.335.
(2) Citado por Dabashi, p.350.
(3) Para un análisis de la trayectoria del Movimiento por la Libertad: Iranian Politics and Religious Modernism: The Liberation Movement of Iran Under the Shah and Khomeini de H. E. Chehabi (Cornell University Press, 1990).


Irán: variaciones revolucionarias. El debate teológico-político en Irán

Capítulos anteriores:
1. Irán: variaciones revolucionarias
2. Jalal Al-e Ahmed y la "contaminación occidental"
3. Mahmud Taleqani y la exégesis revolucionaria del Corán

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