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Sufismo vivo

Queda todavía mucho por hacer para revelar el sufismo en su esencia y en todas sus gloriosas manifestaciones

22/01/2011 - Autor: Seyyed Hossein Nasr - Fuente: Webislam
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El Sufismo es menos una doctrina o un sistema de creencias que una experiencia y una forma de vida
El Sufismo es menos una doctrina o un sistema de creencias que una experiencia y una forma de vida

En el nombre de Al-lâh, el Misericordiosísimo y Compasivo.

Por numerosas razones, algunas positivas y muchas negativas, existe hoy mucho interés por el sufismo en occidente, y también entre las clases instruidas y modernas del propio mundo islámico resurge una propensión hacia él. La descomposición del «sistema de valores» relativamente homogéneo del mundo moderno; el sentido de inseguridad con respecto al futuro; la incomprensión de los mensajes de las religiones predominantes en occidente, y especialmente del cristianismo, cuyas enseñanzas internas se han tornado cada vez más inaccesibles; el deseo de una visión del mundo espiritual en un medio ambiente que carece progresivamente de cualidad, y muchos otros factores, han contribuido a buscar enseñanzas espirituales en las religiones orientales. Esta búsqueda empezó en occidente hace una generación con el interés más general por el hinduismo y el budismo; pero como mucho de lo escrito e incluso practicado durante este período era falso o por lo menos superficial, la afición por estas tradiciones —más particularmente el estudio del vedanta y del zen— se convirtió pronto en una moda que, para una generación tan ávida de experiencias novedosas y variadas, como incapaz de profundizar en ninguna, resultó en seguida aburrida y tediosa.

El atractivo reside ahora para muchos en el sufismo, que por desgracia, parece así llamado al turno de ser falseado y mutilado para ajustarse a la mentalidad de aquellos que o bien son inocentes, pero ignoran la naturaleza real de una vía espiritual, o bien tratan de reducir deliberadamente las verdades más sublimes a su propia naturaleza. Pero junto a este interés coyuntural por el sufismo puede discernirse una atracción más profunda y genuina por parte de otros: los que desean sacar provecho de su penetración para beneficio espiritual de ellos, sea cual fuere la religión o senda espiritual que sigan, y los que buscan una vía espiritual genuina y están dispuestos a los sacrificios necesarios para alcanzar la cualificación que ésta exige.

Entre los Islamistas oficiales de occidente puede verse una creciente conciencia del papel central desempeñado por el sufismo en el Islam y en su historia. Muchos están ahora dispuestos a aceptar el origen islámico del sufismo y el inquebrantable vínculo que conecta a éste con el Islam, frente a la antigua costumbre de explicarlo como cierto tipo de influencia ajena dentro del Islam. Difícilmente se puede hoy escribir sobre la espiritualidad islámica sin mencionar el sufismo, aunque ciertos orientalistas persistan en intentarlo.

Sea entonces debido a un genuino interés espiritual, o a la pseudoespiritualidad actualmente tan en boga, o bien sea debido a la erudición desarrollada en el campo de los estudios islámicos, vemos crecer hoy en occidente la significación del sufismo y el interés por su estudio. Las presentaciones auténticas del sufismo en los medios de comunicación modernos son escasas, y muchos en cambio los, que buscan sus enseñanzas. La misma presencia de esta situación es argumento decisivo para procurar evitar al máximo la distorsión de las enseñanzas del sufismo y para presentar todas sus distintas facetas de una forma auténtica. La sabiduría sufí cubre casi todos los aspectos de la vida espiritual y representa una de las tradiciones metafísicas y esotéricas más completas y preservadas que han sobrevivido en el mundo moderno.

