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La silla

Mi mamá siempre decía que Dios nunca nos enfrenta a pruebas que no seamos capaces de superar

01/01/2011 - Autor: Víctor J. Sanz - Fuente: Impresiones Mías
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Juguetes de Luz por Manuel Holgado.
Juguetes de Luz por Manuel Holgado

Hace más de cuarenta años crucé la frontera de este país. Hace más de cuarenta años que dejé atrás mi familia, mi casa y mi país. Me bajé del barco con una maleta que tenía más agujeros que tela, en ella traía todo lo que alguien como yo podía necesitar, y que coincidía con todo lo que alguien como yo podía permitirse: una biblia, una foto de mi familia, una libreta para escribir cartas y un traje para los domingos. La biblia y la libreta quedaron inservibles por la humedad durante el viaje, el traje de los domingos quedó degradado a la categoría de traje de diario y la foto de la familia, aunque un poco dañada, fue la que mejor parada salió, todos seguían ahí, una mamá, un papá, una hermanita, dos hermanitos y una silla.

En mi tierra me habían hablado de un paisano que se dedicaba a ayudar al recién llegado, que se dedicaba a aliviarle la carga de los primeros días, pero no tardé en descubrir que lo único que aliviaba era el bolsillo de los incautos. Así que allí me encontraba yo, pasando mi primera noche en este país, al resguardo de un portal desguarnecido, al abrigo de una ciudad desabrigada y fría.

Pronto pude colocarme en una habitación comunal, compartida con otros compatriotas, con otros compañeros de soledad, extrañezas y añoranzas. Aquello ya abrigaba más, aunque resultaba un poco sucio e insano. El poco dinero que había traído conmigo se agotaba rápidamente, pero antes de pasar a mayores, tuve la suerte de encontrar un empleo. Como el de cualquier otro hermano estaba tan mal pagado y era tan indecente e ilegal como parecía desde fuera, pero el único sustento posible, por lo que era el mejor empleo que tenía. Si el paraíso al que nos dirigíamos nos conducía por aquel camino de calamidades y penurias, es porque podíamos soportarlo. Mi mamá siempre decía que Dios nunca nos enfrenta a pruebas que no seamos capaces de superar.

Tras algunos meses superé por fin aquella prueba y pude pasar a la siguiente fase. Simultáneamente al que ya tenía, encontré otro empleo que llenó mis noches de sudor y café aguado. Elevé el descanso a la categoría de lujo que sólo me podía permitir en la parada del autobús. Pero aquel sacrificio me hizo capaz de enviar dinero a mi familia con regularidad. Realmente me encontraba en el buen camino. Mi familia, a cambio, me enviaba, como una especie de prueba de vida que la pobreza secuestradora les permitiera, la fotografía acostumbrada: la mamá, el papá, la hermanita, los hermanitos y una silla. Todos menos la silla, un poco más viejitos a cada estampa.

El tiempo pasaba y aquello que parecía una situación temporal, se iba convirtiendo en una situación indefinida, de la que nadie conocía su final. Inmerso como estaba en conseguir dinero para mi familia, apenas si dediqué tiempo a establecer contacto con otros compatriotas. Cuando lo hice, todo ocurrió de sopetón. Recuerdo muy bien cuando acudí a la primera reunión. Los que trabajaban en el puerto se las arreglaron para que su patrón les permitiera utilizar una pequeña nave donde guardaban herramientas. Allí, otro del grupo, carpintero de profesión, había dispuesto una enorme tabla de madera en una de las paredes. En ella había pegadas colecciones completas de fotografías de familiares, cartas recibidas, declaraciones de amor, recuerdos y nostalgias anotadas en servilletas de bar, fechas lejanas de momentos ajenos... Me produjo tal fascinación que pasé horas mirando aquella tabla, repasé todo aquel material de arriba abajo. Toda aquella carga de nostalgia y de añoranza me causó un efecto inmediato. Pedí permiso y enseguida quedaron expuestas las fotos de mi familia que hasta ese momento siempre me acompañaban allí donde fuera. Compartir con otras personas mis penas, mis alegrías y mis recuerdos, me liberaba en cierto modo del peso que suponían. Las penas ajenas, por ajenas no dolían, y las propias, una vez narradas a quien quisiera escuchar, siempre resultaban más livianas. Por lo que respecta a las alegrías…, las alegrías siempre alegraban, fueran de quien fueran y vinieran de donde vinieran. Las alegrías no tenían dueño ni origen, sólo destino, y su destino éramos nosotros. Aquel era un buen trato para los hermanos.

