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La diversidad del islam (I)

Del desconocimiento al entendimiento

01/01/2011 - Autor: Dolors Bramon - Fuente: Convergencia nº33
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El entendimiento del islam.
El entendimiento del islam

Parece lógico que en un de debate sobre diversidad y promovido en el ámbito de lo que venimos llamando Occidente se hable de islam. Pero resulta una paradoja que esta diversidad haya surgido y prosperado a partir de una creencia que es compartida por el judaísmo y el cristianismo, credos considerados tradicionalmente como propios del mundo occidental. Dicho de otro modo: los musulmanes, los judíos y los cristianos se diferencian, precisamente, por su fe en un mismo Dios.

Es por ello que me parece más oportuno no hablar exclusivamente de religiones sino de diversas maneras de entender a Dios. En el mismo sentido y por razones similares, también creo que es bueno establecer desde el principio la conveniencia del uso de la palabra “Dios” (o Dieu, God, etc., si este texto estuviera escrito en francés, en inglés o en otras lenguas) y en el islam no hablar de Alá, que no es más que la adaptación al castellano del término Allah que tiene el árabe para expresar la idea de este Ser Supremo, Único, Eterno y Creador. En mi opinión, la generalización de ambas propuestas contribuiría a paliar el desconocimiento del islam y a su mejor entendimiento, tal como se enuncia en el título que se me propuso para esta contribución.

Como es sabido, esta nueva manera de entender y servir a Dios se divulgó con la predicación de un profeta específico para el islam, llamado “Muhammad” (nombre deformado en Muhammad al expandirse entre pueblos no arabófonos) y tuvo lugar en la península de Arabia desde el año 610 hasta su muerte en el 632. Su doctrina se recogió en un libro que ha recibido el nombre de “El Corán” (del árabe al-Qur’an, que significa “La recitación”). Los fieles del islam creen que su contenido fue dictado en lengua árabe por Dios, a través del ángel Gabriel, al Profeta junto con el encargo de transmitirlo a la humanidad. Como tal dictado, sostienen que es la propia palabra de Dios. De este modo, los musulmanes pertenecen a los llamados pueblos del Libro (denominación que se da a quienes disponen de Revelación) pero, al contrario que el judaísmo y el cristianismo que consideran que sus textos sagrados están inspirados por Dios, el islam postula que todas y cada una de las palabras de su Escritura provienen del dictado expreso y literal de la Única Divinidad.

También se cree que el Corán constituye la culminación de la Revelación divina y Muhammad es calificado de sello de los profetas, porque después de él, ya no habrá ningún otro. Los musulmanes consideran que los judíos y los cristianos sólo recibieron una parte del Mensaje divino y que, además, lo deformaron y tergiversaron con el tiempo, pero en virtud de la aleya (o versículo coránico) “Te hemos revelado el Libro con la Verdad, para confirmar la Escritura que existía antes que él y para preservarla de toda alteración” (Corán 5,48) no se plantean la posibilidad de que se hubiera producido lo mismo en el islam.

El hecho de que la Revelación y su correspondiente predicación tuvieran lugar en árabe, determinó que dicha lengua fuera y siga siendo la lengua de culto de los musulmanes (aunque no sean arabófonos). A pesar de esto, el término árabe alude a conceptos étnicos, lingüísticos y culturales y bajo ningún concepto puede confundirse con el de musulmán. Con todas las dificultades que comporta un censo exacto, se estima que actualmente hay mil doscientos millones de musulmanes. De este to tal, sólo son árabes doscientos cincuenta millones (92% de los árabes), cifra que representa cerca de 20% de los fieles del islam.