En el siglo trece (diecinueve) el mundo islámico estaba afectado por el impacto de occidente junto con el surgimiento de movimientos puritanos indígenas de índole racionalista y antimística. Surgió una oposición al sufismo, y éste fue cul­pado de casi todo lo que algunos de los modernistas encontra­ban que estaba mal en el mundo islámico de entonces. El problema de la dominación del mundo musulmán por las potencias europeas, se achacaba a menudo al sufismo, y apareció una generación de musulmanes occidentalizados, todavía presente en muchos países musulmanes, que consideraba el estudio mismo del sufismo como una conspiración colonialista. Ayudado por la actividad de ciertos orientalistas, este movimiento trató de hacer revivir el Islam rechazando todos los aspectos espirituales y metafísicos de sus enseñanzas, y reduciéndolo a la más estrecha interpretación de la ley divina o Sharîah. Como resultado, la misma Sharîah quedó inde­fensa frente al asalto «intelectual» de occidente.

El papel positivo representado por el sufismo en la historia del Islam —en ámbitos que van desde el gobierno al arte— llegó a desestimarse y a ser descartado. Por extraño que parezca, los relatos occidentales del período moderno de la historia islámica guardan también un curioso silencio sobre todos los movimientos de reforma importantes dentro del sufismo durante el siglo trece (diecinueve), por más que sus efectos no sean en verdad menores que los procedentes de los movimientos modernistas prooccidentales, tan cacareados en los estudios europeos contemporáneos. Con la excepción de la orden sanûsiyyah, nada se ha dicho prácticamente de la principal importancia de resurgimientos sufíes como los de las órdenes darqâwiyyah y tîjânyyah en el norte de África, yash­rûtiyyah en África oriental y el próximo oriente árabe, ni’ma­tullâhiyyah en Persia y la India meridional, y chishtiyyah y qâdiriyyah en el subcontinente indo‑paquistaní. El silencio sobre este tema contribuyó a empequeñecer el sufismo a los ojos de las modernas clases musulmanas instruidas, que tan a menudo confían en las fuentes occidentales para el estudio de su propia historia.

Así es como hasta finales de la segunda guerra mundial, uno solía encontrar sólo dos tipos de estudiantes en las universidades de los países musulmanes más modernizados: los completamente secularizados y occidentalizados, que en mayor o menor medida rechazaban el Islam, al menos como código completo y modo de vida; y los que eran muy piadosos y devotos musulmanes, pero limitaban el Islam a la interpretación más exterior de la Sharîah y rechazaban todo lo relativo al sufismo y a la dimensión intelectual y espiritual completa del Islam. Aunque estos dos grupos se oponían entre sí en casi todo, estaban unidos en la oposición mutua al sufismo.

Hoy, mientras gran parte de esta actitud persiste en ambos grupos, se puede observar claramente entre los estudiantes y otros miembros de las clases instruidas de muchos países musulmanes un renovado interés por el sufismo y por la dimensión intelectual completa del Islam. A este cambio de actitud han contribuido varios factores: la desintegración de los valores culturales occidentales y el desencanto ante las experiencias del modernismo, la observación de las catástrofes acarreadas por la civilización moderna y la previsión de las que están por venir, y finalmente, la conciencia de que sólo a través de las directrices dadas por las enseñanzas del sufismo se puede responder a los desafíos y amenazas lanza­dos por occidente al Islam en el terreno intelectual. Comparando con la generación anterior, vemos aumentar notablemente en países tan diversos como Egipto, Siria, y Persia, el número de jóvenes atraídos por las órdenes sufíes y el estudio del sufismo. En el subcontinente indo‑paquistaní este interés sigue siendo fuerte, sin haber disminuido de manera notoria como en el caso del mundo árabe o de Turquía. En este último país, el interés por los escritos sufíes entre estudiantes universitarios ha aumentado considerablemente desde los años posteriores a la revolución turca.

Por extraño que parezca escasean también en el mundo islámico las exposiciones genuinas del sufismo adaptadas a la gente moderna con instrucción. Por la actitud tanto frente al sufismo como frente al propio Islam distinguimos hoy tres clases de personas: la mayoría tradicional, cuya élite intelectual comprende en distintos niveles a los ulamâ’, a los maes­tros sufíes, y a los adeptos avanzados, que pueden entender las exposiciones tradicionales de la doctrina islámica, sea a nivel shariita o a nivel sufí, la minoría occidentalizada, que en su mayoría ha mostrado hasta ahora poco interés por el sufismo; y finalmente la nueva minoría moderna instruida, que vuelve a demostrar un vivo interés por la herencia espiritual e intelectual del Islam.