Un día me llegó una nueva carta de la familia, acompañada por la acostumbrada foto de grupo. Había habido cambios desde la última vez: una mamá, un papá, una hermanita, un hermanito y dos sillas. Rápidamente me dispuse a leer la carta donde, a buen seguro, se explicaría aquel cambio que la foto mostraba sin reparos. No tardé en confirmar mis sospechas. Uno de mis hermanitos había alcanzado la edad y había dejado el hogar para buscar un futuro. Se me encogió el estómago al pensar las pruebas a que se enfrentaría mi hermanito para alcanzar su futuro. Papá puso su silla junto a la mía. Y yo puse la foto en el tablón de los recuerdos, junto a las demás.

En cierta ocasión, alguien reparó en que mis fotos eran las únicas que tenían retratadas además de personas, sillas. Cuando me preguntó por qué, otra pregunta bastó para que lo entendiera: ¿Tu familia no espera que vuelvas?. Después de pensárselo por un momento, me contestó que sí, que claro que sí, que cómo no le iban a esperar.

Todas nuestras familias esperaban que volviéramos y todos nosotros esperábamos volver, pero ninguna familia ni ninguno de nosotros sabíamos cuándo ocurriría aquello. Lo único cierto y verdadero es que el tiempo pasaba, corría, volaba y nos superaba, dejándonos atrás con diferencia; y con indiferencia, porque al tiempo siempre le daba igual si nos iba bien o mal, nos pasaba por encima y nos arrancaba de cuajo los años y la juventud. Aquel sentimiento adquirió pleno sentido cuando recibí otra de aquellas fotografías de la familia; en ella mamá, papá y cuatro sillas formaban el conjunto. Mis hermanitos y mi hermanita, como me ocurrió a mí en su día, habían alcanzado la edad a la que empieza el futuro. Decidí entonces encaminar todos mis esfuerzos a preparar un viaje que, con suerte, me permitiría demostrar a mis papás que no hay nada que más dure que el amor de un hijo.

Aunque aún pasó algún tiempo, por fin llegó el día. Había conseguido permiso de mis patrones, había reunido el enorme montón de dinero que costaba el billete más barato. Compré regalos para la mamá, para el papá, y también para la hermanita y para los hermanitos. Con maña me las arreglé para que aquello no supusiera un problema de equipaje. Tenía todo listo y me disponía a salir de casa con la maleta. Al salir, en acto reflejo, se me ocurrió comprobar la correspondencia: había una carta. Era de mi familia. Venía acompañada de la consabida fotografía de grupo. Seis sillas formaban el extraño conjunto. Dejé caer la maleta, que con el golpe se abrió, y los regalos se esparcieron por el suelo, como si ellos sí supieran que no iban a ir a ninguna parte. Me senté en el rellano con los pies colgando por las escaleras y los ojos colgando de aquellas sillas vacías de la foto. Me hubiera gustado llorar, pero nada conseguiría con ello; me hubiera gustado llamar a voces a la mamá, pero tampoco me hubiese ayudado a comprender por qué ese tiempo que dediqué a buscar el futuro, acabó con sus vidas, con mi familia…, conmigo. Pero al cabo de un rato, una extraña y molesta sensación de serenidad se apoderó de mí, en aquel momento supe que estaba preparado para afrontar con solvencia cualquier situación, por difícil que fuera su naturaleza.

Desde entonces he superado pruebas que, aunque difíciles, nunca resultaron imposibles para quien está preparado, tal y como decía mi mamá.

Estas son, querido hijo mío, todas las experiencias que tu anciano padre puede contarte, para que encuentres tu futuro lo antes posible.

Por cierto, te envío la última fotografía que hemos tomado de la familia. La silla de la derecha es la de la hermanita, las dos de la izquierda son las de los gemelos, y la del centro —entre tu madre y yo— es la tuya. Esperamos que vuelvas pronto.



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