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Las vastas afueras toman la ciudad

El gobierno espera lo que los manifestantes temen: el cansancio

25/01/2011 - Autor: Alma Allende - Fuente: Rebelión
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(Foto: noticias.terra.es).
(Foto: noticias.terra.es).

Una revolución, ¿se puede convertir sencillamente en una costumbre? ¿Es compatible esa costumbre con las tareas normales de gobierno, la reproducción de la vida cotidiana, el desfallecimiento natural de las fuerzas? El gobierno espera lo que los manifestantes temen: el cansancio. Pero en este domingo de transición hacia “el primer día de normalidad”, en el que habrá que poner a prueba la capacidad del pueblo para quebrarla de nuevo, la avenida Bourguiba sigue efervescente bajo una luz tan pura, tan radical, que los edificios y los árboles parecen desnudos y hasta sin piel. Lo que sorprende estos días en Túnez es que las cosas se repitan; la costumbre de seguir movilizados, gritando, coreando consignas, protestando. Ahí están los corros asamblearios, los cafés convertidos en comisiones parlamentarias, los grupos de manifestantes que, como en un carillón, dan vueltas una y otra vez al bulevar. Ahí siguen los policías, vestidos o no con sus chalecos blancos, acompañados de sus mujeres, enarbolando sus pancartas y proclamando a gritos su inocencia de los crímenes del benalismo; y ahí están las familias ociosas que, en lugar de ir al Lac o al Belvedere, van con sus hijos a fotografiarse delante de los tanques. “Manifestarse se ha convertido en un loisir ”, dice uno de los nuevos periódicos viejos de Túnez. A falta de turistas, los tunecinos hacen turismo a los símbolos de su revolución aún incierta.

Pero en algún sentido la realidad ha llegado a la capital y la convoca a su alrededor. Los cientos de trabajadores, desempleados, campesinos, que salieron ayer de distintos pueblos y ciudades del centro-oeste (el Kef, Jendouba, Sidi Bou Sid, Regueb, Siliana) han llegado muy temprano a Túnez y, tras reunirse en la avenida Bourguiba, se han desplazado a la Qasba para seguir protestando delante de la sede del primer ministro. Hoy otra vez todo ha cambiado allí. La multitud es un caleidoscopio cuya composición social se modifica de hora en hora, de día en día.

Predominan ahora los rostros tostados por el sol, las mujeres fuertes, los anchos burnus de lana ruda. Algunos jóvenes vencidos por las fatigas de la noche duermen amontonados contra el muro del ministerio de Finanzas, buscando el solecito dominical, con barras de pan y botellas de agua entre las piernas. Las consignas son las mismas, también los gritos, los cánticos, las banderas: “I´tizam itizam hata iusqut el-nitham” (“movilización movilización hasta derribar el régimen”). Y los discursos son tan variados que es difícil encontrar ahí un aglutinante común, fuera de este impulso democrático inmediato y radical.

Un joven trepa a una farola y despliega la efigie del Che Guevara estampada en un bandera roja. Un campesino bigotudo grita “viva el ejército” al paso de dos soldados.

Mahmud Behlali tiene 50 años y ha llegado desde Sidi Buruis, en Siliana, junto a otros trescientos compañeros. Su carnet de identidad, que me enseña, dice que es “amel yaumi”, es decir “jornalero”. Se dedica a la construcción y, cuando hay trabajo, gana 12 dinares al día (6 euros). Tiene tres hijos y después de pagar el alquiler, el agua y la luz -me dice- no le queda nada. “El gobierno es un puñado de canallas”, insiste una y otra vez mientras me hace leer en voz alta, para comprobar que realmente la entiendo, la consigna escrita en árabe que enarbola en un cartón: “Derroquemos el gobierno que quiere abortar nuestra revolución”. Le pregunto si pertenece a algún partido o algún sindicato y responde que sólo confía en el ejército. Me pide el cuaderno donde he escrito su nombre para estampar debajo su firma, con el doble orgullo del que sabe escribir y está dispuesto a comprometer su palabra.

Shidli Adaili, 45 años, padre de cinco hijos, ha venido desde Jendouba y ha hecho parte del recorrido (setenta kilómetros) a pie. Está en paro, lo mismo que el hijo de 25 años que lo acompaña. Doscientos más han llegado con él y exigen la inmediata disolución de un gobierno que les ha privado de sus recursos y que ha disparado contra sus hermanos. Tampoco pertenece a ningún partido, pero cuenta que los sindicalistas les han apoyado desde el principio.

Está también Mehdi, típico exponente de la pequeña burguesía radical de la capital. Delgado y severo, envuelto en un abrigo negro, su voz no puede ocultar un cierto resentimiento. Ha hecho dos carreras y un doctorado, habla cuatro lenguas y malvive gracias al exiguo salario de su mujer, también licenciada, que es maestra de escuela.

- No te equivoques -me dice señalando la imagen del Che. - Yo era de izquierdas pero ya no lo soy. Esta es una revolución musulmana y no comunista. Lo que necesitamos es un Che Guevara musulmán.