Se publican anualmente cantidad de libros que contienen textos sufíes, la mayoría en árabe y persa, pero también en turco, urdú, bengalí y otras lenguas musulmanas. Pero ex­cepto la poesía sufí de hombres como Ibn al‑Fârid, Jalâl al­ Dîn Rûmi y Hâfiz, que son leídos y apreciados por todo tipo de personas, las obras de sufismo de naturaleza doctrinal y centradas en las instrucciones intelectuales se dirigen sólo a los pocos que se hallan cualificados, y no pueden ser plenamente comprendidas fuera de la élite intelectual (khawâss) de las clases tradicionales. Uno se pregunta cuántos árabes, turcos y persas modernos instruidos comprenden el texto del Fusûs al‑hikam de Ibn Arabi, el Manâqib al‑‘ârifîn de al­-Aflâkî o el Sharh‑i gulshan‑i râz de Lâhîjî, que se han publicado en Egipto, Turquía y Persia, respectivamente, en estos últimos años. Cuando todos los «ismos» que como una riada nos inundan desde occidente, así el evolucionismo, el mar­xismo, el socialismo, etc., se abaten sobre el suelo del mundo islámico ¿cuántos de entre las clases instruidas musulmanas son capaces de apoyarse en la riquísima herencia de la metafísica y la filosofía islámica y del sufismo para protegerse y evitar ahogarse? Unos pocos han podido conectar con los maestros espirituales hoy en vida, y encontrar en ellos el sustento. La mayoría permanece en la confusión, sin más acceso que a unos pocos libros escritos por los eruditos contemporáneos de su país que usualmente se limitan a emular a los orientalistas occidentales. Las exposiciones contemporáneas genuinas y las interpretaciones profundas del sufismo en lenguas musulmanas podrían probablemente contarse con los dedos de las dos manos y por ello este renovado interés por el sufismo entre las clases instruidas encuentra muy pocas obras con que satisfacerse.

Además, muchos musulmanes estudian ahora en occidente y curiosamente prefieren el inglés o el francés a su lengua materna cuando se trata de discutir temas intelectuales. Incluso en algunos países musulmanes como Malasia, Pakistán, Nigeria y el norte de África musulmán, el inglés y el francés son todavía instrumentos más importantes del discurso intelectual que el malayo, el urdú, el bengalí, el árabe o las lenguas nigerianas. En estos casos, las exposiciones de sufismo en lenguas europeas constituyen la fuente más inmediata para saciar la creciente sed de conocimiento en este campo.

Las tendencias en estos dos mundos, musulmán y occidental, parece pues que confluyan en lo referente a la necesidad de estudios auténticos sobre el sufismo. Por muy distintas razones, tanto la intelligentsia musulmana como buen número de los jóvenes occidentales más inteligentes, sin olvidar tampoco a gente de otras edades, están cada vez más interesados en el sufismo, unos por capricho, otros superficialmente, pero también algunos por las razones más profundas de toda alma que pugna por salvarse del abismo del sinsentido. Sin embargo son muy escasos los estudios que consiguen revelar de una manera auténtica las verdades del sufismo que pueden ser divulgadas, de forma que personas con la mejor de las intenciones se hallan a menudo dirigidas, por la lectura de trabajos de falsificación, hacia las profundidades infernales de los «mundos inferiores» en vez de estarlo hacia las celestiales alturas que están buscando.

Hoy día en occidente se pueden distinguir tres tipos de escritos sobre el sufismo. Los trabajos eruditos de los orientalistas van desde las más perjudiciales y apriorísticas críticas de algunos autores a los favorables y a menudo penetrantes estudios de hombres como L. Massignon, H. Corbin, E. Dermenghem, L. Gardet, C. Rice, F. Meier y P. Filipanni‑Ronconi, que lindan en algunos casos con la participación real en el mundo del sufismo y que incluyen excelentes traducciones por hombres como B. de Sacy, R.A. Nicholson y A.J. Ar­berry. Hay también trabajos que pretenden estar asociados con distintos movimientos sufíes actuales de occidente. Contienen a menudo muchas enseñanzas genuinas del fundador del movimiento, pero luego se han entremezclado con toda clase de temas extraños, que dificultan, en especial a los principiantes, el separar la cizaña del trigo. Estos trabajos han cobrado recientemente un matiz ocultista y han llegado a divorciarse por completo del Islam en ciertos círculos surgidos en Europa occidental, sobre todo en Inglaterra.

