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Claves y contextos de una crisis

Los cuatro países son repúblicas y los cuatro, con modalidades muy distintas, fueron monarquías

30/01/2011 - Autor: Enrique Vázquez - Fuente: www.larioja.com
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(Foto: estrelladigital.es).
(Foto: estrelladigital.es).

No mucha gente sabe que muchos árabes no pueden hablar entre ellos en árabe, porque las variaciones dialectales desde la lengua clásica, o literaria, o del Corán… son de tal calibre que solo quienes dominan bien el árabe convencional escrito y normativo pueden hacerlo. Esa realidad popular pero muy extendida ahorra comentarios sobre la existencia, y la necesidad de no olvidarlo nunca, de muchas sociedades árabes y confirma que, como saben hace mucho los sabios en la materia –un Bernard Lewis o, más recientemente y con gran autoridad un Eugene Rogan–, que cada sociedad ha creado, según su herencia cultural y su pura historia política propia, un contexto distinto.

Así, aunque semejantes en muchos órdenes, algunos decisivos por inmanentes –como la autonomía personal o el ansia de libertad– todos los Estados árabes ahora agitados por fuertes corrientes de hostilidad popular a sus gobiernos conforman realidades sociales y a veces paradigmas culturales muy diferentes y diferenciables. Argelia, Túnez, Egipto y Yemen son los casos presentes.

Pasado colonial

Los cuatro países son repúblicas y los cuatro, con modalidades muy distintas, fueron monarquías (aunque los casos de Argelia y Túnez la palabra no describe bien los regímenes, un bey a la cabeza del Estado en un régimen enfeudado de hecho a una potencia extranjera). Aquí la diferencia con Marruecos, por ejemplo, sería muy grande porque allí la dinastía reinante, los Alaui, reinan nada menos que desde el siglo XVII y por algo será.

Egipto fue una monarquía creada por un general no árabe, aunque si musulmán (era albanés) a las órdenes del Imperio otomano, Mehmet Alí, contemporáneo de Napoleón, inteligente, modernizador y de éxito: sus descendientes reinaron hasta el golpe de Estado nacionalista-militar-popular de los oficiales libres en 1952 entre los que estaba un tal Gamal Abdel Nasser. La monarquía había sido limitada y manejada por el colonialismo británico, por ejemplo en el vergonzoso periodo del gobernador británico Lord Cromer, pero mal que bien era percibida como nacional y representativa y pudo sobrevivir a la tempestad de la primera guerra mundial, pero no a la de la segunda, tras la cual se extendió la epidemia nacionalista de modo imparable.

La herencia francesa

Colonias de Francia, florones de la gran aventura colonial de Napoleón III, sobrino de Napoleón el corso, fueron Argelia y Túnez y Francia se resistió ciegamente, sobre todo en el caso argelino, a soltar su presa. Las poblaciones respectivas debieron ganar su liberad y su genuina independencia con una lucha física y política sin tregua y que, sobre todo en el caso argelino, alcanzó proporciones épicas. De la explotación de esa gesta siguen viendo los gobiernos de Argel y el malestar con Francia aún dura y parece inmortal. En el caso marroquí París –y Madrid en su Protectorado– comprendieron sagazmente que había llegado la hora y en 1954 hicieron las maletas inteligentemente.

El lector entenderá así, por ejemplo, por qué la política de París con Rabat (y viceversa) es la que es. Por ejemplo sobre el Sáhara Occidental. Yemen fue un caos medio organizado por los británicos, que protegieron a un tiempo un emirato zydí (chií) y crearon en el sur (Adén) una colonia con gran valor militar (ruta a la India). Todo se vino abajo en los sesenta, Norte y Sur fueron reunificados más o menos artificialmente y se creó una República con capital en Sanaa que a duras penas contiene el secesionismo sureño y, al tiempo, combate contra una poderosa franquicia local de Al-Qaida que ha ganado terreno en los últimos años.

El gran caso egipcio

Las diferencias, pues, son enormes. Las obvias, geográficas o históricas y las confesionales: no es lo mismo que el islam oficial sea, como en Marruecos, de la escuela maliki, moderada, o rigorista al máximo como los wahabíes de Arabia Saudí) o institucionales (en Túnez el Estado es oficialmente laico mientras casi todas las Constituciones en países árabes dan al Corán la condición de fuente principal de la legislación).

En este universo variopinto e inclasificable, Egipto es un caso aparte y eso explica la extraordinaria expectación internacional que provoca la presente efervescencia social y popular. Es el más poblado de todos (80 millones), la sede de eso que se llama, exagerando un poco, el Vaticano sunní (la universidad-mezquita de Al-Azhar con su gran imán Ahmed al-Tayyeb, baluarte de la jurisprudencia islámica), es la patria de Nasser, ídolo árabe donde los haya habido, tiene un gran Ejército y es la cuna de toda la producción de la cultura popular árabe, empezando por el cine y la TV. Lo que suceda allí tendrá, sin duda, graves repercusiones.

Y en primer lugar para el equilibrio del Oriente Medio. Reconoció a Israel (con la explícita oposición popular) y se convirtió en el socio clave de Washington en el área. Se explica que Israel observe lo que sucede con una gran aprensión. En el contexto someramente descrito, el famoso contagio, si llega a hacer democracias de corte liberal en los países mencionados (y, eventualmente, los que sigan, si es que siguen) será una herramienta de un cambio cualitativo cuyas consecuencias serán de gran calado.

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