Está Firas, un joven estudiante de primer curso de empresariales, más acomodado, usuario de facebook, al que tenemos que reprimir para que abandone el inglés y vuelva al árabe o al francés. Está escandalizado con la posición de la UE y con la corrupción del régimen de Ben Alí.

- ¿Sabes por qué no hay McDonalds ni Starbucks en Túnez? -me pregunta. -Porque la familia Trabelsi quería la mitad de los beneficios.

Está también Saddam, bello como un gran ángel de barro, sonriente, feliz, dientes y ojos rutilantes, envuelto en una bandera con el retrato del Che Guevara. Es la segunda que vemos. Saddam tiene 26 años y está, como casi todos, en paro. Ha venido de Regueb y cuando le pregunto por la gestión de la vida cotidiana en su ciudad me responde que todos los días hay una concentración y que se ha formado un Consejo de Defensa de la Revolución en colaboración con el sindicato y otras fuerzas políticas hasta ahora prohibidas y reprimidas. Levanta la nariz y abre bajo ella los dedos cerrados en un gesto casi de bailarín: “Respiramos la libertad”. Un compañero suyo interviene excitado para decirme que Consejos como el de Regueb se están creando en todos los pueblos y ciudades próximas.

Y está Sameh, una mujer robusta y sencilla de aspecto inteligente y bonachón. Interviene vivazmente en todas las conversaciones, citando una y otra vez el precio del avión personal de Ben Alí: ¡cuatro mil millones de dinares! Trabajaba de secretaria en una empresa del Lac, pero como no la consideraban moderna ni elegante la despidieron hace seis meses. Desde entonces hace pequeños trabajos de informática en casa. Entre ella y su marido, jefe de una imprenta, ganan 900 dinares al mes (450 euros), la mitad de los cuales se va en el pago del alquiler. No soporta la idea de que los cambios sean sólo formales o beneficien de nuevo únicamente a unos pocos.

Se me acerca luego un hombretón de aspecto triste. Lleva un niño sobre los hombros y otros dos de la mano. Su abatimiento contrasta con la alegría de uno de sus hijos, de unos 5 años, que corea las consignas contra el gobierno y baila al ritmo de las voces. El hombre se llama Atf y me pide que cuente esta historia: el día 14 de enero, fecha de la huida de Ben Alí, él y 23 personas más fueron detenidas, conducidas a la comisaría de la Qasba y fichadas por pertenecer a un partido ilegal (lo que niega con firmeza) antes de ser encerradas en los sótanos, donde durante cinco días fueron golpeadas (con piedras, asegura) y privadas de agua y alimentos. Según su testimonio, fueron liberadas finalmente gracias a la intervención del ejército, ante el cual han presentado una denuncia. ¿Qué piensa entonces de las manifestaciones de policías? ¿Cree que son sinceros? Niega tajantemente, con miedo y rabia, y añade que sólo se fía del ejército.

A continuación se me acerca Azzedin Fatnazi, padre de tres hijos sin trabajo desde hace 8 años. Es un hombre delgado y también melancólico que sostiene un papelito en la mano. No entiendo enseguida de qué se trata. Luego, mientras él cuenta acalorado su historia, me percato de que es una petición de “subsidio social” firmada en el año 2003. Nunca se lo concedieron porque se negó a pagar un soborno al funcionario. Me insiste para que cuente que en Túnez, bajo el régimen que Ghanoushi quiere maquillar y mantener, nadie consigue trabajo si no es a cambio de dinero. “Está prohibido ser honrado”, proclama.

Este es el Túnez real, sofocado, oculto bajo el teatro de flores del turismo y la avalancha de mercancías del Carrefour y el Geant. ¿Una revolución de jazmines? Nada más banal y romántico que este cliché forjado por los medios occidentales -y la embajada de los EEUU- para despuntar la aspereza de una revuelta de humillados y ofendidos que ha sobrevivido, se ha organizado, ha ido tomando forma a espaldas de los tres barrios de la capital que los extranjeros y los ricos llamaban Túnez. Es la revolución del 14 de enero. La revolución del pueblo roto. La revolución de un país completamente desconocido.

Uno tiene la impresión de que va a ser muy difícil contenerla y muy difícil dirigirla, hasta tal punto es pacífica e irregular. Nació en las vastas afueras sin aurora y se contagió de barrió en barrio, de villa en villa, hasta alcanzar la capital. Pero ahora quiere también tomarla, la capital. Mientras escribo estas líneas nuevos manifestantes llegan a la Qasba desde Kasserine y cientos de personas, alimentadas y abrigadas por la solidaridad de los vecinos, de los sindicatos, de los parientes, se preparan para violar el toque de queda y pasar la noche ante la puerta del Primer Ministerio. Túnez ya no existe; empieza Túnez.

Mañana las escuelas deben recomenzar su actividad; mañana comienza también una huelga indefinida convocada por el sindicato de enseñanza. ¿Podrá soportar el gobierno esta obstinada costumbre de luchar?

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