Por último, existen las exposiciones de sufismo verdadera­mente legítimas, emanadas de enseñanzas genuinas, como las de R. Guénon, M. Lings, J.L. Michon, L. Schaya y especialmente las de F. Schuon y T. Burckhardt; éstas son pocas en número pero de la mayor importancia para una comprensión auténtica del sufismo. También han aparecido unos cuantos trabajos genuinos de maestros sufíes contemporáneos del mundo musulmán en inglés o en francés, pero con frecuencia de una forma que deja mucho que desear. La persona que ya conoce los principios del sufismo puede hacer uso de la documentación, las explicaciones y traducciones de los trabajos del primer grupo e incluso de algunos de los relatos, afirmaciones y descripciones de ciertos libros del segundo grupo. Pero debe poseer para ello un agudo discernimiento y un conocimiento efectivo de las doctrinas metafísicas que sólo pueden proporcionar la tercera categoría de trabajos, o un contacto directo con las fuentes auténticas del sufismo.

Resulta por tanto esencial aumentar el número de obras de carácter auténtico sobre el sufismo, y no con propósito meramente cuantitativo, sino también con el fin de ofrecer mayor variedad de claves a los distintos tipos de buscadores, y de volver accesible, en un medio contemporáneo, al menos un atisbo del vasto campo cubierto por las enseñanzas tradicio­nales del sufismo. Esta tarea debe realizarse tanto en consideración al público occidental, que naturalmente se beneficiaría mucho con una exposición en una lengua europea, como también en consideración a los musulmanes de educación occidental, para quienes el canal de recepción de gran parte de sus ideas es a menudo una lengua europea. Pensando precisamente en ambos auditorios hemos reunido en forma de libro estos modestos ensayos, con la esperanza de añadir una pequeña contribución al corpus de las exposiciones del sufismo desde un punto de vista sufí que ahora han comenzado a aparecer en lenguas europeas.

En el sagrado Corán, Al-lâh se refiere a sí mismo como el Exterior (al‑Zâhir) y el Interior (al‑Bâtin). Como quiera que este mundo y todo lo que hay en él son reflejos y teofanías de los Nombres y cualidades de Al-lâh, todas las realidades que contiene poseen también un aspecto exterior y uno interior. La cara exterior de las cosas no es pura ilusión; tiene realidad en su propio nivel. Pero implica un movimiento en la direc­ción de separación y alejamiento del Principio, que reside en el Centro y puede identificarse con el Interior. Vivir en el exterior es poseer ya la bendición de la existencia; ser más que nada. Pero quedar satisfecho sólo con lo exterior es traicionar la naturaleza misma del hombre cuya razón más profunda para existir es precisamente viajar desde lo exterior a lo interior, desde la periferia del círculo de la existencia al Centro transcendente y con ello devolver a su origen la creación.

El sufismo provee los medios para cumplir este fin supremo. Al-lâh ha posibilitado el viaje desde lo exterior a lo interior mediante la revelación, que en sí misma comprende las dimensiones exterior e interior. En el Islam esta dimensión interior o esotérica de la revelación corresponde en su mayor parte al sufismo, si bien en el contexto del shi’ismo, el esoterismo islámico se ha manifestado también en otras formas.

Además, desde el punto de vista islámico, existe, en confor­midad con la naturaleza de las cosas, algo correspondiente al sufismo en toda revelación o tradición íntegra.