A menudo los musulmanes son llamados erróneamente mahometanos. El uso de este término implica un error de concepto, porque se produce a partir del establecimiento de un paralelismo entre el derivado de Cristo (cristiano) y la falsa suposición de que los creyentes siguen a Muhammad. Esta idea —muy extendida entre personas no musulmanas— no se ajusta a la teología islámica, según la cual los musulmanes siguen únicamente la voluntad de Dios, que utilizó a un hombre, Muhammad, para su difusión (Vernet, 1987). El error también es comparativo, porque en el cristianismo trinitario Jesús es Dios —en la persona del Hijo—, mientras que, según el Islam, Muhammad sólo es un hombre, elegido para ser el Profeta; por tanto, no puede equipararse a Cristo. Doblemente grave resulta, pues, la denominación de secta mahomética aplicada a veces al Islam, porque la fe islámica no puede ser considerada en ningún caso una secta (y menos aún en el sentido peyorativo que este término tiene actualmente) sino que es una de las tres creencias que continuaron y continúan el monoteísmo de Abraham.

El Islam se reclama de un monoteísmo estricto y así se expresa, por ejemplo, en la siguiente frase de su Libro Sagrado: “Dios no ha adoptado ningún hijo, ni hay otro dios junto con Él. Si no, cada dios se habría atribuido lo que hubiera creado y unos habrían sido superiores a otros. ¡Gloria a Dios, que está por encima de lo que describen!” (Corán 23,91).

La profesión de fe (shahada) constituye el primero de los llamados cinco pilares del Islam. Dicha expresión se utiliza para referirse a las cinco obligaciones principales de los musulmanes y se considera que son los puntales que sostienen la ummah o comunidad de los fieles. Al observarlos, siempre se tiene que tener la intención expresa (niyyah) de hacerlo. Con la expresión oral de su fe, el musulmán (es decir, el que se entrega a la Omnipotencia divina) afirma la creencia en un Dios Único y en la misión profética de Muhammad. Consiste en recitar tres veces: “No hay más dios que Dios y Muhammad es su enviado”. Cuando se pronuncia, ante dos testigos (que a Dios Omnisciente no le hacen falta, pero sí a la ley) se entra a formar parte de la comunidad de fieles del Islam, se participa de sus derechos y se admiten sus obligaciones para siempre. Naturalmente, para los recién nacidos es el padre o representante legal quien recita esta fórmula en su nombre.

La apostasía (riddah) o la blasfemia públicas conllevan la pérdida de los derechos del culpable (murtadd); y como que la vida es un derecho —el principal— de toda persona, el apóstata o el blasfemo pueden ser sentenciados a pena de muerte (uno de los casos más conocidos es el del escritor Salman Rushdie, acusado de apostasía y condenado por una fetua emitida por el ayatolá Khomeini en 1989).

El contenido básico del credo islámico puede resumirse con las frases coránicas siguientes: “Di: Él es Dios, Uno. Dios el Eterno. No ha engendrado, ni ha sido engendrado. No tiene par” (Corán 112,1-4) y, por lo que se refiere a la segunda parte de la profesión de fe: “Predica en nombre de tu Señor, el que te ha creado” (Corán 96,1). Además de creer en esta unicidad (tawhid) de Dios, el Único al que se debe adoración, y en la figura de Muhammad como Profeta, también es preciso creer en los:

a) Ángeles (malak, pl. mala’ikah), que son seres inmateriales e invisibles (Corán 2, 253; 8,12, entre otros) y hechos de luz y sin sexo, según la tradición, que “no desobedecen a Dios en lo que les manda y hacen lo que les ordena” (Corán 66,6). Un grupo de ellos, encabezado por Iblis (arabización del griego diabolos), desobedeció a Dios cuando éste les mandó prosternarse ante Adán, el primer hom bre, y, con el permiso de Dios, se han convertido en los tentadores de la humanidad. El Día del Juicio serán enviados al fuego eterno (Corán 18,48; 19,18 y 86 y 67,5, entre otros). Son los demonios, diablos o shayatin (sing. shaytán).

b) Genios (jinn, pl. junún; f. jinniyyah arabización de los términos griego y la tino) son otros seres imperceptibles para los sentidos, creados a partir del fuego o del vapor y dotados de inteligencia y de sexo. Esta creencia —de origen preislámico— está y ha sido muy mezclada con la magia y el folklore. Según el Corán (46,28-31 y 72,1-2), algunos de ellos son buenos, los que aceptaron la Revelación, y otros son malos.

c) Otros profetas anteriores a Muhammad, es decir, en los profetas del Antiguo Testamento, en algunos que surgieron entre diferentes tribus árabes preislámicas y en Jesús, al que sólo se considera profeta y “a quien dimos signos evidentes y a quien fortalecimos con el Espíritu de santidad” (Corán 2,253).

d) Otros libros revelados a los profetas anteriores, es decir, hay que creer en el Antiguo y el Nuevo Testamento. La creencia en la Revelación anterior se expresa claramente en el fragmento siguiente: “Decid: Creemos en Dios y en lo que se nos ha revelado; en lo que fue revelado a Abraham, Ismael, Isaac, Jacob y a las doce tribus de Israel, en lo que Moisés, Jesús y los otros profetas recibieron de su Señor. No hacemos distinción entre ninguno de ellos. Nos sometemos a Él” (Corán 2,136).

e) El Último Día (o Juicio Fi nal) y la vida futura, en la que “quien haya hecho el peso de un átomo de bien, lo verá y quien haya hecho el peso de un átomo de mal, lo verá” (Corán 99,7-8) y

f) El Poder y la Providencia de Dios. Según el Islam, que no tiene que ser calificado de fatalista, como sucede demasiado a menudo, el hombre fue creado libre y es capaz de escoger sin coacción. Entre los musulmanes se añade que resulta inadmisible el hecho de que el hombre contravenga los preceptos divinos excusándose en la invocación de la Omnipotencia de Dios, porque entonces la Revelación sería inútil, como se pone de manifiesto en la aleya que dice “Los que no creen en la unicidad de Dios dirán: ‘Si Dios hubiera querido, no habríamos sido asociadores, ni tampoco nuestros padres’ (…) Así desmintieron sus antecesores, hasta que gustaron Nuestro rigor. Di: ‘¿Tenéis alguna ciencia que podáis mostrarnos?’ No seguís sino conjeturas, no formuláis sino hipótesis” (Corán 6,148). En conclusión, se considera que Dios hace responsable al hombre de su libertad y que le ha enviado mensajeros para que le guíen por el camino recto. Quien haya obrado bien será premiado y, quien no, será castigado eternamente, creencia propia también de judíos y cristianos.

Hay que señalar muy expresamente —y contrariamente a un cristianismo lleno de mártires— que los musulmanes pueden y deben disimular su fe en caso de peligro, mediante el ejercicio de la llamada taqiyyah, término que significa “disimulo”. Lo muestra muy bien el pasaje coránico 16,106, que dice: “Quien no crea en Dios luego de haber creído —no quien sufra coacción mientras su corazón permanezca tranquilo en la fe, sino quien abra su pecho a la incredulidad— ese tal incurrirá en la ira de Dios y tendrá un castigo terrible”.

El segundo pilar del Islam es la oración ritual (salah), obligatoria, según la mayoría de musulmanes, cinco veces al día. Los momentos de la plegaria obligatoria son fijos y regulados por el movimiento del Sol (por esta razón los estados islámicos no son partidarios del cambio de hora que últimamente acostumbra a hacerse en la mayoría de países occidentales). El lugar donde cumplir con el pilar de la oración puede ser cualquiera mientras sea considerado digno, aunque los viernes a mediodía es obligatorio que los hom bres la celebren colectivamente en la mezquita prin ci pal de cada población o de cada bar rio. Este día, la oración comunitaria está precedida por una alocución (Jutbah) que dirige un predicador (Jatib) desde un lugar elevado (minbar) y que los fieles congregados escuchan de pie. Todas las oraciones se inician con la recitación de la fátiha, primera sura (o capítulo) del Libro Sagrado, que dice así: “En el nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso. Alabado sea Dios, Señor del universo, el Compasivo, el Misericordioso. Dueño del día del Juicio. A Ti solo servimos y a Ti solo imploramos ayuda. Dirígenos por la vía recta, la vía de los que Tú has agraciado, no de los que han incurrido en la ira, ni de los extraviados”.