Por esto en las lenguas islámicas es frecuente referirse al «sufismo» de tal o cual religión; en efecto, desde el punto de vista islámico, el tasawwuf, como al‑dîn o al‑islám, en su sentido universal, es a la vez perenne y universal. Pero esto no implica en absoluto que sea posible practicar el sufismo fuera del marco del Islam —sea cual fuere el contexto en que usemos estos términos—. Si por al‑islám entendemos la reli­gión en su sentido universal, entonces el tipo de esoterismo (o tasawwuf, para usar la terminología de los propios sufíes) que se practique debe pertenecer a la religión particular o islám de la cual ha surgido. Y si por al‑islám entendemos la religión revelada a través del sagrado Corán, entonces asimismo el tasawwuf que puede legítimamente practicarse debe ser el que tiene las raíces en la revelación coránica y que llamamos «sufismo» en la acepción general de este término. En cualquier caso, un camino esotérico válido es inseparable del marco objetivo de la revelación a que pertenece. Uno no puede practicar el esoterismo budista en el contexto de la Sharîah islámica o viceversa. Además, no se puede pretender en circunstancia alguna estar por encima de las enseñanzas esotéricas de la religión y practicar un esoterismo sin ellas y en el vacío, como tampoco puede uno plantar un árbol en medio del aire. Uno puede viajar hacia Al-lâh sólo como parte de la humanidad sagrada (ummah), o «cuerpo místico» para usar el término de la teología cristiana, que Al-lâh ha formado y santificado mediante una revelación que ha alcanzado a la humanidad a través de su voluntad. La enseñanza islámica de que todos los hombres que entran en el Paraíso lo hacen como parte del «pueblo» (ummah) de un profeta particular, se refiere a la misma verdad.

Seguir el sufismo es morir gradualmente a sí mismo y llegar a ser Sí mismo, nacer de nuevo y volverse consciente de lo que uno ha sido siempre desde la eternidad (azal) sin haberse dado cuenta de ello hasta que se ha cumplido la transformación necesaria. Significa deslizarse fuera del propio molde, como una serpiente que cambia de piel. Semejante transformación implica una profunda transmutación de la substancia misma del alma a través del efecto milagroso de la Presencia divina (hudûr) que se implanta en el corazón mediante la iniciación por el maestro espiritual, y que es eficaz debido a la gracia (barakah) que fluye desde el origen de la misma revelación. Para que esta transformación pueda acontecer, debe existir un enlace tradicional con el origen o una cadena espiritual (silsilah), una disciplina o método para ejercitar el alma, un maestro para que pueda aplicar el método y que pueda guiar (irshâd) al discípulo a través de las estaciones del viaje, y por último un conocimiento de orden doctrinal sobre la naturaleza de las cosas que dará dirección al adepto durante su viaje espiritual (sayr wa sulûk). Y por supuesto debe haber como prerrequisito una iniciación formal (bayah) que ate el discípulo al maestro y a su cadena espiritual así como a los órdenes superiores del ser. Éstos son los aspectos fundamentales del sufismo.

Para exponer plenamente las enseñanzas del sufismo se debe dar por lo menos un perfil de la doctrina sufí, que comprende una metafísica sobre el principio y la naturaleza de las cosas, una cosmología referente a la estructura del universo y a sus múltiples estados del ser, una psicología tradicional sobre la estructura del alma humana a la que está vinculada una psicoterapia del orden más profundo, frente a la cual, la moderna psicoterapia no es sino una caricatura, y finalmente una escatología referente al fin postrero del hombre y del universo, así como al devenir póstumo del hombre. La elucidación de las enseñanzas del sufismo incluiría además una discusión de los métodos espirituales, su forma de administrarlos y el modo de enraizarlos en la substancia misma del alma del discípulo. Ello también implicaría una discusión acerca de la relación entre maestro y discípulo, y sobre las virtudes espirituales, que se engendran en el alma del discípulo mediante la alquimia ejecutada sobre su alma por el maestro.