Du rante la plegaria, dirigida por un imán situado en la primera fila de los fieles para que éstos puedan seguirle y así efectuar todos juntos sus movimientos, los musulmanes tienen que orientarse hacia La Meca. Esta dirección o alquibla (del árabe qiblah) suele indicarse mediante una señal fija; en las mezquitas, esta función la hace una decoración es pe cial en la pared que recibe el nombre de mihrab. Según la costumbre más generalizada, que no se observa en los países fríos, el fiel se descalza para rezar y es preciso que se aísle simbólicamente del mundo mediante un objeto que le separe del suelo, generalmente una alfombra (sayyadah). Hasta hace poco tiempo y desde los minaretes, la voz de un almuédano —preferentemente ciego con el objetivo de preservar la intimidad de las casas— invitaba a los creyentes a rezar momentos an tes del inicio de cada oración, pero últimamente en los países islámicos su canto en directo ha sido sustituido por una grabación, difundida mediante altavoces.

En la llamada a la oración, que puede seguir diversas melodías, se dice, entre los musulmanes sunníes, lo siguiente: “Dios es el más grande. Dios es el más grande. Doy testimonio que no hay ningún otro dios que Dios. Doy testimonio de que Mu ham mad es el mensajero de Dios. Venid a la oración. Venid a la salvación. Venid a la salvación. Dios es el más grande. Dios es el más grande. No hay ningún otro dios que Dios”. Siguen diferentes formas de alabanza, elegidas libremente por el almuédano, y en la oración de la au rora se sustituyen las frases “venid a la salvación” por “la oración es mejor que dormir”. Entre los shiíes se añade una alabanza a ‘Alí, yerno del Profeta e iniciador de la rama del shiísmo, seguida por entre 11% y 15% de musulmanes.

El valor de la oración está claramente expresado en el Corán (29,44), cuando reza: “¡Recita lo que se te ha revelado de la Escritura! ¡Haz la oración! La oración impide la deshonestidad y lo reprobable”.

El tercer pilar es el impuesto coránico o azaque (zakah) y parte del principio de que la riqueza es de Dios y los hom bres la tienen sólo en usufructo: “Dad de lo que os hemos proveído” (Corán 2,254). Este precepto, que prohibe, por tanto, la usura y el cobro de intereses, a menudo ha sido mal traducido por “limosna”; pero ésta (sadaqah) consiste en la donación espontánea —y recomendada por el Islam— mientras que el azaque es obligatorio. Se trata de una contribución a la colectividad que gravaba inicialmente los bienes agrícolas, los ganaderos, los comerciales y los valores en piedras preciosas o en metálico poseídos du rante cada año lu nar, pero no los inmuebles. Al principio, la parte proporcional a pagar por estos bienes oscilaba entre 2.5% y 10%. Modernamente, esta única obligación tributaria se ha ido sustituyendo por otras de tipo fis cal, a la manera oc ci den tal, pero los fieles siguen practicándola, en dinero o en especie, generalmente al final del mes de Ramadán. Estos bienes obtenidos por prescripción coránica se reparten entre los necesitados de la comunidad y también pueden darse a personas no musulmanas.

El valor dado por el Islam a esta contribución ya la indica el término con que figura en el Corán al ser prescrita: el árabe zakah significa “lo que purifica y fomenta”. Así pues, se cree que el hecho de sustraer una parte de la propia riqueza para la comunidad incrementa el bienestar del donante, como lo muestra el pasaje coránico que dice: “Quienes gastan su ha cienda por Dios son semejantes a un grano que produce siete espigas, cada una de las cuales contiene cien granos. Así dobla Dios a quien Él quiere. Dios es Inmenso, Omnisciente” (Corán 2,261).