Además de la poesía sufí, que usualmente contiene imágenes de distintas actitudes y distintos estados espirituales (ahwâl) del alma en busca de lo divino, casi todos los tratados sufíes se refieren a uno o varios de los puntos anteriormente destacados. Algunos son más claramente doctrinales, otros más prácticos, otros en fin son descriptivos e intentan pintar una imagen para ser emulada más que dar instrucciones directas. La vasta literatura del sufismo en todas las lenguas islámicas, donde el árabe y el persa ocupan la posición central de preeminencia, pero donde también muchas otras como el turco, el urdú, el bengalí y el sindhi proporcionan elementos importantes, es como un océano lleno de olas que se mueven en distintas direcciones y son de diferente forma, pero que siempre regresan al fundamento primigenio en que se originaron. Esta monumental literatura es siempre nueva y actual por estar inspirada. Los maestros del sufismo han dicho esencialmente las mismas cosas a través de los tiempos, y sin embargo sus palabras difieren. Son creaciones nuevas, adaptadas a los distintos pueblos a que se dirigen y basadas por sus creadores en una visión fresca de la realidad espiritual. Son como el nuevo día, que es lo mismo que el día anterior y no obstante es fresco e inspirador. Los auténticos escritos sufíes son a la vez la continuación «horizontal» de un conocimiento transmitido que ha pasado de una generación a otra y se remonta al origen del Islam, y una visión de la verdad, «vertical» y fresca que está a la vez en el origen y el comienzo de la revelación y en el Centro de nuestro ser, aquí y ahora.

El sufismo ha infundido su espíritu a toda la estructura del Islam, tanto en sus manifestaciones sociales como intelectuales, porque es similar al aliento que anima nuestro cuerpo. Las órdenes de los sufíes, al ser cuerpos bien organizados en el interior de la gran matriz de la sociedad islámica, han ejercido influencias de carácter perdurable y profundo sobre la estructura global de la sociedad, aunque su función prima­ria fuera salvaguardar las disciplinas espirituales y posibilitar su propagación de una generación a otra. Además, en el transcurso de la historia islámica se han afiliado al sufismo organizaciones iniciáticas secundarias, que van desde las ór­denes caballerescas, que acostumbraban a custodiar las fron­teras del Islam y eran conocidas en sus distintas formas como las órdenes de los gházîs o los jawânmards, que más tarde se asociaron con los zûrkhânah en Persia, hasta los gremios y diversos grupos artesanales, asociados con los futuwwât y la personalidad de Ali ibn Abî Tâlib. No es posible estudiar en profundidad la sociedad islámica sin tomar en consideración la acción de estas «sociedades dentro de la sociedad», especial­mente en períodos en que la estructura social externa quedó debilitada como ocurrió por ejemplo después de la invasión mogol en las tierras orientales del Islam. Tampoco son comprensibles, sin recurso al papel básico desempeñado por el sufismo, muchos de los problemas de la historia islámica, como la extensión por Asia del Islam o la transformación de Persia, predominantemente sunní, en un país shií.

También en el campo de la educación el papel del sufismo ha sido profundo, ya que la misión central de éste es la educación de la persona humana íntegra hasta que alcanza la plena realización y la perfección de todas sus posibilidades. La participación directa de muchos sufíes como Khwâjah Nizâm al‑Mulk, el visir selyúcida, en el establecimiento de universidades o madrasahs, así como el papel de los centros sufíes (zâwiyah en árabe, khâniqâh en persa) en la administración de la educación vincula de modo inseparable la influencia del sufismo al desarrollo de la educación en el Islam. Cabe recordar en este sentido que durante ciertos períodos como el que sucedió al dominio mogol, cuando fue destruido en cier­tas regiones el sistema de instituciones educativas, quedaron los centros sufíes como únicos depositarios del conocimiento, incluso del académico y formal, y fueron ellos la base desde donde habían de resurgir las escuelas tradicionales.