El cuarto pilar (sawm o siyam) consiste en la prohibición de que nada entre en el cuerpo de un musulmán adulto y sano de espíritu y de cuerpo durante las horas de luz so lar de los días del Ramadán, que es el noveno mes del calendario islámico. Es decir, en la abstención de comer, beber, fumar y tener relaciones sexuales (algunos fieles incluyen el hecho de perfumarse, la ducha o el baño) mientras “se pueda distinguir un hilo blanco de uno negro”. El Corán detalla muy bien el por qué de este precepto y cómo hay que observarlo: “¡Creyentes! se os ha prescrito el ayuno al igual que se prescribió a los que os precedieron … quien de vosotros esté enfermo o de viaje, lo observará un número igual de días. Los que, pudiendo, no lo hagan, podrán redimirse dando de comer a un pobre … Durante el mes de Ramadán se hizo bajar el Corán como dirección para los hombres. El que de vosotros vea el creciente de la nueva luna que empiece. El que esté enfermo o de viaje, que lo haga un número igual de días. Dios quiere para vosotros lo que es fácil y no lo que es difícil” (Corán 2,185).

La abstención diurna del Ramadán no puede ser equiparada —ni, por tanto, traducida miméticamente— al ayuno prescrito por otras religiones. Es preciso señalar que se diferencia de los ayunos del judaísmo y del cristianismo en el hecho de que en el Islam no está relacionada ni con la aflicción de alma ni con la contrición. Consiste, básicamente, en una lucha de los creyentes para superarse a sí mismos (Yihadu l-nafs). Por esto, al final de las horas de prohibición, que se inicia cuando llega la oscuridad, se hace una primera comida (iftar) en la que se suelen consumir manjares especiales, propios de una fi esta. Asimismo, al acabarse el mes, tiene lugar una celebración (‘idu l-fitr o ‘idu l-saguír) de hermanamiento y de recordatorio colectivo de la universalidad del Islam y se conmemora conjuntamente la victoria librada por cada fiel contra su propio cuerpo, el júbilo de haber vencido a los sentidos y de haber conseguido imitar a los ángeles, que no tienen pasiones. Entonces las familias acostumbran a visitarse y a hacerse regalos o a dedicar unos días a las vacaciones anuales. Entre otras cosas, durante todo el mes de Ramadán cambian los horarios laborales (que suelen finalizar una hora antes de lo habitual) y el ritmo de la vida de las ciudades islámicas.

Al principio, y hasta que fue revelada en la ciudad de Medina la sura 2, el Islam sólo estipulaba la obligación de un ayuno durante las 24 horas del día diez del primer mes del calendario islámico, de manera parecida a lo que les está prescrito (Levítico 16, 29) a los judíos el día diez (yom kippur o día de la expiación) de su mes de Tishrí. Al distanciarse de los judíos, el Profeta siguió recomendando su práctica, que se celebra durante la fiesta llamada ashura pero instauró la obligación de un mes especial de privaciones diurnas para los musulmanes.

El quinto pilar prescribe el peregrinaje a La Meca (Hayy) por lo menos una vez en la vida para todos los sanos de cuerpo y de espíritu que puedan conseguir un sistema de hacerlo (Corán 3,97). Otras citas coránicas (Corán 2,158; 5,2 y 95-97; 9,19; 22,25-38 y 48,27) detallan los ritos y las diferentes ceremonias que hay que llevar a cabo durante los días en los que tiene lugar la peregrinación. Su objetivo fundamental es la visita a la Ka’bah, considerada por los musulmanes como el primer templo dedicado a la adoración del Dios Único. Según el Corán (2,127), Abraham e Ismael pusieron sus cimientos y el Islam la considera la Casa de Dios (Baytu Allah) por antonomasia. Se trata de una edificación de forma cúbica y sin techo (de diez por doce metros y 15 de altura) situada en el patio de la gran mezquita de La Meca y construida con piedra gris, que albergaba en tiempos preislámicos a los símbolos de las diferentes divinidades veneradas por los árabes y que fueron destruidos por el Profeta cuando implantó el monoteísmo en la ciudad. Actualmente está cubierta con una funda de brocado negro (kiswah) donde están bordadas en oro el texto de la shahadah y algunas aleyas del Corán; la funda se renueva anualmente y se trocea para poder vender sus fragmentos entre los fieles como recuerdo.



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