En el campo de las artes y de las ciencias la influencia del sufismo ha sido enorme. El autor ha intentado ya mostrar en otro trabajo cuán estrechamente relacionada está la tradición del sufismo con el cultivo de las ciencias en el Islam, incluso las de la naturaleza. Y aún resalta más la afinidad del sufismo con casi todas las formas de las artes, desde la poesía hasta la arquitectura. Incluso en esta vida los sufíes viven en lo que uno podría llamar el atrio del paraíso y respiran en consecuencia un clima de esplendor espiritual cuya belleza se refleja en todo lo que dicen, hacen o practican. El propio Islam está profundamente vinculado al aspecto de la Divinidad como belleza, y este rasgo se acentúa particularmente en el sufismo, que de forma natural deriva del Islam y contiene todo lo esencial en él. No es accidental, por tanto, que los trabajos escritos por sufíes, sean de poesía o de prosa, ofrez­can gran calidad literaria y belleza.

En el campo de la literatura islámica lo más universal pertenece al dominio del sufismo. Fue el espíritu del sufismo quien levantó la literatura árabe y persa, desde la lírica local y los versos a lo sumo épicos a una literatura didáctica y mística de las más universales dimensiones, enriqueciendo el árabe sobre todo en la prosa y el persa en la poesía. Además, muchas de las lenguas islámicas más locales alcanzaron su apogeo por la pluma de escritores sufíes: el mismo genio del sindhi, por ejemplo, parece haber sido apurado por un único poeta sufí, Shâh Abd al‑Latîf. Al igual que en cierto sentido el italiano y el alemán deben su nacimiento a místicos como Dante y Eckhart, muchas de las lenguas musulmanas deben su propio desarrollo y subsistencia como tales al genio de poetas sufíes.

Casi la misma situación puede observarse en los campos de la música, la arquitectura, la caligrafía, la miniatura, etc. Muchos de los arquitectos musulmanes más destacados han estado ligados al sufismo a través de los gremios de albañiles y constructores. De modo similar, muchos maestros de caligrafía y miniatura, han estado afiliados al sufismo y a me­nudo de forma aún más directa, en el sentido de que han pertenecido directamente en muchos casos a una orden sufí y no a un gremio particular, que a su vez estuviera vinculado a una orden. En cuanto a la música, en el Islam sólo es legítima en la forma de los conciertos espirituales (samá) practicados en el sufismo, de modo que la tradición de música clásica árabe y persa así como turca, ha sido cultivada durante siglos principalmente por los miembros del sufismo y en asambleas sufíes. No hay que olvidar, que desde los días de Amîr Khusraw muchos de los maestros más destacados de la música de la India septentrional han sido musulmanes y así ocurre hoy todavía. Ciertos desarrollos de la música india se vinculan directamente a la teoría y la práctica del sufismo, y muchos maestros musulmanes de música india han pertenecido de uno u otro modo a las órdenes sufíes del subcontinente. Los sufíes son la gente del conocimiento y la visión sapienciales o dhawq; no es además por casualidad que en árabe y en persa la misma palabra dhawq significa también buen gusto y discernimiento en el arte. Los sufíes han sido los cultivadores de las artes no porque esto sea un objetivo de la senda sufí sino porque seguir el sufismo es volverse más consciente de la belleza divina que en todo lugar se manifiesta y a cuya luz el sufí hace cosas bellas, conformes con la belleza de su propia naturaleza, y también son las normas artísticas tradicionales, que reflejan la Belleza del Supremo Artesano.

Para exponer todos los aspectos del sufismo en un lenguaje contemporáneo y de manera auténtica, tarea que resulta hoy muy necesaria tanto en oriente como en occidente, sería preciso tratar no sólo de todas las distintas facetas del propio sufismo tal como se han esbozado anteriormente, sino también de todas las manifestaciones principales del sufismo en la civilización islámica, de las cuales acabamos de dar una enumeración parcial. Sería una enorme tarea que muchas personas cualificadas deberían emprender. Algunos de los trabajos tradicionales ya existentes han colocado los cimientos al exponer las doctrinas y enseñanzas más fundamentales del sufismo. Pero queda todavía mucho por hacer para revelar el sufismo no sólo en su esencia, sino también en todas sus gloriosas manifestaciones y aplicaciones, de modo que las personas cualificadas de aptitudes y naturalezas diferentes puedan todas beneficiarse espiritualmente de este vasto océano de gracia.

Introducción del libro Sufismo vivo, ed. Herder, 1985, pp. 9-23.

 

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